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19 octubre 2015 1 19 /10 /octubre /2015 23:00

No les importa la corrupción, que campa a sus anchas a lo largo y ancho de nuestra geografía nacional, y de nuestros niveles gubernamentales (central, autonómico y local), donde asistimos a un completo repertorio: desde las puertas giratorias, hasta la corrupción urbanística en los Ayuntamientos, pasando por la corrupción de los altos cargos de la Administración, y de los cargos públicos electos. Corrupción que justifican vergonzosamente apelando a la infantil falacia de que "es algo consustancial a la naturaleza humana", o de que "siempre ha existido corrupción, desde los tiempos más remotos", o que "se está demostrando que la justicia es igual para todos", y otras lindezas por el estilo. Pero lo cierto es que la corrupción se extiende como un cáncer por nuestra sociedad, porque está presente en lo más profundo de nuestros comportamientos, de nuestros valores. La corrupción es seña de identidad de la cultura capitalista, es el pan del capitalismo. La corrupción, por tanto, lejos de ser combatida, se necesita como el pegamento que engrasa y hace fluir todos los componentes del sistema. Una corrupción protegida, amparada, auspiciada, legitimada e institucionalizada que todo lo invade, y que desprecia la ética en la gestión tanto de lo público como de lo privado

 

No les importan los servicios públicos, porque no les importa la gestión de lo público, porque, simplemente, desprecian lo público, y lo infravaloran frente a lo privado. Todo ello puede constatarse no sólo por la propia ideología neoliberal que los inspira, sino por la machacona y peligrosa deriva privatizadora de dichos servicios, iniciada desde finales de la década de los 90 con el sector eléctrico, y continuada por muchos otros sectores. Bajo el falaz argumento de que hay que ahorrar y de que la gestión privada de los servicios públicos será más eficaz y eficiente, se encargan de desprestigiar la gestión pública de nuestros servicios (sanidad, educación, servicios sociales, mayores, justicia, dependencia, etc.), de poner en cuestión la "sostenibilidad" de los mismos, para así atraer adeptos a la causa de la privatización. Pero lejos de demostrar lo que argumentan, más bien demuestran lo contrario, si observamos la multitud de casos donde la gestión privada de los servicios públicos ha derivado en incremento de costes, en reducción de personal, en "racionalización" de los recursos, en un descenso en la calidad de los mismos, en cierre de servicios, en descontento y protestas de los usuarios (que ahora son clientes o consumidores), en corrupción en las altas esferas, en fraude, en puertas giratorias, y en caos en última instancia. 

 

No les importa la cohesión social, ni la igualdad, ni la violencia de género, ni la memoria histórica, ni la cooperación al desarrollo, porque, simplemente, no creen en estos principios y en estos valores. Sólo creen en el capitalismo, en el individualismo, en la competencia, en el egoísmo, en la ley del más fuerte, en la selva, en la barbarie. Y todo ello extrapolado a la propia sociedad, por lo cual, lisa y llanamente,  no creen en la sociedad. Y de esta forma, según su perversa ideología, justifican y legitiman la desigualdad social, incluso la amparan con sus injustas medidas, y para todo lo demás, retiran (bajo la excusa de la crisis, que les ha proporcionado una perfecta coartada) los presupuestos que podrían ir destinados a dichas medidas. Desmontan así todos los principios que proporcionan una mínima cohesión social, y una sociedad justa, libre y avanzada. Simplemente, no les importa. No tienen conciencia, ni siquiera frente a los grandes crímenes económicos que se perpetran bajo este sistema, y de esta forma, justifican los crímenes sociales del capitalismo

 

No les importan los refugiados, porque como estamos diciendo, son absolutamente incapaces de respetar los más mínimos derechos humanos, así que mientras miles de personas se agolpan en una frontera, heridos, hambrientos y harapientos, habiendo dejado su hogar, su familia y sus pertenencias ante el gran horror de la guerra, fomentada por la propia OTAN y sus países "aliados", ellos rehúyen el humano deber de acoger o al menos ayudar a los damnificados. Es decir, que no sólo les bombardean sus casas, sino que luego les cierran las fronteras en sus narices, para que sólo les quede la opción de pudrirse de rabia y de dolor. Frente a este terrible drama humanitario, ¿cuáles son sus argumentos? Pues bajaran unos cuantos, a cada cual más desalmado y vergonzoso: el "efecto llamada", las altas tasas de paro del país en cuestión, o la posible infiltración de peligrosos terroristas yihadistas en las filas de los refugiados. No se puede ser más miserable. Pero en fin, en este tema no deberíamos sorprendernos, después de comprobar el régimen bajo el que mantienen a los inmigrantes irregulares en los CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros), auténticas cárceles encubiertas donde el respeto a la dignidad humana brilla por su ausencia. 

 

No les importa la democracia, ni los derechos de los pueblos, a tenor del poco caso que le hacen a los mecanismos de democracia participativa, del rodillo que practican cuando poseen la mayoría absoluta, del constante desprecio al Parlamento y a las vías de participación popular, o de la poca voluntad política de la que hacen gala para modificar la Ley Electoral, que lleva desde la Transición aplicando un injusto reparto de escaños frente al porcentaje de voto de cada partido o coalición. No les importa la voluntad popular, a tenor de la facilidad con la que olvidan sus promesas electorales, que vuelven a reproducir mitin tras mitin cuando están en campaña, pero que olvidan nada más llegar al poder, al verse protegidos mediante un sistema político que impide la revocación de cargos públicos, y la rendición de cuentas ante el electorado. No les importa la democracia, por la sencilla razón de que no les importa el pueblo, sus intereses, sus problemas ni sus decisiones. 

 

¿Qué les importa, pues? Únicamente la defensa de sus intereses de clase, los intereses del gran capital, de las grandes empresas, de los bancos, de aquéllos que en realidad dictan y ordenan las políticas que hay que hacer, sin presentarse a las elecciones, para que las lleven a cabo sus políticos vasallos y manijeros. Sólo les interesa la explotación en todas sus vertientes, para acelerar y acumular mayores beneficios, a costa de lo que sea: explotación de las personas, de los trabajadores, de los recursos naturales, de las zonas en conflicto, explotación sin límites. Esto es una lucha de clases, como muy bien nos indican desde Marx hasta Noam Chomsky. Hoy igual que ayer, mientras ellos (los ricos y poderosos, y los políticos y medios de comunicación a su servicio) van desarrollando cada vez más mecanismos para garantizarse y blindar y perpetuar sus privilegios, nosotros (las clases populares y trabajadoras, el pueblo llano) no terminamos de desarrollar la conciencia de clase necesaria para enfrentarnos a ellos con todas las consecuencias. Hasta que no lo hagamos, hasta que no nos convenzamos de que no les importamos nada, ni nosotros ni nuestros derechos, ni los del mundo en que vivimos, no seremos capaces de reaccionar. 

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Published by Rafael Silva - en Política
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