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19 noviembre 2015 4 19 /11 /noviembre /2015 00:00

El sistema capitalista ha conseguido engañar masivamente al pueblo (haciéndole creer que tiene el poder) a través de democracias “controladas” donde no tiene miedo de preguntarle qué piensa porque previamente se encarga (mediante una práctica continua de “lavado de cerebros”) de hacer que piense lo que él quiere

José López

Habíamos enunciado, ya en el anterior artículo de la serie, la importancia del principio de la duda, al igual que ocurre en los niños cuando se enfrentan por primera vez a todo lo que les rodea, y al no comprender lo que ocurre, enseguida preguntan: ¿por qué? Y lo hacen además repetidas veces, cuestionándose y volviéndose a cuestionar cada una de las respuestas que los adultos les damos, simplemente porque no quedan convencidos. Quizá este principio de la duda nos lleve a derrumbar de paso el principio que podemos llamar de "determinismo social". Este principio es básicamente el que niega cualquier alternativa al pensamiento dominante. Según este principio, el mundo es así porque sí, porque no puede ser de otra manera, o como mucho, es así porque las alternativas al mismo no serían viables, o serían mucho más costosas o complicadas. Por tanto, y bajo la influencia de este peligroso principio, damos por válidos multitud de pensamientos, que aceptamos socialmente, cantidad de acepciones y de explicaciones, de comportamientos y de decisiones, simplemente porque (nos hacen creer que) no existen otras alternativas. 

 

Por ejemplo, no cuestionamos las decisiones sobre rescatar con dinero público a las entidades financieras quebradas, o no ponemos en cuestión que hay que pagar nuestra deuda pública. También, por ejemplo, nos parece muy extraño que el Estado deba pagar una prestación monetaria a cada persona, sin más, por el hecho de serlo, aunque no trabaje. O por ejemplo, nos cuesta poner en cuestión la existencia de Dios, de algún Dios. Podríamos poner muchos más ejemplos. Como vemos, este principio nos nubla la vista, nos anula todas las posibilidades restantes, nos determina a aceptar las soluciones propuestas por el sistema según sus parámetros, que son los que determinan lo que es posible o imposible, lo que es justo o injusto. De esta forma, la manera en que funciona el mundo nos parece la única válida, real y posible, porque otras formas nos parecerían muy raras, absurdas o imposibles. En el fondo, es el efecto de muchos años de influencia del pensamiento dominante, que como ya explicamos en su momento, pone un dogal a nuestra mente para determinarla a pensar como a sus promotores les interesa. 

 

Pues bien, hay que romper con este principio. Hay que abrir la mente, hay que discernir con voluntad libre y abierta, y explorar otras posibles vías, otros caminos alternativos al campo de visión sobre el que observamos los diferentes problemas. Hay que cambiar el chip mental, hay que intentar desterrar (no es un ejercicio fácil, ya lo hemos dicho) toda la gama de prejuicios que nuestra mente interpone en nuestros razonamientos, y observar nuestro mundo y nuestra sociedad sin ningún filtro, sin ninguna miopía. Y bajo esta actitud, podremos pasar de la actitud de pasividad que nos permite sólo analizar y describir la realidad de nuestro mundo, aceptándolo sin más, a la actitud activa, inconformista, rebelde, que no se conforma sólo con describir la realidad, sino que opta por cambiarla. Más que describir cómo es el sistema, debemos pasar a describir, a pensar en términos de cómo quisiéramos que fuera el sistema. ¡Ojo!, porque enseguida nos comenzarán a llamar utópicos, irresponsables, ilusos, idealistas, etc., pero no debemos caer en estas trampas. Dicho cambio de actitud sentará un precedente para mirar bajo otro prisma, y nos colocará al principio de la rampa de lanzamiento idónea para pasar del "determinismo" al "voluntarismo". Esto es, a comprender el poder de la voluntad humana, la fuerza de nuestra voluntad, y con ello, a replantearnos los límites de lo posible y de lo imposible, que normalmente lindan con los propios límites de nuestra voluntad. 

 

Vivimos una época de cierta concienciación social. Algunos movimientos sociales y fuerzas políticas han surgido recientemente en esta línea. Los movimientos sociales de protesta, las concentraciones masivas, las manifestaciones, las proclamas, las huelgas, etc., cumplen dicha función social. El movimiento de izquierda, los manifiestos, la acción política, van polinizando el pensamiento social, y constituyen, evidentemente, grandes armas de lucha contra el pensamiento dominante. Pero si profundizamos, nos daremos cuenta de que no cuestionan radicalmente el sistema. Por ejemplo, si observamos nuestro panorama político actual, salvo alguna rara avis, ningún partido, coalición, plataforma o movimiento cuestiona los grandes paradigmas del sistema, los grandes principios donde éste se asienta. Se limitan, pues, a reivindicar mejoras o avances en determinados aspectos, o como mucho, asumen que ciertas facetas de nuestra sociedad podrían funcionar de otra manera, pero no ponen en crisis, en debate, los grandes pilares de nuestras bases sociales y de convivencia. Y ello es así porque, aún cuando las personas que protagonizan dichos actos se enfrentan al mismo, sólo se enfrentan de forma puntual, no completa. Sólo nos enfrentamos al sistema para parchearlo, para arreglarlo, para corregirlo, pero no para cambiarlo, no para transformarlo o sustituirlo completamente por otro sistema, que funcione bajo otras bases sociales distintas. Nuestro enfrentamiento con el sistema ha de ser total, para erradicarlo, para sustituirlo. Entonces, la siguiente pregunta podría ser...¿pero realmente estamos preparados para ello?

 

Quizá un simple ejemplo nos ayude a entenderlo. Vamos a pensar en los medios de comunicación dominantes, concretamente en la prensa escrita. Pensemos por ejemplo en medios como ABC, La Razón, La Vanguardia, El País...El Mundo. Pensemos en El Mundo. Nos pudiera parecer a simple vista un medio distinto. Un medio diferente, un medio valiente y arriesgado (no hace mucho tiempo destituyeron a su antiguo fundador y director), capaz de denunciar y de "poner en entredicho" el sistema, sacando a la palestra un montón de casos de corrupción del mismo, denunciándolos y contribuyendo a una campaña mediática de desprestigio de los políticos y empresarios actuales. Parecería por tanto que se trata de un medio que cuestiona al sistema, pero...¿realmente lo hace? Pues para responder a esa pregunta, quizá no debiéramos tener sólo en cuenta sus denuncias de corrupción, sino si apoya los verdaderos puntales del sistema capitalista y neoliberal que nos gobierna. Bien, veamos entonces...¿Apoya la Ley Wert de Educación (LOMCE)? ¿Apoya la privatización de la sanidad? ¿Apoya la actual política antiterrorista? ¿Apoya la celebración de la consulta soberanista en Cataluña? Podríamos seguir, pero creo que nos bastarán estas preguntas para comprender cómo El Mundo, en el fondo, es otro medio más del sistema, no es en realidad un medio alternativo. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Psicología
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