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19 enero 2016 2 19 /01 /enero /2016 00:00

Para el capitalismo moderno es de gran importancia la dominación psicológica del individuo y la manipulación de su conciencia y de sus necesidades

Vicente Romano (“La formación de la mentalidad sumisa”)

Retomando desde el final del artículo anterior, y no nos engañemos, al sistema no le importamos más que como máquinas de producir dinero, y de consumir más y más para perpetuar su propia dinámica. Si de verdad a los Gobiernos, a los grandes medios de comunicación, a los grandes empresarios, a la oligarquía, les importáramos algo, no se producirían las contra-reformas laborales, no retrocederíamos en derechos, no involucionaríamos en libertades, etc. Nos aconsejan cómo usar el tiempo libre, además, para que éste no sea peligroso para ellos. Pero...¡bien que procuran evitar que aumente el tiempo libre! Mientras hacemos deporte (cuanto más mejor, cuanto más obsesivo tanto mejor), mientras nos dedicamos a sobrevivir, a entretenernos con banalidades impuestas y patrocinadas por el propio sistema (las revistas del corazón, los programas deportivos, los reallity shows, etc.), no nos da tiempo a concienciarnos de verdad.

 

El tiempo libre sólo aumenta, de golpe, si dejamos de estar en el engranaje productivo, si nos jubilamos o nos quedamos en el paro. Pero entonces, comenzamos a estar mal vistos por el sistema, porque dejamos de aportar lo que al sistema le interesa de nosotros. Como estamos programados sólo para trabajar o parasitar, la mayoría no sabemos cómo emplear nuestro tiempo. No se fomentan las artes, las letras, la filosofía, el cultivo libre de nuestras aficiones, tan sólo las que el propio sistema legitima como aficiones "de masas" (piénsese en el fútbol, por ejemplo). Nos dedicamos a buscar trabajo, a formarnos, o a la vida ociosa. Actividades todas ellas acordes con el guión capitalista globalizado de nuestro tiempo. A estas alturas, sería muy curioso realizar, con la información que hemos ido comentando, una especie de "retrato social" del individuo "perfecto" para el capitalismo, del sujeto ideal para la clase dominante, digno hijo, siervo y esclavo del pensamiento único.

 

José López, en su referida obra, lo relata en los siguientes términos: "El ciudadano ideal para el capitalismo es aquél que cumple algunas (cuantas más mejor) de las características siguientes: que practica mucho deporte (cuanto más mejor, así no tiene tiempo de hacer otra cosa), que tiene muchos hijos (así tiene menos tiempo libre y más gastos, está más atado económicamente, además de contribuir a aumentar el ejército de hormigas obreras), que se aficiona a comer (¡qué fácil y cómodo es aficionarse a aquéllo que ya de por sí estamos obligados a hacer!, ¡no dedicamos ya suficiente tiempo a comer y a todo lo que conlleva, como para encima dedicar nuestras conversaciones a la gastronomía!), que se aficiona al sexo, a la ropa de moda, a la higiene, a la estética, que incluso se obsesiona con todo lo que tenga que ver con su físico, que se pasa las horas de sus vacaciones descansando en la playa tostándose al sol, que se entretiene con el fútbol y todos sus culebrones (él) o con las vidas ajenas devorando prensa rosa (ella), que, en el peor de los casos, lee periódicos de la prensa tradicional (perfectamente controlada), que vota, como "buen ciudadano responsable y consciente" (nótese que las tres palabras están entrecomilladas) a una de las dos opciones del bipartidismo, que, en todo caso, lee ciertos libros que no dicen mucho (hay que entretenerse pero sin comerse demasiado el coco), menos sobre el sistema social en el que vive, que ve mucha tele (no hay nada más cómodo), que dedica el tiempo libre que le sobra a matar las horas, a hacer el vago, a contemplar a los demás, a vivir en el bar o en la peluquería, que se hace adicto al consumo, al trabajo o a la vida ociosa, que quiere siempre un coche mejor (que luego casi sólo usa para lucir o para ir al trabajo), que redecora y vuelve a redecorar su casa por enésima vez, que se preocupa sólo de él y de los suyos, que se relaciona con sus congéneres sólo para cosas intrascedentes...".

 

 

Pues bien, ahí tenemos el retrato robot del perfecto hijo del pensamiento dominante. Por supuesto, podríamos incluir muchas más características, pero las que hemos incluido en esta pequeña "radiografía social" nos parecen muy ilustrativas. Se trata ahora de que cada lector o lectora, a la luz del retrato expuesto, realice un ejercicio de introspección consigo mismo, e intente dilucidar hasta qué punto se acerca o se aleja de dicho retrato. El ciudadano ideal para el sistema actual, como hemos dicho, no sabe vivir sin trabajar. El culto al trabajo realiza precisamente esa misión principal, es decir, inculcarnos que el trabajo (remunerado, socialmente bien visto y útil para el sistema) es absolutamente imprescindible para ser una persona "normal". Se nos inculca ese amor por nuestra propia esclavitud. No somos conscientes de ella. Incluso nos enfadamos si alguien nos cuestiona nuestro "modus vivendi", y además, a cualquier otra persona que no se ajuste a él, lo etiquetamos en seguida (como un vago, un raro, un bohemio, un vividor, un anormal, etc.). Y lo que es peor, no deseamos ser conscientes de toda esta dinámica. El sujeto ideal hijo del pensamiento dominante desea, por encima de todo, ser "vulgar", ser "normal" (palabra muy utilizada por los dirigentes del PP), adaptarse todo lo posible a su entorno, integrarse perfectamente en él. 

 

El individuo hijo predilecto del capitalismo moderno, del sistema imperante, es un materialista convencido (pero no en su sentido filosófico, sino en el peor sentido de la palabra). Para él/ella lo más importante, casi lo único importante, es lo material. Su imagen física, su trabajo, su coche, su casa, su vestimenta. Su prestigio social lo es todo. Y depende de sus posesiones materiales, de su sueldo, del dinero, de las apariencias. Cuanto más tiene, mejor se cree. Los antisistema, los utópicos, los idealistas, que hablan de que otro tipo de sociedad es necesaria y posible, son considerados por nuestro personaje ideal como ilusos, ingenuos, fracasados, inadaptados. Y así, las escalas de valores se trastocan. Por ejemplo, cuestiones como el honor y la dignidad pasan a convertirse en conceptos anticuados, caducos y románticos, pero absolutamente inútiles. La dignidad es sustituida por el egoísmo. El pensamiento dominante nos quiere críticos, pero sólo hasta cierto punto. Por  ejemplo, si hay que criticar la corrupción de los políticos se critica, pero si hay que cuestionar los pilares del capitalismo, entramos en arenas movedizas. El individuo ideal para el sistema defiende los símbolos nacionales, se identifica con ellos, acepta el orden establecido, y de esta forma, se convierte en un perfecto "alumno" del sistema capitalista. No busca soluciones de fondo (ni siquiera es capaz de detectar los auténticos problemas de fondo), sino que acepta las reglas del sistema estoicamente, entiende que "la vida es así", que "es lo que hay". Y, por supuesto, no tiene sentido rebelarnos contra la vida. Continuaremos en siguientes entregas.

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