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3 febrero 2016 3 03 /02 /febrero /2016 00:00

Un tratado [el TTIP] que destruye la capacidad de regulación de los Estados en aspectos esenciales de las condiciones de vida de toda la población --laborales, sanitarias, ecológicas, culturales-- y reduce la soberanía de éstos al punto de equipararlos con las multinacionales en cuanto a poder de negociación

Fragmento del Manifiesto “Salir del Euro” (diversos autores)

Otro de los aspectos perniciosos que el TTIP abordaría sería el relativo a la privacidad en sentido amplio, puesto que, al igual que en otros temas ya abordados en artículos anteriores, la legislación estadounidense, más laxa, vendría a imponerse a la europea, por ser más beneficiosa para los intereses de las multinacionales. El periodista y escritor David Bollero, en su artículo para el sitio web www.espacio-publico.com, en el que nos basamos para esta exposición, argumenta que en un nuevo estudio comparativo entre las garantías de protección de datos que ofrece EE.UU. respecto a la UE, podemos comprobar hasta qué punto los enfoques y puntos de vista jurídicos son radicalmente opuestos. Y aclara: "Mientras en Europa disfrutamos de un marco de protección de los datos personales bastante amplio, incluido y codificado en el Derecho primario, al otro lado del charco son las diferentes agencias las que adoptan diferentes criterios, variando significativamente los niveles de protección en función del contexto y la instrumentalización de los datos". Especialmente, y de unos cuantos años acá, el tema de la privacidad de la información y de la protección de los datos personales ha tomado una importancia relevante, no sólo por el destape de las estrategias de espionaje de las grandes agencias norteamericanas, como la NSA, sino por el creciente poderío que las grandes empresas transnacionales imponen sobre la posesión y uso de nuestros datos confidenciales. 

 

Y así, los gigantes como Google, Microsoft, Facebook, Youtube, y otros muchos, disponen de un arsenal de información completa no sólo sobre nuestros datos personales, sino que elaboran constantemente perfiles y datos complementarios basados en nuestros rastros de navegación, preferencias e históricos de eventos, visitas, criterios, filtros e interacciones con la Red (lo que se denominan los "metadatos"). Y el peligro está en que todo este material privado pueden ponerlo en circulación, y cederlo o venderlo a terceras empresas, que pueden hacer un uso ilegal, fraudulento, incluso invasivo y hostigador, en base a ellos. Y si bien es verdad que cualquier ciudadano/a estadounidense puede reclamar la protección de sus datos amparándose en la Cuarta Enmienda de su Constitución o en la Ley de la Privacidad, no es menos cierto que todo eso se borra de un plumazo al agitar la bandera de la seguridad nacional (argumento tan socorrido para los actuales Gobiernos), sin incluir consideraciones (como de hecho sucede en la UE) de proporcionalidad. Dicho de otro modo, la privacidad del individuo, en este sentido, es totalmente secundaria, pues está sujeta al libre albedrío de la agencia gubernamental de turno. En Europa, a diferencia de lo que ocurre en USA, para que pueda producirse puntualmente un intercambio de información personal entre, por ejemplo, autoridades policiales y los servicios de inteligencia, es necesaria una justificación específica y concreta, y su autorización correspondiente. En Estados Unidos, en cambio, ese intercambio es la norma, y no la excepción. 

 

Por otro lado, mientras nuestra legislación europea de protección de datos se aplica a todo ciudadano residente en su territorio, no ocurre así en USA, donde si los niveles de protección de datos para un estadounidense son laxos, para un/a ciudadano/a extranjero/a residente en Estados Unidos, son casi inexistentes. Por ejemplo, un extranjero ni siquiera tendría derecho a revisión judicial en caso de que una agencia norteamericana traspasase los principios más elementales de proporcionalidad en el tratamiento de sus datos personales. Y es lógico pensar, al igual que para otras materias que aborda el Tratado, que las multinacionales norteamericanas no van a ceder en estos asuntos. Otro ejemplo lo constituye la cesión de datos personales entre organismos públicos, o incluso, a terceros con propósitos comerciales. Mientras en la Unión Europea hace años que esta cesión está sujeta a la autorización del propietario de dichos datos, no es así en USA, que obvia cualquier tipo de supervisión, control o regla de proporcionalidad. Tampoco se recogen allí los derechos de correción, actualización o cancelación de los datos de carácter personal, como tenemos en nuestro continente. En una palabra, y para este asunto, en EE.UU. las empresas gozan de un poder y de una impunidad tremendas para utilizar o ceder los datos confidenciales de sus usuarios para cualquier fin. 

 

Afortunadamente, el grado de sensibilización, concienciación y conocimiento ciudadano sobre estos asuntos se ha disparado (a raíz de los recientes escándalos de espionaje norteamericanos), lo cual es positivo de cara a un posible y deseable rechazo masivo de lo que supone este demencial Acuerdo de Libre Comercio. Hoy día la movilización del conjunto de la ciudadanía europea es más intensa, real y efectiva, y durante el último año se han recogido más de tres millones de firmas en contra del TTIP. Por tanto, aún la batalla no está perdida. Podemos revertir la situación, y dar al traste con este nuevo estadío del neoliberalismo más salvaje que quieren imponernos. Podemos acabar con la impunidad de las transnacionales que supondrá el Tratado, y podemos continuar conservando, aunque bastante tocada, la soberanía de los pueblos europeos, para no caer en el precipicio que el TTIP representaría. En realidad, bastaría con que un sólo Estado Miembro se pronunciara en contra para que el TTIP no se pudiera aprobar, y en este sentido, tenemos noticias de que la opinión pública de países como Alemania o Austria ya ha manifestado estar rotundamente en contra de este TLC. Tenemos también muchos otros antecedentes de luchas victoriosas, como el rechazo final al AMI (Acuerdo Multilateral de Inversiones) en 1997, y el rechazo del Parlamento Europeo al ACTA (Acuerdo Comercial de Lucha contra la Falsificación) en 2012. 

 

No obstante, no podemos dejar de estar alerta como ciudadanía responsable, porque estos asuntos, mientras tengamos un contexto mundial de capitalismo globalizado como el actual, volverán a plantearse de cara al futuro, y las grandes empresas y sus lobbies no pararán mientras tengan alguna posibilidad de conseguirlo. Por otra parte, y como ya hemos indicado en otros artículos de la serie, el TTIP no es el único enemigo a batir. Precisamente, para este año está previsto que el Parlamento Europeo vuelva a manifestarse sobre el CETA, un TLC entre la UE y Canadá cuya negociación ya está cerrada, pudiendo considerarse como el hermano mayor del TTIP. Si llegara a aprobarse definitivamente, podría constituirse en un fantástico argumento de peso para los defensores del TTIP, y en una herramienta de presión para los Estados, y para convencer a los agentes indecisos. Por tanto, la conclusión está clara: debemos luchar con todas nuestras fuerzas contra toda manifestación del poder de las multinacionales de ambos lados del Atlántico, sea cual sea su forma, manifestación o envoltura. Porque en el fondo, en realidad, son distintas versiones o adaptaciones de una misma cosa, que no es otra que un ataque contra la democracia, contra la soberanía de los Estados, y contra los derechos humanos. Debemos conseguir que todos los partidos políticos se pronuncien claramente sobre los TLC, para saber a lo que atenernos. Los TLC deben formar parte de los debates electorales, y de los compromisos de los candidatos, así como ser parte de las agendas públicas en mítines y reuniones de negociación. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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