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21 abril 2015 2 21 /04 /abril /2015 23:00

El poder se expresa con metáforas. Y cuando consigue que las aceptemos, la ideología penetra en nosotros por la puerta de atrás, como algo natural, de un modo inmediato y sin reflexión

Jorge Armesto

La influencia del pensamiento dominante se manifiesta, como estamos contando, en todas las fases de nuestra vida. En el anterior artículo de esta serie lo explicábamos para la época de la niñez, y por supuesto, continúa en la adolescencia y la juventud. La educación descarga sobre la cabeza del estudiante una gran cantidad de datos inconexos, se supone que cuanta más información acumule logrará un mayor conocimiento de la realidad. De esta forma, se consume un tiempo considerable en memorizar hechos, fórmulas, fechas, datos, pero no se dispone de tiempo para ejercitar el pensamiento, el razonamiento y la reflexión, y la información sin la teoría correspondiente puede significar un obstáculo de igual forma que lo es la propia carencia de información. 

 

Primero fue la Iglesia, en otro momento histórico el Estado, actualmente puede ser lo que se denomina "opinión pública", pero siempre existió una autoridad que nos exhorta al conformismo. Erich Fromm fue contundente al respecto: "Nos hemos transformado en autómatas que viven bajo la ilusión de ser individuos dotados de libre albedrío". Y remataba indicando que el hombre moderno: "Piensa, siente y quiere lo que él cree que los demás suponen que él debe pensar, sentir y querer. Y en este proceso pierde su propio yo, que debería constituir el fundamento de toda seguridad genuina del individuo libre". En la pérdida de identidad se hace más necesario el conformismo, pues solamente se puede sentir seguro cuando se llenan las expectativas de los demás, si no logramos ese resultado nos sentiremos temerosos ante la posibilidad de terminar aislados. Al esforzarnos por no ser diferentes, necesariamente deberemos silenciar nuestras propias dudas y convicciones, pero al alto precio de no estar vivos desde el punto de vista mental y emocional. 

 

Y no estar plenamente vivos significa que debemos buscar algo que reemplace a la actividad espontánea y creativa, por lo tanto intentaremos realizar cosas que nos brinden una excitación que no podemos encontrar por otros medios, la sociedad nos ofrece a tal efecto bebidas, drogas (legales o ilegales), espectáculos masivos, deportes, o ser espectadores de vidas supuestamente apasionantes como las que tienen los famosos, de los que estamos pendientes hasta de sus actos más intrascendentes. El poder conoce todas estas circunstancias, y por eso nos inunda de telebasura, para distraer y embrutecer aún más nuestros pensamientos, sentimientos, emociones y reflexiones. Aún cuando la anterior parece ser la única opción, existe otra alternativa, el hombre puede ser libre sin por eso estar sólo, ser crítico sin por ello dudar de todo, independiente sin aislarse del resto, pero a esta libertad debe acceder reafirmando su propia personalidad, siendo él mismo, es decir, mediante lo que Fromm denominaba "personalidad total del hombre", que es la expresión activa de todas las potencialidades emocionales e intelectuales. 

 

Esa actividad espontánea es el ejercicio de la propia y libre voluntad, que sólo es posible experimentar si no se reprimen partes esenciales de nuestra personalidad, y tenemos algunos ejemplos sociales muy significativos. Por ejemplo, los artistas suelen representar la máxima expresión de dicha actividad espontánea, y los niños/as son otro buen ejemplo, aunque muchas veces la educación se esfuerza por hacerles perder esa espontaneidad. De esta forma, tenemos la radiografía de una sociedad alienada y alienante, por efecto de la manipulación del pensamiento dominante. En la sociedad capitalista moderna, aquéllas personas que son presentadas como arquetipos para la admiración y emulación, no son precisamente quiénes más se destacan por sus cualidades espirituales, porque lo que el público busca son sensaciones de satisfacción sustitutas, son estrellas de cine o deportistas que pueden llevar a cabo un tren de vida al que la mayoría de las personas difícilmente pueden acceder, y no nos referimos exclusivamente al poder económico, sino que de alguna manera viven una vida, según nos muestran las revistas de la farándula, plagada de emociones de las que carecen el resto de los mortales.

 

De ahí que las telenovelas constituyan un género televisivo de mucha aceptación popular, pues normalmente presentan vidas humanas donde los telespectadores proyectan imaginariamente las suyas, ante la impotencia de tener que vivir una vida absurda, vacía, monótona y aburrida. Y aunque el hombre pueda tener más tiempo libre, el ocio moderno no tiene por finalidad desarrollar las facultades humanas. La televisión representa en muchos casos un sustituto de la vida activa, un medio para "vivir por transferencia", un medio que nos permite vivir imaginariamente vidas ajenas, donde proyectar nuestros anhelos y nuestras frustraciones. En tanto los juegos de azar nos proporcionan las emociones de las que carece nuestra vida, nos limitamos a esperar que un golpe de suerte nos enriquezca para siempre, y nos permita dejar de ir a un trabajo tedioso. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Psicologia
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