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8 febrero 2016 1 08 /02 /febrero /2016 00:00

De lo que se trata es de la creación de un hombre y una mujer nuevos, de una nueva cultura y un nuevo tipo de sociedad, caracterizados por la abolición de toda forma de opresión y explotación, el primado de la solidaridad, el fin de la separación entre gobernantes y gobernados, y la reconciliación del hombre con la naturaleza

Atilio A. Borón

Revisados ya los aspectos fundamentales del capitalismo y del socialismo del siglo XXI, estamos intentando exponer, como recapitulación de todo lo expuesto y como propuesta de modelo de sociedad, una alternativa basada en nuevos parámetros de funcionamiento que rompan con los patrones y los moldes actuales. Ya sabemos que el capitalismo, donde es consustancial la lucha de clases, se basa en postulados que sostienen que el egoísmo y la competitividad serán los motores de la economía, y lograrán un reparto que posibilite cierta cohesión social. Como el símil de la torre de copas de champán, piensan que la riqueza generada en la cima de la pirámide se desbordará hacia las capas inferiores, y siempre algo llegará a las mismas. Pero como estamos pudiendo comprobar con la evolución de nuestra propia sociedad, dichos postulados son absolutamente falaces. Con el tiempo, se pierde dicho equilibrio, la sociedad se vuelve inestable, se fomentan los desequilibrios y desigualdades sociales, y el sistema amenaza con el colapso. Perder ese equilibrio se manifiesta en que las contradicciones del sistema se agudizan, que la economía deja de crecer, entra en sucesivas crisis, la cohesión social estalla por los aires, y la sociedad se rompe. 

 

Entramos por tanto directamente en la barbarie, que ya hemos expuesto durante los primeros artículos de esta serie. Y los intentos actuales de suavizar el sistema, de parchearlo, de volverlo más humano o más "verde", no solucionan la cuestión. Parece por tanto que existe (como efecto de siglos de hegemonía cultural del pensamiento dominante) un miedo social atroz a buscar soluciones radicales, que exploren otros modelos de sociedad diferentes, bajo otros parámetros de funcionamiento distintos. Intentan convencernos de que dichos modelos ya fracasaron (cuando la verdad es que nunca se instalaron), porque precisamente, quieren convencernos de que no lo intentemos. Argumentan que todo ese ideario y todos esos conceptos del socialismo y del marxismo son manidos, están obsoletos y superados, y que no han funcionado nunca, ni pueden funcionar. Pero sin embargo, mientras nos dicen esto, su lucha de clases continúa, sin dar respiro a la clase trabajadora, que se limita a sufrir los embates del capitalismo más salvaje e insaciable. La lucha de clases se intensifica aún más en tiempos de crisis, como los actuales, donde contemplamos con estupor cómo todas las "reformas estructurales" que nos implantan tienen como objetivo desmontar todas las conquistas de las clases populares, y fortaceler el poderío de las clases dominantes. 

 

En épocas de crisis como la actual, el sistema se vuelve aún más despiadado, la lucha se vuelve más encarnizada, el capitalismo muestra su auténtico rostro, su verdadera crueldad, su cara más despótica, el Estado se quita su disfraz de amable protector del conjunto de la ciudadanía, para dejar entrever su lado más feroz, más clasista y más burgués, protegiendo mediante sus instituciones a las clases más poderosas. Negar por tanto la lucha de clases es un ejercicio engañoso, o cuando menos, de supina ignorancia o ingenuidad. La sociedad alternativa al capitalismo debe buscar un nuevo equilibrio, sustentado en los nuevos valores que estamos intentando exponer. Este modelo alternativo de sociedad no debe por tanto, si somos fieles a las enseñanzas y experiencias del fallido capitalismo, dejar que la cohesión social se alcance espontáneamente, sino que debe imponerla. Debe buscar las herramientas que la consigan, y que además la hagan sostenible en el tiempo. No podemos dejar que los individuos se conviertan en lobos contra sí mismos, porque entonces sólo la barbarie social estará garantizada, como en las guerras. No podemos dejar que los individuos actúen únicamente bajo su instinto de supervivencia, dejando que el mercado funcione por sí mismo, que la economía se desregule, que las relaciones laborales se desregulen, y que la sociedad se convierta, así, en una selva. Una sociedad realmente evolucionada y avanzada debe imponer unos moldes, unos patrones de funcionamiento para asegurar que el conjunto de sus individuos alcanzan la armonía social. 

 

No podemos dejar que el individuo sea presa de sí mismo, que sea víctima de la desregulación de los mercados, de la más feroz competencia, del más genuino egoísmo. No podemos dejar que el ser humano sea dominado por la economía, como si ello fuera una ley natural. La sociedad no puede ser víctima de sí misma, sino que ha de dominarse y controlarse, ha de ser dueña de su propio control. Mientras el ser humano, y la sociedad de la que forma parte, no se conviertan en dueños de sí mismos, no ejerzan el control sobre su propio destino, su evolución irá en su contra y no a su favor, conduciéndonos a nuestra propia autodestrucción. Por tanto, la nueva sociedad alternativa al capitalismo debe conducirnos a nuestra liberación. Al igual que evolucionamos tecnológicamente y genéticamente, hemos de evolucionar también socialmente, diseñando normas y modelos coherentes, basados en la justicia social, en el progreso, en la cooperación, en la solidaridad, buscando el bien común, porque el bien común sí que se traducirá en el bien individual y concreto para todas las personas. Sólo una sociedad que de verdad busque el bien común será garantía del bienestar de todos sus miembros. En palabras de José López: "La ley de la jungla funciona espontáneamente, pero la civilización hay que construirla". El socialismo del siglo XXI se nos presenta, por tanto, como alternativa real al capitalismo, como un modelo de sociedad más elaborado, más sofisticado, más evolucionado, más humano. 

 

El capitalismo se preocupa de proteger la propiedad privada de los medios de producción, y deja todo lo demás en manos de la naturaleza, de la desregulación, del mercado, de la competitividad de unos individuos sobre otros. Hemos de echar abajo este diabólico sistema, y construir una sociedad con otras reglas y otros principios. Porque como estamos viendo, el propio capitalismo termina por sacar a la luz sus propias debilidades y contradicciones, por mucho que sus apologetas se empeñen en esconderlas y en justificarlas. Y así, estamos pudiendo comprobar cómo durante todos estos años de crisis el sistema ha de rescatarse a sí mismo, y para evitar la rebelión de las masas, debe intensificar el radio de influencia del pensamiento dominante, y se recurre cada vez más a la alienación de los medios de comunicación, aliados imprescindibles del sistema. Pero como también ello es insuficiente, el sistema recurre a la represión, al cuestionamiento de las libertades básicas y fundamentales, a la insistencia sobre un "orden público" que instaure una "paz social" basada en la asunción inexcusable de las reglas capitalistas. Hoy día ya todo ello no se esconde, sino que se propugna sin complejos. Hace pocos días, nuestro actual Ministro de Asuntos Exteriores en funciones, José Manuel García Margallo, afirmaba sin despeinarse que todas las fuerzas políticas deben asumir los parámetros de la globalización [capitalista] a la que estamos sometidos, so pena de convertirnos en una Bolivia, una Cuba o una Venezuela. Es una afirmación absolutamente terrible, escandalosa, pero se acepta como algo absolutamente normal. Margallo nos está queriendo decir que no intentemos construir otro mundo diferente al que ya existe, porque seremos atacados y vencidos. No es la exposición de unas ideas, son claras amenazas para quien intente subvertir el orden capitalista mundial. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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