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10 mayo 2016 2 10 /05 /mayo /2016 23:00
Por la senda del Pacifismo (II)

Tendremos paz en la Tierra cuando hayamos aprendido a honrar el aspecto sagrado de la vida y tengamos un estilo de vida compatible con los principios de este orden universal. Estos principios no son los mandamientos de religiones institucionalizadas, ni la ley del premio y el castigo, sino las leyes de la empatía, el apoyo mutuo, la cooperación y la solidaridad; los principios de toda comunidad que quiera sobrevivir en el futuro

Dieter Duhm

La causa del pacifismo, como ya afirmábamos en el primer artículo introductorio de la serie, es una causa global, mundial, un valor universal. Y ello porque el mundo está total o parcialmente en guerra desde hace miles y miles de años. El resultado es que nos hemos acostumbrado a las guerras, y a sus crímenes, cada vez más sangrientos. Las guerras ya no respetan nada. Estos días nos hemos enterado de que durante los ataques a la ciudad siria de Alepo, han destruido incluso hospitales, causando víctimas entre los heridos que estaban allí, y por supuesto, entre el personal médico que los atendía, lo cual ha desatado una campaña mundial de concienciación por parte de la ONG Médicos Sin Fronteras. Por todo ello, podríamos pensar que los conflictos bélicos son inherentes, consustanciales, a la especie humana. Como ya advertimos en el primer artículo, no entraremos, por salirse un poco del objetivo de la serie, en los aspectos más filosóficos del asunto, pero se podría afirmar más bien que toda esta ola de violencia se debe a intereses concretos, que normalmente se intentan esconder, o tergiversar, gracias a la constante manipulación informativa de la que somos objeto. Podríamos pensar entonces que los mismos agentes que nos ocultan o manipulan la información son los mismos que están detrás de los intereses que hacen estallar estas guerras, y entonces ya iríamos un poco más encaminados. 

 

Bien, habrá muchos motivos, pero si tuviéramos que reducirlos a uno sólo, quizá diríamos que las causas finales, los motivos últimos de las guerras, obedecen a la obsesión por estos agentes interesados (los más poderosos de la Tierra) por mantener su hegemonía. Antonio Ruiz, en un artículo cuya lectura recomiendo, asegura lo siguiente: "Si repasamos los conflictos bélicos de los últimos 25 años (...) todos ellos encubren ante la opinión mundial bajo declaraciones que proclaman que la guerra se hace en nombre de la libertad. Pero no pueden ocultar que, en general, son consecuencia de los intereses imperialistas". Es absolutamente cierto. Es decir, la continua y perversa obsesión por mantener el poder hegemónico, por no reducirlo, incluso por aumentarlo, es la causa principal que provoca las guerras. Pero para que ello pueda producirse, la humanidad tiene que haber instalado previamente un sistema de relaciones internacionales, y un sistema económico globalizado, que legitime de algún modo estas acciones bélicas. El sistema imperialista, como una fase avanzada del sistema capitalista y neoliberal que se nos impone de forma globalizada, es el que legitima estas guerras, la inmensa mayoría de tipo colonial, destinadas a desestabilizar los territorios, y a acaparar sus ingentes recursos naturales. Nuestro código moral básico nos lleva en primer lugar a intentar identificar los "buenos" y los "malos", como hacíamos de pequeños con las películas del oeste americano. 

 

Pero hoy día los conflictos bélicos internacionales no poseen estos bandos, o están muy difuminados, ante la gran cantidad de intereses cruzados que se distribuyen. Las guerras sólo traen un patético saldo de víctimas humanas, animales y medioambientales, que causan un reguero de destrucción y de barbarie a su alrededor. Y que engendran nuevos odios, nuevas rencillas, nuevas venganzas. Las víctimas son las gentes de pueblos y de ciudades, que intentan conservar su integridad física, su vivienda, su familia, sus medios de vida, su identidad cultural y territorial. Y toda la destrucción generada por las guerras va dejando tras de sí la enorme pérdida patrimonial, familiar, cultural, y que provoca éxodos de población hacia otros lugares más tranquilos. Miles de muertos, cientos cada día, instalaciones e infraestructuras destruidas, barbarie y desolación por todas partes, y un saldo de familias destrozadas física y espiritualmente, que pasan a engrosar la inmensa cifra de damnificados por las crueles guerras y genocidios que diariamente nos asolan. Y ante tanta destrucción, insistimos...¿qué motivos hay para perpetrar tanto atentado irracional? ¿Qué intereses de fondo nos llevan a los humanos a ser tan crueles y despiadados? 

 

Los estrategas nos dirán que desde el punto de vista más pragmático, la guerra es una solución última y final a los conflictos, nunca deseada, pero inevitable en muchos casos...¿es cierto? Mucho nos tememos que no. Es el suave mensaje que nos presenta la guerra como el último escalón inevitable, como el mal menor para impedir otro mal mayor, como la disculpa formalizada por haber tenido que escoger la guerra porque no había otra alternativa. Pero como decimos, los auténticos motivos son bien distintos: el dominio sobre las materias primas (petróleo, minerales...), las causas geopolíticas (redistribución del territorio, reorganización de tribus, desestabilización del orden social, etc.), control de infraestructuras críticas, continuación del negocio de la venta de armas, etc. Se ha dicho que la guerra es la expansión del capitalismo por otros medios. Creemos que es cierto. Cuando las posibilidades de una expansión "natural" se agotan, las guerras suponen un reequilibrio de ciertos factores, que al final conducen a una nueva canalización capitalista por vías que antes no estaban abiertas. Por todo ello, la guerra no tiene justificación. Ya dejamos sentado en el artículo primero de esta serie que la causa pacifista no tiene fisuras. Se está con ella o contra ella, aunque por supuesto no hay que confundirla con recurrir a una legítima defensa ante un flagrante ataque exterior. Pero normalmente, antes de que dicho ataque llegue, en las sociedades actuales, con los tremendos medios de la diplomacia y de la comunidad internacional, siempre se pueden recurrir a otros medios. 

 

Se puede entender por tanto, y como mucho, que un pueblo, por decisión conjunta y democrática, ante un flagrante ataque, y en legítima defensa, se defienda por medios bélicos para conservar su integridad. Pero si repasamos las guerras actuales y las de las últimas décadas, veremos que dicha situación no se ha presentado prácticamente nunca, salvo en contadas ocasiones, y que además, la comunidad internacional podría haber actuado de formas mucho más contundentes para evitar dichos conflictos bélicos. No obstante, también es ingenuo pensar que un país o comunidad determinada, en la actual situación globalizada internacional, con presencia comunitaria en multitud de foros, no esté afectado ni concernido con las guerras, como si fuera algo que no fuera con ellos. Todos estamos afectados, y todos tenemos algo que decir. Mejor todavía: tenemos mucho que decir. Ante cada causa bélica o conato de ella, tenemos que poner toda nuestra carne en el asador, de forma pública y oficial, para intentar que dicha situación no se alcance, no se produzca, e independientemente de ello, tenemos que luchar por democratizar cada vez más los foros internacionales, donde la presión negociadora y los múltiples acuerdos entre naciones pueden garantizar situaciones de estabilidad que frenen los conflictos armados...la pregunta es: ¿lo hacemos realmente? La respuesta es claramente NO. Porque lo cierto es que somos partícipes (hablamos ahora de España) en los diversos conflictos, mediante nuestra aprobación, mediante nuestra pasividad, mediante nuestra aparente y cínica "neutralidad", o mediante nuestra intervención directa de tipo militar, política o económica, o indirecta a través de nuestra participación en la OTAN, la alianza militar por antonomasia. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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