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14 junio 2015 7 14 /06 /junio /2015 23:00

Del mismo modo que no se puede gestionar el esclavismo para que los esclavos sean libres, no se puede gestionar el capitalismo para que las empresas no aplasten los derechos de la mayoría cuando éstos pongan en riesgo sus beneficios

Jon Juanma

Comprobando las reacciones de la derecha política, social y mediática después de los resultados de los últimos comicios municipales y autonómicos, donde ya se vislumbra la posibilidad de que algunas ciudades y regiones estén gobernadas por la izquierda, tenemos una imagen muy clara de lo que hemos venido insistiendo en muchos artículos, y que se resume en que aún necesitamos recorrer un largo camino para que todas estas medidas (la RB, el TG, el reparto del trabajo, etc.) estén situadas a un nivel de aceptación popular inmensamente mayoritario. La presión del pensamiento dominante, y la reacción (incluso violenta) de los de arriba ante el cambio de escenario político, nos advierte de que no será fácil implantar medidas de corte anticapitalista, que vayan (lógicamente) en contra de las clases dominantes, y a favor de las clases más desfavorecidas. Así, estamos comprobando cómo la adopción de cualquier medida a favor de las clases populares queda mal vista, se considera ir contra corriente, porque parece que se asume que lo único que tiene sentido económico es quitar derechos a la población más perjudicada, la inmensa mayoría, y que los más ricos se queden igual, o incluso, mejoren su situación, es decir, incrementen su patrimonio, o ganen más dinero. Y en ésas estamos. 

 

Y la RB va claramente en contra de estos intereses. Se sitúa en las antípodas de una sociedad capitalista, y es lógicamente contraria a la actual política económica, ésa que desde la derecha nos machacan constantemente con la idea de que no debemos cambiar....Pero el campo donde se mueve la polìtica, básicamente, es identificar los grupos de población que queremos beneficiar, y por tanto, a cuáles perjudicar, y en función de estas previas decisiones, se ponen en práctica las medidas económicas que consigan dichos efectos, es decir, se practica la economía adecuada a los objetivos que políticamente se han elegido. La economía no es neutra, no existe ninguna medida de política económica que beneficie o perjudique a toda la población por igual. Por eso, también hemos aconsejado muchas veces, huir de los planteamientos de los "expertos" de turno, que intentan disfrazar bajo un barniz de ciencia económica aquéllas que no son más que medidas y decisiones de carácter político. Insistimos a nuestros lectores una y otra vez en estas ideas, a riesgo de parecer pesados, porque nos parecen fundamentales para acabar con las falacias del pensamiento dominante, y provocar en la población la "duda razonable" sobre los planteamientos que se nos ofrecen como dogmas por parte de la derecha política, social y mediática de este país. 

 

Y volvemos a resaltar la gran diferencia, quizá la diferencia fundamental, de la RB con respecto al resto de ayudas, prestaciones y subsidios, que aún hoy día son defendidos por cierta parte de la izquierda. Frente a ellos (que serían subsumidos por la RB), la Renta Básica es individual, incondicional y universal. La universalidad, unida a la incondicionalidad de la medida, son quizá las características que más se discuten, porque representan la auténtica revolución de la RB con respecto a otras medidas. Pero en cambio, no se informa sobre el tremendo coste que la "condicionalidad" de las medidas generan. En efecto, todo lo que sea condicional cuesta mucho a cualquier Administración Pública, porque se exige a la ciudadanía que lo acredite, y a la propia Administración que lo compruebe. Por ejemplo, la gente que está en el paro, tiene que demostrar que tiene derecho a percibir una prestación por desempleo, y a dicha medida, además, se le han sumado otras que reasignan una mayor cantidad de requisitos, y que controlan los tiempos de su concesión. Todo un galimatías que encarece el propio proceso administrativo. Deben existir formularios, documentación que aportar, requisitos que comprobar, cálculos administrativos que realizar, y un conjunto de personal público que ha de realizar estas labores. 

 

Las condicionalidades tienen, por tanto, unos costes añadidos derivados de su propio control y administración. La universalidad, no. El Profesor Daniel Raventós nos recuerda que cuando el primer Gobierno del PSOE (legislatura 1982-1986) estuvo discutiendo la posibilidad de universalizar la Seguridad Social, sus pros y sus contras, se planteó la posibilidad de excluir al 15% de la población más rica. Al final, dicha medida fue desestimada, ya que la propia exclusión generaría más costes que beneficios. Igual ha ocurrido con diversas formas de co-pago de algunos servicios públicos, cuya implantación ha quedado desestimada por el mismo motivo. Y por otra parte, como también hemos indicado en anteriores artículos de esta serie, muchos trabajadores sociales han puesto en evidencia el estigma social derivado de las experiencias de precariedad y de exclusión social, que cada vez son mayores en nuestro país. Cuando el paro es minoritario o la pobreza no está tan extendida, para muchas personas los subsidios de pobreza son su certificado de fracaso social. Algunos estudios realizados en Estados Unidos demuestra que un segmento amplio de la población, incluso teniendo derecho a percibir determinadas prestaciones, no las solicitaban, porque hacerlo era quedar ante sus vecinos, amigos y familiares como un/a fracasado/a social. Medidas como la RB exterminarían completamente el estigma social derivado de la pobreza y de la exclusión social, finalizando también con prácticas sociales deleznables, generadas por la propia situación socioeconómica que viven muchas personas, tales como el reagrupamiento familiar, las solicitudes a las ONG's y organismos dedicados a la caridad (Cáritas, Bancos de Alimentos, etc.), la excesiva carga sobre las ya paupérrimas pensiones de nuestros mayores, o los terribles casos de suicidio que se dan en nuestra sociedad. 

 

Pero con la RB, incluso estas situaciones mejorarían, porque por ejemplo para el caso de las pensiones, las de cuantía inferior a la propia RB desaparecerían, y únicamente se mantendrían las de cuantía superior. Como sabemos, actualmente ocurre que con una pensión (la del abuelo o abuela) viven tres o cuatro personas de la misma familia (hijos/as y nietos/as, típicamente en paro o en situación precaria, que les imposibilita atender a su nivel de gastos). Mediante la RB tendríamos asegurados los ingresos de cada persona, individualmente, con lo cual acabaríamos con estas situaciones indeseables y frustrantes. Acabaríamos también con la práctica social (capitalista) de trabajar donde más nos paguen (arrastrados también por la sociedad de consumo), ya que tendríamos más libertad para dedicarnos a cualquier otra ocupación que nos complaciera más como personas, o bien trabajos más adaptados a nuestra cualificación, experiencia y gusto personal. Hay un pequeño estudio que se hizo hace unos 15 años en Bruselas, a partir de la experiencia de una serie de personas (70 en total), a las que les había tocado disfrutar de una asignación mensual de 1.000 euros de forma permanente. A los dos años de comenzar a cobrarla, la mayoría de dichas personas no había dejado su empleo, y la minoría que había abandonado su trabajo, lo hizo para tener más tiempo libre, y buscar otra ocupación más adecuada a su competencia técnica y a sus gustos personales. Como vemos, la extendida opinión de que la medida de la RB sólo serviría para fomentar que la gente no trabajara, es una auténtica falacia. 

 

De esta forma, acabaríamos con la tendencia actual de "creación de empleo", que más bien debería ser llamada "creación de precariedad", porque las personas serían más libres de aceptar trabajos u ocupaciones mal pagadas, o temporales, o a tiempo parcial, o estacionales, lo que obligaría también a los empresarios a ofrecer puestos de trabajo dignos. Acabaríamos por tanto con la demanda "esclava" y competitiva de empleo basura, a cualquier precio, para dejar únicamente en el mercado ofertas dignas de trabajo, que serían cubiertas por personas ya no sólo capacitadas, sino que iban a disfrutar aún más si cabe de su ocupación, ya que tendrían (gracias a la RB) su existencia material garantizada. Como se ve, mataríamos varios pájaros de un tiro. La RB daría la posibilidad de sentirse más realizado, y más productivo, ya que también está demostrado que una persona que trabaja en algo que le gusta, por propia elección personal, experiencia y cualificación, es mucho más productiva, y más feliz, y lo es menos cuando está descontenta, explotada, y ve cómo sus esfuerzos no sirven para sacarlo/a de la pobreza, de la precariedad y de la exclusión. Con la RB, los puestos de trabajo se convertirían en realmente estimulantes. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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