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6 noviembre 2015 5 06 /11 /noviembre /2015 00:00

Una sociedad moderna, entendiendo como tal aquella que goza de un sistema democrático estable y un elevado nivel de desarrollo, precisa que la razón se sitúe por encima de las creencias religiosas, que el conocimiento científico se imponga sobre las antiguas verdades que dejaron de serlo, que las costumbres, los viejos hábitos y las tradiciones dejen paso a nuevas formas de convivencia. Y en este sentido la acción política no debe quedar al margen, si no queremos una sociedad embrutecida

Laureano Gómez

Bien, llegamos al final de esta serie de artículos con esta entrega, la número 16, esperando haber recogido una radiografía lo más completa posible sobre el inmenso poder de la Iglesia Católica en nuestra sociedad, y lo que es más importante, la necesidad de abolirlo, de erradicarlo, si es que queremos gozar de un Estado Laico, uno de los sostenes fundamentales de las auténticas sociedades democráticas. Y retomamos un tema que hemos ido exponiendo en entregas anteriores, pero que por su tremenda importancia, hemos de volver a insistir: se trata del tema del catolicismo en la escuela pública, y tomaremos como referencia una reciente obra de Francisco Delgado (Presidente de Europa Laica), publicada por Akal, que lleva por título "La cruz en las aulas". En este artículo, Enric Llopis nos hace una semblanza de dicho texto, del cual extraemos alguna información interesante. 

 

Francisco Delgado define a la CONCAPA (Confederación Católica Nacional de Padres de Familia y Padres de Alumnos) como la organización familiar que fue "la gran aliada de la jerarquía católica y de la dictadura hasta la llegada de la democracia". A partir de 1979, la CONCAPA actuó como punta de lanza para que la Conferencia Episcopal no perdiera sus privilegios, y además pudiera seguir difundiendo el catolicismo en las aulas. En las últimas décadas se han sumado a esta labor organizaciones como los "Kikos" (Camino Neocatecumenal). El autor da noticias sobre una reunión de la CONCAPA en Burgos (octubre de 1936), con proclamas nacionalcatólicas, y según las actas de la misma, peticiones a Franco para que se repudiaran las escuelas de la Segunda República. Quizá sea una de las organizaciones más reaccionarias de todas las que podamos encontrar en nuestra actual sociedad, que además pone en cuestión los actuales modelos de familia, la cuestión del aborto, y muchos otros temas, por supuesto desde su punto de vista fundamentalista católico. 

 

Y como ya hemos explicado, la base fundamental donde se apoya y descansa la existencia de centros educativos de carácter concertado y de ideario católico son los Acuerdos con la Santa Sede de 1979, aunque Francisco Delgado nos puntualiza que "dichos Acuerdos no expresan en ningún momento que el Estado esté obligado a financiar los centros de ideario católico", y así lo avalan algunas sentencias judiciales de los años 80. Pero a pesar de todo, el PSOE (ese mismo partido cuyo actual líder propone la salida de la religión del currículum escolar, con absoluta hipocresía), en el Gobierno entre 1982 y 1996 (por no incluir la posterior etapa de Zapatero, que insistió en la misma línea), creó este régimen de conciertos con la enseñanza privada, bajo el pretexto de la falta de recursos estatales para la atención de todo el alumnado. Hoy día, la financiación de la enseñanza privada católica supera los 4.000 millones de euros anuales, según Europa Laica y diversas organizaciones sindicales. Todo ello ha contribuido a que dicha situación se normalice, se legitime ante el conjunto de la ciudadanía, y sea cada vez más complicado poder revertirla sin cierta parte de oposición social (además de la oposición de la propia Iglesia, como es natural).

 

Y para colmo, en esta época de crisis, las cifras hablan por sí solas. El presupuesto público para educación pasó de 53.092 millones de euros en 2009, a 46.606 millones de euros en 2013, suponiendo una reducción de un 12%. Sin embargo, en ese mismo período la caída de la inversión pública para los conciertos educativos fue solo de un 3%. Se van eliminando, poco a poco y muy sutilmente, recursos de la enseñanza pública, mientras que van aumentando para la privada, preferentemente si es católica. Y mientras, en la escuela pública continúan proliferando crucifijos, imágenes, carteles, misas, y otros muchos rituales, lo cual continúa sin desvincular realmente la escuela pública de las confesiones religiosas, sobre todo de la Católica. Se argumenta que el Estado no hace más que reflejar la fotografía sobre las creencias de nuestra sociedad (mayoritamente católica), cuando es justamente al contrario, es decir, la sociedad es mayoritariamente católica porque las Instituciones inducen a ello. Si se fuera desmontando progresivamente este inmenso poder y privilegiada presencia de la Iglesia en todos los ámbitos de nuestra sociedad, no desde el hostigamiento hacia ninguna confesión, sino desde la obligada neutralidad de un auténtico Estado Laico, al cabo del tiempo, otro gallo nos cantara. 

 

Pero aún no acaban aquí las manifestaciones sociales, de toda índole, donde la influencia de la Iglesia Católica se manifiesta en todo su esplendor. Hemos de referirnos también al ámbito de lo que pudiéramos llamar la "religiosidad popular", incluyendo bajo este capítulo todo el conjunto de manifestaciones de nuestra cultura y de nuestro folklore donde tengamos alguna manifestación que tenga que ver con esta vertiente religiosa. Recomiendo a mis lectores, en este sentido, este artículo del siempre magnífico Armando B. Ginés, que realiza un buen repaso sobre dichas manifestaciones. Destacamos, por ejemplo, la existencia de nuestro calendario festivo, con continuas referencias a vírgenes, santos, santas, patrones, patronas mártires, beatos y beatas por doquier. Como sabemos, la influencia cristiana y católica sobre los nombres masculinos y femeninos es absoluta, aún en nuestra época. Las fiestas patronales siempre aluden a un personaje cristiano. Como nos recuerda Armando Ginés: "Si un partido de izquierdas solicitara una democratización del calendario de fiestas, su defunción electoral sería inminente y rotunda. Sólo se hizo en la Revolución Francesa, pero la experiencia duró menos que un suspiro". 

 

La Semana Santa es otra manifestación, quizá la más popular de todas, donde la vertiente religiosa se manifesta en su mayor ámbito. Hasta el Vaticano ha reparado en la tremenda influencia que el calendario semanasantero tiene sobre las costumbres sociales, proponiendo recientemente una asignación fija para la Semana Santa, que ya ha tenido sus defensores y detractores. No hay localidad o pueblo, por pequeño que sea, que no programe en dichas fechas, al menos una procesión católica, dando la típica imagen de pueblo devoto fiel a sus tradiciones ancestrales. Retomo el retrato que Armando Ginés nos hace de ella: "La ciudadanía se agolpa en las calles de manera entregada o curiosa a un ritual antediluviano donde los protagonistas (nazarenos, portaestandartes y figuras similares) representan el sometimiento a una irracionalidad espesa a la vez que espectacular". Y es tal el fervor cofrade que sienten muchos fieles, que cuando el tiempo (atmosférico, se entiende) impide la salida de algún paso, estos "hermanos" se ponen a llorar desconsoladamente ante dicha tregedia. Entiéndase bien: no estamos realizando ninguna burla ni caricatura de dicha situación, sólo retratando la tremenda influencia popular que estas manifestaciones llegan a proyectar. 

 

Las romerías son tarmbién  otra manifestación, quizá dentro de la misma órbita de la Semana Santa, pero con connotaciones y paisaje distinto. Se trata, como sabemos, del recorrido en peregrinaje de diversas hermandades hasta la localidad donde se encuentra el santuario de tal virgen o santo, patrón o patrona, para disfrutar en el camino, durante la estancia, y sobre todo, durante el acto de procesión del santo en cuestión. Todo un imaginario colectivo de vivencias, de sentimientos y de experiencias recorren y dan vida a estos actos, que se mantienen año tras año, y que aglutinan a miles de personas durante varios días. Y cómo no, no puede faltar en este recorrido que estamos haciendo sobre las manifestaciones de esta religiosidad popular, la mención obligada a la cita de fin de año por excelencia, como es la Navidad. Como nos recuerda Armando Ginés, "el período navideño obliga a adoptar un rol determinado en el que las relaciones sociales están fijadas en un ideario normativo cerrado y sin posibilidad alguna de enmienda". Es la época del turrón, del pavo, del cava, de la lotería, de los regalos, del consumo, de la vuelta de los familiares que tenemos lejos, de las citas íntimas y recogidas, y de la hipócrita solidaridad que desplegamos hacia los más necesitados, de los cuales nos olvidamos el resto del año. Y por supuesto, lo que en el fondo se celebra tiene evidentes connotaciones religiosas, aunque estén superadas por la costumbre y el folklore. Quizá llegue un día donde la sociedad en su conjunto entienda que podemos prescindir de estas ridículas celebraciones, para concentrarnos, de verdad, en la cooperación, el amor al semejante y la solidaridad durante todo el año, no sólo durante dos semanas del mismo. 

 

En fin, en esta serie de artículos, que aquí acaba, hemos pretendido exponer, lo más clara y ampliamente posible, la enorme serie de privilegios políticos, jurídicos, tributarios, económicos y patrimoniales concedidos por el Estado a la Iglesia Católica, situación que, desde la izquierda transformadora, entendemos de todo punto desorbitada, injustificada y antidemocrática. Esperemos que los lectores hayan tomado conciencia del grave problema, y finalizamos con el diagnóstico que sobre dicha situación realiza José A. Nal Valverde, Miembro del Colectivo Prometeo y de Córdoba Laica: "Involución en la práctica hacia un "Estado Católico", incumpliendo a diario y reiteradamente el mandato constitucional de aconfesionalidad. Los ejemplos son muchos, graves y en aumento: la LOMCE, nueva ley de educación, plantea por primera vez la Religión como materia evaluable en todos los niveles educativos, compitiendo con Cultura Científica, y con más horas que muchas materias académicas; la reiterada presencia genuflexa en actos religiosos del Jefe del Estado, de Ministros, Alcaldes, presidentes de Autonomías; las rotativas de cargos públicos, como la ministra de Empleo, pidiendo en público y de manera oficial a la Virgen o al Patrón que solucione los problemas; la condecoración y nombramientos de alcaldes y alcaldesas de honor a vírgenes y santos en todo el territorio; la proliferación de procesiones, que reproducen el mismo cuadro del franquismo: autoridades religiosas, civiles y militares presidiendo, y la legión desfilando delante al ritmo del himno nacional. Y esto se defiende por "la tradición". Precisamente ese es el peligro, el origen y la naturaleza de esas manifestaciones, y manteniéndolas e incrementándolas se fomenta y perpetúa una historia, la de los vencedores, y sirve para ocultar la memoria de la historia real". Esperemos ser capaces, como sociedad, de revertir algún dicha esta situación. 

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Published by Rafael Silva - en Política
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