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29 mayo 2016 7 29 /05 /mayo /2016 23:00
Autor: Josetxo Ezcurra

Autor: Josetxo Ezcurra

La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases. Hombre libre y esclavo, patricio y plebeyo, barón y siervo, maestro de gremio y oficial – en una palabra, opresores y oprimidos en perpetua oposición – han llevado una lucha ininterrumpida, ya sea secreta, ya sea abierta, y que acababa siempre o bien en una transformación revolucionaria de toda la sociedad, o bien en la ruina común de las clases en lucha

Karl Marx & Friedrich Engels

Pensamos que a estas alturas de la serie están perfectamente claros los objetivos, fundamentos y maldades del sistema capitalista, y su radical oposición con el socialismo. El capitalismo actual se caracteriza por dos cosas, desde el punto de vista de las relaciones sociales de producción: las empresas pertenecen a ciertas personas, y, como consecuencia de ello, son gestionadas de forma dictatorial por dichas personas, o por terceras personas que sirven a sus órdenes, todas ellas ajenas a sus propios trabajadores/as, a la inmensa mayoría de ellos. Es decir, el modo de producción capitalista se caracteriza por la propiedad privada de los medios de producción, y por tanto, por su gestión privada, es decir, por la falta de democracia en su gestión. Un modo de producción se caracteriza por las relaciones que se establecen entre los distintos actores que intervienen en él. Y así, las relaciones de producción capitalistas consisten esencialmente en el dominio de unas minorías sobre el resto de la población. La economía pertenece por tanto a los capitalistas, sobre todo a los grandes capitalistas. Bajo este modo de producción el sujeto protagonista (el que decide) es la gran burguesía. Como consecuencia de esto la riqueza generada es acaparada por los dueños de la economía. Los trabajadores no poseen la propiedad sobre las empresas ni las gestionan (en sus líneas estratégicas más importantes), y en consecuencia, apenas recogen los frutos de su trabajo, los cuales son acaparados fundamentalmente por las minorías que poseen dichas empresas o que las gestionan. 

 

De esta forma, la riqueza pública se privatiza. La riqueza que en su origen era social, esto es, que se genera socialmente, deja de serlo, al no ser disfrutada socialmente. Y esto es una consecuencia directa del carácter privado de los medios de producción. Ésta es la gran contradicción del modo de producción capitalista, de la cual se derivan el resto de contradicciones: la riqueza se genera socialmente, es creada públicamente, proviene, en última instancia, de algo que era en principio público (la naturaleza, o el conjunto de la sociedad), pero es acaparada por ciertos individuos, es disfrutada primordialmente de manera privada. Quizá el sector privado más ilustrativo para comprender esto sea la banca. La banca posee nuestros ahorros, los ahorros de la mayoría social (pues hoy no existen prácticamente alternativas públicas), pero ¿podemos controlar nosotros, los clientes, lo que la banca hace con nuestros ahorros? ¿podemos controlar dónde invierte? ¿a qué otros negocios se dedica? ¿qué otras actividades desarrolla? No sólo es que el hermetismo sea total, sino que además, no poseemos ninguna forma real de intervenir en las decisiones que toma la banca privada en cuanto a sus actividades. Y, por ejemplo, actualmente sabemos que muchos bancos privados se dedican a la creación de empresas offshore en paraísos fiscales, a comprar deuda pública de los Estados para especular con ella, a invertir en negocios donde se mercantilizan los derechos humanos (como la vivienda), o a participar en oscuros mercados, como el de las armas o la droga. 

 

La sociedad en conjunto es así desposeída de la riqueza que en verdad debería poseer. El origen de la desigualdad social radica principalmente en el hecho de que ciertas personas posean los medios de producción, sean sus propietarios, sus dueños y sus gestores. La desigualdad en la posesión de los instrumentos generadores de riqueza, en su gestión, provoca, lógicamente, como no podía ser de otra forma, la desigualdad del reparto de la riqueza generada y todos los conflictos sociales que de ella se derivan. La lucha de clases va pareja a dicha desigualdad. Y esta desigualdad va aumentando con el tiempo, se va agudizando, va haciéndose más patente, debido a que la sociedad no contrarresta de ninguna forma la tendencia natural del capitalismo. La conclusión está clara: la desigualdad social sólo puede desaparecer, o por lo menos disminuir considerablemente, si desaparece el capitalismo. Esto implica que desaparezcan las circunstancias que permiten dicha desigualdad, que eliminemos los mecanismos que la perpetuan, que rompamos las relaciones de producción que la garantizan. Y esto sólo puede producirse si en el curso de la lucha de clases vence una clase que aspira a la erradicación de toda explotación. Pero ojo: sin volver a caer en los mismos defectos. No se trata de sustituir a la clase explotada por la clase explotadora, porque entonces, continuaremos bajo el mismo sistema, cambiando únicamente el rol de sus actores. Se trata de crear los fundamentos para una sociedad que garantice que dicha desigualdad no va a perpetuarse, que se va a ir reduciendo, y ello sólo será posible cambiando el paradigma de ese modo de producción capitalista. 

 

Y la garantía para establecer ese modelo de sociedad está clara: la Democracia. La democracia es la metodología necesaria para establecer las garantías de que el modelo de producción capitalista migra a un modelo de producción socialista, y de que erradicamos por completo los males y defectos del capitalismo bajo el nuevo sistema. Por tanto, no nos engañemos, ni dejemos que nos engañen bajo falsas propagandas, o aludiendo (como hace la derecha cada vez que ve las orejas al lobo) a los intentos fracasados del socialismo y del marxismo durante el siglo pasado. El socialismo no busca la erradicación de toda propiedad privada, no la de los bienes particulares de las personas (aún existen personas que creen que los comunistas van a venir a expropiarle su casa, o su pequeño negocio), no la del producto del trabajo de las personas, sino que sólo la de los medios de producción, la de los medios para que cada persona pueda hacer su trabajo. El modo de producción socialista busca expropiar a los expropiadores, es decir, a estos grandes agentes del capitalismo (hoy día las grandes empresas transnacionales) que acaparan la riqueza social acaparando los medios para generarla. Bajo el socialismo la propiedad de los bienes de los ciudadanos aumentará notablemente, a la par que disminuirá notablemente la de los actuales poseedores de la economía (pero insistimos, no la de sus bienes particulares, sino la de sus empresas o tierras de producción agrícola o ganadera). Bajo el socialismo la sociedad al completo es dueña de su economía. La economía está a su servicio, al servicio del conjunto de la sociedad. La economía se vuelve pública, social, compartida, gestionada y decidida por el conjunto de la población. La economía se vuelve participativa, porque para ello le obliga la democracia. 

 

Cada individuo en el socialismo recibe acorde con su contribución, la cual depende también de su capacidad, de su interés, de su valía, de su entrega. Los individuos más capaces, y con mejor actitud, es decir, los trabajadores que trabajan más, porque pueden y/o porque quieren, reciben más (lo contrario es otra falacia que vierten los detractores del socialismo). No obstante, hemos de aclarar que esto ya ocurre en parte bajo el capitalismo. El socialismo se diferencia en cuanto a que desaparecen las injusticias sociales, las desigualdades, y quienes viven de los trabajadores/as, es decir, quienes no se someten a esta ley de que tanto trabajas, tanto eres recompensado. En el socialismo desaparecen los (grandes) capitalistas, aquéllos que se han apropiado de los medios sociales de producción, aquéllos que se han apropiado de la riqueza social, aquéllos que controlan los destinos de la economía en lugar del resto. Además, en el socialismo, esa ley se aplica por igual a todo el mundo, porque se decide entre todos, por lo cual todo es más transparente. Parte de la riqueza generada en el socialismo es puesta a disposición de toda la sociedad, y parte es repartida entre quienes la generan, y en función de sus particulares contribuciones. El socialismo busca fundamentalmente pasar de una sociedad donde cada cual recibe en base a su propiedad (y en función de ella a su poder e influencia), producto muchas veces de la suerte (o de la herencia, etc.), y no tanto en base a su trabajo, a una sociedad donde cada cual recibe en base al trabajo que realmente aporta. El socialismo busca llevar a la práctica el principio clásico que se enuncia de esta forma: "De cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo". Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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