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28 enero 2016 4 28 /01 /enero /2016 00:00

Ver no es comprender. No se comprende más que con la razón. No se comprende con los ojos o con los sentidos. Con los sentidos uno se equivoca. Es la razón, el cerebro, es el razonamiento, es la inteligencia, lo que nos permite comprender. El sistema actual conduce inevitablemente o bien a la irracionalidad, o bien al error

Ignacio Ramonet

El ciudadano o ciudadana ideal que responde al paradigma del pensamiento dominante es, a su vez, egoísta y gregario. No porque lo sea de manera natural, sino porque la sociedad, el entorno que le rodea, le transmite estos valores. Es egoísta e individualista en cuanto a la supervivencia. No tiene o no le importa la conciencia sobre lo común. Suele respetar más lo privado que lo público. Acepta y legitima la máxima de que "cada cual se busque su vida". Y que es responsabilidad suya buscarse la vida, y que su destino dependerá de lo bien o mal que se la busque. Se ve inmerso en procesos de competitividad en cuantas facetas de la vida se ocupa. Justifica las desigualdades sociales, se hace cómplice de ellas, legitimándolas, porque también legitima la intervención mínima del Estado, y responsabiliza a cada cual de la suerte que pueda correr. Su círculo de amistades sirve sobre todo como motivo de lucimiento y como red de protección, respaldo y apoyo social. Nuestro perfil ideal de ciudadano/a súbdito del pensamiento dominante presume de hijos, de casa, de coche, de vacaciones, de amistades, de trabajo. Se realiza pasando un  montón de horas en el trabajo, y acepta la rutina emocional como parte de su vida. 

 

Y todo ello porque el gran paradigma de la vida capitalista, prototipo para el pensamiento dominante, es la competencia. La competencia es sagrada, es continua, es multifacética, es la razón de ser del sistema, todo gira en torno a ella. Todo se consagra a la "necesidad de tener que competir" (con otros estudiantes, con otros trabajadores, con otras empresas, con otros  mercados, con otros países, etc.). Absolutamente todo es competencia. De ahí que el ideal de vida gire en torno a convertirse en empresario, asociándose esto al triunfo personal. El pensamiento único idolatra la figura del empresario, haciéndolo aparecer poco menos que como un héroe social. Los empresarios son, según el sistema, los que crean el empleo, y los que necesitan ayudas del Estado (precisamente para crearlo, con lo fácil que sería que lo creara el propio Estado, pero ello sería considerado una aberración). Esto responde a otra de las falacias vertidas y difundidas por el capitalismo, que consiste en asociar al empresario la función social de "crear empleo", como si a los empresarios les importaran los trabajadores y la tasa de paro. No nos dejemos engañar por discursos tan conciliadores como hipócritas. El trabajo productivo, como actividad social, lo crean los parámetros económicos, lo crea la ley de la oferta y la demanda, lo crea la necesidad de consumo, y lo crea, cómo no, el Estado, que es el que realmente debe poseer la función social de velar por el cumplimiento y la garantía de implantación de un auténtico, verdadero y completo Estado del Bienestar. Digámoslo de una vez alto y claro: el trabajo no lo crean los empresarios. 

 

Y bajo la sombra de la figura del empresario/a, se potencia aún más la universalización y extensión del concepto de la propiedad privada. Desde este punto de vista, la empresa (privada, por supuesto, pues la pública está altamente denostada) es propiedad del empresario y/o de sus accionistas, de sus acreedores, de su Junta Directiva, de sus asesores, de su Consejo de Administración, pero nunca de sus trabajadores/as, que sólo están condenados a trabajar para que la empresa obtenga cada vez más beneficios (beneficios, dicho sea de paso, que no revertirán sobre sus trabajadores/as). Pero lo que el pensamiento dominante vende es una imagen benefactora del empresario, una imagen buenista, una imagen de prestigio social, pues gracias a ellos/as pueden vivir unas pocas (pequeñas), algunos cientos (medianas) o miles de familias (en el caso de las grandes empresas). Al empresario se le debe, por tanto, gratitud y respeto social. Y hemos de rebelarnos contra esta falsa imagen. El empresario es un agente social como cualquier otro, representante de la economía de libre mercado del capitalismo. Al empresario o empresaria sólo le interesa su empresa. Mejor dicho: al empresario/a sólo le interesa ganar dinero, porque si le interesara su empresa, por extensión le interesarían también sus trabajadores/as, pero esto no es cierto (siempre hay excepciones, claro está). De hecho, una gran parte de los empresarios/as ni siquiera mantiene un negocio o empresa de tal o cual actividad porque le guste o sea un profesional de dicha actividad, sino simplemente porque puede darle dinero. La empresa se reduce únicamente a un mero instrumento para ganar dinero, y todo lo demás pasa a un segundo (o tercero, o cuarto...) plano. 

 

Y para que la implicación de los trabajadores y trabajadoras en su empresa sea lo mayor posible, el empresario les hace creer que también es algo suyo, les incita a creer que de verdad los empleados forman parte del "gran proyecto" que es su empresa. Y de esta forma, de nuevo, todo un arsenal de expresiones, estrategias y decisiones se dirigen a instalar en la mente de sus trabajadores/as esta inmensa falacia. Se pervierte el lenguaje, se les da coba artificial a los trabajadores que sean más susceptibles de entrar a este juego, y a su vez se les utiliza para la difusión de estos mensajes al resto de sus compañeros. Hoy día, incluso se ha llegado a pervertir la propia actividad sindical, esto es, el legítimo ejercicio de la defensa de los intereses de los trabajadores/as. Actualmente, existen (sobre todo en algunas grandes empresas) una serie de pseudosindicatos, que constituyen el denominado "sindicalismo amarillo", que en realidad actúan para defender los intereses de la propia empresa, en vez de los de sus empleados. De forma vil y traicionera, estos serviles sindicatos se instalan en las empresas para difundir y hacer eco de las falacias vertidas por la misma, para engatusar y confundir a los trabajadores bajo la máxima de la "independencia sindical", y para obedecer subrepticiamente los designios empresariales. De esta forma, estos nuevos agentes participan también de forma activa en la alienación del sistema. Son agentes obedientes, y ridículos propagandistas del pensamiento dominante. Véase como buen ejemplo de ello el artículo sobre El Corte Inglés y sus sindicatos. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Psicología
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