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20 abril 2016 3 20 /04 /abril /2016 23:00

Es muy fácil comprobar que hay una doctrina económica oficial que se repite en los centros de poder, en las universidades y en los medios de comunicación sin dar entrada a enfoques que la pongan en cuestión

Juan Torres López

Continuando con los planteamientos ya iniciados en el artículo anterior, diremos que la falacia consiste, por tanto, en creer que necesitamos crecer (económicamente) de forma continua. Por ejemplo, últimamente las discusiones de los círculos políticos dominantes radican en estimar a partir de cuánto crecimiento económico (expresado en porcentaje sobre el PIB), dicho crecimiento se traduciría en creación de empleo neto. Y unos dicen que a partir del 2%, otros que a partir del 2,5%, otros que a partir del 3%...Falacias, falacias y más falacias. Discusiones bizantinas sin ningún fundamento. Porque como hemos repetido hasta la saciedad en artículos anteriores de esta serie, nos inundan con publicidad engañosa, con falsos eslóganes, con declaraciones absurdas, con supuestos embrutecedores, con falsos debates, con discusiones vacías, de tal manera que acabamos pensando como ellos. Abonemos entonces algunas tesis alternativas. 

 

Sabemos que, por ejemplo, con sólo el 1% del dinero aportado por los diferentes Gobiernos para rescatar a la banca privada durante la actual crisis, se podría haber erradicado el hambre en el mundo. ¡Hasta la prensa capitalista se hizo eco de esto! Es evidente que la Humanidad dispone, en las condiciones actuales, de la necesaria tecnología para generar suficiente riqueza para que toda su población, como mínimo, pueda vivir en condiciones dignas. La FAO ha calculado que existen recursos alimenticios en el mundo para alimentar a 12.000 millones de personas. Ahora mismo habitamos nuestro planeta unos 7.000 millones de seres humanos, luego habría de sobra para todos. Por otra parte, sabemos que la crisis energética se acabaría, la amenaza del colapso energético de la civilización humana desaparecería, y muchos recursos naturales se salvarían de la extinción (entre otras muchas cosas), si se potenciaran las energías limpias y renovables (el Sol es una fuente de energía inagotable, ¡por lo menos para los próximos 5.000 millones de años!), y si primaran otros parámetros en vez del omnipresente beneficio económico a corto plazo. 

 

Y por otra parte, ¿dónde queda el crecimiento económico que no se traduce en empleo neto? Pues queda para engordar las alforjas de los propios capitalistas. De ahí que, en plena crisis, mientras las PYMES despiden a trabajadores, producen pérdidas y cierran sus puertas, mientras cientos de miles de trabajadores van masivamente al desempleo, y mientras la pobreza y la exclusión social se instalan cada vez más en nuestra sociedad, los dirigentes de las grandes empresas ganan cada vez más, son cada vez más poderosos, expanden cada vez más sus empresas, porque (entre otras cosas) despiden a sus trabajadores mediante Expedientes de Regulación de Empleo (los famosos ERE), porque se internacionalizan, o porque se deslocalizan, instalándose en países más pobres, donde la mano de obra les resulta más barata, y donde la precariedad laboral es aún mucho más sangrante que en nuestro país. Tras cada crisis, el capital, el gran capital, se refuerza, las grandes empresas sobreviven y se asientan, el pez grande se come al chico, y los trabajadores pierden sustento, derechos y poder adquisitivo. Y así, el terreno está de nuevo abonado para una nueva acumulación de capital y para una nueva crisis. De hecho, muchos expertos aseguran ya que se están poniendo los cimientos para la próxima crisis. 

 

El empleo bajo el capitalismo es un "bien" que está condenado a ser escaso. No sólo porque la tecnología tiende a sustituir a los seres humanos por máquinas, sino también, y sobre todo, porque las reglas del juego capitalista necesitan del desempleo, de la explotación laboral. Tal como afirmaba Marx (quien con más profundidad estudió el capitalismo, sus fundamentos y sus procesos, quien lo diseccionó como nadie), cierto nivel de paro es fundamental para un capitalismo "saludable", porque sirve para disciplinar a la clase trabajadora. Es lógico pensar que al existir paro, la presión sobre los trabajadores para obligarlos a aceptar ciertas condiciones laborales será mayor que si dicho nivel de paro no existiera, porque aumenta la competencia para conseguir los empleos, y las necesidades de los desempleados se van acrecentando. Para el capitalismo, el trabajo humano es otro proceso más del sistema, sometido a las leyes del mercado, como la oferta y la demanda. El capitalismo es así de frío. No entiende de necesidades sociales, ni de seres humanos. La lógica capitalista obliga por tanto a que haya paro, y no sólo por el motivo indicado de disciplinar a la clase trabajadora, sino también para mantener y aumentar los beneficios empresariales, el "santo grial" del sistema capitalista. Es más rentable para unos empresarios tener unos pocos trabajadores que trabajen muchas horas, que muchos empleados con los mismos sueldos y jornadas laborales drásticamente reducidas. Plantear por tanto la reducción de la jornada laboral y el reparto del trabajo es casi un sacrilegio dentro del capitalismo. 

 

Y lo mejor de todo (claro efecto del pensamiento dominante sobre los trabajadores) es que somos nosotros, los propios trabajadores (y esto se ha demostrado mediante varias encuestas), los primeros que nos negaríamos a que dichas medidas se pusieran en marcha. ¿Y ello por qué? Pues porque el pensamiento dominante es enemigo del reparto y de la distribución, nos inculca la competencia y el egoísmo, el individualismo y la competitividad, y por tanto, si alguien tiene un trabajo a jornada completa, difícilmente va a asumir con naturalidad repartirlo (incluso aunque no bajáramos los salarios) con otros trabajadores. La mayoría de los trabajadores recelarían ante medidas de este calado, porque simplemente no tenemos la conciencia para ello. Dentro del capitalismo, por tanto, el reparto no ha lugar. El reparto (de cualquier tipo) no está bien visto bajo el capitalismo. De hecho, los principios de la economía colaborativa se están introduciendo con cuentagotas en las sociedades capitalistas, porque el sistema recela de dichas actividades, porque dichas actividades replantean las relaciones de poder, de producción, de reparto y de beneficio. Revolucionan los hábitos, las costumbres y los modelos de negocio, y eso supone, de entrada, un grave peligro. Todos los repartos están mal vistos: del poder, de la riqueza, de la libertad, de los derechos, de la propiedad de los medios de producción, y por supuesto, del trabajo. En el capitalismo el reparto es poco menos que una herejía, es algo non-grato. Y esto es así porque el capitalismo se sustenta en la desigualdad, en el acaparamiento de lo colectivo por unos pocos individuos. Repartir equivaldría a liquidar el capitalismo. La ideología dominante "prohíbe" el uso de la palabra reparto en la economía, en la política, en las reglas de la sociedad capitalista. Y así, en el "diccionario" capitalista la palabra "reparto" casi no existe. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Psicología
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