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1 junio 2015 1 01 /06 /junio /2015 23:00

En nuestro artículo anterior, estábamos introduciendo la necesidad de entender, en el nuevo contexto republicano, unas Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, de forma muy distinta a como hasta ahora se han entendido. La Constitución de 1978 definía a las Fuerzas Armadas como pieza clave para asegurar la unidad de España, cuestión que ahora entendemos anacrónica. Y ello porque, como argumentábamos en el último artículo, las posibles amenazas son muy distintas. En efecto, en nuestro mundo actual, globalizado, interdependiente, tecnológico, insolidario, las amenazas que sufrimos tienen más que ver con la delincuencia organizada (mafias o sectas que trafican con drogas, armas, personas, etc.), la ciberdelincuencia (lo mismo, pero utilizando medios tecnológicos y transfronterizos, y atacando a los sistemas de información), la violencia directa, los desastres naturales (ecológicos o que desequilibran los ecosistemas donde el hombre interacciona con su entorno), los accidentes de tráfico, o el terrorismo en todas sus vertientes. 

 

Resulta a todas luces completamente ridículo que un Ejército a la antigua usanza, unas Fuerzas Armadas al estilo clásico, dotado con aviones de combate, misiles, bombas, barcos de guerra, etc., sean de utilidad contra el crimen organizado, la ciberdelincuencia, los robos, las mafias, los desastres naturales, los accidentes o el terrorismo. A todo ello hay que sumarle el principal factor, que es una política decidida y firmemente pacifista, que no sólo saque a nuestro país de la OTAN y de cualesquiera otros bloques militares, sino que apueste decididamente por la diplomacia y renuncie expresamente a la guerra como solución de los conflictos internacionales. Una política pacifista e internacionalista, que abogue por la disolución de todos los bloques militares, así como por el desarme mundial y la anulación de todas las armas químicas, atómicas y nucleares en el mundo. A los pragmáticos les parecerán unos principios completamente utópicos, pero es justamente así, apostando por la utopía, como podremos alcanzarla. Si nunca damos pasos hacia ella, está claro que jamás la conseguiremos. 

 

Por tanto, más allá de la función de los propios Ejércitos o sobre el debate estéril de su existencia, lo que debemos plantearnos bajo el nuevo contexto de la Tercera República es cuáles debieran ser sus funciones, cómo debemos adaptar a nuestras Fuerzas Armadas para que resulten de utilidad a nuestra nueva sociedad. Y ello pasa, como hemos comentado, por identificar cuáles pueden ser las auténticas amenazas de nuestro mundo, y cómo podemos luchar y enfrentarnos más eficazmente a ellas. Parece más bien, por tanto, que fomentando una política de desarme nuclear a nivel internacional, respetando los protocolos de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, y desarrollando redes internacionales de colaboración y cooperación más potentes entre policías y jueces, así como promoviendo el desmantelamiento de los paraísos fiscales, seríamos mucho más efectivos a la hora de luchar contra todos estos tipos de agentes y sus respectivas amenazas. Téngase en cuenta que, en el fondo, la guerra (y sobre todo las guerras modernas) son básicamente herramientas de extensión y perpetuación del capitalismo, luego por tanto, atacando el resto de puntales donde el propio capitalismo se asienta, también estaremos contribuyendo a una disolución de los fundamentos que las provocan. 

 

Es más lógico pensar que la lucha contra todas estas amenzas de nuestro mundo actual, se hará de forma más efectiva potenciando dichos medios, y a la vez también reduciendo los gastos en Defensa, reduciendo el potencial de los Ejércitos, y en general, intentando reducir el carácter militarista, belicista e incluso imperialista de las grandes potencias, con las que estamos relacionadas a través de los organismos internacionales a los que pertenecemos. Tenemos por tanto que migrar hacia un nuevo concepto de Seguridad, que bien pudiéramos llamar Seguridad Humana. Básicamente, consiste en romper los prismas actuales, que siguen las directrices y objetivos ya comentados, para pasar a situar al Hombre en el centro mismo de todo el desarrollo de las políticas públicas, nacionales e internacionales, de seguridad y de defensa, de completa garantía en el desarrollo de su protección y de su integridad a todos los niveles. En último término, estamos hablando de un nuevo concepto de Seguridad que se dirija a resolver las auténticas necesidades de millones de seres humanos afectados por las inseguridades y tragedias derivadas de la globalización capitalista en los ámbitos político, económico, social, cultural y medioambiental.

 

Estamos convencidos que si la Humanidad en su conjunto dedicara sus esfuerzos a combatir el hambre, la pobreza, las desigualdades, a erradicar las políticas armamentistas, a promover el desarme nuclear, a combatir la política de bloques militares, y a fomentar los valores humanos de solidaridad, cooperación, igualdad y justicia social, nuestro concepto de la seguridad vendría garantizado por nosotros mismos. La conclusión es bien sencilla: no estamos atacados por ninguna amenaza, la amenaza somos nosotros mismos, la amenaza básica y fundamental, de la cual derivan todas las demás, se llama capitalismo. No tiene sentido buscar fuera lo que encontramos dentro de nosotros, en nuestro modo de ser y de entender la vida, en nuestros valores, y en los valores que estamos fomentando internacionalmente. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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