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9 junio 2016 4 09 /06 /junio /2016 23:00
Autor: ENEKO

Autor: ENEKO

Después de haber introducido en el artículo anterior de la serie la problemática de los migrantes, y por tanto de los MMSS que se dedican a luchar por sus derechos, nos vamos a centrar aquí en uno de los instrumentos de represión y de vulneración de los derechos humanos que nuestro país utiliza, como son los Centros de Internamiento de Extranjeros, los llamados CIE. Existen en la red multitud de artículos, reportajes y fotomontajes que nos ilustran lo que son los CIE, el auténtico horror que los migrantes viven allí dentro, y las terribles experiencias que cuentan aquéllos que han pasado por dichos centros. Sin embargo, nuestra cruel sociedad sigue estando ciega y sorda ante dicho clamor de una serie de personas reprimidas, vilmente encarceladas, porque eso y no otra cosa son los CIE, bárbaras cárceles inhumanas al más puro estilo de los campos de concentración, con la única diferencia de que no se gasea a sus internos. Por ejemplo, este artículo de David Val Palao, cuya lectura recomendamos, describe perfectamente la vida en los CIE, de él extraemos parte de esta información. Según los datos que manejaba el autor a finales de 2013, unas 13.000 personas ingresaban anualmente en estas cárceles racistas, desconocidas para la mayor parte de la población. 

 

En efecto, se trata de centros donde se priva de libertad a las personas migrantes, aunque no hayan cometido ningún delito. Están encerrados simplemente por no tener sus papeles en regla, es decir, por faltas administrativas. La Directiva de Retorno de la Unión Europea establece que hay que regularizar a aquéllos migrantes que pasados los 60 días de rigor no hayan sido expulsados. Esto ocurre con la mitad aproximadamente de ellos, y el otro 50% son retornados a sus países de origen, en los vuelos masivos de deportación que se organizan cada cierto tiempo, y que suponen otro de los negocios donde algunas empresas se lucran a costa del maltrato a estas personas, y la vulneración de sus derechos fundamentales. La alienación de la sociedad capitalista nos ha llevado a considerar "ilegales" a las personas por el hecho de serlo, o mejor dicho, por el hecho de ser personas pobres, porque si los migrantes ilegales resulta que son ricos, ya no sólo dejan de ser ilegales, sino que se les recibe con alfombra roja, y existen para ellos toda una serie de normativas adecuadas a su "nivel adquisitivo". Algunos migrantes ni siquiera logran entrar en el infierno de los CIE, ya que son expulsados durante el período máximo de 72 horas en el que se puede estar detenido y puesto a disposición judicial. Suele ocurrir sobre todo cuando hay que llenar algunos vuelos de deportación, para que la operación salga rentable. 

 

La agresividad del sistema contra estas personas es tal que se han dado casos de detención inmediata por la calle y expulsión de personas que podían demostrar perfectamente su arraigo en nuestro país, por tener aquí familia, amigos, vecinos o trabajo. Pero a nuestras autoridades todas esas cosas le dan igual. Después de ver espectáculos aberrantes como los del salto de las vallas de Ceuta o Melilla, o los 15 migrantes asesinados en la Playa del Tarajal, podemos creerlo todo. Los contratos de vuelos de deportación con compañías como Air Europa o Swiss Air, que despegan de aeropuertos especiales para ser escondidos a ojos de los turistas, hace que estas empresas perciban al año en torno a unos 25 millones de euros por expulsar a gente, en unos vuelos donde se siguen violando los derechos humanos, y donde ni siquiera les garantizan que los vayan a devolver a su país de origen. Cosas del capitalismo. Y para los migrantes que ingresan en los CIE, la vida se vuelve muy dura. De entrada, ni siquiera saben si van a ser expulsados o no, ni cuándo los van a expulsar, pues no tienen porqué avisar a la persona de su expulsión hasta 12 horas antes. La incertidumbre y la indefensión es absoluta. 

 

El interior de los CIE es una auténtica selva. Todas las reglas internas dependen de la dirección de cada centro. No sólo se restringe el derecho a la movilidad, sino que el derecho a la salud o a los medicamentos, también está restringido. A los migrantes les hacen firmar el pago de su atención sanitaria en caso de necesitarla. Sólo disponen de tres horas de patio diarias, las visitas y llamadas telefónicas están restringidas, separadas por mamparas de cristal y totalmente controladas. Familiares y amigos han de hacer cola durante varias horas a la intemperie para poder visitar a los migrantes internos, como en las clásicas estampas de las cárceles de la dictadura. Sólo pueden entrar de diez en diez y estar no más de media hora. Y de nuevo, con la incertidumbre de no saber si será la última vez que podrán verlos. Los encierros son indiscriminados, revueltos y sin las más mínimas medidas de seguridad de cara a los internos. Y así, encierran conjuntamente a gente enferma que necesita tratamiento psicológico con personas que han sido derivadas de otras prisiones, o con migrantes con arraigo que acaban de ser detenidos. El caos y la desprotección son absolutos. La policía que controla estos centros no tiene ninguna consideración con estas personas, que son seres humanos, y que no han cometido ningún delito. Pero como sabemos, estamos inmersos en una deriva hacia un Estado represor, totalitario y policial, y como es lógico, quiénes más lo sufren son las personas más indefensas. 

 

Multitud de migrantes han denunciado torturas, malos tratos, vejaciones, actitudes humillantes, golpes, privación de su medicación, palizas, abusos, insultos y amenazas, bajo el estricto y despótico poder de la policía a cargo de estos centros. Incluso se llegaron a denunciar, en los casos más extremos, auténticas conductas depravadas y delicticas de los propios policías, acusados de ofrecer tratos de favor a algunas migrantes a cambio de sexo. Pero por supuesto, los casos más graves son aquéllos donde concurren negligencias médicas que han llegado a causar la muerte. Esta es la opaca, terrible y cruel situación de los migrantes pobres en España. En palabras de David Val Palao: "Cárceles camufladas en bonitos edificios que dan un toque moderno a las ciudades, pero que, a la vez, esconden un infierno inhumano, desconocido por gran parte de la sociedad". Pero podríamos preguntarnos...¿Cuál es realmente el sentido de que existan estas cárceles malvadas y racistas? No cabe otra respuesta que  aquélla que afirma que existen para aterrorizar a los migrantes, a modo de arma disuasoria. Y no sólo crean miedo en los propios internos, sino también en sus familiares, que harán lo que sea por no perder sus papeles. La Ley de Extranjería es extremadamente exigente en este sentido, y condiciona la renovación de los permisos de residencia o trabajo a una casi permanente cotización. Es lógico pensar que los migrantes aceptarán cualquier infierno laboral antes que perder su situación administrativa, y entrar en situación irregular. Al capitalismo también le interesa esa mano de obra precarizada y atemorizada. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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