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17 marzo 2016 4 17 /03 /marzo /2016 00:00

Nuestro método es la economía; nuestro objetivo es el alma

Margaret Thatcher

Y de ahí (de esas palabras de Thatcher) podemos deducir la tremenda importancia que posee la política económica, como corazón y pieza fundamental en el entramado de poderes que configura una determinada sociedad. Nuestra sociedad es capitalista, lo que implica que el capital nos tiene atrapados como trabajadores, como consumidores y como ciudadanos. Por tanto, debemos aprender a ser trabajadores menos sumisos, consumidores más responsables, y ciudadanos más libres. En suma, tenemos que dar la batalla al pensamiento dominante en todos los frentes, que como estamos comprobando, copa prácticamente todos los aspectos de nuestra vida, incluso los más íntimos y subliminales. Debemos, si no cortar definitivamente (esto sólo podrá hacerse colectivamente al final del camino), por lo menos adelgazar las cadenas que nos atan. En el trabajo, en el mercado de consumo, en el sistema político. En el terreno del trabajo, llevamos varios lustros retrocediendo en derechos laborales porque, entre otras razones, los trabajadores no nos unimos, no nos organizamos, no nos enfrentamos colectivamente al empresariado. La cultura del capital también favorece todas estas estrategias, lógicamente favorables a sus intereses. 

 

Mientras no recuperemos la iniciativa, iremos de retroceso en retroceso. Las conquistas del capital no cesarán, y la involución en derechos, libertades y garantías será paulatina. Por ello, la lucha colectiva es imprescindible en el mundo del trabajo. Véase nuestro reciente artículo sobre la huelga de los trabajadores malagueños de LIMASA, que la han desconvocado después de haberle ganado la partida al Ayuntamiento, y haber recuperado gran parte de los derechos perdidos. Debemos aprovechar las pocas maneras que tenemos de luchar pacíficamente para defender nuestros intereses y nuestros derechos. Y la mejor manera es y ha sido siempre la huelga. Una huelga es una revolución en miniatura, una pequeña revolución en potencia, pero que si se proyecta y se mantiene con inteligencia y perspicacia, se convierte en una fenomenal herramienta de presión hacia la clase dominante. Mediante huelgas se consiguieron la mayoría de los pocos derechos que poseemos en la actualidad, y mediante huelgas se evitaron ciertos retrocesos, se consiguió parar los pies al capital en determinados momentos de la historia. Y, precisamente, por no hacer las suficientes huelgas, por no tener el éxito que debieran, por no apoyarlas con la necesaria presión, el capital se está creciendo en los últimos tiempos. La única forma de contenerle es mediante las acciones organizadas, cuya cumbre son siempre las huelgas, especialmente las generales. Si además de general la huelga es indefinida, la presión sobre el mundo del capital será explosiva, definitiva. 

 

Pero para eso, como decimos, tenemos que cambiar el chip mental individual, colectivo, material y emocional. Hemos de cambiar nuestra escala de valores. Nos falta concienciación (colectiva) y nos falta valentía (individual). Pero si somos capaces, la huelga general e indefinida es el arma más mortífera contra la dictadura del capital. Podemos hundir empresas en cuestión de días, y podemos amenazar con causar una gran crisis (económica, esta vez sí), una crisis de tal envergadura que las fuerzas del gran capital se vean forzadas a ceder, a negociar, a retroceder en sus ambiciones y en sus actitudes. Porque si quiebra una determinada empresa, o siete, no pasará nada. El sistema no se colapsará por ello, podrá soportarlo. Las fuerzas del capital seguirán siendo más potentes. Pero si quiebran la mayoría de las empresas, el capital no podrá resistir un ataque tan fuerte. Por otra parte, y en el contexto de una gran empresa, si hacen huelga por ejemplo sólo una quinta parte de los empleados, incluso un tercio, la empresa es capaz de recuperarse, de distribuir fuerzas productivas y de salir adelante. Pero si hacen huelga la inmensa mayoría de sus empleados, la empresa no se podrá recuperar, quedará definitivamente tocada, incluso hundida. El ataque será total, definitivo, mortal. La opción está, por tanto, en nuestras manos. El poder también. Así que, como siempre hemos proclamado, la unión hace la fuerza. 

 

Si como trabajadores tenemos muy poco margen de maniobra, como consumidores, sin embargo, tenemos algo más de margen. De hecho, el capitalismo no funciona, entra en crisis cada cierto tiempo (existen autores, como Kondratiev, que han elaborado complejas teorías para explicarlo, como la de las ondas largas de este autor), precisamente porque como consumidores hacemos que fracase, aunque lo hacemos inconscientemente. Si baja nuestro poder adquisitivo, compramos menos y esto se traduce en las crisis de sobreproducción. No todos los productos pueden ser vendidos o deben venderse a menor precio. El capitalismo amenaza con colapsar porque los consumidores no hacemos realmente lo que quiere el sistema: consumir cada vez más. Consumir, consumir y consumir, es la regla de oro del sistema capitalista, del orden mundial dominante, y de su pensamiento asociado. Y así, las crisis cíclicas del capitalismo no son más que el estallido de sus contradicciones internas. En las últimas décadas se pudo salir a flote potenciando la faceta financiarizadora de la economía, haciendo que la gente se endeudara hasta límites insoportables, pero esto se tradujo también en otra profunda crisis: la crisis financiera actual (que hizo estallar también otras burbujas asociadas, como la inmobiliaria en nuestro país). Y dado que bajo el capitalismo el capital se convierte en la principal mercancía, dado que todo gira en torno a él, dado que la sociedad está a su completo servicio, la economía se financiariza inevitablemente, la cultura del pelotazo se impone (dícese de la cultura que aboga por obtener la mayor ganancia en el menor tiempo y con el menor esfuerzo) y la especulación (en sus diversas facetas) acaba dominando el conjunto de la economía. 

 

Bajo esta nueva fase, la economía se vuelve cada vez más artificial, más inestable, más volátil, más virtual. La especulación es el pan nuestro de cada día de los poderosos, que poseen a la tecnología como su principal herramienta aliada. Hoy día, los flujos de capitales se hacen instantáneamente, y determinada empresa puede deslocalizarse y volverse a localizar en cuestión de segundos, entorno que los propios empresarios utilizan como chantaje hacia los Gobiernos y la propia ciudadanía. Y es que el capitalismo siempre vive bajo la amenaza de su colapso. Y a este colapso podemos contribuir los ciudadanos, los consumidores, los trabajadores, esto es, nosotros mismos, en los diferentes aspectos bajo los que interactuamos con el sistema. Porque al final, todos esos aspectos son uno solo, funcionan bajo un prisma unívoco, funcionan enfocados hacia la consecución de unos mismos objetivos, y el sistema nos va marcando las pautas (el pensamiento dominante) para que todo ello nos parezca normal, lógico, aceptable. Puede como mucho no gustarnos, pero nos vemos arrastrados a ello, porque la fuerza del pensamiento dominante y de los poderes a su servicio son enormes. Por ello siempre hacemos un llamamiento a la valentía, a la rebeldía, pues sin ellas, el enfrentamiento certero con el pensamiento dominante no es posible. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Psicología
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