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22 septiembre 2015 2 22 /09 /septiembre /2015 23:00

El TTIP es la Constitución de las multinacionales

Lola Sánchez, Eurodiputada de PODEMOS

Llegado este momento, bien pudiéramos formularnos la siguiente pregunta: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Porque nadie podría entender cómo se llega a una situación donde las grandes empresas transnacionales puedan albergar tanto poder como para, no sólo dirigir y protagonizar mayoritariamente las negociaciones, sino hacer que los Gobiernos y los Estados aprueben mecanismos que van claramente en contra de sus intereses (entendidos éstos como los intereses de la propia ciudadanía). Pues básicamente, todo ello se da porque hoy día es aberrante la dimensión global y el peso que las grandes corporaciones han adquirido en múltiples aspectos de nuestras vidas, de todas y cada una de las personas y pueblos que habitan este mundo sujeto al capitalismo globalizado. Prácticamente, desde que nacemos hasta que morimos, se puede decir que estamos viviendo para proporcionar beneficios a las grandes empresas multinacionales. El grado de consumismo desaforado al que hemos llegado lo constata diariamente. 

 

Muy interesante es, al respecto, el análisis que hace Gonzálo Fernández en su artículo "Alternativas para disputar el poder, el ser y el saber a las transnacionales", que voy a tomar como referencia a continuación. La fase de globalización neoliberal, que despega hace unas cuatro décadas, en el contexto de la crisis de los años 70 del siglo pasado, es donde las tendencias expansivas de las empresas transnacionales se agudizan. Éstas se convierten en punta de lanza del modelo capitalista imperante a nivel globalizado y de la perpetuación de sus valores (ánimo de lucro, maximización de la ganancia, acumulación, consumismo descontrolado, crecimiento económico), a partir de las directrices del Consenso de Washington, del cual ya hablamos a fondo en este artículo de nuestro Blog. Las políticas de desregulación, apertura, flexibilización de mercados, o limitación de la capacidad de intervención de los Estados, entre otras, se van imponiendo inexorablemente. Y a su vez, a todo ello ayuda al disciplinamiento de la propia clase trabajadora, por un lado, así como las mejoras tecnológicas en el transporte, mecanización, comunicación e información. Las grandes empresas van asumiendo el papel de agentes hegemónicos de la globalización neoliberal, ampliando sus fronteras geográficas y funcionales. 

 

Y de esta forma, la agricultura, los servicios básicos, los recursos naturales, los bienes de equipo, y muchos otros sectores van quedando dentro de la órbita de mercado e influencia de las grandes transnacionales. Ello va incidiendo en el volumen de éstas, entendido no sólo como volumen de beneficios, sino como volumen de mercado, y hoy día, dicho volumen supera, para muchas de ellas, el PIB de algunos Estados. Las empresas, como agentes económicos principales del neoliberalismo, van adquiriendo un poder extraordinario, que se expande más allá del ámbito económico, y que se evidencia también en los ámbitos político, cultural y jurídico. En el ámbito cultural, se fomenta el prototipo del gran empresario, como "self-made man" (hombre hecho a sí mismo), tomándose como modelo de referencia a imitar por las jóvenes generaciones. En el caso estadounidense (el gran actor que negocia con la Unión Europea el TTIP), dicho modelo es aún más venerado que en el ámbito europeo, y podemos comprobar el tremendo daño que este modelo está haciendo (sólo tenemos que fijarnos en los deplorables espejos de Sheldon Adelson, el magnate del fallido proyecto EuroVegas, o bien en Donald Trump, muy de moda por postularse para la carrera electoral de las elecciones presidenciales estadounidenses). 

 

En lo que respecta al poder económico, las empresas transnacionales se sitúan en el centro de las grandes cadenas globales de producción, distribución, comercialización, finanzas y comunicación, lo que les permite acumular beneficios que superan en ocasiones las capacidades de los propios Estados. Y llegados a este punto, ¿se nos ocurre la reacción que pueden tener los representantes de una gigantesca empresa, que estén negociando con un pequeño país, y los representantes de dicho país se enfrenten a sus propuestas? Seguramente los lobbies de dichas empresas saldrán amenazantes de la reunión, sabedores de que pueden chantajear, gracias a su tremendo poderío, los designios de dicho Estado, y pasar por encima de sus democráticas decisiones. Hemos llegado a un punto donde el poder privado de las grandes empresas multinacionales desafía abiertamente el poder democrático de los Estados y de sus gobernantes, poniendo en grave riesgo la sostenibilidad de la democracia y de los derechos humanos, de la naturaleza y, en última instancia, del planeta. Nos encontramos en un punto crítico, quizá de no retorno, si no somos capaces, a nivel internacional, de acabar con el terrible poderío de unos cuantos magnates internacionales, que gobiernan desde la atalaya de sus despachos los designios de prácticamente todo el mundo. 

 

Valgan para ello algunos ejemplos: Wall-Mart, la mayor empresa comercial del mundo, maneja un volumen anual de ventas que supera en mucho la suma del PIB de Colombia y Ecuador, mientras que la gigantesca petrolera Shell tiene unos ingresos anuales superiores al PIB de Emiratos Árabes Unidos, o el gigante bancario español BBVA, cuyos beneficios anuales superan el PIB de Guatemala. ¿Alguien se puede creer que una negociación de estos gigantes empresariales con alguno de los Gobiernos de dichos países estaría en condiciones de igualdad? Los lobbies empresariales argumentan sobre la importancia de la seguridad jurídica, pero lo cierto es que, gracias a ella, y a la impunidad que les proporciona, bloquean y chantajean importantes decisiones de países enteros, incluso de entidades o comunidades polìticas supranacionales. Y es que esta situación de privilegio económico se traduce de manera lógica y natural, en un poder político creciente. Ante la aparente neutralidad de los grandes dirigentes empresariales, se esconde la más peligrosa ofensiva a los derechos sociales, laborales y democráticos de las naciones. Es un hecho al que nos tenemos que enfrentar, ya no vale soslayarlo o ignorarlo por más tiempo. 

 

Hoy día, las multinacionales son las principales beneficiarias, y defensoras a ultranza, de la democracia de baja intensidad en la que vivimos, donde las decisiones políticas se alejan de los intereses de la ciudadanía, debido también a la clara y criminal complicidad de los gobernantes de turno, amparados en leyes y en prácticas que también los benefician indirectamente, a través de las llamadas "puertas giratorias", perverso montaje a través del cual se "agradecen" las decisiones políticas que benefician a las empresas mediante la inclusión de los políticos que las tomaron en los altos cuadros directivos de las empresas beneficiadas. El reverso de la puerta giratoria también está claro: los mismos directivos de las grandes empresas también se presentan de vez en cuando a las elecciones, para seguir tomando decisiones que las beneficien. Con ello, todo queda en casa. Pero también, como decíamos más arriba, las empresas transnacionales también acumulan poder cultural, jugando un papel fundamental en la reproducción simbólica del sistema, y actuando como voceras de sus valores a través de los medios de comunicación de su propiedad, convirtiéndose en sujetos activos en defensa de una civilización individualista, consumista, fragmentada y despolitizada.

 

Saben perfectamente que su legitimación depende de los imaginarios colectivos, de los valores imperantes, para lo cual trasladan la cultura a su terreno, mercantilizándola en la medida de lo posible, y diseñando, impulsando y generalizando un formato universal de sociedad, de ciudadanía global, y de saber y conocimiento, de actitudes y comportamientos sociales, adaptados a la primacía del crecimiento capitalista y de la democracia de baja intensidad. Para rematar su hegemonía, y como garantía para mantener todo este entramado de poder, las corporaciones multinacionales también acumulan un tremendo poder jurídico (que quieren continuar aumentando gracias al TTIP). Éste se muestra a través de la existencia de un derecho fuerte, basado en una maraña de jurisprudencia y de complejos tratados, acuerdos comerciales, acuerdos de inversión, etc., que bajo la bandera de la "seguridad jurídica", se imponen sobre la soberanía de los pueblos y sobre los marcos internacionales de derechos humanos, generando así una "arquitectura de la impunidad" (en expresión de Gonzalo Fernández) que les protege y blinda jurídicamente de las posibles iniciativas populares o gubernamentales. El círculo se cierra. Esta es la situación. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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