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3 mayo 2016 2 03 /05 /mayo /2016 23:00

Hoy, luchar por una democracia real, por la defensa de los servicios públicos, contra el fracking, por la soberanía energética, por el trabajo digno y contra el paro, pasa también por luchar contra el TTIP

Laia Ortiz y Ernest Urtasun

Y continuando con los peligros que el TTIP supondrá para nuestra biodiversidad ecológica, animal y paisajística, hay que recordar que este TLC apuesta claramente por los combustibles fósiles, despreciando los graves efectos sobre los ecosistemas naturales, para favorecer únicamente a los intereses de las grandes empresas petroleras, en detrimento de otros modelos energéticos más limpios y sostenibles. Las negociaciones en curso en torno al sector energético implicarán un aumento de la presión sobre los recursos naturales y un aumento de los gases de efecto invernadero (tal como nos recuerda Pablo Jiménez, del Área Federal de Medio Ambiente de IU, en su artículo), poniendo en peligro el propio objetivo de la UE acordado para el año 2020 en el paquete de energía y clima correspondiente. La Comisión Europea, por mucho que declare lo contrario de cara a la galería, está abandonando estos objetivos comprometidos (nada ambiciosos por cierto), poniéndose al servicio también en este caso de los lobbies petrolíferos, al apoyar y potenciar la implantación de nuevas técnicas extractivas invasivas como el fracking o fractura hidráulica, y la entrada de las arenas y esquistos bituminosos, productos todos ellos altamente contaminantes. 

 

Otro de los problemas asociados a la pérdida de biodiversidad y calidad paisajística es la contaminación de suelos y agua debido al exceso de uso de productos fertilizantes. La utilización de nitrógeno y fósforo para poner en cultivo suelos deficientes en nutrientes o excesivamente trabajados, ha traído como consecuencia la competencia entre plantas adaptadas a medios frugales y otras oportunistas que prosperan en los medios mejorados o modificados. Estos fertilizantes y otros productos químicos (plaguicidas, pesticidas, herbicidas, cosméticos, pinturas, etc.) están producidos por la importante industria química cuyos lobbies están presionando fuertemente para que en el TTIP queden recogidas sus pretensiones de limitar las regulaciones que afecten a su sector. En Europa, el Reglamento REACH (que algunos movimientos ecologistas califican de blando) regula y controla la utilización masiva de estas sustancias, pero dicho reglamento está en el punto de mira de los negociadores del TLC, que ven en esta norma y en otras similares un freno a su potencial expansión. En palabras de Pablo Jiménez: "Nuevamente estamos ante la cortedad de miras y la sinrazón de algunos grupos industriales guiados por sus intereses sectoriales y alejados de la comprensión de la viabilidad de los ecosistemas y de sus servicios asociados". Como vemos, la historia se repite, siempre es la misma, ilustremos el tema que ilustremos en relación al TTIP, y se traduce en hacer primar los intereses de un montón de grandes empresas de los diferentes sectores por encima de la sostenibilidad social, económica, laboral, humana y medioambiental. 

 

También destaca este autor, en relación a estos asuntos, el crecimiento urbano desmesurado y caótico como un ejemplo más de la destrucción del patrimonio natural y cultural acelerado que vivimos en la actualidad. Hoy día, la expansión urbana es la expresión espacial sobre el territorio de procesos políticos y económicos llevados a cabo por el gran capital privado. De ahí que la tendencia hacia la privatización de los espacios públicos sea cada vez mayor, que tengamos restringidas las ágoras públicas, y que el ambiente de las ciudades sea cada vez más insoportable. Contaminaciones acústicas, lumínicas, del aire, y privatizaciones de los bienes y servicios públicos básicos, como el agua, están hoy en el orden del día de la gestión de las grandes ciudades. Mientras se pierde y se discrimina el espacio rural, los espacios urbanos, grandes consumidores de territorio, son, a su vez, grandes demandantes de recursos tales como el agua, el transporte y la energía, y responsables del fuerte impacto ambiental (fragmentación o aislamiento de ecosistemas, contaminación atmosférica y de acuíferos, destrucción de suelos agrícolas productivos) y social (segregación espacial, carencia de equipamientos, servicios, transporte) al no atenderse de forma adecuada las necesidades de la creciente población urbana, desplazada de sus lugares de origen, particularmente en los países del sur global, debido a los acaparamientos de tierra o a los cambios de las condiciones naturales de sus respectivos hábitats. 

 

En definitiva, el comercio internacional (justo lo que se pretende potenciar con el TTIP, para mayor gloria de las grandes empresas transnacionales) es el responsable último de todo este casos biosistémico que padecemos, y que evidentemente el TTIP contribuirá a agrandar y perpetuar. Pero frente a cualquier TLC, la comunidad internacional debemos entender que la diversidad y el paisaje natural son bienes comunes, como el sol, el aire, el suelo, el viento o el agua, de los que nadie puede apropiarse. Así que desde una perspectiva mínimamente sensata, no cabe otra opción que oponerse frontalmente a cualquier TLC, y usando todos los mecanismos soberanos a nuestro alcance (antes de que sea demasiado tarde), establecer las condiciones para que cambie este modelo que atenta contra el medio ambiente y la cohesión social. Sufrimos una democracia ninguneada y paralizada, en estado permanente de shock, debido a la implantación cada vez más salvaje de la doctrina neoliberal. Esta doctrina acabará definitivamente con todos los recursos naturales, y con ellos, acabará con la economía y con todos las especies vivas del planeta, incluyendo la especie humana. Si somos incapaces de comprender esto, es que aún estamos a años luz de imaginar siquiera los graves efectos que la actividad derivada de un tratado como el TTIP producirán en nuestro entorno, en todas las dimensiones de nuestra vida: familiar, laboral, económica, alimentaria, cultural, social y medioambiental. 

 

Hay que darse cuenta de que todos estos acuerdos transnacionales están empujados, auspiciados, pensados y confeccionados a la medida, por y para favorecer a las grandes corporaciones, a las que sólo importan sus crecientes beneficios. No les importa nada más: ni la soberanía de los Estados, ni las democracias, ni las condiciones laborales dignas, ni la seguridad de la población, ni el cambio climático, ni nada que no sea el crecimiento de sus cuentas de resultados. Pero claro, no pueden confesarlo tal cual, y por ello desprecian constantemente los razonamientos de los científicos sociales, contratan a otros equipos de científicos sociales (corruptos) para que elaboren informes contrarios a la evidencia científica, para así contrarrestar y minimizar los efectos perversos que sus políticas instalan. Pero claro, esto no lo podrían hacer si no tuvieran también a su servicio a toda una pléyade de políticos (también corruptos) que no tienen ni la formación, ni la valentía ni los principios y valores necesarios para enfrentarse a tanto dominio empresarial. Y así, estos políticos serviles, que son la inmensa mayoría en la escena internacional, son los primeros en disfrazar toda la caótica deriva hacia la que nos conducen estos TLC. Se ha podido comprobar esta pasada semana en Hannover (Alemania), donde viajó el Presidente de Estados Unidos, Barack Obama, para reunirse con dirigentes europeos, y además de instarles a incrementar sus presupuestos en Defensa, intentar allanar los escollos y acelerar las negociaciones actuales del TTIP, ya que está muy interesado en que este perverso Tratado se firme antes de que finalice su mandato presidencial, en noviembre del presente año. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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