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3 junio 2015 3 03 /06 /junio /2015 23:00

No hay justicia internacional o supranacional. Los pueblos están abandonados a su suerte. Los Estados Unidos atacan siempre a los gobiernos que intentan cambiar la sociedad

Manuel Zelaya, ex Presidente de Honduras

Continuando con el desarrollo del llamado Estado Islámico, hay que partir de la base y ponernos en el lugar de la terrible situación en que quedan poblaciones, ciudades y países al completo después de las "intervenciones" norteamericanas. Tómese Irak, Afganistán o Libia, por citar ejemplos recientes. El nivel de devastación y caos al que llegan las poblaciones de estos países es tal que ni siquiera la más mínima organización civil es posible. Proliferan entonces las bandas tribales, que como protagonistas de un saqueo constante de todo lo que encuentran a su paso, imponen el terror por donde avanzan, en aras de instaurar un poder regional cada vez mayor. No existe gobierno, ni policía, ni organización de la sociedad civil, es decir, no existen los mínimos rudimentos de un Estado que pueda organizar mínimamente las ruinas de una sociedad resultante de tal devastación. Entonces, a partir de bandas de extremistas islámicos en gran medida insignificantes, desperdigadas en pequeños grupos por las recónditas zonas tribales de dichos países, se fue formando, desde un rudimentario Ejército, una fuerza organizada, terrible y poderosa, muy bien financiada, capaz de destrozar todo lo que va encontrando a su paso.

Contemplamos con estupor las bárbaras imágenes que los integrantes del DAESH nos envían a Occidente, pero se nos olvidan las salvajes prácticas que los norteamericanos han llevado a cabo cuando han invadido dichos países. ¿No recordamos acaso las deleznables prácticas ejecutadas en la prisión de Abu Ghraid? Allí, los soldados estadounidenses torturaron y abusaron de los prisioneros iraquíes, y la CIA grabó las repetidas torturas y abusos a los sospechosos de pertenecer a Al Qaeda en sus "agujeros negros". En 2005, un oficial de esa Agencia los destruyó, para que no se proyectaran algún día ante un tribunal estadounidense. ¿No recordamos acaso el vídeo del helicóptero Apache publicado por WikiLeaks en el que los pilotos estadounidenses ametrallan a civiles iraquíes por las calles de Bagdad (incluidos los periodistas internacionales), mientras que en la banda sonora se oye cómo la tripulación ríe sus ocurrencias? ¿Se nos ha olvidado acaso el vídeo de las tropas estadounidenses orinando sobre los cadáveres de los combatientes talibanes muertos en Afganistán? ¿O acaso se nos han olvidado las fotos-trofeo con partes del cuerpo de los muertos llevados a casa por soldados estadounidenses? Asímismo, hubo películas con grabaciones de las víctimas de las campañas de asesinato de los drones de Washington en las áreas tribales recónditas del planeta, tildadas de "aplastar insectos", y más vídeos macabros y grabaciones similares de combates aéreos de helicópteros.

Es lógico pensar, entonces, que todo este aberrante arsenal de macabras prácticas, las invasiones, las ocupaciones, las campañas de aviones teledirigidos en varios territorios, las muertes que superan los cientos de miles, el salvajismo practicado con los prisioneros y los muertos, el desarraigo de millones de personas enviadas al exilio interno o externo, financiados por miles de millones de dólares de los presupuestos norteamericanos, han demostrado ser las herramientas por excelencia para el reclutamiento de yihadistas. Pero entiéndase bien nuestro mensaje y nuestros argumentos: NO ESTAMOS BAJO NINGÚN CONCEPTO JUSTIFICANDO LA EXISTENCIA DEL ESTADO ISLÁMICO, SOLO ESTAMOS EXPLICANDO LOS MOTIVOS QUE DAN ORIGEN A SU DESARROLLO. La conclusión por tanto está clara: con todo lo que Estados Unidos hizo a partir de iniciar ese proceso provocando insurgencias, guerras civiles, crecimiento de milicias extremistas y el caos y el colapso de las estructuras estatales derivadas de la devastación y el pillaje, garantizó asímismo el surgimiento de algo nuevo sobre nuestro planeta: el Estado Islámico de Iraq y Siria (ISIS), así como otros grupos extremistas que iban desde los talibanes pakistaníes, ahora desafiando al Estado en ciertas áreas de ese país, a Ansar al-Sharia en Libia, o Al-Qaeda en la península arábiga de Yemen.

Por tanto, afirmémoslo claro de una vez: estas terribles estructuras del terror y la dominación son, en verdad, el propio engendro de Washington. Una peligrosa serpiente con muchas cabezas que se revuelve contra todo Occidente, incluso contra sus propios países, guiada por la sinrazón y la barbarie, no justificable de ninguna forma, pero explicada por las innumerables barbaries llevadas a cabo por las tropas estadounidenses durante años en dichas regiones. Trece años de guerras regionales, ocupación e intervención jugaron un decisivo papel para prepararles el terreno. Pueden ser la peor pesadilla para los Estados Unidos y para Occidente en general (por ser cómplice necesario en muchas decisiones bárbaras e injustas de Washington), pero son también nuestro legado, porque precisamente, todas las campañas de las guerras contra el terror patrocinadas por EE.UU. han facilitado su ascenso. Después de las ejecuciones de periodistas estadounidenses y europeos vilmente asesinados por el EI, y de su imparable avance por ciudades de Siria e Iraq (pocos días antes de escribir este artículo han tomado la ciudad de Palmira), también se han dedicado a destruir el inmenso patrimonio artístico y cultural de estas regiones, demostrando hasta qué punto llega su barbarie.

Y de esta forma, Washington se encuentra atrapado en sus propias reticencias y contradicciones, en una política dudosa de intervención como jamás ha practicado en ninguna otra región, preso de sus propias acciones, que se rebelan contra EE.UU. en una venganza irracional y salvaje. Bajo las presiones habituales de un Washington militarizado, ansioso de dar rienda suelta a sus perros y halcones de la guerra, esta vez las decisiones se dirigen a un pantano de extrañas contradicciones alrededor de la política de la región, especialmente hacia Siria. Cualquier bombardeo hacia ese país en contra del EI implicaría necesariamente un apoyo implícito, cuando no explícito, al criminal régimen de Bashar Al Assad, así como a los escasos rebeldes moderados existentes, que se oponen a su régimen y a los que Washington podría ahora enviar armas. Pero esto, a su vez, podría significar entregar indirectamente más armamento al propio Estado Islámico. La situación es ciertamente inaudita y tremendamente peligrosa. El EI vive, respira y crece. Cada vez más audaz y violento. Y por todo el Gran Oriente Medio, organizaciones extremistas islámicas están ganando apoyos en una clara explicación de lo que la guerra contra el terrorismo ha producido realmente. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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