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14 enero 2016 4 14 /01 /enero /2016 00:00

Cuanto más grande es una empresa, menos control gubernamental tiene y más fuerza tiene como lobby frente a ese gobierno para convencerle de que regule a la medida de sus intereses

Rubén Sánchez (Portavoz de FACUA)

Bien, hemos hablado hasta ahora de los Tratados de Libre Comercio (TLC) centrándonos y poniendo como ejemplo el TTIP, pero la realidad nos lleva a contemplar otros Tratados similares que se acaban de firmar para otros contextos geográficos o transnacionales, así como la reciente historia sobre los mismos. Porque en efecto, si no ampliamos el foco, podríamos pensar que este Tratado es un hecho aislado, un acontecimiento novedoso en la historia, pero nada más lejos de la realidad inmediata, y los hechos acaecidos durante las últimas décadas. Hemos puesto varias veces como ejemplo el famoso TLCAN (México y Estados Unidos), para desmentir algunas de las "promesas" y vaticinios que los gurús del TTIP están pronosticando, pero lo cierto es que existen muchos otros Tratados similares que se han firmado en los últimos tiempos, el más cercano quizá el TPP. En realidad, el TTIP forma parte de la última hornada de Tratados de Libre Comercio de última generación, que  no son más que el resultado de la progresiva radicalización de la estrategia emprendida hace ya cerca de cuarenta años por las grandes corporaciones transnacionales, como nos recuerda Sol Sánchez, de ATTAC España, en su correspondiente artículo, del cual extraemos gran parte de esta información.

 

Y es que la lentitud de la OMC (Organización Mundial del Comercio) para eliminar los "obstáculos" al libre comercio (léase las regulaciones nacionales e internacionales) requerían una estrategia más agresiva, y de ahí que los lobbies que representan a los diferentes sectores hayan emprendido una lucha encarnizada por conseguir las más laxas regulaciones a uno y otro lado del Atlántico. Así que, tras el estrepitoso fracaso de la Ronda del Milenio en el 99 y la posterior paralización de la Ronda de Doha, pusieron todo su empeño en materializar y configurar la figura del TLC, como medio para, enmascanrándolo en la liberalización comercial, conseguir no sólo mayores cuotas de mercado, sino una abolición de los estándares y normativas en todas las áreas y sectores (laboral, social, medioambiental, de seguridad, alimentario, etc.). Desde el año 1959 se han firmado más de 3.000 TLC, la mayoría de ellos durante los últimos 15 años, y fundamentalmente entre países en desarrollo y países desarrollados. Y como estamos viendo, además de aranceles (que ya no representan un grave problema) incluyen compromisos de inversión, servicios, compras gubernamentales, propiedad intelectual, competencia, y casi siempre contienen cláusulas que permiten a las multinacionales llevar ante tribunales privados (mecanismos ISDS para el TTIP, al que ya nos hemos referido en anteriores entregas) a los Estados, cuando éstos adoptan nuevas normas o leyes que las empresas entiendan que representan obstáculos a la total liberalización de todas esas áreas. 

 

Porque la estructura de todos estos Tratados les dota de una seguridad jurídica aplastante, donde los derechos de los grandes inversores quedan clara y nítidamente protegidos, pero sus deberes, completamente difuminados. Y esto lo consiguen mediante el establecimiento de cláusulas que suponen ataques contra la democracia, y socavan gravemente la soberanía de los propios Estados. El TTIP no viene sólo, sino que en estos momentos está acompañado en la mesa de negociación por el CETA, un tratado similar que ya ha acabado su negociación entre la UE y Canadá (en septiembre de 2014), actualmente pendiente de revisión legal y traducción a todos los idiomas europeos, para ser luego presentado a ratificación ante los respectivos Parlamentos de los Estados miembros de la UE y finalmente, ante el propio Parlamento Europeo. Este procedimiento también se aplicará, en su caso, al TTIP, y de ahí los constantes llamamientos que hacemos para que el conjunto de la ciudadanía se conciencie sobre el peligro de estas herramientas, y ponga todo su empeño y fuerza social para impedir la firma de dichos Tratados. También le acompaña el TISA (Acuerdo sobre el Comercio de Servicios, por sus siglas en inglés), cuyas negociaciones, iniciadas en 2012, y que incluyen a 23 Gobiernos (entre ellos todos los de la UE) que representan a 50 países, e implican a más de las dos terceras partes del comercio mundial de servicios, porcentaje compuesto en un 90% por los servicios comerciales de los países desarrollados, y que supondrían la mayor amenaza para la continuidad de los servicios públicos que hayamos conocido hasta ahora. 

 

¿Cuál es quizá el "paso novedoso" que representan toda esta serie de Tratados frente a los acuerdos comerciales convencionales? Pues que son herramientas con un enorme poder de control y derogación sobre las normativas y derechos de los respectivos países suscriptores. Ello es así porque su proceso de negociación está totalmente orientado hacia los beneficios corporativos, de tal forma que si hay sectores, normativas, derechos o lagunas que se contemplen en beneficio de las poblaciones de los países suscriptores, sólo están resguardados hasta el siguiente período negociador, o hasta que ocurra una nueva revisión del Tratado, mientras que, para el caso de las "reivindicaciones" de los lobbies que representan al poder corporativo, cada vez que consiguen una normativa favorable para ellos, no sólo pasa a regir en los próximos Tratados, sino que comprometen incluso la capacidad de futuros Gobiernos para acometer soberana y democráticamente otras decisiones políticas que favorezcan al conjunto de la población. Al final, esta nueva oleada de Tratados capitalistas impondrán, si no somos capaces de evitarlo, una visión hegemónica del mundo, una cosmovisión neoliberal que impondrá sus formas y sus modos, sus limitaciones y sus impedimentos para los Estados que deseen revertirlas, de las relaciones internacionales, y de las normativas sociales, laborales, y culturales. 

 

Consagrarán un modelo productivo peligroso, desigual, irracional y obsoleto, insostenible social, ecológica y económicamente, que empobrecerá a las grandes mayorías sociales, que evolucionará hacia sociedades más injustas y desiguales, para asegurar el mantenimiento y crecimiento de los beneficios de una élite social mundial, compuesta por los grandes directivos de estas empresas transnacionales, unido a un aumento del peso social y político del calado de sus decisiones. Una sociedad del capitalismo sin fin, de la espiral hacia el supremo poderío de las empresas, del dictado de sus normas, de la imposición de sus criterios, y del desprecio al interés general de los ciudadanos/as. Un modelo de sociedad egoísta y peligrosa, decadente, insolidaria, desregulada y salvaje, que tenderá a la concentración progresiva de poder de unos cuantos superagentes del neoliberalismo, que buscarán satisfacer sus objetivos a toda costa, a sabiendas de que ya tienen la autopista preparada para ello, y todas las garantías a su favor. Una sociedad que no podrá volver atrás, un modelo de pensamiento único instaurado a sangre y fuego, bajo unos mimbres homogéneos instaurados bajo los sagrados dogmas del capitalismo más indecente. Debemos evitarlo como sea. Es mucho lo que nos estamos jugando. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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