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11 octubre 2015 7 11 /10 /octubre /2015 23:00

El problema de la deuda es una especie de espiral infinita, pues para impedir la quiebra de la economía se acude a nuevos rescates financieros, cuyos intereses se suman a la deuda ya existente, deuda que tiene que pagar el Estado, es decir, la gente. Sin duda, la deuda funciona como un eficaz instrumento de chantaje político: tu economía se está hundiendo y estás en peligro de dejar de ser solvente. Te puedo prestar dinero para salvar tu sistema financiero, pero a cambio tienes que hacer lo que yo te ordene, con independencia de lo que quieran tus electores

Clara Serrrano

Continuando con la magnífica exposición de Francisco Vidal, a la cual remito a los lectores, el autor hace una perfecta explicación del motivo histórico para la acuñación de las monedas, la asimilación de éstas como deuda pública, los motivos para la caída del patrón oro, y la explicación sobre la "confianza" de los mercados entre diferentes países. Desde los pagos en especie de la época feudal, los impuestos y diezmos que se cobraban a la población, los impuestos especiales en épocas de guerras, el expolio que realizaron los grandes Imperios de la Historia en base a este sistema, la creación de los primeros Bancos Centrales, y el origen de las primeras deudas de la era capitalista. Y por supuesto, en la punta de lanza del sistema actual, cómo no, los Estados Unidos de América. Ellos han mantenido un elevado nivel de prosperidad basado en la fuerza de su moneda, y ésta a su vez basada en un inmenso aparato de apropiación, violencia y saqueo. De ahí que el hecho de que USA tenga una deuda pública del 105% del PIB parece irrelevante, mientras que otros países tengan un 80% parece desastroso. 

 

Bien, vamos a continuación a deshacer el falso mito de que "las deudas hay que pagarlas", y de que cualqueir otra actitud es irresponsable y suicida. El pensamiento dominante lo repite como un dogma universal, pero se trata, como siempre, de otra falacia que hay que desmontar. De hecho, y siguiendo de nuevo a Francisco Vidal, el primer país que se negó a pagar sus deudas fue Estados Unidos. Corría el año de 1852 cuando los ciudadanos del Estado de Louisiana decidieron en referéndum suspender definitivamente el pago de su deuda estatal constituida principalmente por bonos a 50 años de titularidad británica. Cuarenta años después los acreedores reclamaron el pago de dicha deuda, pero el Gobierno Federal confirmó que no podía contravenir una decisión tomada democráticamente por el pueblo norteamericano. El segundo país que se negó a pagar sus deudas fue Rusia tras la Revolución Bolchevique de 1917, anunciando que no pagaría las deudas contraídas por el Zar Nicolás II. El tercero fue Alemania, tras haber pagado sólo una pequeña parte de las inmensas reparaciones a las que estaba obligada tras la Primera Guerra Mundial. Y también, en 1919, el Tratado de Versalles anuló la deuda reclamada por Alemania a Polonia. 

 

Pero tenemos más antecedentes ocurridos durante el siglo pasado. En 1922, Costa Rica denunció los contratos aprobados por el General (golpista) Federico Tinoco y la deuda contraída como consecuencia de los mismos. La Corte Suprema de Estados Unidos, que ejercía de árbitro en tal conflicto, invalidó dichos contratos. En 1991, tras la llegada de Lech Walesa al Gobierno (en 1990), los acreedores de Polonia acordaron realizar una reducción del 50% de su deuda. Más recientemente, en 2008, Ecuador suspendió el pago de parte de su deuda. Y ese mismo año, Islandia rechazó pagar a Gran Bretaña y a Holanda por la deuda contraída por el banco privado Landshanki. Y aún podríamos señalar más precedentes, pero lo dejaremos aquí. En nuestro continente, en 1998 fue establecido el Banco Central Europeo, institución de carácter "independiente" (eufemismo utilizado para señalar que no se somete a ningún poder democrático) que actúa desde entonces como un lobby de la banca privada, y en el que quedaba centralizada la política monetaria de 19 (por aquél entonces) países de la UE. En 2002 se puso en circulación una nueva moneda, el euro, pero se hizo de forma desequilibrada e irracional. Porque en general, no es conveniente que dos o más países compartan moneda si sus ciclos económicos no están perfectamente sincronizados, ya que en un determinado momento, uno podría necesitar una política contractiva de tipos altos de interés para frenar la inflación, y otros podrían necesitar una política opuesta. 

 

Y esto es justamente lo que ocurrió en la Unión Europea. Se diseñó una moneda única, pero no una moneda común. Los cimientos de la Unión capitalista y neoliberal de Europa se forjaron desoyendo todos los mínimos consejos de una integración económica (y mucho menos política), y cuando el euro entró en vigor, el BCE estableció un tipo de interés bajo para sacar a Alemania de un momento de apuros económicos. No obstante, en España este dinero barato alimentó aún más el despegue de un sobrecalentado mercado inmobiliario. Y por si esto fuera poco, la moneda única permitió que Alemania explotara su elevada productividad a expensas de los demás, inundando los países periféricos de la zona euro con productos de alto valor añadido, pero baratos en comparación con los de la producción local. De esta forma, países como Grecia, Portugal, España, etc., periféricos y del sur europeo, los llamados PIGS (por sus iniciales en inglés), no podían competir con la producción alemana de este tipo de artículos, tan intensa en capital, ni con la producción asiática, tan intensa en mano de obra. Incapaces también de protegerse devaluando su propia moneda por la presencia del euro, procedieron a una devaluación de la fuerza de trabajo, esto es, entraron en una peligrosa espiral de salarios bajos, desempleo, migración, crisis económica y deuda insostenible. 

 

Parece que vamos teniendo muchas pistas para desmontar la tremenda falacia que asegura que "las deudas hay que pagarlas" (aunque todavía lo veremos más claro en siguientes artículos). Detras de esta aparentemente "lógica y responsable" afirmación, "sensata y razonable" (que diría Rajoy), se esconde una mezquina mentira vertida para soslayar el hecho de que existe una relación de fuerza o confianza entre deudores y acreedores que inclina la balanza en favor de unos u otros. Los mismos defensores a ultranza de este gran dogma neoliberal suelen poner en juego una perversa contabilidad en la que las deudas que las recientes democracias heredan de sus anteriores dictadores deben pagarse, y también deben pagarse, por ejemplo, las deudas procedentes del rescate a las entidades financieras que habían quebrado por las prácticas especulativas de sus directivos. Pero en cambio, los inmensos daños medioambientales perpetrados por las actividades del capital extranjero en países del Tercer Mundo, no constituyen ninguna deuda. Ni son deuda las promesas electorales que los políticos hacen a los ciudadanos que los eligen, los obedecen y los financian con sus impuestos. ¿Deben pagarse todas las deudas? Como indica Francisco Vidal, más bien debiéramos comenzar por preguntarnos: ¿quién debe a quién? Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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