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11 mayo 2016 3 11 /05 /mayo /2016 23:00

Y definitivamente, se convocaron nuevas elecciones generales para el 26J. No se trata de una segunda vuelta (como a muchos personajes de la derecha política y mediática les gustaría), sino de una nueva oportunidad para intentar que la ciudadanía se manifieste, y que los partidos hagan una gestión lo más correcta posible de ese voto. Pero para ello, es preciso volver a recordar la agresiva, caótica, destructiva y perjudicial legislatura que hemos padecido bajo el Gobierno del PP, y los movimientos del resto de fuerzas políticas para asentar el bipartidismo e impedir que gobierne la izquierda. Una izquierda que, haremos bien en recordarlo, tampoco lo tendrá fácil, con una Comisión Europea dictándole a pies juntillas las medidas de política económica que ha de implementar. No sólo nos hace falta un gobierno de izquierdas, sino un gobierno valiente, insumiso y rebelde frente a esta despótica Unión Europea a la que aún pertenecemos.

 

Esta fallida legislatura se ha caracterizado por muchas cosas: nuevas imágenes en el Congreso, irrupción de partidos nuevos en el hemiciclo, dos intentos fallidos de investidura presidencial, un pacto que ha revelado las estrategias de la derecha (Ciudadanos) y del PSOE por perpetuar la aplicación de las mismas políticas neoliberales, y un PP que como fuerza política más votada, se arrogaba el derecho de que las demás fueran a pegar a su puerta, y a establecer negociaciones sobre la base de la gran coalición conservadora y neoliberal. Frente a todos ellos, el bloque de la izquierda (Podemos, Mareas, Compromís, IU, etc.) ha tenido que soportar algunas "novatadas" como su exclusión de la mesa del Congreso, su imposibilidad de formar varios grupos parlamentarios, la reubicación de sus diputados desde el gallinero, o que incluso le criticaran determinados gestos o determinadas formas relativas a su aspecto personal, todo lo cual no demuestra más que lo alejadas que están sus "señorías" de la calle, de las personas que les votan, y de las que no les votan, pero a las cuales también se deben. Podemos y sus confluencias han intentado (y creo honestamente que lo han conseguido) ser fieles a sus mensajes, a sus mandatos populares, al deseo de sus votantes y simpatizantes, y no traicionar, incluso en sus negociaciones, la esencia de su ideario. Estaba claro que después de la destructiva y despiadada legislatura del PP había que deshacer todo lo andado, y girar 180 grados para revertir todas las políticas antisociales que se habían ido desarrollando, además de ir caminando en sentido opuesto, recuperando derechos y libertades, desmontando la criminal austeridad, y volviendo a fortalecer el Estado del Bienestar. 

 

Pero frente a todo eso, los partidos del régimen y su nueva muleta (Ciudadanos) se atrincheran en sus bases, y ante la pasividad y arrogancia del PP, y la negativa del PSOE de pactar hacia su izquierda (mediante la expresa prohibición de los barones en el Comité Federal a Pedro Sánchez, además de los indecentes mensajes de algunos otros líderes históricos del partido), el pacto que se acuerda es entre el PSOE y la formación política de Albert Rivera, eufemísticamente llamado "de cambio y de progreso". No había en efecto ni cambio ni progreso. No existía cambio porque éste no consiste en cambiar a un Presidente por otro, ni en formar un nuevo Gobierno, aunque sea de otro partido. Si no cambiamos la filosofía misma de las medidas que se toman, si no cambiamos el fondo de las políticas que se adoptan, la palabra "cambio" queda como un eslógan vacío, pura y simple propaganda. Y tampoco era "progresista", en el sentido de entender el progreso como una recuperación de las condiciones de vida dignas de la ciudadanía. Se empeñaba, bajo unas cuantas medidas de maquillaje, en el continuismo de las mismas políticas neoliberales que han desmontado casi todos nuestros sistemas de protección social, que han privatizado nuestros servicios públicos, y que han hecho pagar la crisis a las clases más vulnerables. 

 

En referencia a ese Pacto, Antonio Antón se ha expresado en los siguientes términos: "Se manipula el lenguaje. Su denominación de ‘reformista’ esconde incluso algunas reformas negativas, es decir, recortes sociales (por ejemplo, precarizando más el empleo). La palabra reforma, con un significado tradicional progresivo y de avance social, ha sido instrumentalizada por el PP y el poder liberal-conservador para denominar a su regresiva estrategia de austeridad y recortes sociales. Su utilización en el documento obscurece el sentido antisocial de algunas de sus medidas y las consecuencias negativas de prolongación de los recortes y la desigualdad derivados de su aplicación. Y la palabra ‘progreso’ en su título, aparte de embellecer sus objetivos, esconde el sentido regresivo de su apuesta por la consolidación de la austeridad (flexible) y los recortes sociales de estos años". Y así, bajo falsas excusas y pretextos, que al principio fueron la propuesta de referéndum en Cataluña (por parte de Podemos, y negada por el PSOE), y al final el argumento de la famosa "pinza" (destacar el hecho de que PP y Podemos voten en su contra, para utilizarlo como argumento político en torno a un acuerdo para impedir gobernar al PSOE, que ya fue utilizado también en 1992), Pedro Sánchez y los suyos se han ido enrocando en sus posturas, requiriendo a Pablo Iglesias y los suyos que hicieran un acto de "responsabilidad" y aceptaran el famoso pacto. Han sido vergonzosas las palabras de César Luena, Secretario de Organización del PSOE,culpando a Pablo Iglesias de que Rajoy continuara en el gobierno. En  fin, un despropósito detrás de otro. 

 

La formación política de Albert Rivera, por su parte, también hace llamamientos a la responsabilidad, a levantar "los vetos y los bloqueos", pero ellos se lo hacen sólo al PP, vetando a los de Pablo Iglesias, por incompatibilidad manifiesta, como es lógico y notorio, en las fundamentales medidas de política económica. Podemos hace también lo propio, y el PSOE se queda sólo en esa demencial operación "transversal para entenderse a derecha y a izquierda", en un intento ante la ciudadanía para quedar como los más valientes, esforzados y osados en intentar llegar a acuerdos y pactos. Parece que por fortuna la gente ha entendido mejor que Pedro Sánchez que esa operación de "transversalidad" política era un auténtico disparate, y que sólo servía, de nuevo, para engañar a los ingenuos que se lo hayan creído. Porque su interés no fue nunca, al contrario de lo que han manifestado hasta la saciedad, entenderse con Podemos. Porque saben que Podemos representa una izquierda peligrosa para ellos (como pudo serlo IU en su época), una izquierda que puede arrebatarle la hegemonía de su espacio, y que puede dejar sus vergüenzas al aire. De hecho, ya está ocurriendo. ¿Cuál ha sido la estrategia, entonces? Culpar a Podemos, afirmar que son los de Pablo Iglesias los que han puesto palos en las ruedas, los que han impedido el acuerdo, los que han impedido ese "gobierno del cambio". Pero la verdad ha sido justo la contraria. Podemos se ofreció desde el minuto 1 a un gobierno de pacto y de entendimiento, de cambio y de progreso, por la izquierda, y como es lógico, dada la poca diferencia en votos y escaños, lo justo era que ellos también participaran en el gabinete. 

 

Pero eso hubiera puesto en una situación muy delicada al PSOE, que habría tenido no sólo que "prometer" en un pacto escrito que iba a implementar determinadas medidas, sino que también habría tenido que estar "controlado" desde el propio Gobierno por la formación morada. No podían correr ese riesgo. Ellos son una fuerza política consagrada al régimen del 78, son pieza esencial del bipartidismo neoliberal, y no podían aceptar entrar en esa arriesgada aventura. No hace falta recordar los tremendos sabotajes y desautorizaciones que tuvo que soportar Izquierda Unida en Andalucía, en su gobierno conjunto con el PSOE de Susana Díaz, esa lideresa que afirma que a IU y a Podemos les une "el odio al PSOE". En fin, este ha sido el correlato de los hechos, y la confirmación de una situación que de entrada ya se veía abocada a un imposible. No les podemos reprochar nada al PP y a Ciudadanos, ellos son la derecha. Ya sabemos lo que podemos esperar de ellos. Pero sí al PSOE, que siempre protagoniza ese papel de judas político, traicionando el ideario y los valores de la izquierda, esa izquierda que ahora, durante las próximas semanas, se encargará de volver a reivindicar en sus mítines de campaña electoral. Esperemos que llegue un momento en que ya nadie se crea sus mentiras. 

 

Se cierra así la breve pero intensa, la fallida XI legislatura, y esperemos que el nuevo tiempo que se abre a continuación nos depare nuevas e ilusionantes situaciones y características. No hay que olvidar tampoco que durante estos cuatro meses de intento de legislatura los poderes fácticos han continuado su ofensiva sobre las clases populares, los casos de corrupción han continuado acorralando al PP, y nuestros "socios europeos" siguen haciendo de las suyas, tanto a nivel de la Comisión y sus "predicciones de primavera", que se publican como los desfiles de moda, como a nivel de los terribles e indecentes acuerdos para liquidar el asunto de los refugiados. Todo lo cual debe hacernos reflexionar, en el sentido de afirmar aún más si cabe nuestras posiciones, en aclarar nuestras ideas, en confirmar nuestras sospechas. Y aún con la legislatura ya cerrada, los gestos del bipartidismo no se esconden ni se suavizan ni se hacen esperar. Rajoy ya ha confesado públicamente que no le gustan los debates, "porque son una responsabilidad muy grande, y hay que prepararlos" (seguramente mandará a otro segundón a debatir en su lugar en los próximos días), y además, evitan comprometerse en sus programas electorales con la nueva plataforma de denunciantes de corrupción, lo cual les vuelve a reafirmar en sus posiciones de tremenda debilidad, presos de sus propios casos y de sus propios dirigentes. 

 

Básicamente, esta fallida legislatura ha servido para colocar a cada formación política en su auténtico sitio, en su verdadero lugar, más allá de engañosas maniobras o de falsos eslóganes electorales. Ha servido para desvelar las cartas de cada una de ellas, para confirmar sus auténticas intenciones, para quitarles el disfraz que poseen durante las campañas, y comprobar sus auténticos rostros. Quizá desde ese punto de vista, en vez de una legislatura fallida, deberíamos hablar de una legislatura tremendamente interesante. Y dada la nueva oportunidad, la nueva situación que se presenta, todos los actores de la izquierda (Podemos, IU, Mareas, Confluencias, Compromís, Equo...) deberían, como de hecho y afortunadamente están haciendo, replantearse sus estrategias y sus alianzas. Con una Ley Electoral que realiza un tan injusto y poco proporcional reparto de escaños en función del número de votos, favoreciendo a los partidos mayoritarios y perjudicando a los más pequeños, las confluencias electorales son una buenísima herramienta para minimizar los perversos efectos que ya hemos padecido tantas veces. Los estudios estadísticos, probabilísticos y demoscópicos están demostrando que la superación al PSOE es una posibilidad real, y detrás de ella, la superación al PP ya se nos presenta no como una utopía, sino como un rayo de esperanza. Por consiguiente, se abre el próximo 26J una nueva oportunidad, y quizá no tengamos otra durante algún tiempo. Aprovechémosla.

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Published by Rafael Silva - en Política
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