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19 mayo 2015 2 19 /05 /mayo /2015 23:00

En línea con lo que hace casi cinco siglos observara Nicolás Maquiavelo, quien pretenda "gobernar bien", es decir, en nombre del bien común y de los intereses generales de la sociedad, deberá estar preparado para enfrentarse a la lucha sin cuartel de los representantes del viejo orden

Atilio A. Borón

Se dice que varias experiencias socialistas fracasaron durante el siglo XX, en diversos lugares del mundo, y algunas otras nuevas experiencias, en los albores del siglo XXI, están intentándolo, con la feroz oposición del resto de la llamada "comunidad internacional". Porque después de los socialismos "realmente existentes" y de todas las luchas del pasado siglo, y después de la necesaria autocrítica, crisis y renovación de los postulados de la izquierda, se abren nuevos interrogantes para plantearnos esa noble y titánica tarea de fabricar una nueva sociedad, creada bajo unos nuevos moldes, y que surja de la progresiva ruptura con el capitalismo. Pero más allá de los posibles errores y conflictos que puedan surgir dentro de los límites geográficos de un determinado país, nos preguntamos si esto es posible, es decir, si podemos construir el socialismo, hoy día, dentro del ámbito exclusivo de una sola nación, de un solo Estado. Nos animan las recientes experiencias de Cuba y Venezuela, pero también representan dos casos claros de los peligros, chantajes y ataques que sufren los países que lo intentan. 

 

Se levantan, más poderosos que nunca, los necesarios enfoques internacionalistas que el socialismo y el comunismo siempre han demandado, ya que, desde que lo enunciaran Marx y Engels, sabemos que la lucha de la clase obrera será internacionalista o no será. Porque, tal como afirmara el Subcomandante Marcos: "La lucha contra la globalización no es exclusiva de un pensamiento, o de una bandera política, o de un territorio geográfico, es una cuestión de supervivencia de la raza humana. O la Humanidad, o el neoliberalismo". ¿Pero es que nadie escapa, ningún país o continente, a la influencia de esta economía-sistema-mundo capitalista? Pues parece que no. Tenemos el caso de China, la superpotencia oriental, que a pesar de funcionar aparentemente bajo los cimientos del comunismo, por mucho que digan los Estatutos de su partido único, desarrolla en realidad un feroz y agresivo capitalismo de Estado, con tintes incluso represivos para la población que intente desafiar y enfrentarse a sus medidas, medidas que además sirven para ilustrar y extender sobre el resto de los países puramente capitalistas un nuevo caso del "fracaso" del socialismo, reforzando al pensamiento dominante en su tesis de que no hay alternativa.

 

O el caso coreano, descrito por Jon Illescas en los siguientes términos: "Incluso un país tan aislado y autárquico como Corea del Norte, autodenominado "socialista" por sus ultranacionalistas y sectarios dirigentes, necesita de inversiones capitalistas extranjeras. Para ello tiene su propia empresa estatal que recauda inversión de capital foráneo. Incluso su gobierno "comunista" tiene la desfachatez, en su propia página web en inglés, de alardear de poseer "los costes laborales más bajos de toda Asia" para así atraer a los inversores. Incluso el reciente ex Presidente de Corea del Sur, Roh Moo-Hyun, animó a sus "empresarios" a invertir en su "archienemigo" país vecino. El caso de Corea del Norte es la falsedad idealista máxima del "socialismo en un solo país", lo que tiene su reverso materialista en la pesadilla de la dictadura ultraestalinista "realmente existente" ("Sembrando utopía: crisis del capitalismo y refundación de la Humanidad", varios autores). Y es que los efectos de la perversa globalización capitalista son tan devastadores, que nos parece, al menos a simple vista, muy complicado alcanzar el socialismo pleno en el contexto de un sólo país. Los ataques mediáticos y los chantajes de las grandes empresas transnacionales a los países que lo intentan están a la orden del día, difundiendo engañosos mensajes, y sembrando el caos en sus respectivas poblaciones. El paradigmático caso cubano parece ser una excepción, ya que recientemente han conseguido de Estados Unidos que reconozcan que los más de 50 años de bloqueo económico a la isla caribeña no han servido para conseguir sus objetivos de aislarla y derrocar a su gobierno, pero aún deberemos tener mucho cuidado con el restablecimiento de relaciones con el gigante estadounidense.

 

Porque desde el poder político y mediático dominante, esencialmente capitalista y neoliberal, heredero del Consenso de Washington, se nos quiere vender un concepto determinista del mal llamado fenómeno de la globalización. Pero para ellos no se trata de globalizar la paz, la democracia o los derechos humanos, sino de globalizar el capitalismo, de conseguir la extensión planetaria de los efectos del neoliberalismo más salvaje, depredador, saqueador y expoliador de los recursos naturales, y de la internacionalización del poderío de las grandes empresas privadas, principales protagonistas y agentes de este cruel e inhumano sistema. Y en cuanto este sistema-mundo (en expresión de Immanuel Wallerstein) percibe cualquier intento de rebeldía ante el mismo, cualquier conato de revolución, cualquier enfrentamiento procedente de cualquier país, comienza una campaña de hostigamiento sin fin a todos los niveles y en todos los frentes, hasta conseguir que el intento quede frustrado, lo cual además contribuye a la generalización de la idea de que no es posible otro mundo. En muchos casos, incluso, la Historia nos lo demuestra, las incipientes experiencias han sido abortadas mediante golpes de estado antes incluso de que comenzaran su andadura, sin dar siquiera ninguna oportunidad para su éxito o su fracaso. Véase por ejemplo el caso chileno, con el Presidente Salvador Allende.

 

En este sentido, por tanto, la acción del imperialismo capitalista, del neocolonialismo mundial que se practica contra todos los países que intenten alinearse bajo otros objetivos, que apuesten por otros modelos económicos y sociales, es terrible y potente. Y así, la globalización capitalista, tal y como se está llevando a cabo, está contribuyendo a disminuir la soberanía popular, en aras a la concesión de poderes supranacionales a entidades y organismos (muchos de ellos de carácter privado) que nadie elige democráticamente, pero que son los que de facto gobiernan el mundo y establecen sus directrices a sangre y fuego sobre pueblos, países y continentes. Actualmente, incluso se disminuye o deja en auténtico papel mojado la soberanía nacional de muchos países, recogida en sus respectivas Constituciones, y cuando hablamos de soberanía, no nos referimos sólo a la capacidad de decidir, sino a la soberanía como capacidad propia y autónoma de generar bienes, sistemas, productos y servicios. En este sentido, hablamos de soberanía monetaria, económica, política, alimentaria o energética. Y hablamos de la imposibilidad de alcanzarlas si nos enfrentamos solos al gran dominio internacional del capital. Hagamos siquiera una breve simulación. 

 

En algún país determinado, quizá podría ser factible tomar el poder a nivel nacional, desplazar al gobierno anterior de forma democrática, y establecerse como nuevo grupo gobernante bajo planteamientos de izquierda. Pero eso no significa necesariamente una transformación en términos de relaciones de fuerza como clase de los trabajadores/as y oprimidos/as. Tomar el gobierno tras una victoria electoral no implica alcanzar el poder. Los chantajes capitalistas, tanto internos como externos, comenzarían a desarrollarse. Además, dado el grado de complejidad en el proceso de globalización y la interdependencia de todo el planeta, sería casi imposible construir una isla de socialismo con posibilidades reales de sostenimiento a largo plazo. En ese sentido, aplicando la lógica y sirviéndonos de todos los instrumentos a nuestro alcance, está claro que los planteamientos revolucionarios deben apuntar a miras más amplias, a extender las propias fronteras, a construir alianzas, a pensar en bloques, en espacios geográficos regionales, que compartan cercanía cultural, política y económica. La clásica idea de Estado-Nación entró en crisis, y hay que revisarla críticamente desde los postulados de la izquierda. El ejemplo de los distintos socialismos que se intentaron construir durante el transcurso del siglo XX, o el socialismo cubano o bolivariano actual, nos dan algunas pistas al respecto. De hecho, se pueden comenzar procesos muy interesantes, que representen desafíos al sistema imperante, pero serán sólo preámbulos del auténtico socialismo. 

 

De todos modos, no debemos concluir una lectura pesimista ni desmotivadora de todas estas reflexiones. Tan sólo una lectura realista que nos sitúe los pies en la tierra, y nos faculte de mayores capacidades para nuestro empeño. Sería un tremendo error, por tanto, desmovilizarnos y pensar que hay que abandonar las luchas nacionales, las batallas locales. Nada más lejos de la realidad. De momento, nuestra unidad de acción deben y pueden ser los espacios nacionales, y a este ámbito debemos circunscribirnos, pero bajo un planteamiento realista que no nos confunda, que no nos haga olvidar los horizontes de mayor ámbito, los intentos más o menos internacionalistas. La vocación socialista ha de ser, pues, en este nuevo siglo XXI, de carácter anti-imperialista, si pretende tener éxito. Tomemos el ejemplo de las propuestas de integración regional y continental, como las que promovió el Presidente Hugo Chávez en América Latina. Difícilmente la Revolución Bolivariana se mantendría con igual fuerza si no hubiera conseguido aglutinar, a nivel interregional, el concurso y el respaldo de la mayoría de sus países vecinos, en nuevos espacios geopolíticos de colaboración anti-imperialista. De esta forma, ALBA, UNASUR o CELAC son grandiosos ejemplos de integración de países latinoamericanos mediante bloques que representan una alternativa al imperialismo dominante, lo que se ha traducido en una mayor fuerza derivada de la suma de las iniciativas locales de los países integrantes, para poder plantar cara a los bloques hegemónicos de poder. 

 

Y así sí se puede. Debemos aprender de estas semillas que nos enseñan cuál es el camino a seguir. De igual manera puede y debe ir sucediendo en el continente europeo, en el africano o en el asiático, desarrollando iniciativas de integración regional de carácter alternativo a las que siguen los lineamientos del imperialismo y de la globalización capitalista y neoliberal, como hoy día representa, por ejemplo, la Unión Europea, y que está haciendo estragos en el Viejo Continente. La idea está clara: debemos tener la conciencia realista de que cualquier país en solitario, de forma aislada, es débil, pequeño, y puede ser preso y esclavo de los grandes poderes fácticos mundiales, de las grandes alianzas globalizadoras del capital, haciendo fracasar su intento de superación del capitalismo. Pero en cambio, si la iniciativa de dicho país va unida al resto de los países de su entorno, de su continente o de su región, y/o al resto de países que también fomenten el internacionalismo socialista, se va convirtiendo en una seria y potente alternativa, en un contrapoder que puede mirar a los ojos, cara a cara, sin ningún complejo de inferioridad, a los grandes bloques fácticos del poder dominante, a los grandes agentes que intentan perpetuar el orden capitalista mundial. Tengámoslo en cuenta para futuros intentos, y ojalá podamos dejar atrás las experiencias de fracaso de épocas anteriores.

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Published by Rafael Silva - en Política
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