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22 diciembre 2015 2 22 /12 /diciembre /2015 00:00

Los grandes medios ya han demostrado que son acríticos y que siguen incondicionalmente al poder. La aparente pluralidad y el debate que creemos percibir en ellos es una farsa: para los asuntos relevantes el consenso es absoluto, y la discusión se circunscribe a lo intrascendente y dentro del pensamiento dominante

Pascual Serrano

Y así, lo acabamos de ver mediante los múltiples y variados ejemplos que hemos puesto en entregas anteriores de esta serie, el pensamiento único nos domina, nos aliena, nos embrutece, nos uniformiza. Nos impide enfrentarnos ante los grandes problemas de nuestra vida de una forma independiente, crítica, sin prejuicios, porque nos somete a unas ataduras y esquemas mentales muy difíciles de romper. Hemos pues de liberarnos de él, como piedra angular para liberarnos, al nivel íntimo, individual, del pensamiento capitalista. José López lo expresa en los siguientes términos: "Lo primero de todo, lo más básico, es aprender a pensar de forma más libre. El control que ejercen las élites sobre la sociedad se sustenta en el control ideológico. Controlan la sociedad haciendo que la mayoría de sus miembros piense como a ellos les conviene. En cuanto pierdan el control ideológico, perderán el poder, tarde o pronto. No es por casualidad que los grandes medios de comunicación estén controlados, directa o indirectamente, por el poder económico. Son los modeladores de la opinión pública. La piedra angular de la oligocracia es el pensamiento único. Para ser más libre es imprescindible desarrollar nuestra independencia. Primero nuestra independencia intelectual. Actuamos en base a cómo pensamos. Si pensamos de forma más libre, actuaremos también de manera más libre".

 

Ello explica, y acabamos de comprobarlo en las recientes Elecciones Generales del pasado domingo, que las fuerzas políticas que responden a los esquemas que marca el pensamiento dominante sean aún las opciones más votadas. No obstante, la liberación y la madurez intelectual de la población ya está ocurriendo, en la medida en que las opciones que ponen en cuestión estos planteamientos, que se enfrentan a ellos, están obteniendo cada vez mayor respaldo ciudadano. Es cuestión de tiempo, de paciencia, y de estrategia bien calculada, para que los cimientos del pensamiento dominante puedan ponerse en cuestión hasta en la mente del último ciudadano o ciudadana. Debemos empezar por cambiar nosotros, nuestra mentalidad, nuestros esquemas mentales, nuestras escalas de valores, para luego ir difundiendo este pensamiento alternativo a los demás, al resto de la sociedad. Es un proceso que lleva tiempo, no se consigue de un día para otro, pues el pensamiento dominante nos lleva siglos de ventaja, y se ha valido de todos los medios a su alcance para inculcarlo. La revolución individual debe propagarse por toda la sociedad, para llegar a convertirse en una revolución social. Sólo cuando estemos en ese estadío, sólo cuando una inmensa mayoría social sea capaz de pensar de otra forma, sea capaz de poner en cuestión los dogmas del pensamiento dominante, seremos intelectualmente maduros, y estaremos capacitados para apoyar a todo Gobierno que intente desarrollar ideas alternativas. 

 

De hecho, así ha ocurrido siempre en la Historia de la Humanidad. Ardua tarea, ya que estamos sometidos, casi desde que nacemos, a miles de mensajes de todo tipo, a todos los niveles y en todas las instancias, que apoyan y legitiman las ideas vertidas por el pensamiento dominante: esa es la forma cómo se transmite todo nuestro imaginario colectivo, nuestras costumbres, nuestras actitudes, nuestras concepciones del mundo y de la vida. Y es lo que nos limita y nos encorseta a la hora de poner en cuestión ciertos asuntos. Nuestros padres, el sistema educativo, nuestras amistades, los medios de comunicación, nuestras actividades y círculos sociales, nuestros vecinos, la cultura dominante en una palabra, nos va poco a poco influenciando a lo largo de toda nuestra vida, especialmente desde los primeros años de nuestra existencia. Los psicólogos sociales afirman sin lugar a dudas que la carga genética que determina nuestro comportamiento es pequeñísima en relación a la carga social que influye sobre nosotros. Somos hijos en último término de nuestro ambiente, de la sociedad en que nos toca vivir. Esto es normal, pero de ningún modo puede legitimar que el pensamiento dominante ejerza una influencia tal en nosotros que nos anule, haciendo del "ser social" humano un "ser robot" social, sin criterios para enfrentar todo aquéllo que el pensamiento único nos vierte. 

 

Por tanto, nuestros estilos de vida, nuestros comportamientos y actitudes, nuestras formas de pensar, se van estableciendo desde pequeños, sin darnos cuenta. Por ejemplo, nuestro culto al trabajo viene potenciado desde dos frentes: el primero, nosotros mismos, bajo la ambición de aspirar a una "vida mejor" bajo los parámetros capitalistas, que no son otros que parámetros consumistas: trabajar para poder poseer una casa, un coche, y un nivel adquisitivo que nos permita no sólo cierta tranquilidad, sino también cierta reserva. Pero el segundo frente, es el propio ámbito laboral. Nuestros compañeros y compañeras de trabajo, y sobre todo nuestros jefes y jefas, nos inculcan, en un claro ejercicio de retroalimentación, el culto al trabajo por el trabajo, el culto a la presencia en el ámbito laboral, el culto a trabajar cuantas más horas mejor, reduciendo cada vez más nuestras posibilidades de una mejor vida, esto es, de una mejor vida social, y de una mejor vida privada. Pero existe todo un mundo más allá del trabajo. Un mundo que se va reduciendo, en cuanto somos abducidos por la creciente necesidad creada de trabajar más y más. Hay muchas más cosas interesantes en la vida que no descubrimos, porque simplemente no nos dejan descubrirlas. Y así, nos vamos poco a poco volviendo esclavos del trabajo, esclavos de una sociedad consumista y alienante que nos impone sus demenciales escalas de valores. Hoy día ya se ve la jubilación como una fase más de nuestra vida, se asume con toda normalidad, pero hasta hace unos cuantos años, dejar de trabajar era sinónimo de envejecer, de no ser útil, de no servir para nada, en última instancia, de morir. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Psicología
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