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24 julio 2017 1 24 /07 /julio /2017 23:00
¿En qué se diferencia un proyecto progresista de un proyecto socialista? (I)

El gran logro del sistema capitalista, ya lo decía Margaret Thatcher, fue la conquista del alma de las personas. Esto significa no sólo apoderarse de la política y la economía, sino también de la cultura, de la forma en que las personas pensamos y concebimos el mundo y, por lo tanto, actuamos en él. Esa disputa de la hegemonía cultural obliga a revisar conceptos como el de “bienestar”, “seguridad”, a qué llamamos “vida buena” o el “progreso”

Yayo Herrero

En efecto, la colonización cultural que el capitalismo (sobre todo en su versión neoliberal) lleva realizando durante décadas sobre la mente de las mayorías sociales ha contribuido a enmarcar ciertos términos y conceptos dentro de un halo de profusa confusión, contribuyendo al libre intercambio de éstos, a su uso y abuso en ámbitos o contextos inadecuados, o bien a su peligrosa resignificación. Quizá hoy día el término más paradigmático que puede expresar esta situación es "progreso". Progreso es sinónimo de "modernidad", de "desarrollo", de "crecimiento", de "prosperidad", de "bienestar", y de un conjunto de términos que se asocian con él, y con los cuales todo el mundo parece estar de acuerdo. Sin embargo, hay mucha tela que cortar al respecto. Necesitamos pues poner en debate el sentido equívoco, falaz y multisemántico de la palabra "progreso", y enmarcarla o circunscribirla en sus justos límites. Y para ello, quizá nada como imaginar un hipotético proyecto político "progresista", y compararlo con un hipotético proyecto "socialista" para comprobar sus diferencias y posibles similitudes. El "progreso" es, de entrada, un concepto ambiguo. Resulta en sí mismo inocuo o neutral, ya que sólo define la capacidad de progresar o evolucionar de alguna situación o de algún indicador. Por tanto, y de entrada, esto no es ni bueno ni malo en sí mismo. Sólo constata una realidad. Y así, el "progresismo" o "desarrollismo", aplicado a la esfera política, tiene que ver con la evolución de los indicadores de riqueza de un país, pueblo o comunidad, sin tener en cuenta las consecuencias de la utilización de determinadas fuentes de riqueza para conseguirlos. 

 

El progresismo no implica la valoración de dichos indicadores en la vida de la gente, sino sólo su simple evolución. Buen ejemplo de ello es el uso e implantación de las Nuevas Tecnologías, como un resultado de la "progresiva" introducción de las mismas en los hábitos, usos y costumbres de la ciudadanía, fruto del propio avance científico y tecnológico. El "progreso" también se ha asociado con la capacidad de consumir, pero el consumismo, como tal, es un peligroso valor puntal del neoliberalismo, y por lo tanto, no parece adecuado realizar una lectura "positiva" sin más de él. De esta forma, el "progreso", hoy día, en sentido general y abstracto, se ha convertido en un mito. Un mito vacío e interesado que hay que desmontar. Este mito del "progreso", entendido de esta forma, proclamaría que las sociedades avanzan en un camino de evolución ilimitado, al margen de la naturaleza y de los seres humanos. Se basaría, como hemos comentado, en la propia evolución tecnológica, sin entrar en los debates éticos de la misma. Al mito del "progreso" se añaden los de "producción", "desarrollo", o "crecimiento", entendidos siempre como valores "buenos", es decir, positivos, y donde entrarían todos los parámetros que hicieran aumentar el PIB (Producto Interior Bruto, como indicador de la riqueza absoluta de un país), sin cuestionar la naturaleza de éstos, ni su origen. De hecho, las últimas tendencias neoliberales consienten contabilizar en el cálculo del PIB incluso las actividades o negocios ilícitos o claramente delictivos, como la prostitución o el mercado de las drogas o de las armas. Por último, se nos convence de que todo ello contribuye al bienestar y a la "prosperidad", sin entrar en la acepción o interpretación real de estos términos. Y en este sentido, hemos de señalar que la prosperidad no debiera asociarse, por ejemplo, al aumento de los beneficios empresariales, o al crecimiento de nuestras exportaciones, sino a la mejora de los requisitos materiales que garantizaran una buena y digna vida para todos. 

 

Por tanto, como vemos, el debate no es tan simple como pudiéramos pensar a simple vista. Hagamos un poco de historia. Durante todo el siglo XX, la izquierda va aceptando y asumiendo esta noción de "progreso" bajo la semántica que le concede la ideología burguesa y capitalista. Se van extendiendo los conceptos del "desarrollismo" entendidos bajo esta dimensión. Y de esta forma, los conceptos "cambio", "progreso", "modernización", y otros similares, van siendo modelados por el pensamiento dominante a su conveniencia, intentando imponer modelos de sociedad que sean validados por las mayorías, porque éstas entiendan que les favorecen y les hacen mejorar sus vidas. Y desde la segunda mitad de dicho siglo, y especialmente durante los gobiernos de Reagan y Thatcher, el neoliberalismo toma el mando, y ejerce aún nuevas vueltas de tuerca con respecto a estos conceptos. La titánica batalla del neoliberalismo ha consistido no sólo en resignificar estos conceptos a su conveniencia, sino también en desmontar todas las conquistas sociales y laborales de la clase obrera, haciéndolas aparecer como "nuevas conquistas" de la sociedad (neoliberal). Y en ese sentido, el neoliberalismo se propuso destruir el poder de los sindicatos, o de los funcionarios públicos, porque defendían "intereses particulares". Se propuso acabar con los servicios públicos, porque eran "ineficientes y corruptos". Se propuso eliminar la regulación de casi todos los mercados, porque dichas regulaciones suponían "un obstáculo para la libertad". Resignificó entonces también el concepto de "libertad" en sí mismo. Y lo mejor de todo: el neoliberalismo consiguió que todo ello fuese entendido como "progreso". Consiguió apropiarse de la noción de progreso (y de las de modernidad, prosperidad, etc.), instalando nuevas visiones del mismo en el imaginario colectivo. La batalla ideológica había sido perdida por la izquierda. El neoliberalismo la había ganado, pues su hegemonía cultural (que aún perdura) se instaló por goleada.

 

Y a partir de ahí, la idea misma de Estado del Bienestar, la regulación de los mercados, la protección del trabajo, los servicios públicos, la presencia mayoritaria de sindicatos, etc., comenzaron a ser vistos como cosas del pasado. El neoliberalismo significaba la modernidad, y todo lo que se enfrentara a él era lo antiguo, lo fracasado. Y hoy día, cada vez que se discuten alternativas a las políticas "progresistas" neoliberales, nos encontramos con la misma respuesta, con la misma coletilla: "¡Eso ya se intentó! ¡Eso ya se probó y fracasó! ¡Ya sabemos que eso no funciona! ¿En qué país se ha intentado con éxito?" y otras frases por el estilo. El neoliberalismo ha tenido la capacidad de presentarse y de ser entendido como lo moderno, aún siendo una natural continuación del capitalismo, que es mucho más antiguo (las primeras teorías de Adam Smith datan del siglo XVII) que las primeras revoluciones socialistas o comunistas. De modo que actualmente, el neoliberalismo viene a representar siempre la postura "progresista" por definición (es muy usada en nuestro país por la formación política de Albert Rivera, defensora a ultranza del neoliberalismo), y cualquier otra cosa es "pasado", y un pasado que además terminó mal. La revisión histórica rigurosa de los acontecimientos, como vemos, siempre nos ofrece una explicación de los motivos que nos hacen comprender el presente. Y aún estamos, con ciertas variantes, en este estado de cosas. Pues bien, se trata en esta breve serie de artículos no sólo de volver a dotar de su adecuado significado a estos términos que ponemos en debate, sino también de resaltar las diferencias entre proyectos políticos "progresistas", con sus luces y sus sombras, frente a proyectos políticos "socialistas", o de auténtica izquierda, para poder diferenciarlos, y aspirar a su realización más allá de la torpe reproducción de mitos que sólo contribuyen a confundirnos, o bien a no completar los ciclos que revolucionan los modelos productivos, quedándonos a medio camino entre los modelos pasados y los actuales o futuros. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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