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9 enero 2023 1 09 /01 /enero /2023 00:00

La OTAN amarra a la Unión Europea y la subordina a las ambiciones imperiales de Washington. La Unión Europea carece de visión estratégica, no se atreve a diseñar una opción independiente para su defensa, y se resigna al papel de socio menor: aunque en posición subordinada, forma parte del mismo bloque imperialista y depredador que dirige Estados Unidos, y pese a sus proclamas pacifistas y solidarias (la mentira de los «valores europeos») ha prescindido de cualquier criterio de solidaridad con los países pobres del resto del mundo, acompañando siempre las rapiñas del imperialismo norteamericano

Higinio Polo

Ya estamos habituados, durante este último año, a escuchar declaraciones falaces, absurdas, altisonantes y solemnes en relación a la Guerra en Ucrania por parte de nuestros dirigentes políticos, pero lo que es ciertamente novedoso es que dichas declaraciones vengan de parte del Rey Felipe VI, quien en la reciente celebración de la Pascua Militar, en presencia de toda la plana mayor de nuestro Ejército y de la Ministra de Defensa, Margarita Robles (que dicho sea de paso, también se lució en su discurso), aseguró que la guerra en Ucrania es “injustificable, ilegal y brutal”, y que dicho acontecimiento “he hecho evidente la importancia de invertir en Defensa”. Son declaraciones ciertamente peligrosas, que atraviesan una línea roja que pensamos el monarca nunca debiera traspasar. Podríamos preguntarnos si los discursos de otras monarquías europeas (homologables a la nuestra, es decir, bajo la forma constitucional de Monarquía Parlamentaria) se introducen en la valoración de dichos criterios, pero lo hagan o no, y en cualquier caso, estamos ante situaciones ciertamente inéditas. Pero vayamos por partes.

 

Según nuestra Constitución, la figura del monarca es únicamente simbólica, es decir, actúa en representación del Reino de España, y se limita a sancionar las leyes y decretos nacidos en el seno del Parlamento, así como a diferentes tareas de agenda representativa (como la reciente visita para el acto de toma de posesión del Presidente electo Lula da Silva en Brasil), y de actos ceremoniosos (como el también reciente y tradicional discurso de Nochebuena, o la rueda de contactos que establece tras cada proceso electoral para proponer la figura del Presidente del Gobierno). En teoría, todos los discursos que pronuncia el Rey son escritos “de parte” del Gobierno, es decir, se limitan a dirigir a la nación (o a determinados colectivos) las consideraciones que el Gobierno le marca. Todo ello, como decimos, es parte fundamental de su misión representativa, pues el Rey en nuestro país, como se ha dicho siempre coloquialmente, “reina pero no gobierna”. Es decir, que el Rey no puede ni debe “meterse en política”. Bien, llegados a este punto, debiéramos establecer qué queremos decir con la expresión “meterse en política”.

 

Tenemos aún latente (quizá como efecto de tantas décadas de dictadura franquista) que dicha expresión tiene que ver con la dedicación profesional a determinados aspectos de servicio público, o bien a declarar determinado ideario sobre aspectos concretos, pero que, el resto de asuntos, no son políticos. Craso error. De hecho, aún hoy día nos intentan confundir con declaraciones absurdas que, además de ser un insulto a la inteligencia, no resisten ni el más mínimo y serio análisis: por ejemplo, en la reciente huelga de profesionales de la Sanidad madrileña, hemos oído decir varias veces a la Presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, que la huelga era “una huelga política”. La pregunta es evidente: ¿es que hay alguna huelga que no lo sea? Una primera lección de lo que pudiéramos llamar “educación política” es aprender algo muy sencillo: TODO ES POLÍTICA. Puedo opinar prácticamente de todo, en cualquier momento y lugar, de cualquier faceta o parcela de la sociedad, sobre cualquier disciplina, y estaré emitiendo, en el fondo, un juicio político.

 

Y es que, salvo los conocimientos estrictamente científicos (que dicho sea de paso, también están instrumentalizados por criterios políticos en una buena parte), el resto de los aspectos de nuestras sociedades pertenecen al ámbito de la política. Véase, sin ir más lejos, el conflicto que colea desde hace más de cuatro años en torno a la renovación de los miembros del Consejo General del Poder Judicial (y del resto de instancias judiciales de alto rango), y se comprenderá que obedece a un conflicto político. Véase el reciente Mundial de Fútbol celebrado en Qatar, que ha planteado hasta qué punto el “deporte” (lo ponemos entre comillas porque el fútbol hace mucho tiempo que dejó de ser un simple “deporte” para convertirse en un instrumentalizado fenómeno de masas) debe o no ser sensible, responder, boicotear, concienciarse o denunciar determinados acontecimientos que son políticos (en este caso, el maltrato a la mano de obra migrante que construyó los estadios donde se han celebrado los partidos). Y así podríamos continuar poniendo miles de ejemplos que nos ilustrarían lo mismo.

 

Y, por supuesto, la actual guerra en Ucrania obedece a objetivos claramente políticos, pues debemos alejarnos de la versión falaz, interesada y reduccionista  que se limita a afirmar que existe un “agresor” (que es Rusia) y un “agredido” (que es Ucrania). Me remito a anteriores artículos donde hemos analizado a fondo estos aspectos, pero dicho lo cual, lo que me interesa resaltar aquí es que el discurso de Felipe VI entra a emitir criterios sobre la guerra que son absolutamente políticos, y que aunque sean el eco de los criterios del Gobierno, entendemos que el monarca no puede ni debe emitir. La flagrante contradicción la podemos encontrar en la hemeroteca de anteriores discursos reales: ¿cuándo se ha referido Felipe VI a la cruel matanza que sufren los palestinos a manos de Israel? ¿Se ha solidarizado alguna vez con la población del Sáhara Occidental? ¿Se ha pronunciado alguna vez Felipe VI sobre la guerra en Yemen, considerada la de mayor crisis humanitaria del planeta? ¿Alguna vez hemos oído a Felipe VI denunciar las atrocidades de las guerras de Siria, Irak o Afganistán (en este caso a su padre, Juan Carlos I, por ser conflictos más antiguos en el tiempo)? ¿Quizá se ha pronunciado alguna vez Felipe VI sobre las crueles guerras en los países africanos? ¿Es que acaso dichas guerras no eran “injustificables, ilegales y brutales”? ¿O es que sólo nos importan las guerras que ocurren “en nuestro continente”? ¿Es que quizá sólo “en nuestro continente” viven seres humanos, y el resto está poblado por extraterrestres?

 

Pero no contento con la calificación de la guerra de Ucrania en dichos términos, también instó, como Jefe del Estado, a una mayor inversión pública en el ámbito de la Defensa, porque, según él, la guerra de Ucrania ha vuelto “evidente” su necesidad y su “importancia”. Estimamos absolutamente inadmisibles estas declaraciones, que se introducen claramente en una vertiente muy peligrosa, pues además de emitirse como “alumnos aventajados” de la OTAN que pretendemos ser (y fieles perritos falderos del imperialismo estadounidense), instan a un modelo de sociedad mucho más inestable, que abandona otras amenazas que sí son reales para la vida de la gente y que hay que garantizar (como son la vivienda, el trabajo, los servicios sociales, las rentas mínimas, la sanidad, la educación…), para dar prioridad a unas supuestas amenazas que no son reales, sino absolutamente fabricadas desde prismas, enfoques y objetivos políticos, en este caso la expansión constante de la OTAN y el desgaste de Rusia, de cara a la perpetuación de un mundo y un sistema unipolar liderado por los Estados Unidos (del que además aseguran cínicamente que está “sometido a reglas”), ante un creciente panorama de escasez de recursos naturales y de peligro de colapso civilizatorio.

 

Pero parece que nuestro Rey Felipe VI no está en estos asuntos, no ve las cosas de esta forma, le importan bien poco, sino que apoya sin fisuras la inversión en el complejo militar-industrial, ofreciendo a la nación (por mucho que sea bajo el contexto de la Pascua Militar) un mensaje muy peligroso, que contribuye a la escalada del conflicto y a convertir el planeta en un polvorín continuo e imprevisible. Tenemos por tanto muy claro que esas declaraciones de Felipe VI cruzan un peligroso umbral, que están fuera de sus competencias y de sus valoraciones públicas, pues afectan gravemente a los criterios no de un Gobierno, sino de una nación a la que, supuestamente, él representa como máxima institución. El Rey no debe “meterse en política”, debe seguir “reinando, pero no gobernando”, pues se hará entonces mucho daño a la separación funcional de instituciones, contribuyendo a la degradación de las mismas, y a la perversión de la naturaleza de nuestro Estado de Derecho.

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22 diciembre 2022 4 22 /12 /diciembre /2022 00:00

Los sangrientos golpes de Estado de otrora son reemplazados ahora por “sutiles” mecanismos de control, disfrazados muchas veces de loables luchas contra la corrupción

Marcelo Colussi

Con esta decisión, que carece de precedentes en la trayectoria del Tribunal, no solo se cercena el principio de autonomía parlamentaria que establece la Constitución, limitando severamente las facultades deliberativas que corresponden a las Cámaras en el desarrollo de la potestad legislativa. También se da paso a un preocupante contexto de incertidumbre en el que el control de constitucionalidad vendría a operar sobre el desarrollo del procedimiento legislativo mientras que está en curso y no, como ha sido norma general hasta ahora, sobre su resultado final: las leyes

Ana María Carmona Contreras (Catedrática de Derecho Constitucional, Universidad de Sevilla)

Con el comportamiento del PSOE pagafantas hacia la derecha financiera durante muchos, muchos años, hemos llegado a este diciembre de 2022 a la declaración completa, por parte del Tribunal Constitucional apoyando a toda la derecha, de un Golpe de Estado Suave, que trata de asentar una democracia totalitaria, que podemos calificar con el también oxímoron de democracia fascista

Antonio San Román Sevillano

“Inaudito”, “histórico”, “sin precedentes”, “secuestro”, “máxima gravedad”, “choque institucional”, “inédito”, “ataque”, “atropello”, y de muchas más formas ha sido catalogada la maniobra llevada a cabo estos días por parte de la derecha judicial, arengada, como no podía ser de otra forma, por la derecha política, económica, social y mediática del país. Vamos a relatar brevemente lo que ha ocurrido, pero vamos a ir planteando desde ya la pregunta fundamental: ¿A quién le sorprende? Era, simplemente, cuestión de tiempo…A grandes rasgos, lo que ha ocurrido, más allá de los pertinentes detalles, ha sido una flagrante y peligrosa intromisión de uno de los poderes del Estado sobre otro, en concreto, del Poder Judicial sobre el Poder Ejecutivo (e indirectamente, sobre el Poder Legislativo). Podemos expresarlo de otras formas más claras, si se prefiere: el Poder Judicial ha impedido que el resto de poderes del Estado realicen sus funciones, hagan su trabajo.

 

Y ello, simplemente, porque lo que se estaba planteando por parte del Gobierno no convenía a la derecha y extrema derecha del país, así que la derecha judicial ha venido en su auxilio. Como trasfondo del asunto, hemos de situar los más de 4 años de negativa del PP a renovar los órganos judiciales del país, simplemente porque no le convenía dicha renovación, no sólo porque fuese peligroso para las causas de corrupción pendientes de miembros de este partido (y del partido en sí mismo), sino porque una nueva correlación de fuerzas en el seno de la judicatura avalaría las nuevas reformas legislativas que el Ejecutivo estaba proponiendo, y que el PP, Ciudadanos y Vox habían recurrido sistemáticamente al Tribunal Constitucional.

 

La situación se venía tensando (causó incluso la reciente dimisión del Presidente del Tribunal Supremo y del CGPJ, Carlos Lesmes), y ha acabado de explosionar cuando el Gobierno ha propuesto un paquete de reformas, donde figuraban conjuntamente tanto el cambio del sistema de renovación de los órganos judiciales, como la reforma de algunos delitos en el Código Penal (sedición y malversación). La derecha política interpuso entonces un recurso ante el Tribunal Constitucional, que contenía la solicitud de adopción de medidas cautelares, en el sentido de interceptar y suspender el propio proceso legislativo, que se encontraba aún en fase de debate y votación primero en el Congreso, y luego en el Senado.

 

Entonces el TC, ni corto ni perezoso (se reunió en horas desde la interposición del recurso), decidió negarse a recusar a los magistrados con mandato caducado (es decir, dichos magistrados fueron juez y parte en el proceso), y admitir a trámite el recurso de amparo, impidiendo la tramitación del propio paquete legislativo. De esta forma, atacan la propia legitimidad democrática del Parlamento, socavan la división de poderes, y derriban los propios cimientos del Estado de Derecho. Jamás un Tribunal había interceptado una ley en su proceso de debate y votación en las Cortes Generales, que son la expresión de la propia soberanía. El Presidente del PP, Alberto Núñez Feijoo, ha salido presto a declarar muy ufano que la democracia “ha salido fortalecida”, y que “por muy Pedro Sánchez que se sea, no se puede pasar por encima del Estado de Derecho ni de la democracia”, en una clara instrumentalización de dichos conceptos, lógicamente al servicio de  sus intereses partidistas.

 

Bien, hasta aquí, brevemente, los hechos ocurridos. Pero como es evidente, el análisis no puede ni debe quedarse aquí. El análisis debe retrotraernos a las causas históricas que permiten esta situación, y ello nos conduce a evidenciar, por enésima vez, los rasgos generales y la vigencia del Régimen del 78, esto es, el sistema político surgido desde la Transición y la Constitución Española, perfectamente controlado y planeado, bajo una apariencia democrática, que en realidad disfraza un perfil conservador tardofranquista, donde todo queda, como ya enunciara el dictador, “atado y bien atado”. Muchos responsables podríamos detectar en esta tarea, pero el fundamental de todos ellos es el PSOE, el auténtico Caballo de Troya del Régimen del 78, que disfrazado de “Socialista y Obrero” (sus propias siglas), viene contribuyendo a la perpetuación de dicho régimen.

 

Y aquí están claramente los resultados: cualquier intento de evolucionar hacia parámetros más democráticos, instaurando leyes políticas, económicas y sociales más justas y democráticas, será indefectiblemente interceptado por los propios resortes del régimen, que los anularán e impedirán su aprobación, o en su caso, su aplicación. El pensamiento dominante, difundido durante todas estas décadas, ha instaurado una suerte de “límites mentales”, un corsé en la mentalidad de la gente, que delimita aquello que está bien o está mal, alcanzando niveles de ignorancia, de alienación y de cretinismo absolutamente impresionantes. A todo por supuesto contribuye la propia manipulación y adoctrinamiento mediático de los principales medios de comunicación del régimen, que difunden machaconamente las directrices de la derecha, aunque algunos de ellos sean “simpatizantes” del PSOE, cuando en realidad son simpatizantes del ala más dura y conservadora del mismo, expresada tanto en los actuales barones autonómicos rebeldes (Emiliano García-Page, Guillermo Fernández Vara o Javier Lambán), como en los históricos dinosaurios del partido, desde el propio Felipe González, pasando por Joaquín Leguina (recientemente expulsado del partido por su apoyo a Isabel Díaz Ayuso), Alfonso Guerra, José Bono, José Luis Corcuera, y un largo etcétera, todos ellos críticos con la actuación de Pedro Sánchez.

 

Gracias a todos estos dirigentes históricos del PSOE (pues de la derecha ya conocemos sus proyectos y sus intereses, por tanto no engañan a nadie), toda la evolución que debería haber ocurrido hacia una democracia plena y un verdadero Estado de Derecho nunca ocurrió, pues se vendieron (véase el claro ejemplo de las puertas giratorias) a los grandes capitales, y a los intereses de las grandes fortunas y las grandes corporaciones, a los que evidentemente no les interesaba la democracia ni Cristo que la fundara. Y por tanto, nunca se realizaron las verdaderas reformas que el Estado Español necesitaba para convertirse en una democracia real, no sólo en los avances sociales (blindaje de los derechos en la Constitución, logros feministas, LGTBI, minorías raciales…), sino también en los avances políticos (Tercera República, Estado Federal, autodeterminación de los pueblos, laicismo…) y económicos (reforma fiscal, reparto y redistribución de la riqueza, Renta Básica…).

 

Más bien al contrario, no hubo depuración de los altos cargos franquistas en ninguna de las facetas del Estado, sino consolidación de sus privilegios, tanto en los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, como en la judicatura, como en las grandes empresas. Y todo ello fue apoyado desde grandes conglomerados que controlaban los medios de comunicación más importantes del país, que desde entonces vienen contribuyendo al grado de alienación de las mayorías sociales. Y así tenemos el cóctel al completo: un partido que sirvió para engatusar a las clases trabajadoras y hacerlas entrar por el aro del neoliberalismo (el PSOE), y un conjunto de estamentos impregnados de un tardofranquismo sociológico (Fuerzas Armadas, Poder Judicial, Cuerpos de Seguridad…), que blindan no sólo la Constitución para que no cambie ni una coma desde su redacción de 1978, sino para que ningún Gobierno desde la Transición hasta hoy pueda intentar adoptar otras medidas que no sean pasadas por el tamiz del Régimen.

 

Y esto es exactamente lo que acaba de ocurrir: las costuras del Régimen del 78 se han visto claramente amenazadas por las últimas medidas del actual Gobierno de coalición, y eso no lo podían permitir, para lo cual se han activado los resortes oportunos para impedirlo. De hecho, podemos decir que lo que acaba de ocurrir en España es una versión en miniatura, diríamos jibarizada, de lo que está ocurriendo en Perú con el Gobierno de Pedro Castillo, que es a su vez lo mismo que ha ocurrido en Honduras con Manuel Zelaya, en Bolivia con Evo Morales, en Brasil con Lula da Silva (veremos si esta vez lo dejan gobernar), o con Cristina Fernández en Argentina (y que intentaron llevar a cabo con la Cuba de Fidel Castro y con la Venezuela de Hugo Chávez, aunque en estos países, afortunadamente, no pudieron hacerlo, debido a la valentía y agresividad de sus líderes políticos, así como al respaldo del propio Ejército): Golpes de Estado suaves, dirigidos por la camarilla de la derecha política, social y mediática, alzando de forma falaz las banderas de la “democracia”, para impedir que dichos dirigentes llevaran a cabo políticas que beneficiaran la vida de las mayorías sociales y trabajadoras.

 

Por tanto, volvamos a la pregunta inicial: ¿Quién, con un mínimo de perspectiva histórica y de capacidad de análisis, puede sorprenderse de lo ocurrido estos días en nuestro país? Era absolutamente previsible que cuando algún Gobierno fuese capaz de tomar medidas, no ya revolucionarias, sino mínimamente encaminadas a fortalecer la democracia y a proteger a los más vulnerables, los poderes y las clases dominantes se le echarían encima. El caso más paradigmático son las Fuerzas Armadas, que al no haber sido profundamente democratizadas, continúan representando un peligro para nuestro Estado de Derecho. Me atrevo a vaticinar que, en el remoto caso de que alguna vez las fuerzas políticas de la verdadera izquierda (que no el PSOE) obtuvieran en el Parlamento una amplia mayoría absoluta (algo así como los 202 escaños que obtuvo Felipe González en 1982), los militares se alzarían en armas al día siguiente, como ya lo hicieron en 1936. Al tiempo.

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10 diciembre 2022 6 10 /12 /diciembre /2022 00:00

No somos hombres ni mujeres burbuja, aparecidos espontáneamente en el cielo, que solo aspiran a vivir en el aquí y en el ahora. No se puede ser universal sin ser de ningún sitio. Ni eterno sin tomar conciencia de lo que fuimos. La diversidad cultural necesita del espacio y del tiempo

Antonio Manuel Rodríguez Ramos

¿Nos hemos fijado alguna vez en determinadas características del comportamiento, de las ideas o del aspecto físico que poseen personas de distintos lugares del mundo? ¿Y en sus formas de pensar, y de entender la vida y el mundo? ¿A que son sospechosamente parecidas? Si, por ejemplo, vamos a cualquier playa en verano, y nos situamos junto a grupos de jóvenes, podremos comprobar que escuchan (en su inmensa mayoría) el mismo tipo de música en cualquier lugar. Si de noche nos fijamos en la vestimenta que usan para ir a divertirse, también comprobaremos que suele ser muy parecida, prácticamente la misma. Y lo mismo le ocurrirá al peinado, a la forma de hablar y de expresarse, a los hábitos alimenticios, a sus prácticas y costumbres, etc. Pareciera que un cierto mimetismo universal les tiene secuestrados/as. Por supuesto, todo ello también se aplica al mundo de los adultos: no hay más que asistir a cualquier reunión más o menos “formal” para darse cuenta de la homogeneidad de que hacen gala, tanto ellos como ellas. Sin ir más lejos, el traje de chaqueta masculino, de corte occidental, se ha convertido prácticamente en el uniforme universal para los hombres, tan sólo sustituido por otros atuendos cuando asisten a alguna gala local que les “obliga” a ir vestidos a la forma tradicional del lugar en cuestión. Y en lo tocante a la forma de pensar y de sentir, de entender el mundo, las similitudes también son claramente manifiestas.

 

¿A qué se debe todo ello? Pues básicamente, a que la globalización ha hecho (continúa haciendo) muy bien su trabajo. ¿Y qué trabajo es ése? Pues existen fundamentalmente dos objetivos que el proceso globalizador (a nivel mundial, y de carácter capitalista y neoliberal) se propone llevar a cabo, y sobre los cuales avanza a pasos agigantados: por un lado, desidentificar a los pueblos, tarea previa para erradicar la diversidad cultural (es decir, convertirlos en entidades más homogéneas, diríamos más “homologables”); por otro lado, extender y acrecentar las desigualdades (incidiendo en el ataque a los Derechos Humanos fundamentales). Si observamos con detalle, hace unas cuantas décadas (y aún más hace siglos) la diversidad cultural de los pueblos de todo el planeta era mucho mayor, y además poseían de forma mucho más clara y marcada una identidad cultural propia, como producto de su historia, y de su relación con el medio. Dicha identidad cultural viene expresada en prácticamente todas las formas de relación social, como un hecho antropológico completo, y afecta al folklore, a la personalidad e idiosincrasia de sus gentes, a sus cantares, a sus costumbres, a su religión, a sus creencias, supersticiones, mitos, leyendas, tradiciones, alimentación, etc. Todo ello se comprueba muy fácilmente sobre todo en los pueblos indígenas en todas partes del mundo, cuyas características diferenciadoras son muy evidentes.

 

Para poder manejar y controlar mejor a los pueblos del mundo como objetivo globalizador, éstos han de ver cada vez más anulada su propia identidad cultural, es decir, han de dejar de ser tan diversos, para ser más homogéneos. La globalización, de este modo, ataca a las diferentes culturas, ignorando (e incluso denigrando o ridiculizando) sus propios valores y manifestaciones, y fomentando el culto a una serie de iconos, valores y comportamientos, formas de entender el mundo que responden a su ideario. La globalización, por tanto, es enemiga de la diversidad. Y en este sentido, es enemiga de la interculturalidad, pues ésta se funda en el respeto y aceptación de culturas diversas, sin distinción de grados ni de niveles, sin menospreciar ninguna de ellas, es decir, sin ejercer un paradigma de superioridad de ningún pueblo sobre otro.

 

La globalización es consecuencia directa de las previas políticas de colonización, que han conducido a la dominación de los pueblos por parte de los invasores, conquistadores o “descubridores”, que han implantado (primero por la fuerza de las armas, y más recientemente por la fuerza de las empresas y compañías transnacionales) los valores, imaginarios y formas de vida de los pueblos dominantes. Ocurre en la mayoría de los casos lo que Franz Fanon denominó como el “Síndrome del Colonizado”, que consiste en la profunda interiorización de la dependencia y subalternidad por parte de los pueblos dominados, lo que conlleva la ocultación e incluso el desprecio de sus propias culturas frente a la cultura dominante. Y el primer paso para minimizar la diversidad cultural es provocar en las personas un sentimiento de desidentificación con su propia cultura.

 

Todo ello fomenta, en determinadas personas, una clara tendencia intimista, que se identifica y se enuncia, más o menos, con ser o sentirse “ciudadano/a del mundo”. Creemos que es una conquista más de la acción globalizadora, pues esta moda, a veces disfrazada intelectualmente, de sentirse “universalista” es sumamente peligrosa, porque abona la tendencia homogeneizadora hacia la uniformidad cultural a nivel planetario. Aclaremos: no se trata del sentimiento que pueden tener, por ejemplo, las personas que han habitado a lo largo de su vida en varias comunidades muy distantes y diferentes, y que, por tanto, no se sienten “de ningún sitio” (lo cual obedece a un hecho ciertamente lógico y natural), sino de las personas arraigadas temporal y culturalmente a cualquier pueblo o comunidad, pero que aseguran sentirse más como “ciudadanas del mundo”. Lo explican brillantemente Isidoro Moreno y Juan Agudo[1], cuando afirman: “El pseudouniversalismo etnocida se enmascara frecuentemente de defensa de la igualdad, como si diferencia e igualdad fueran términos antitéticos. Y no lo son: la igualdad a la que debemos aspirar se sitúa en el plano de lo social y las diferencias, la diversidad que debemos preservar, se refieren al ámbito de lo cultural. Lo opuesto a la igualdad es la desigualdad (de derechos, de acceso a bienes y servicios, de oportunidades, con sus consecuencias de discriminación, clasismo, racismo y sexismo) y lo opuesto a lo diferente es lo uniforme. Ese pseudouniversalismo no es más que la máscara del intento de imposición totalitaria de un único modelo cultural, antes el de la "civilización" europea, hoy el de la lógica de la globalización mercantilista que tiene como objetivo desidentificar a los pueblos y a las personas que los componen, apartándolos de sus valores comunitarios y de sus referencias culturales, y hacer desaparecer la memoria colectiva para así dominarlos más fácilmente y hacerles jugar el papel que conviene a los intereses hegemónicos a nivel planetario”.

 

Pero hablábamos más arriba de un segundo objetivo: la globalización, al igual que persigue que seamos más “iguales” culturalmente hablando, también persigue que seamos más “desiguales” en derechos, y para ello ha de fomentar la cultura y los valores capitalistas, que normalizan las obscenas desigualdades a las que venimos asistiendo: mientras unos cuantos super-mega-ricos en el mundo poseen una riqueza gigantesca (y sus empresas manejan presupuestos más grandes que el PIB de algunos países, controlando sus gobiernos, sus medios de comunicación, sus sistemas judiciales…), el hambre, la pobreza, la miseria, la precariedad, reinan en una gran parte del resto del mundo, en cientos y miles de millones de personas que además no ven sus derechos fundamentales cubiertos (ingresos, vivienda, sanidad, educación…). La desigualdad llega a ser brutal, violenta, insoportable. Estas desigualdades desestabilizan peligrosamente las sociedades, mientras aseguran el poder y los privilegios de una minoría cada vez más pudiente. Y en este otro sentido, la globalización también es enemiga de la interculturalidad, pues para conseguir acrecentar las desigualdades, ha de atacar las bases de producción y los modos de vida y de subsistencia de los diferentes pueblos del mundo, en aras a conseguir los falaces objetivos del “desarrollo”, del “bienestar” y del “progreso”.

 

En efecto, el proceso globalizador ha puesto en práctica una apropiación cultural hegemónica de estos conceptos, inoculando sus peligrosos valores al resto de pueblos y culturas, obligándoles a demoler los fundamentos de sus sociedades, para construir modelos sociales que se ajusten a ellos. Este proceso conlleva, en la mayoría de los casos, una destrucción cultural de proporciones gigantescas, derribando los soportes culturales donde se asientan históricamente sus cosmovisiones. Y así, en aras del “progreso” y del “desarrollo”, la globalización ha arrasado con miles de culturas milenarias, y con la práctica totalidad de sus imaginarios colectivos. La primera tarea, ya realmente urgente, sería desarrollar esas identidades de resistencia, que en muchos lugares ya están ocurriendo, para recuperar los rescoldos de dichas culturas milenarias, o simplemente, ser libres para desarrollar modelos políticos y económicos que se basen en otros pilares y en otros objetivos.

 

Conseguir modelos de sociedad realmente interculturales, por tanto, implica una seria y decidida lucha contra la globalización, y para ello hay que recuperar justamente los dos frentes que la globalización ataca, es decir, el frente de la diversidad e identidad cultural de los pueblos, y el frente del respeto a los Derechos Humanos, que garantizan que todas las personas hayan de ver satisfechos sus derechos básicos y fundamentales. Pero vayamos por partes: recuperar el primer frente (el del respeto a la identidad cultural) requiere abandonar las políticas imperialistas y colonialistas que hemos venido practicando desde Occidente durante siglos (desde Roma hasta Estados Unidos, pasando por los imperios británico, francés o español), dejar de atacar a los pueblos y países que no se adhieren a los designios capitalistas, respetando sus modos de vida y de producción, y respetando sus valores, sus cosmovisiones originarias, sus formas de entender el mundo. En una palabra, respetando su soberanía y su cultura, es decir, sus diferencias: entender el planeta como “un mundo de diversos mundos”, donde cada pueblo y cultura nos enriquece y nos hace converger en la naturaleza humana, en vez de entenderse como un desafío o un peligro.

 

Por su parte, recuperar el segundo frente (el de la igualdad entendida como el respeto a los Derechos Humanos fundamentales) requiere garantizar sociedades justas, con equidad y con justicia social, fiscal, económica y medioambiental. Erradicar la pobreza y la precariedad, así como poner topes a la riqueza (las dos caras de una misma moneda), serían logros esenciales para poder detener las terribles desigualdades que sufrimos. Y también, por supuesto, dotar a las sociedades de un conjunto de bienes comunes, bajo control público, para que todas las necesidades fundamentales de la población se vean satisfechas. El último tipo de justicia que hemos mencionado, la justicia medioambiental, es la única que es realmente universalista, pues es aplicable a todo el planeta, y planeta Tierra sólo tenemos uno: esto significa que sólo tendremos justicia medioambiental verdadera cuando exista en todos los lugares del mundo, pues la injusticia medioambiental en una parte del mundo afecta a todas las demás. Alcanzar todas estas justicias, como afirmábamos anteriormente, implica también respetar los modelos económicos y políticos que cada pueblo desee implementar para su sociedad, respetando por tanto sus modos de producción y de consumo, sus cosmovisiones, y sus culturas y tradiciones.

 

Conseguir todo ello depende no sólo del desarrollo de unos planteamientos políticos completamente antagónicos a los actuales, sino de la difusión de una serie de ideas que nos hagan desarrollar una actitud de respeto y comprender una nueva cosmovisión sobre los pueblos, las culturas y las tradiciones. En este sentido, merece la pena conocer y difundir los postulados del filósofo alemán Hans-Georg Gadamer (1900-2002), discípulo de Martin Heidegger, cuya obra fundamental (“Verdad y Método”, 1960) nos ofrece algunas pautas para converger en estas ideas. Gadamer nos introdujo en el mundo de las diversas subjetividades, valorando cada una de ellas (tanto a nivel personal como colectivo), pero haciendo hincapié, precisamente, en que cada una de ellas se nos presenta sesgada y limitada. Debido a ello, la objetividad plena es inalcanzable, pues cada cultura (y cada persona) comprende el mundo desde su propia perspectiva. Cada identidad cultural nos sitúa en su propio punto de vista, y cada punto de vista posee su propio horizonte, es decir, permite percibir y comprender sólo determinados aspectos de la realidad, mientras que otros se le escapan. Por tanto, para poder alcanzar más allá de dicho horizonte cultural, necesitamos acercarnos a otros puntos de vista. En este sentido, el diálogo intercultural, entre personas y pueblos de diferentes culturas y cosmovisiones, siempre contribuirá a ampliar nuestra comprensión de la realidad.

 

Gadamer sostuvo que existía una especie de marco cultural que determinaba nuestro pensamiento (el individuo es un ser histórico-espacial-temporal), más allá del cual se nos hace muy difícil tomar referencias. Todas las personas, como individuos, tenemos nuestra conciencia históricamente moldeada, y sujeta a una serie de factores subjetivos (familiares, sociales, históricos, profesionales, identitarios, educativos…) adscritos a nuestro tiempo y lugar. Ello se explica porque cada individuo concreto pertenece a una sociedad, y está inmerso en sus tradiciones, que configuran una serie de prejuicios que moldean su pensamiento y su percepción de la realidad, y le permiten entenderse en su contexto. Para un verdadero encuentro intercultural necesitamos, entonces, un ejercicio de apertura hacia el “otro”, hacia otros individuos de culturas y cosmovisiones distintas, para poder participar en un diálogo constructivo que sea capaz de modelar nuevas relaciones de respeto, comprensión y empatía. La comprensión es siempre un ejercicio de fusión de todos los demás horizontes culturales.

 

No obstante, no podremos emprender dicha tarea (de pleno acercamiento, respeto y convivencia intercultural) si no abandonamos los planteamientos globalizadores, que únicamente conceden valor a los puntos de vista occidentales, imperialistas, colonialistas, capitalistas y neoliberales. Un modelo intercultural pleno y auténtico debe estar siempre abierto, y únicamente será posible si está fundado en el constante diálogo y apreciación de todas las cosmovisiones existentes, en el pleno respeto a la diversidad de todos los pueblos y culturas, y en las plenas garantías de los Derechos Humanos de todas las sociedades del mundo. Ello incidirá también en la recuperación de la propia soberanía de los pueblos, deteniendo el constante ataque por parte de las instituciones dominantes, reivindicando la propia identidad histórica y cultural, y poniéndola en valor con respecto a todas las demás.

 

Alcanzar un modelo pleno de interculturalidad implica, por tanto, dejar de abrazar y asumir la lógica perversa de la globalización capitalista, que magnifica la lógica de mercado, que a su vez trata de imponer la mercantilización deshumanizada a todas las actividades, facetas y dimensiones humanas, y a todos los ámbitos de la vida personal, social y comunitaria. El acercamiento y el diálogo con el resto de culturas, de cara a una efectiva convivencia y respeto, debe rescatar la diversidad e identidad cultural de los pueblos del mundo, consolidarlas y ponerlas en valor, reivindicarlas como una riqueza planetaria, y contribuir a que cada identidad cultural recupere su soberanía y su memoria histórica colectiva. Las sociedades interculturales deben respetar las identidades políticas de todos los pueblos, asegurando y preservando su supervivencia, en base a sus cosmovisiones, referentes simbólicos, marcadores identitarios y códigos culturales que les son propios. Todo ello se enfrenta a la deriva globalizadora, que pretende, mediante el control de las instituciones internacionales, racionalizar, interiorizar y legitimar el sistema de dominación de los pueblos y culturas del mundo.

 

[1]Expresiones culturales andaluzas”, Coordinadores: Isidoro Moreno y Juan Agudo, Sevilla, Aconcagua Libros, 2012

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9 noviembre 2022 3 09 /11 /noviembre /2022 00:00
Viñeta: Kalvellido

Viñeta: Kalvellido

Recientemente, Elías Bendodo, Coordinador General del PP, ha llamado al Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, “mal español”. ¿Nos recuerda algo ese calificativo? No hay que ser demasiado mayor, simplemente haber escuchado a las víctimas del franquismo y sus familiares, o haber leído algún libro decente de historia contemporánea de nuestro país, o algún artículo sobre el tema, para asimilar dicho insulto exactamente al que proferían los golpistas a los republicanos durante la Guerra Civil y la dictadura. Lo recoge, sin ir más lejos, una escena concreta de la película “Mientras dure la guerra”, de Alejandro Amenábar. Era la forma concreta como los fascistas tildaban a los republicanos (pero también a los socialistas, comunistas, masones, etc.), haciendo un claro ejercicio de apropiación de los valores patrios, contra todos los que no pensaran como ellos. Es una expresión del fascismo más puro y duro, una expresión despreciable por excluyente, por injusta, por discriminatoria y por aberrante. Toda una retórica anclada en una clara política de enfrentamiento, que divide a la población y provoca violencia, miedo y exclusión.

 

Pues bien, resulta que casi un siglo después, aquí está esta derecha arrogante, reaccionaria y fascista, intolerante y excluyente, heredera de los postulados de aquélla que interrumpió el proyecto de la República por la fuerza de las armas, que de vez en cuando, se quita la careta de “demócrata” para enseñar sus horrendas fauces, que siguen siendo las mismas de siempre. Unas fauces que se creen con la potestad de otorgar carnés de “buenos” y “malos” españoles, según comulguen o no con su ideario. Para el régimen franquista, fueron “malos españoles” nombres como Federico García Lorca, Manuel de Falla, Blas Infante, Manuel Machado, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, y los cientos de miles de republicanos y republicanas que dejaron fusilados/as en las cunetas y fosas comunes, así como los otros cientos de miles a los que convirtieron en trabajadores forzosos, dejaron morir de hambre, les apartaron de su labor docente, o expoliaron su patrimonio, entre otras penosas circunstancias. Todos ellos eran “malos españoles”, porque los “buenos españoles” eran aquellos que se dedicaban a fusilar, y todos los que les apoyaban, léase la Iglesia Católica, los grandes empresarios y terratenientes, la banca privada, etc.

 

Y por supuesto, continúan protegiendo de forma indisimulada a aquellos “buenos españoles” de la época, tales como los gerifaltes del franquismo que aún continúan vivos (como Rodolfo Martín Villa), impidiendo que sean juzgados por sus responsabilidades (la jueza María Servini de Cubría ha interpuesto varios requerimientos desde Argentina), poniendo todos los palos en las ruedas que pueden para que no avancen las leyes de Memoria Histórica y Democrática que apliquen los principios de Verdad, Justicia y Reparación, incumpliendo las normativas que derivan de dichas leyes, promoviendo y participando en actos de claro tinte fascista, o argumentando absurdas proclamas como que “la Guerra Civil fue una pelea entre nuestros abuelos”, o que “la política debería preocuparse de los vivos, y dejar a los muertos en paz”, tal como ha afirmado recientemente el Presidente del PP, Alberto Núñez Feijoo, cuando ha sido preguntado sobre la exhumación del sanguinario General Queipo de Llano, responsable de más de 45.000 muertes en Andalucía.

 

No en vano, sustituyeron al anterior Presidente del partido, Pablo Casado, cuando éste vertió sus críticas a los supuestos trapicheos del gobierno regional de Isabel Díaz Ayuso. De hecho, las primeras afirmaciones del actual Presidente del PP fueron que no dudaba de la “honorabilidad” de la presidenta madrileña. Un Partido Popular que, entre otras medidas de “buenos españoles”, se dedica a fomentar la competencia fiscal (a la baja, por supuesto) entre Comunidades Autónomas, a bloquear (ya por más de 4 años) la renovación del Consejo General del Poder Judicial (no hace falta ser muy inteligente para entrever los motivos de tan rechazable estrategia), a calentar aún más el ambiente contra el movimiento independentista catalán (prometiendo aumentar las penas por el delito anacrónico de sedición, o tipificar en el Código Penal la figura de convocatoria de referéndum “ilegal”), a criticar las medidas económicas del Gobierno encaminadas a suavizar los efectos de la crisis (como los impuestos a la banca, a las empresas energéticas o a las grandes fortunas), o a facilitar pactos con Vox (la otra fuerza política de la extrema derecha abiertamente franquista y reaccionaria, que además hace bandera del negacionismo climático o de la violencia de género). Todos ellos son, según ellos mismos, los “buenos españoles”. El resto somos “los malos”.

 

Avanzan los tiempos, y los procedimientos van cambiando con ellos. Ahora ya no necesitan fusilar a nadie, ni formar Consejos de Guerra sumarísimos, ni torturar en las Comisarías. Ahora los procedimientos son más sutiles, más sofisticados, pero continúan estando apoyados por los propios poderes del Estado. Se encargan de ello fundamentalmente los grandes medios de comunicación y el Poder Judicial, poderes que siguen colonizados por los “buenos” españoles, y que se dedican a lanzar campañas de desprestigio (mediáticas y judiciales) hacia las personas y las formaciones políticas que consideran “peligrosas” para los intereses de los estamentos dominantes, que continúan siendo los mismos que antaño. Ya no sale a la calle ningún “Caudillo” bajo palio “por la gracia de Dios”, pero tenemos a un Rey, heredero del designado por el dictador, que continúa siendo la base de la pirámide donde se asienta todo el Régimen del 78, aquél que el dictador dejara “atado y bien atado”. Y aunque disfrutamos hoy día de numerosos avances sociales con respecto al pasado reciente, las relaciones económicas donde se asienta la vida de la gente no han cambiado: más bien al contrario, se han incrementado las desigualdades hasta extremos insostenibles, y las condiciones materiales que permiten la vida han empeorado ostensiblemente. La guerra contra los “malos” españoles continúa.

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4 julio 2022 1 04 /07 /julio /2022 23:00
Decálogo de falacias en la Cumbre de la OTAN

Aquí se nos invita a celebrar el rearme, la escalada bélica, los muros más altos, la concepción de la migración como ‘amenaza híbrida’. Algunos analistas incluso plantean proyectos delirantes que contemplan la “occidentalización” del mundo. Europa deja en sala de espera la posibilidad de desarrollar su autonomía estratégica. El avance en los caminos de los derechos humanos, del cuidado del planeta, de la igualdad y de la paz también tendrá que esperar. Es la militarización de las mentes

Olga Rodríguez

Durante los pasados días 29 y 30 de junio se ha celebrado en Madrid una Cumbre de la OTAN calificada como “histórica” por muchos de sus organizadores (la celebración de la Cumbre ya es en sí misma un acto desafiante y contrario a la paz, siendo la OTAN la organización militar más poderosa del mundo), cuyas conclusiones se han plasmado en un escueto documento de 16 páginas (en realidad sólo 11, el resto son portadas y páginas en blanco) que resumen lo que han denominado como “Concepto Estratégico de Madrid”, que pudiera ser considerada la falacia 0 de esta Cumbre. Básicamente, una mirada al ombligo de este prepotente Occidente otanista y beligerante, que se cree el centro del mundo, y que pugna violentamente por no perder su hegemonía en el resto del planeta. Detrás de ese “Concepto Estratégico” sólo se esconde una verdad: la OTAN es un instrumento violento para conseguir dominar territorios, recursos naturales y energéticos y nuevos mercados, todo ello a través de la fuerza. Se obstina de forma terca en defender la visión unipolar del mundo que caracterizó a pasadas décadas, sin enfrentar la nueva realidad, donde un horizonte multipolar, más justo y equilibrado, se vislumbra. No obstante, si las políticas climáticas y energéticas no cambian, es muy probable que ocurra el colapso de la humanidad antes de que este nuevo mundo multipolar vea la luz.

 

Es de destacar también, paralelamente al contenido de la propia Cumbre, la reproducción de un evento y de una agenda profundamente machista y conservadora, lo que puede comprobarse no solamente en la “foto de familia” de la Cumbre, con inmensa mayoría de hombres, sino en la “agenda alternativa” de los/as acompañantes de los líderes otánicos, la inmensa mayoría mujeres, que guiadas por la reina Leticia, han asistido a todo tipo de actos sociales y culturales, mientras sus importantes parejas solucionaban los problemas del mundo a su violenta manera. Vamos a comentar a continuación las que nos han parecido las mayores falacias de esta Cumbre, aunque por supuesto no es una enumeración exhaustiva, pues durante la misma se han producido muchas más entrevistas y actos que merecerían un tratamiento separado. Pero lo principal podría resumirse en el siguiente decálogo:

 

1.- La OTAN es una organización defensiva. Sólo les ha faltado decir que la OTAN es una organización pacifista, para completar la falacia y el despropósito. La OTAN es una organización belicista y patriarcal, creada para defender unos intereses muy concretos de unos países muy concretos. La OTAN siempre ha apostado por la escalada bélica, por la militarización creciente de sus países miembro, y por el incremento de los presupuestos en Defensa. Su naturaleza es militar, no cabe otro enfoque posible. Ninguna organización de este tipo debería existir en el mundo, y la ONU, en vez de celebrar este tipo de eventos, debería hacer campaña para erradicarlos. Pedro Sánchez, el anfitrión de la Cumbre, orgulloso de su celebración, ha proclamado que ha sido “un éxito” (¿?), y que la OTAN es un club de democracias para defender la democracia. Dicha afirmación no es que sea una falacia, sino que es una absoluta aberración. La arrogancia de Occidente no tiene límites, y su discurso es cada vez más proclive a la normalización del relato de la extrema derecha.

 

2.- Putin tiene afán expansionista e imperialista. Se instó a Rusia a “detener la guerra”, así como se expresó la firme voluntad de continuar enviando armas a Ucrania, porque según los inteligentes líderes que acudieron a la Cumbre, "Ucrania debe ganar” esta guerra. Como en otros artículos ya hemos indicado, la voluntad negociadora está completamente ausente, no existe ningún interés en la vía diplomática, y la única tesis en la que se trabaja es que Ucrania continúe siendo un campo de batalla indefinido, que sirva únicamente para desgastar a Rusia, a costa de su aislamiento y del reforzamiento de la OTAN. Es una completa falacia que se afirme que Putin tiene afán expansionista, cuando desde 1949 la única que se ha expandido ha sido la OTAN, cercando cada vez más a Rusia, y tomando acciones de injerencia en las políticas internas de determinados países de la antigua órbita soviética, para que sirvieran a los intereses occidentales.

 

3.- Los aliados somos más fuertes y estamos más unidos que nunca (ahora somos 32). También se ha afirmado que Putin quería menos OTAN y tendrá más OTAN. En realidad, los únicos que vamos a tener más OTAN somos nosotros en la Base Militar de Rota, donde el número de buques destructores estadounidenses va a pasar de 4 a 6. Y eso que las promesas del PSOE de Felipe González eran “disminuir progresivamente la presencia militar norteamericana en España”. Menos mal, porque si llegan a prometer ampliarla…Nuestro país se está convirtiendo cada vez más en una colonia militar de Estados Unidos, a cuyos mandatarios rendimos pleitesía y nos subordinamos a sus intereses geopolíticos y geoestratégicos. De esta forma perdemos voz en la escena internacional, anulamos nuestra soberanía, y nos sometemos de manera torpe y miope a los intereses estadounidenses, lo que puede comprobarse en nuestro cambio de dependencia en lo tocante a la energía (en vez de un gas rápido y menos contaminante proveniente de los gasoductos rusos, ahora llegarán a nuestras costas buques transportadores de gas licuado procedente de Estados Unidos, más caro y contaminante).

 

Por otra parte, como hemos comentado, el número de países miembro ha aumentado a 32. En esta Cumbre se ha aprobado la incorporación de Suecia y Finlandia, dos países que han roto su histórica neutralidad para sucumbir al relato estadounidense del enemigo ruso, y provocarlo aún más, pues Finlandia comparte más de mil kilómetros de frontera con la Federación Rusa. Lo que no se cuenta es que, para aprobar dicha incorporación de ambos países nórdicos, han tenido que superar el veto previo de Turquía, teniendo que reconocer al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) como organización terrorista, con el compromiso de extraditar a Turquía a todos los kurdos que allí residen, y que el presidente turco considera terroristas.

 

4.- Rusia es la principal amenaza. Concretamente, se ha afirmado que Rusia es la “amenaza más significativa y directa” para los países de la Alianza, lo cual anuncia, como es lógico, un contexto de mayor tensión y enfrentamiento. De esta forma, Estados Unidos sigue sirviéndose de su patio europeo para continuar su pulso con Moscú y para intentar mantener la hegemonía que va poco a poco perdiendo. Es cierto que Rusia ha invadido Ucrania, pero Rusia no amenaza a ningún país europeo. Es una completa falacia definir a Rusia como una amenaza cuando somos nosotros, los países de la OTAN, quienes hemos amenazado con la expansión de esta misma organización durante décadas. Y en Ucrania, los Estados Unidos llevan caldeando el terreno y el ambiente desde 2014, para provocar el alejamiento de Ucrania con respecto a Rusia, y su acercamiento a los países de la UE, es decir, para convertir a Ucrania en otro títere suyo. Y sobre la guerra de Ucrania, no se escucha ni una sola voz de la OTAN que promueva el fin de la guerra mediante el diálogo, la negociación y el acuerdo, sino mediante la escalada bélica y el envío constante de más armas a territorio ucraniano.

 

Como ha explicado Olga Rodríguez: “Europa es hoy más débil política y económicamente que antes de la invasión de Ucrania, y está más subordinada a Washington. Ante ello el presidente estadounidense Joe Biden pide a Bruselas que resista, que asuma sus directrices, que se convierta en escenario de la escalada con el envío de más tropas estadounidenses a Europa. Desde su posición de privilegio y desde su lejanía geográfica es fácil. EEUU está trazando su estrategia en Ucrania a costa de los intereses de parte de sus socios europeos. Los riesgos para nuestro continente no son pocos”.

 

5.- China es un reto y un desafío a nuestros valores. En efecto, en el documento de conclusiones de la Cumbre se indica que el país asiático representa un desafío a los “intereses y valores” de la Alianza. ¿Es que nadie se da cuenta de la gravedad de estas afirmaciones? ¿Es que no se entiende el lenguaje hostil y provocador de dichas afirmaciones? ¿Es que no comprenden nuestros líderes otanistas que estas declaraciones no hacen sino provocar el rechazo de pueblos que deberían ser nuestros hermanos y no nuestros “desafíos”? ¿Es que nos creemos de verdad con la superioridad moral para señalar a otros como rivales simplemente porque son diferentes a nosotros? No, solo hay que acudir a un relato más sencillo: China está más adelantada tecnológicamente que Estados Unidos, y lisa y llanamente, Washington se niega a asumirlo, se resiste a perder su hegemonía (que ya sólo mantiene en la faceta militar), y busca por todos los medios aislar y competir con el gigante asiático, incluso recurriendo a juego sucio. Y aquí, como en tantos otros asuntos, los países europeos le sirven al gigante estadounidense de perritos falderos. China no amenaza ni desafía a nadie, no es un reto para nadie, y lo que hay que hacer, en vez de tantas declaraciones hostiles y altisonantes, es promover acuerdos de colaboración y cooperación con Pekín.

 

6.- La OTAN defenderá cada centímetro de su territorio. De nuevo una afirmación arrogante y agresiva, que intenta amedrentar a los países que puedan albergar la idea de “atacar” cualquier “centímetro” de territorio otánico. Son declaraciones que, por absolutas perogrulladas, no deberían estar en el discurso de líderes de tan alto nivel como se supone que son los dirigentes de la OTAN. Ya se sabe que esto ocurrirá, pues está en la propia naturaleza de la organización, pero en vez de proclamarlo, lo que los países de la OTAN deberían hacer es promover políticas que garanticen, cada vez más, que ni un solo centímetro de ningún país ni territorio va a ser atacado. Es lo que hace un buen negociador, en vez de un matón de barrio, como parece ser que son los líderes otanistas.

 

7.- La OTAN ha abordado los problemas derivados del calentamiento global. ¿Puede haber mayor falacia? ¿Cómo puede afirmarse que organizaciones como la OTAN van a considerar los problemas derivados del cambio climático, cuando resulta que los ejércitos (todos los ejércitos del mundo) constituyen los elementos más contaminantes del planeta? Sólo el Pentágono y sus tropas son responsables de más emisiones de gases de efecto invernadero que muchos Estados del mundo. Los ejércitos son consumidores de petróleo en ingentes cantidades, y son responsables, mediante las operaciones militares, los conflictos armados y las guerras, de la devastación que provoca la muerte de cientos de miles de personas, de animales y de ecosistemas, la contaminación de bosques, mares y ríos, y la pérdida constante de biodiversidad regional. Y por si fuera poco, la posterior reconstrucción que necesitan los lugares devastados por las guerras vuelve a generar mayor destrucción ambiental y consumo excesivo de recursos. En resumidas cuentas, es una completa contradicción que se afirme que organizaciones como la OTAN pueden preocuparse por este asunto, cuando su propia actividad es responsable de buena parte del calentamiento global.

 

8.- La OTAN también se ocupará del flanco sur. En realidad, lo que se ha acordado básicamente es la lucha contra los grupos terroristas asentados en el Sahel, así como la consideración del fenómeno de la migración en el flanco sur como una “amenaza híbrida”.  Como si no hubiera graves problemas en los lugares de origen que empujan a muchos seres humanos a buscar otros rumbos, otras salidas. Como si no hubiera guerras, violencia, pobreza, saqueo de recursos, sequías, catástrofes medioambientales, crisis climática, hambre…¿Cómo es posible definir las migraciones como una “amenaza”, máxime cuando quien así las califica es el responsable (los países de la OTAN) de provocar las condiciones catastróficas en dichos países para que la gente migre? Siglos precedentes de políticas colonialistas y neocolonialistas han provocado no solo el ingente saqueo de los recursos naturales de dichos países (y en el pasado el expolio de sus tesoros culturales), sino que para lograrlo más eficaz y rápidamente, han promovido tensiones, derrocamiento de Gobiernos y continuas injerencias en sus políticas internas. Estas afirmaciones no son solo falacias, son además indecencias.

 

9.- La OTAN debe aumentar su presupuesto en defensa hasta el 2% del PIB. De hecho, el Presidente Pedro Sánchez se ha comprometido a ello durante esta década, y ha manifestado su voluntad de convencer a todos los grupos del Parlamento para que apoyen su “proyecto de país” (¿?) en este asunto. Los dirigentes de Podemos ya le han contestado: “Nuestro país necesita más profesores y médicos, más hospitales y escuelas, más residencias y rentas garantizadas, y menos tanques y armas”. Es cierto, pero aunque no los necesitara, hay que huir de toda política que invierta en lo que llaman eufemísticamente “Defensa”, pues es dinero empleado en armas, para patrocinar las guerras y las masacres. Denunciemos de una vez la clásica y tremenda falacia que dice así: “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Falso. Si quieres la paz, has de prepararte para la paz, con educación para la paz, con presupuestos para la paz, y con cultura para la paz. Nada de lo que la OTAN promueve, pues los países otánicos se sitúan en las antípodas de la cultura de paz.

 

10.- Vivimos en un mundo más peligroso e impredecible. Sin duda, es ésta la afirmación más cínica y escandalosa con diferencia de todas las que se han vertido en esta Cumbre. ¿Cómo pueden afirmar sin despeinarse que el mundo es más peligroso, precisamente aquéllos que lo hacen más peligroso? Son precisamente las políticas que organizaciones como la OTAN promueven, las que vuelven más peligroso el mundo. Se permiten referirse a las migraciones como “amenazas”, cuando son hechos que ellos mismos han provocado mediante sus políticas de saqueo y desestabilización de países enteros. Se permiten referirse a las guerras como impredecibles cuando son ellos los que las programan y activan. Afirman que el mundo es más peligroso cuando son ellos mismos los que no dejan de convertir al mundo en un polvorín, en cada decisión que toman. Son los dirigentes de organizaciones como la OTAN las que crean mundos peligrosos, por promover presupuestos en Defensa, en vez de promover presupuestos para eliminar las desigualdades, y para garantizar los derechos humanos. El mundo es más peligroso, es cierto, pero se lo debemos a ellos.

 

Son instituciones como la OTAN las responsables de las guerras, de las escaladas armamentísticas, del crecimiento del complejo militar-industrial, y de provocar en el mundo tanto odio, tanta miseria, tanta hambre, tantos desplazamientos forzados, tanta desolación y tanta devastación. Las operaciones de la OTAN nunca han conseguido estabilizar y ofrecer un entorno de seguridad en los países intervenidos (véanse, entre otros muchos, los casos de Libia, Afganistán, Siria o Irak), sino más bien al contrario, han facilitado Estados fallidos, éxodos masivos de personas, y un polvorín armamentístico y humanitario. La OTAN patrocina, no nos engañemos, un mundo de refugiados, de desamparo, de calamidades, de desastres, de inhumanidad. Un mundo de horror y barbarie. Un mundo sombrío. No tendremos un mundo en paz mientras organizaciones como la OTAN continúen existiendo. Como resumen de todas las falacias comentadas, sólo queda una conclusión: lo mejor que podría hacer la OTAN es disolverse, y que a partir de ese momento, los países miembros promovieran de verdad la paz, promovieran acuerdos pacíficos y cooperativos entre los países, las naciones, los continentes, los pueblos y las civilizaciones del mundo, promoviendo la justicia internacional y la equidad, en vez de definir a otros como “enemigos” o “desafíos”. Sin duda, entonces, el mundo sería menos peligroso. Nos sumamos a la proclama que levantara Julio Anguita: ¡Malditas sean las armas, las guerras y los que las promueven!

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28 junio 2022 2 28 /06 /junio /2022 23:00
Viñeta: Antonio Rodríguez

Viñeta: Antonio Rodríguez

Echarle la culpa a las supuestas “mafias de migrantes” es buscar encubrir a los verdaderos responsables. El Capitalismo es el responsable de esta tragedia: los que se lucran del sudor ajeno y del saqueo del planeta. Las transnacionales inflan sus fortunas en base a la tortura de los pueblos: viabilizan el saqueo mediante guerras imperialistas y paramilitarismo

Cecilia Zamudio

Tendemos a vivir en un mundo dividido entre “nosotros” y “ellos”, y esa escisión busca aunar los impulsos morales, pero para ponerlos al servicio del antagonismo social. Nuestra superioridad moral nos interesa en la medida que nos permite acusarlos a “ellos” de perversos; esos otros seres humanos “exceptuados” de nuestra obligación moral para con otros semejantes, atribuyéndoles rasgos que mancillan y deforman su imagen, seres humanos indignos de nuestra consideración y respeto, con lo que justificamos nuestra indiferencia

Mario Hernández

No hay alambre suficiente. Ni para los 7.700 km de frontera europea, ni para la brecha que separa Europa de la guerra y la pobreza

Isaac Rosa

Europeos, abramos los ojos. No va a haber suficientes muros ni alambres que paren esto. Ni gases lacrimógenos ni pelotas de goma. O abordamos un drama humano desde la capacidad de amar que nos hace humanos, o acabaremos todos deshumanizados. Y habrá más muertos, muchos más. Esta no es una batalla para protegernos de los otros. Ahora mismo esto es una guerra contra la vida

Ada Colau

El dinero tiene cada vez menos fronteras; las personas, cada vez más

Pedro Olalla

¿A quién pertenecen los recursos mineros (oro, platino, hierro, bauxita, coltán, níquel, estaño, plomo, manganeso, plata...), energéticos (petróleo, gas natural, uranio...), agrícolas (café, cacao, algodón...), forestales, pesqueros y otros que la economía mundializada necesita cruelmente? Pertenecen a esos hijos que vienen a morir a las puertas de Europa

Aminata Dramane

Hoy por hoy los valores éticos de la UE están en el cubo de la basura. En la crisis de los migrantes subyace el fracaso de las políticas de la UE. En poco tiempo se está desmoronando el edificio político y moral que dio lugar a su fundación, la política común es una quimera. Lo que queda es el mercado y el dinero. El derecho de asilo ha sido ahogado en el Mediterráneo. El derecho a la vida de los migrantes económicos, también

Iosu Perales

Veámoslo de esta manera: 2.000 personas negras desplazadas por conflictos en África han sido molidas a palos y 37 han muerto al buscar refugio en España. Más de 120.000 personas blancas desplazadas por la guerra de Ucrania han podido llegar a España en menos de cuatro meses (…) Los refugiados de África solo pueden pedir asilo en España saltando la valla de Ceuta o Melilla o subiéndose a una patera. Los de Ucrania tienen billetes gratis de Renfe y hasta grupos de taxistas han ido a recogerlos entre aplausos de políticos y sociedad civil (…) Si las imágenes de migrantes golpeados y desparramados en el suelo inconscientes fueran víctimas de la guerra de Putin, la OTAN estaría preparando arsenales y movilizando tropas y Europa hablaría de crímenes de guerra

Jairo Vargas

Sólo unos 130 migrantes consiguieron entrar en Melilla. El resto no pudo. En el cementerio de Nador (Marruecos) ya se preparan fosas comunes para enterrar (sin identificación y sin autopsia) a los casi 40 migrantes que murieron bajo los malos tratos de los gendarmes marroquíes. Además, más de una veintena de supervivientes han sido enviados a prisión preventiva, imputados por actos de violencia contra dichos gendarmes. La mayoría de ellos procedía de Sudán y Eritrea. Mientras, nuestro Presidente Pedro Sánchez, de forma vergonzosa, elogiaba la actuación de Marruecos, y responsabilizaba a las mafias que trafican con personas. Evidentemente las mafias existen, pero ese no es el debate aquí, sino el propio fenómeno migratorio y sus causas, y el trato denigrante que se ofrece a los migrantes. Y es que las imágenes que nos llegaban estos últimos días eran aterradoras, con los gendarmes empujando violentamente a los migrantes unos encima de otros, un trato que no se merecen ni las más fieras bestias. Apaleados y apilados, aberrantes tratamientos inconcebibles en pleno siglo XXI.

 

¿Existe una valla en la frontera entre España y Francia? No la hay, al igual que no la hay entre Estados Unidos y Canadá. Pero en cambio sí existe entre Marruecos y España (Ceuta y Melilla), así como entre Estados Unidos y México. Por tanto, si mil quinientos canadienses entran a territorio estadounidense, éstos nunca entenderán que ha habido un “ataque a la integridad territorial” de los Estados Unidos, como sí lo consideran cuando las mil quinientas personas son mexicanas, hondureñas o guatemaltecas. Igualmente, nuestro país no considera un “asalto violento” si llegan mil quinientos franceses, alemanes o ingleses, pero sí lo considera si las mil quinientas personas son de Ghana, Senegal o Burundi. Es la consideración racista la que determina cómo vemos a los demás, es el enfoque que posee un Norte colonizador sobre un Sur colonizado el que nos proporciona la mirada deshumanizadora, discriminatoria e injusta que tenemos hacia un mismo hecho.

 

Y es que la doble vara de medir, opinar, decidir y actuar con respecto a las personas migrantes es, en nuestro país, absolutamente hipócrita, criminal y escandalosa. La propia denominación que se asigna a los sucesos ya es, en sí misma, discriminatoria, pues el lenguaje es la primera arma que se utiliza para describir los fenómenos. Y en ese sentido, se habla de que los ucranianos que están sufriendo la invasión rusa son las víctimas de una guerra (y en efecto lo son, lo que se oculta y disfraza son las causas de esa guerra), y nos solidarizamos con ellos, y les tendemos todo tipo de puentes a sus necesidades, y les facilitamos la huida de su país, y los acogemos en el nuestro, y les buscamos trabajo, y les facilitamos ayudas, y les garantizamos su integración en nuestra sociedad, y les permitimos que continúen con sus proyectos vitales, e incluso a nivel privado y particular, miles de familias los acogen en sus casas, u organizan viajes para recogerlos o llevarlos a otros destinos, y se preocupan de que nada les falte mientras estén en nuestro país. Estupendo.

 

Pero en cambio, cuando mil quinientas personas, después de vagar durante meses por los montes marroquíes cercanos (algunos de ellos incluso años, pues llegaron hasta Libia, fueron devueltos a un “puerto seguro”, o han cruzado el desierto), hartos de soportar la tortura, la violencia, la agresión y la extorsión, desesperados y sin recursos, sin alternativas vitales, después de abandonar hijos, familias, paisajes, cultura, lugares de origen, amigos, etc., deciden superar una valla criminal impuesta por unos Gobiernos igualmente criminales, para que no puedan abandonar sus países, entonces lo llamamos “asalto violento” a la valla de Melilla.

 

Y de esos migrantes que llegan a través de ese “asalto violento” ya no nos interesa si han sufrido una guerra o no, si son profesionales o no, qué idioma hablan, cómo van vestidos, de qué país vienen, cuál ha sido la causa de su migración, qué necesidades tienen, qué anhelos y sueños poseen, qué vida merecen. Ya no nos importa nada de eso. Únicamente nos importa que son negros. Sólo vemos que son negros. Ya no vemos nada más. Nuestra hipócrita sensibilidad, criada a los pechos del cruel capitalismo, nos impide ver nada más. Y entonces, aplicando las despiadadas políticas que tenemos decididas, e incluso acordadas vergonzosamente con terceros países (Marruecos en este caso), nos limitamos a poner todos los efectivos (que tampoco parecen practicar mucha objeción de conciencia) de Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado que podamos para impedir a estas personas que puedan entrar en nuestro país, y les damos carta blanca para que actúen criminal y vergonzosamente hacia ellos, llevando a cabo todos los medios, las actitudes y comportamientos para disuadirlos de su acción, incluidos los más violentos (porras, balas de goma, concertinas, devoluciones en caliente…).

 

Y a aquellos que consigan llegar a nuestro país, no contentos con tanto calvario como les hemos hecho pasar, no los trataremos como a los ucranianos con alfombra roja, sino con alfombra negra, ingresándolos en un CETI (Centros de Estancia Temporal de Migrantes), donde se les trata de manera indigna y discriminatoria, y si al cabo del tiempo consiguen salir de allí (muchos de ellos mueren en motines o por maltrato de los agentes, o se suicidan ante tanta barbarie), de esas cárceles para migrantes, nuestra sociedad continuará siendo hostil con ellos, negándoles el pan y la sal, impidiendo que se puedan integrar con nosotros, o rechazando que puedan completar estudios o profesiones para que puedan desarrollar un proyecto de vida en nuestro país. Algunos afortunados sí lo conseguirán, pero la inmensa mayoría de ellos vivirán una vida de penuria y desgracia, de necesidades no cubiertas, de persecución y de racismo institucional, de xenofobia colectiva, de expectativas frustradas, de actividades no deseadas, de fatales incursiones en turbios negocios o de dedicación a actividades clandestinas.

 

Tendrán problemas para vivir porque son negros. Tendrán problemas para alquilar una vivienda, para poder trabajar, para estudiar, para instalar un negocio, para fundar una familia…Tendrán problemas para sobrevivir, porque son negros. No son, para nuestras despiadadas sociedades, “buenos” migrantes, como no éramos “buenos españoles” los republicanos en tiempos del franquismo (e incluso no lo somos todavía para algunas formaciones políticas). No son “buenos” migrantes porque no son “europeos”, porque no son “de los nuestros”, porque no son blancos de ojos azules, porque las mujeres no son rubias ni delgadas, porque no son caucásicos, y porque hablan el shongay, o cualquier otro idioma o dialecto de los países del Sahel. Como si no pudieran aprender nuestro idioma, como si no pudieran absorber nuestra cultura, como si la negritud de su piel les hubiera también ennegrecido su corazón, como si su negritud acreditara el ser o no ser buenos ciudadanos/as, como si fueran, en definitiva, no solo ciudadanos/as de segunda categoría, sino gente a la que nos esforzamos por borrar del mapa.

 

Estos malvados países de la llamada “Unión Europea” (junto con el mayor malvado, los Estados Unidos) practican un racismo institucional y social sin límites, un racismo que les lleva a contratar con terceros países fronterizos (Polonia, Turquía, Marruecos…) acuerdos de miles de millones de euros para que “controlen” a los migrantes que intenten entrar a nuestras fronteras, pero que cuando nos interesa (léase refugiados afganos después de la retirada de Estados Unidos de aquél país, o ahora refugiados ucranianos por la invasión rusa) desplegamos toda la maquinaria de acogida, integración y buena voluntad, para que los extranjeros se sientan “como en casa”. Brutal hipocresía que desvela nuestra podredumbre moral.

 

Mucho parece que nos duelen los bombardeos rusos en ciudades ucranianas, pero en el pasado hemos sido testigos de sucesos igualmente escandalosos (como el ahogamiento del pequeño Aylan Kurdi, o los muertos de la Playa de El Tarajal) que lejos de no caber en países que dicen respetar los derechos humanos, se han permitido con total frialdad, se han llegado incluso a normalizar. Basta ya de tanta hipocresía en torno a la política de fronteras. Basta ya de tanta barbarie migratoria. Ningún ser humano del planeta es ilegal, porque su humanidad está por encima de fronteras, idiomas, culturas, civilizaciones y demás condiciones políticas, sociales, económicas y culturales. Por tanto, todos los seres humanos que migran (ninguno lo hace por gusto, pues entonces no serían migrantes, sino turistas) merecen el mismo trato, un trato igualitario, justo y equitativo, que garantice su integración en los países de destino, y la plena satisfacción de sus derechos humanos.

 

¿Política de fronteras abiertas?, preguntarán indignados los supremacistas y racistas del mundo. Pues no nos cabe otra alternativa, pues los movimientos migratorios tienen su causa fundamental en tantos siglos de barbarie colonialista e imperialista que, sobre todo, Europa y los Estados Unidos vienen llevando a cabo. Y ahora, nos toca pagar el precio. Un precio que incluye acoger a los refugiados que vienen a nuestro país por causas de necesidad, pero que también incluye dejar de colonizar sus respectivos países de origen, invadiendo, hostigando, patrocinando Golpes de Estado, apoyando dictadores, instigando guerras contrainsurgentes, promoviendo Estados fallidos, bajo políticas de continua injerencia, bajo políticas extractivistas, bajo políticas, en suma, que destrozan países, territorios y culturas del mundo, en pro del mantenimiento del nivel de vida de los países del Norte global, y de un supuesto “desarrollismo” que no nos conduce al bienestar ni al progreso, sino al caos, a las desigualdades, a las guerras y a la barbarie. Hemos contribuido enormemente a generar la tremenda miseria que existe en el mundo, y ahora nos negamos a recibirla. Nosotros hemos roto esos países, y el que rompe, ha de pagar. ¡¡No al racismo migratorio!!

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23 junio 2022 4 23 /06 /junio /2022 23:00
Fuente: http://www.epdata.es

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Se acaban de celebrar las Elecciones Autonómicas en Andalucía, y el panorama tras las mismas es absolutamente desolador. Es un panorama ciertamente muy parecido al que obtuvimos tras las recientes Elecciones en Castilla y León, con solo algunas diferencias: los diputados y diputadas andaluces de Vox no serán determinantes para la formación del Gobierno, y la distribución de escaños entre las diferentes fuerzas políticas ofrece otro ligero reparto. Pero el fondo del asunto, lo que determina la evolución del voto popular se nos ofrece bien claro: la derechización del electorado, la pérdida de fuerza electoral y de poder político de la izquierda, y el avance de la derecha y de la extrema derecha. Y cuando digo “izquierda” no incluyo a ese engendro del PSOE, que lleva traicionando a las clases populares bajo ese falso eslogan desde hace más de 40 años, sino que me refiero a las fuerzas políticas situadas a su izquierda, se llamen como se llamen (Podemos, Izquierda Unida, Anticapitalistas, Animalistas, Pacifistas, Republicanos, Ecologistas, Feministas…).

 

Hemos entrado, desde hace varias décadas, en una dinámica muy peligrosa, patrocinada por el propio bipartidismo, que lejos de desaparecer, cobra una inusitada fuerza, debido precisamente a la fuerza del pensamiento dominante, y a la falta de conciencia política de las clases populares. Sólo una pregunta (doble) demuestra lo que señalo: ¿Cuántos empresarios (y no solo grandes, sino medianos, pequeños y autónomos) votan a esa izquierda en nuestro país? Seguramente ninguno. ¿Cuántos ciudadanos/as pertenecientes a las clases populares (profesionales, currantes, estudiantes, jubilados, refugiados, mujeres, parados, funcionarios…) votan a la derecha y a la extrema derecha? Seguramente muchos. He aquí la terrible paradoja. El capitalismo y el pensamiento que lo legitima, han llegado hoy día a tener tanta fuerza que hasta las mismas clases marginadas y explotadas por él, continúan votando a las mismas fuerzas políticas que justifican sus atrocidades. Son las mismas clases populares quienes votan para que continúe el mismo sistema que las explota, a ellas, a los animales y al planeta.

 

El origen del fenómeno podemos situarlo al final del franquismo, fase durante la cual las clases dominantes que provenían del antiguo régimen fascista prepararon muy bien el terreno para continuar su dominación, desde la Ley Electoral, la Ley de Amnistía, los Pactos de la Moncloa, y demás normas de la época. Todas estas leyes y reformas pusieron la semilla (es lo que denominamos el “Régimen del 78”) para que hoy cosechemos lo que tenemos. Y bajo el engañoso manto que tejió el PSOE (de Felipe González, que han continuado absolutamente el resto de sus dirigentes), la sociedad, en vez de girar cada vez más hacia la izquierda bajo sus mandatos, lo fue haciendo hacia la derecha (eso sí, “moderada”), alejando en el horizonte todas las transformaciones que la sociedad necesitaba, tales como la caída de la Monarquía, la democratización del Ejército, reformas fiscales justas y redistributivas, consolidación y blindaje de los derechos sociales que la Constitución recogía, etc. En vez de ello, los principales partidos se dedicaron a jugar a que eran alternativa, cuando en realidad eran prácticamente iguales. Y así, se fue instalando en el imaginario colectivo una visión de la democracia recortada, limitada y encorsetada, que nos ofrece siempre más de lo mismo.

 

Desde entonces, el turnismo político del bipartidismo imperante ha blindado el modelo de sociedad que tenemos hoy día, bajo el cual, por ejemplo, hablar de la implantación de una Renta Básica Universal, de la salida de la OTAN o de un referéndum para abolir la Monarquía, son cuestiones no ya minoritarias, sino ridículas o utópicas para una gran parte de la población. Las mayorías sociales han sido absorbidas por los postulados capitalistas y por el modelo político que lo sostiene, y ha establecido un corsé electoral, mediante el cual el voto a las fuerzas políticas que continúan demandando estas necesarias transformaciones resulte absolutamente minoritario. En las Elecciones andaluzas, por ejemplo, sólo un 7% de la población ha votado a estas fuerzas políticas, que eran la unión de cinco formaciones a la izquierda del PSOE, mientras que la derecha del PP ha absorbido el voto de casi el 45% del censo electoral. Cuando gobierna el PP lleva a cabo políticas de derecha, y cuando gobierna el PSOE…¡¡también!! Únicamente se diferencian en el tratamiento a algunos sectores sociales más discriminados, pero en la práctica, ambos defienden el mismo modelo político y económico, y esto puede comprobarse diariamente en cualquier Parlamento.

 

El pensamiento dominante es hoy día absolutamente hegemónico, se muestra arrollador, lo fagocita todo, lo impregna todo, a pesar de ser un pensamiento perverso e inmoral, que legitima las desigualdades, la injusticia social, las guerras o la devastación ecológica. Se requiere urgentemente una revolución en los valores como sociedad, pero ello no llegará jamás mientras desde la base (las familias, el sistema educativo, las redes sociales…) no se fomenten. Y mientras los valores sigan dirigidos por los programas de las formaciones políticas dominantes, la revolución necesaria nunca ocurrirá. Es una pescadilla que se muerde la cola, pues desde la escuela y la familia (y las redes sociales, que aún tienen más peligro) ya comienzan a fomentarse las mismas visiones y comportamientos que luego esas personas reproducirán como adultos. El sistema se asegura de esta forma que las próximas generaciones sean cada vez más pasivas, acríticas, embrutecidas, conformistas y obedientes. Y así, garantiza su perpetuidad.

 

Valgan unos cuantos ejemplos: ¿Qué se puede esperar de un país que abuchea a su Presidente mientras recibe con vítores a un Rey “Emérito” (¿?) defraudador fiscal que ha tenido que fugarse de su país y se instala en una dictadura con sus amigos? ¿Qué puede esperarse de un país cuyo Gobierno recibe y agasaja con honores a un dictador catarí, país con el que suscribe acuerdos comerciales sin tener en cuenta su desprecio a la democracia? ¿Qué puede esperarse de un país que se propone como anfitrión de una Cumbre de la OTAN, y celebra sus 40 años de pertenencia, tratándose claramente de una organización mafiosa y belicista, servil a los intereses de los Estados Unidos, y que está provocando mediante la guerra en Ucrania la masacre de pueblos y una crisis alimentaria mundial? ¿Qué puede esperarse de un país donde se elimina a un presidente de un partido (el PP) por insinuar tráfico de influencias con la familia de una presidenta regional, para elegir a un nuevo presidente que no duda de su “honorabilidad”? ¿Qué podemos esperar de un país que no solo no ilegaliza a la extrema derecha (que desprecia continuamente los Derechos Humanos, por negacionista, racista, homófoba y machista), sino que ni siquiera elabora un cordón democrático contra ella, donde los medios de comunicación les dan voz a sus dirigentes, en aras de una supuesta “libertad de expresión”? Podríamos continuar, pero creo que hemos elaborado una rápida radiografía del nivel de descomposición política y social al que estamos llegando.

 

Caminamos cada vez más hacia un bipartidismo universal y excluyente, según el modelo estadounidense de Demócratas y Republicanos, que modela el mundo y las relaciones sociales y económicas bajo un único enfoque. Cada uno presenta sus pequeños matices, pero en lo importante, no se desvían un ápice en sus objetivos, que no son otros que mantener a toda costa la globalización capitalista y neoliberal, aunque ello tenga como dramáticas consecuencias las extremas desigualdades sociales que se van instalando, las clamorosas injusticias políticas y sociales, la corrupción imperante, la discriminación de los sectores más desfavorecidos, y la aniquilación de todos los recursos, ecosistemas y equilibrios naturales que garantizan la vida en nuestro planeta. Pues hala, vayamos pensando a quién vamos a votar en las próximas elecciones: ¿al PP? ¿al PSOE? ¿o quizá a VOX?

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14 junio 2022 2 14 /06 /junio /2022 23:00
El Gobierno español y su nefasta política internacional

España sabía, o debía saber, que seguir el juego al régimen marroquí implicaba violar una norma estructural del orden internacional. Debía saber también que Argelia, socio de primera magnitud de España (gracias a Argelia, España no se ha visto afectada por la crisis del gas que sufre el resto de Europa), pero también del Sáhara Occidental, iba a reaccionar con severidad

María López Belloso y Ander Gutiérrez-Solana

La política exterior de un país es su mejor seña de identidad ante el mundo, presenta sus mejores (o peores) credenciales, declara sus intenciones ante el resto de países, y permite que se le relacione mediante su postura ante los diversos hechos que acontecen en la escena internacional. En política exterior, no es tan importante el peso específico que se tenga como país, sino qué tipo de peso (o contrapeso) se ejerce, en la medida de las posibilidades de cada uno. Normalmente, la postura en política exterior de cualquier país es un reflejo, o una proyección si se quiere, de su propia política interna. Piénsese por ejemplo en los Estados Unidos, que son quizá el caso más palpable e ilustrativo: son el país con una política interna de las más agresivas del mundo (por mucho que ellos se crean el adalid de la democracia planetaria), mediante el uso indiscriminado de armas por parte de la población civil, el asesinato frecuente de afroamericanos/as por parte de la policía racista, las terribles desigualdades, el gigantesco porcentaje de población reclusa, etc., lo cual enlaza perfectamente con su igualmente agresiva política exterior, representada por atentados, invasiones, guerras, apoyo a dictadores, injerencias continuas en terceros países, negativa a refrendar tratados internacionales o tendencia a incumplirlos, etc.

 

Pues bien, en el caso de España, y en relación al actual Gobierno, lo cierto es que se trata de una política exterior absolutamente nefasta, errática, e incluso peligrosa. Eludiremos hablar de nuestro terrible pasado colonial (aunque lo trataremos de pasada más adelante), por estar muy alejado del actual Gobierno, e intentaremos centrarnos en los temas más actuales. Trazaremos a continuación siquiera un mero y rápido recorrido por las actitudes, decisiones y posturas que nuestro actual Gobierno ha protagonizado durante su mandato, unas en claro continuismo con los Gobiernos anteriores, y otras en claro protagonismo. De entrada, ya podemos afirmar que nuestro Ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, es uno de los peores ministros que del ramo se recuerdan, aunque él se escuda permanentemente en que las directrices en política exterior las marca el Presidente del Gobierno, por lo cual él es un simple ejecutor de dichas políticas.

 

Podemos traer a colación en primer lugar nuestra postura en relación a determinados países de América Latina, donde por historia, lengua, cooperación, amistad y complicidad deberíamos ser un actor no solo defensor de la soberanía (entendida ésta en todas sus dimensiones) de estos países, sino absolutamente respetuosos con sus decisiones internas. Pues sin ir más lejos, nuestro Gobierno fue de los primeros y más apremiantes en reconocer al títere de Juan Guaidó como representante del Gobierno venezolano, cuando su legítimo Presidente continúa siendo Nicolás Maduro. O por ejemplo, nos opusimos tajantemente a la solicitud y propuesta del Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, para que el Reino de España pidiera perdón (como ya están haciendo algunas potencias coloniales europeas con respecto a sus países colonizados) por las injusticias, el expolio y el genocidio practicados durante la conquista del continente americano.

 

Otro flanco donde nuestra política exterior flaquea, es peligrosa, injusta e inconsistente, resulta en la supuesta “amistad” que profesamos a los Estados Unidos, ya referidos anteriormente, que no resultan ser precisamente un país confiable ni un modelo a seguir. No representamos con respecto a ellos ninguna voz discordante, asumimos sin más sus postulados, y acatamos sus “órdenes” con total diligencia. Hay que decir que, en relación a este aspecto, el actual Gobierno es claro continuista de todos los Gobiernos anteriores de nuestra “democracia”. Y por supuesto, uno de los asuntos donde se proyecta esta absoluta amistad con el interlocutor yanqui es el que tiene que ver con la defensa inquebrantable de Israel y toda su violenta política hacia los territorios palestinos ocupados, que el Gobierno español también asume en sus mismos términos, sin que tan solo una crítica salga de la cobarde boca de nuestros políticos. Es decir, que no solo asumimos el relato dominante y nos posicionamos contra el pueblo ocupado y a favor del ocupante, sino que silenciamos todas las críticas de las voces discordantes.

 

Pero el aspecto donde actualmente más se manifiesta esta peligrosa amistad tiene que ver con la guerra en Ucrania, y este asunto nos sirve para introducir una nueva dimensión en la ecuación de nuestra nefasta política exterior, exactamente la que tiene que ver con la OTAN (e indirectamente con nuestra pertenencia a la Unión Europea). En efecto, y ya lo hemos relatado extensamente en artículos anteriores, el conflicto que se está librando en Ucrania obedece a un plan absolutamente premeditado por los Estados Unidos y su brazo armado en el resto del mundo (la OTAN), con la absoluta complicidad y colaboración de la Unión Europea, para adherir Ucrania a los postulados occidentales (es decir, a los postulados pro Washington), y separarla de la esfera de Rusia. La guerra en tierras ucranianas no comenzó hace 106 días, como nos recuerdan continuamente los medios informativos (jamás se secuenció una guerra en los medios de comunicación como se hace con ésta), sino en 2014 (e incluso fue planeada muchos años antes), cuando se promovieron las revueltas populares que provocaron la caída de los Gobiernos prorrusos y el ascenso de los movimientos neonazis en Ucrania.

 

¿El papel de España en este conflicto? No únicamente seguidista hasta el aburrimiento, sino protagonista en primer plano, con unos medios de comunicación y unas decisiones gubernamentales que apoyan activamente la continuación de la guerra, mediante el envío constante de armas cada vez más poderosas a Ucrania, en vez de estar protagonizando, como se debiera, un impulso a las negociaciones de paz. Y es que parece ser que el Gobierno de Pedro Sánchez está más empeñado (como el de otros muchos países, en este caso) en que Ucrania gane la guerra, en vez de en detener la guerra. Es la OTAN, a instancias de los Estados Unidos, la que está promoviendo esta guerra por “delegación” en Ucrania, con el objeto de desgastar a Rusia y provocar su aislamiento internacional, pero son tan ineptos nuestros políticos (en este caso me refiero en general a todos los líderes europeos, pues todos entran a este juego macabro) que no comprenden que son más los peligros hacia nuestras economías que los que nosotros podamos causar a Rusia. De hecho, ya se está notando en la terrible escala inflacionaria, así como en los preliminares de una crisis alimentaria global sin precedentes.

 

Pero nuestra política exterior no solamente es equivocada en sus decisiones, sino terriblemente injusta, y con una insoportable doble vara de medir que causa espanto. Y esta dimensión podemos comprobarla continuamente en el trato a los refugiados, estableciendo claramente una aberrante distinción entre el trato a las personas que escapan del conflicto en Ucrania (evidentemente hemos de proporcionarles toda la ayuda posible), con respecto al trato que ofrecemos a los refugiados procedentes del continente africano, de países musulmanes o de países de América Latina: alfombra roja para los primeros, política agresiva para los segundos. Después de tantas décadas de maltrato hacia los refugiados que huían de sus países de origen (por conflictos bélicos, porque sufrían discriminación, porque no tenían expectativas de vida y trabajo, etc.), ahora resulta que nos desvivimos por los ucranianos/as, lo cual destapa toda nuestra hipocresía y nuestra podredumbre moral, sacando a la luz nuestra intermitente solidaridad: sólo con los refugiados que nos interesan. Pero repito: aunque me refiero en concreto al Gobierno de España, hago extensivo todo este alegato a la totalidad de los Gobiernos europeos, campeones de la hipocresía, del servilismo y de la estupidez en sus mayores grados.

 

Vamos a destacar, para finalizar (y no hacer esta enumeración excesivamente tediosa), el caso histórico del conflicto con el Sáhara Occidental. Resumidamente, España figura (debido a su pasado colonial con respecto a este territorio) ante la ONU como potencia administradora, pero en vez de ejercer nuestro papel ante Naciones Unidas y ante Marruecos (la potencia ocupante), al actual Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, no se le ha ocurrido otra cosa que abrazar incondicionalmente el plan de “autonomía” redactado por la monarquía alauita, en su momento respaldado por Donald Trump, que constituye toda una ofensa al pueblo saharaui, a la ONU y a toda la comunidad internacional. Entendemos que esta peligrosa decisión ha tenido que ver con las presiones de Marruecos en los diferentes ámbitos donde colaboramos con el país vecino, pero la pregunta es: ¿a qué precio?

 

Pues el precio a pagar, de momento (es previsible que la situación se agrave en los próximos días o semanas) ha sido la ruptura de relaciones con Argelia (mediante la suspensión por parte del país africano del Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación, que ha sido denunciado por el Ministro Albares ante la UE), país que históricamente ha alojado a los dirigentes del Frente Polisario, que luchan por la autodeterminación del pueblo saharaui. Creo que no se pueden superar en idiotez y cobardía estas decisiones, porque resulta que a todo ello se le une la tremenda circunstancia de que Argelia era, con diferencia, nuestro primer suministrador de gas, incluso a un precio preferente, lo cual nos situaba, con respecto al resto de países europeos, en una clara posición privilegiada. Argelia posee en este conflicto el Derecho Internacional de su parte, como se afirma en este artículo, pues ha sido nuestro país quien lo ha violado flagrantemente.

 

Y además, el deterioro de nuestras relaciones con Argelia no se dejará sentir únicamente en el asunto energético, sino que también afectará a la colaboración en la lucha antiterrorista, al control sobre las migraciones, y a multitud de actividades de comercio que llevamos a cabo con dicho país. Así que ahora, en pleno conflicto en Ucrania, y con el sabotaje que la UE está practicando hacia Rusia en lo tocante al petróleo y al gas, nuestro Gobierno acaba de tirar una carta que supone un evidente peligro a nuestra tranquilidad y seguridad energética. ¿Y qué se le ha ocurrido a nuestro inteligente Gobierno para paliar los efectos de esta situación? Pues agasajar al Emir de Catar, en una reciente visita oficial, con todo tipo de honores, y con la firma de determinados contratos de inversión en nuestro país, incluidos los de aumento del suministro de gas. Todo ello con Catar, un país, por decirlo suavemente, de deficiente calidad democrática. ¿Pero qué importa eso cuando de negocios se trata? Absolutamente deprimente. ¿Cómo es posible que, después de estas amistades peligrosas, pretendamos figurar en la escena internacional como un país serio y confiable?

 

Por tanto y en resumidas cuentas, podemos afirmar que la política exterior del actual Gobierno del Estado Español no puede ser peor: improvisación, temeridad, hipocresía, unilateralidad, doble rasero, cobardía, injusticia…en una palabra, se caracteriza por colocarse siempre en el lado equivocado de la historia. Difícilmente podrá ser superada por incorrecta y nefasta esta política por cualquier otro Gobierno que asuma el poder en próximas fechas. Ni defendemos causas justas, ni nos ponemos del lado de los actores atacados u oprimidos, ni ejercemos de contrapoder ante determinadas decisiones erróneas que se toman en los foros internacionales, ni representamos ninguna voz discordante ante una escena internacional absolutamente desquiciada y caótica. No tenemos peso internacional, pero parece que tampoco queremos tenerlo. El Gobierno se sitúa siempre en la postura cómoda y protegida, aunque ello represente la elección de actitudes y decisiones ilegales, indecentes y temerarias que nos traerán un saldo negativo, a corto, medio o largo plazo. Así nos va.

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25 mayo 2022 3 25 /05 /mayo /2022 23:00
Viñeta: Kalvellido

Viñeta: Kalvellido

Carlos Herrera reta a Pedro Sánchez a salir a la calle con Juan Carlos I a ver quién recibe aplausos y quién abucheos. Hay un mecanismo menos medieval, Carlos, para medir estas cosas: que se presenten los borbones a elecciones, a ver si mantienen la jefatura del Estado

Ramón Espinar

No puede ser democrático (y mucho menos, una democracia plena y avanzada) un país que no posee todas sus instituciones pasadas por el tamiz de este sistema. Y el nuestro, por más que posea un partido que se llame así, no es un país de ciudadanos, sino de súbditos, o de vasallos si se prefiere, de un Rey. Y por tanto, no democrático, por mucho que se vote cada cuatro años. Y es que aunque estemos definidos en la Constitución como una Monarquía Parlamentaria, es decir, donde la figura del Rey es únicamente símbolo y representación del país, poseemos una figura del monarca casi medieval, con aquello de la inviolabilidad del Rey. Es algo que se resume muy bien con el ejemplo que una sentencia de unos jueces británicos reflejaban recientemente, a tenor de la demanda presentada por Corina contra el Rey (Emérito) Juan Carlos: según este principio de inviolabilidad, el Rey podría entrar en cualquier joyería y robar un collar de diamantes, y no podría ocurrirle absolutamente nada. ¿Cabe este soberano disparate, y nunca mejor dicho, en cualquier mentalidad democrática?

 

¿Dónde puede caber, entonces? Pues en la mentalidad de personas que no piensan ni sienten como demócratas, sino como súbditos. Unos súbditos que entienden que los monarcas no son personas, sino pocos menos que Dioses, como ocurría hace bastantes siglos. Y por tanto, como los Dioses, no pueden delinquir, porque eso forma parte de la naturaleza humana, pero no de los Reyes. Y en efecto, tal es el grado de alienación mental y de embrutecimiento de nuestra población, situación que avanza día a día, tal como si fuera un proceso de Alzheimer que va corroyendo nuestra sociedad, a pasos agigantados. Evidentemente, esta situación es perfectamente compatible con otras muchas que también expresan el grado de embrutecimiento de nuestra sociedad, tales como el nivel de conformismo y pasividad, que podríamos traducir como “enormes tragaderas” ante los constantes escándalos de corrupción, del presente y del pasado, que van apareciendo día sí y día también en nuestros medios de comunicación: escuchas ilegales, tramas rocambolescas, sinvergüenzas y delincuentes a destajo, tesoreros multimillonarios, y mil ejemplos más que podemos traer a colación, tremendamente ilustrativos de esta situación que podríamos definir como de “ponzoña nacional”.

 

Y todo este execrable hedor también se manifiesta en otros actos y decisiones de nuestra política exterior, tal como la reciente visita del Emir de Catar, agasajado por nuestro Gobierno, empresarios, periodistas y políticos de turno, a cambio de obtener de dicho país una cifra de inversión faraónica, así como un aumento de la cuota de gas que nos suministra, ahora que la situación comienza a ponerse fea por nuestro enfrentamiento con Rusia a raíz de la guerra en Ucrania. Para hacerse una idea de las trazas “democráticas” de Catar, recomiendo a los lectores y lectoras este reciente vídeo de Juan Torres López, donde explica perfectamente todas las lindezas que en dicho país ocurren. Y evidentemente, tampoco puede ser muy democrático un país que alaba a otros que no lo son, que se somete a ellos y sus dictadores por dinero, que los agasaja con los máximos honores, y que les concede las más altas condecoraciones. Somos, por tanto, un país de súbditos.

 

Pero volviendo a la vergüenza del Rey Emérito, hemos tenido que asistir a todo un bochornoso espectáculo y un proceso de blanqueamiento de su figura a todas luces antidemocrático, reflejado en mil detalles, quizá el más vergonzante de todos ellos fuese el recibimiento entre vítores de algunas personas congregadas en Sanxenxo el fin de semana pasado. Una vez salvado de los procesos judiciales y de las investigaciones fiscales que le acosaban (salvo la que mantiene la Fiscalía británica, que de momento se ha negado a reconocerle ningún tipo de inmunidad), a Juan Carlos de Borbón no se le ocurre otra cosa que venir a Galicia un fin de semana para participar en una regata (y lo volverá a hacer próximamente, viendo cómo ha sido recibido). La maquinaria de sus periodistas, políticos, aristócratas y empresarios amigos le prepara el terreno, destacando su “legado” en pro de la instauración de la democracia en España (algo absolutamente falso), y de la “modélica” Transición que fuimos capaces de desarrollar (algo aún más falso). En resumidas cuentas, nada de explicaciones (“Explicaciones…¿de qué?”, tuvo el valor de contestar a una periodista), ni de rendición de cuentas, ni de actitud de arrepentimiento ante tantas tropelías reales.

 

Y dejemos claro (tal como destaca Jesús Maraña en su reciente Carta Abierta) que la justicia no ha dictaminado la inocencia del Emérito en los delitos por los cuales se le investigaba: lo que ha dictaminado es que dichos delitos no se podían juzgar, bien por haber prescrito, bien por la inexistencia de suficientes indicios, o bien por estar amparados por el susodicho manto de la famosa inviolabilidad, toda una aberración antidemocrática. Evidentemente, el trato de favor ha sido manifiesto y vergonzoso. Ningún otro ciudadano o ciudadana de este país, ante la misma situación, hubiese recibido tal trato por parte de la justicia. Y eso no es democracia. Eso ocurre en países donde existen únicamente súbditos, vasallos de un Rey, que le rinden continuamente pleitesía (o bien en dictaduras). No en países donde existen ciudadanos libres e iguales. La conclusión se nos ofrece clara y cristalina. No hay más ciego que quien no quiere ver. Pero no pasa nada: el próximo 10 de junio volveremos a contemplar el mismo bochornoso espectáculo de personas que vitorean en la calle a quien ha estafado al Estado durante décadas, valiéndose de su privilegiada e inviolable posición, mientras nuestros políticos de turno continúan manifestando a boca llena que somos “una democracia plena y avanzada”. Continuará…

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27 marzo 2022 7 27 /03 /marzo /2022 23:00

Dadas las circunstancias políticas, sociales y económicas actuales, la previsible evolución de las mismas, y siendo absolutamente realistas, es posible que el actual conflicto que están protagonizando muchos transportistas de nuestro país (ahora mismo ya solo están manifestándose los miembros de la Plataforma en Defensa del Transporte por Carretera), no sea un conflicto laboral más al uso, sino que suponga una verdadera piedra de toque, un punto de inflexión, un antes y un después en el clásico conflicto Capital-Trabajo, hoy día llevado a su infinita potencia y a su máxima y descarnada expresión, mediante la extensión de un capitalismo globalizado y neoliberal, que no solo explota cada vez más la fuerza de trabajo (comenzando por los propios trabajadores/as autónomos/as, que se explotan a sí mismos), sino que acapara cada vez riquezas más enormes en unas pocas manos, privatizando los derechos humanos fundamentales, acaparando de forma irracional los recursos naturales, y atacando todas las formas elementales de la existencia material, para el conjunto de los seres humanos.

 

Observemos la naturaleza del conflicto: los transportistas se niegan a trabajar porque aseguran que lo hacen “a pérdidas”, lo cual significa que el conjunto de los gastos necesarios para poder llevar a cabo su trabajo (mantenimiento de sus vehículos, revisiones, seguros…, y sobre todo combustible), superan los creces a los salarios (u otros beneficios) que obtienen por el mismo. Aseguran que han llegado a una situación insostenible, que ya no pueden mantener por más tiempo. El factor “combustible” es, con mucho, el principal en esta ecuación, ya que es el que supone el mayor esfuerzo económico para estos trabajadores/as. Y resulta que el combustible se ha puesto por las nubes, protagonizando una demencial escalada de precios, absolutamente inasumible para estas personas, que dependen completamente del combustible que sus camiones (principalmente, pero también furgonetas, autobuses, y demás modalidades) necesitan para transportar la mercancía desde sus orígenes hasta sus destinos, proveyendo a todo tipo de fábricas, laboratorios, cadenas de montaje o suministros, mercados de alimentación mayoristas y minoristas, pequeños o medianos establecimientos, etc.

 

Bien, ante tamaño conflicto, el Ministerio de Transportes, después de varios días de negociaciones con los interlocutores de las patronales del sector (un error fundamental en dichos encuentros fue la inicial negativa de la Ministra a reunirse con la plataforma convocante de los paros), ha diseñado una estrategia de ayuda para el sector, en principio temporal, aunque prorrogable, que aborda diversos frentes: una subvención de un número determinado de céntimos por litro de combustible, más una serie de ayudas directas según el tipo de vehículo determinado de que se trate (además de algunas otras medidas adicionales, como la extensión de los créditos ICO, etc.). Este paquete de medidas satisfizo a las principales patronales del sector, que lo acogieron con agrado, y dieron por finalizado el conflicto.

 

Sin embargo, la Plataforma convocante que no había sido aún recibida por la Ministra acudió por fin a una reunión con Raquel Sánchez, después de la cual comunicó a la opinión pública que, a pesar de las medidas adoptadas, los paros continuarán indefinidamente. Las razones de esta decisión, según argumentan estos transportistas, apuntan a que dichas medidas les parecen insuficientes, y a que, sobre todo, no solucionan el problema, pues la escalada del precio del combustible es absolutamente caótica, de tal forma que los, por ejemplo, 20 céntimos por litro de hoy, pueden quedar en nada de aquí a varias semanas vista. Estos transportistas proponen, fundamentalmente, topar el precio del combustible, ya que en caso contrario, la ecuación siempre estará sujeta a parámetros variables que podrán continuar volviéndola inasumible. La Plataforma lo ha expresado por boca de su presidente, que básicamente ha manifestado: “No queremos subvenciones, sino poder realizar nuestro trabajo en condiciones dignas”. También lo han expresado de la siguiente forma: “Que esté prohibido contratar a pérdidas”. A mi juicio, tienen toda la razón.

 

Y llegados a este punto, “Con la Iglesia hemos topado, Sancho” (Don Quijote dixit), pues nos enfrentamos a un asunto extremadamente sensible, para el cual necesitaríamos por parte de nuestros gobernantes grandes dosis de valentía política, además de, por supuesto, quedar excluidos del “mercado” gestionado bajo los parámetros de la Unión Europea, que con toda seguridad no iba a permitir incursiones “comunistas” de este tipo, es decir, del tipo de las que solicitan intervenir en los mercados desde la iniciativa pública, que es precisamente lo que hace falta. Cada vez que se ha anunciado, de forma tímida y cobarde, una operación de este tipo, los grandes poderes económicos (así como sus paladines de la derecha política, social y mediática) han salido en tromba poniendo el grito en el cielo, amenazando al Gobierno y rasgándose las vestiduras ante tamaña osadía. Y es que con unas compañías petroleras (todas privadas) que obtienen unos desorbitados beneficios, que acumulan un poder inmenso, y que poseen ingentes lobbies en todas las instituciones públicas y privadas, tomar decisiones de ese calado (es decir, intervenir desde las instituciones públicas en los precios de mercado del producto) es poco menos que una aventura titánica, a la que nuestros gobiernos “progresistas/socialistas” no están dispuestos. Y en vez de atacar el problema desde su raíz, proponen mil parches, diseñan soluciones parciales, e inventan mecanismos ad hoc para intentar resolver lo que no se puede resolver. En definitiva: marear la perdiz.

 

Por tanto, se debería dejar a la perdiz tranquila, e ir al meollo de la cuestión. Porque hemos llegado ya a un punto, como decíamos al comienzo, donde se nos presenta más claramente que nunca la verdadera naturaleza del conflicto, que no es otra que la siguiente: no es posible dejar a la iniciativa privada el conjunto de bienes y servicios que consideremos fundamentales para la sociedad, así como para la satisfacción y protección de los derechos humanos fundamentales (el catálogo completo lo expusimos en esta serie de tres artículos, aquí, aquí y aquí). Y así, servicios y bienes como la banca, la energía, las telecomunicaciones o el agua (y derechos como la alimentación o la vivienda), entre otros, al representar a derechos humanos fundamentales, debieran tener una representación pública (en forma de algún tipo de organismo o institución) que garantizara su pleno suministro al conjunto de la ciudadanía, de forma gratuita o en condiciones que no supusieran un gravamen inasumible para la misma.

 

Es necesario comprender, por tanto, la imperiosa necesidad de convertir determinados recursos en bienes comunes, controlados y planificados democráticamente por el conjunto de la sociedad, así como determinados derechos que la sociedad necesita que sean de todos, y por tanto, cuyo control esté en manos públicas, controlado democráticamente (lo cual no obsta para que sigan existiendo negocios privados que mercantilicen los mismos recursos y derechos, pero la iniciativa pública debe existir). Aplicado al caso que nos ocupa, podría intervenir una especie de Agencia Pública de la Energía (o similar), que controlara de facto los precios máximos de todas las formas de la misma, y que por tanto, contribuyera a que el precio de los combustibles no evolucionara al albur de los continuos altibajos del mercado, provocados sobre todo por la escasez o la abundancia, las disputas geopolíticas, la especulación y los irracionales beneficios que las empresas pretenden obtener. La conclusión está bien clara: si este tipo de organismo hubiera existido y hubiese cumplido su función, este conflicto jamás se hubiera manifestado.

 

Para finalizar, y para tranquilizar a los posibles lectores/as, quiero explicar el significado del título del artículo: evidentemente, cuando me refiero a que el conflicto de los transportistas “no acabará nunca” no estoy queriendo decir que el paro de los camiones continuará permanente e indefinidamente, pues entiendo que los actores intervinientes alcanzarán algún tipo de acuerdo que les permita, más tarde o más pronto, reanudar sus labores; a lo que me refiero es a que las causas de base que han generado el conflicto, si no se abordan de forma radical y valiente, es decir, de forma estructural, continuarán generando problemas en el sector del transporte, y además es muy probable que se extiendan a otros sectores, que igualmente planteen sus actividades en los mismos términos de relación. Por tanto, ha llegado el momento de que nuestros gobernantes comprendan que, o bien se enfrentan de forma directa y decidida a la problemática expuesta, o continuaremos en una espiral de conflictos laborales, que cada vez más amenazarán nuestras relaciones laborales, nuestra economía y nuestras actividades cotidianas, contribuyendo a la generación de auténticos estallidos y revueltas sociales a gran escala y de gran envergadura.

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