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6 junio 2016 1 06 /06 /junio /2016 23:00
Por la senda del Pacifismo (III)

La gran mayoría de los “terroristas” que actúan en Europa son europeos y producto de nuestras sociedades europeas, de sus desigualdades, de sus discriminaciones, de su islamofobia y de sus humillaciones

Said Bouamama

Bien, a partir de esta tercera entrega de la serie (donde ya advertimos que íbamos a tratar muchos asuntos) vamos a comenzar a ocuparnos sobre el tema del terrorismo en general, comenzando por el tema del fundamentalismo yihadista en particular, por haber protagonizado sonoros episodios en el contexto europeo. Y en Oriente Medio, quizá la peor pesadilla que sufrimos es la del autodenominado "Estado Islámico" (EI, o ISIS, o Daesh, que de todas estas formas podemos referirnos a este monstruo). Comenzaremos tomando como referencia este artículo de Chris Edges, que lleva el enigmático título "Todos somos el Estado Islámico". Dice un famoso y sabio refrán popular que "Quien siembra vientos, recoge tempestades", lo cual ha sido expresado de mil formas distintas, y nosotros hemos usado ya algunas en artículos precedentes. Es obvio que la venganza es un motor psicológico de primer orden para las guerras. La guerra, entendida como al menos dos bandos supuestamente enfrentados, plantea la pena y el dolor únicamente para los nuestros, mientras que el enemigo no merece tal consideración, no merece nuestras lágrimas, ni empatía, ni justicia, ni posible negociación. Presentar al otro como el maligno, y a nosotros como los justos y los fuertes, es uno de los mensajes subliminales de la guerra, que a veces pasan de lo íntimo a la más pública declaración. 

 

Pero lo cierto, como decimos, es que el odio y la violencia sólo generan más de lo mismo. Lo podemos comprobar en ciertos enfrentamientos entre clanes o sagas milenarias, y cómo se han peleado entre ellos durante generaciones a lo largo de su historia, sin que medie razón lo suficientemente convincente para tal horror, ni miembros de ambos clanes lo suficientemente racionales y valientes como para declararse la paz, o al menos intentarlo. El odio y la violencia entran en una diabólica espiral, que se retroalimenta cada vez con más fuerza. Y tal es el convencimiento, el fundamentalismo o la filosofía de la guerra, que se entiende como una santa cruzada, en la que ofrecer nuestra propia vida con tal de causar dolor al enemigo, estando completamente justificado. Y así, cientos de "guerreros sagrados" (como ellos se consideran) colocan explosivos en maletas o en chalecos suicidas, y se inmolan en mercados, en terminales de aeropuertos, en estaciones de metro, en salas de conciertos, en plazas públicas o en restaurantes. El horror y el espanto están servidos. Quien lo haya vivido alguna vez en su vida seguro que no podrá olvidarlo jamás. Muerte y destrucción por todas partes. Es la dantesca imagen de la barbarie. Pero si este bando utiliza estas rudimentarias y suicidas técnicas para causar daño, el otro bando, más evolucionado tecnológicamente, utiliza fuego de mortero, aviones de combate, o lo último en tecnología aplicada a la guerra, como son los drones. 

 

Y de esta forma, con un certero disparo de estos "avanzados" artilugios tecnológicos, se eliminan familias enteras, barrios enteros, colegios, farmacias, dependencias públicas, hospitales, tiendas, mercados, y todo lo que encuentre a su paso. La pregunta es, por tanto: ¿acaso es alguna forma moralmente superior a la otra? ¿No representan ambas formas signos irracionales de la violencia más extrema, cruel y despiadada? ¿Es acaso nuestra violencia tecnológica mejor que la suya? ¿Nos hace más humanos? ¿Nos coloca moralmente en una escala superior al otro bando? ¿Es que acaso la llamada contradictoriamente "guerra santa" está más presente en el islamismo que en el cristianismo? ¿No han sido ambas religiones igual de fanáticas ante el adversario espiritual? Dejemos aclarado por tanto un concepto de partida: una vez que usamos la religión para justificar tanta muerte y asesinato, todos los bandos jugamos al mismo juego. Ninguno somos mejor o peor que los otros. Todos participamos de la misma barbarie. Porque la llamada "guerra santa", como todas las demás guerras, es una batalla irracional, entre la luz y la oscuridad, entre cualquier Dios y cualquier antiDios, entre cualquier bien y cualquier mal. A partir de ese momento, el discurso racional, por tanto humano, queda desterrado. 

 

Y así, utilizamos la religión, entendida como una manifestación espiritual de las masas, para reforzar la mentira de que las verdaderas víctimas somos nosotros, de que los nuestros representan el bien, la luz y la razón, la justicia, mientras que el otro bando representa la perversión, el mal, el diablo que hay que erradicar de la faz de la tierra. Se refuerza el alienante y peligroso mensaje de que nosotros somos los valientes y virtuosos, los que poseemos la verdad, mientras los otros representan la sinrazón, la mentira y la oscuridad. Por tanto, se difunde el mensaje de que sólo nosotros tenemos el derecho de vengarnos. Sólo nosotros podemos reivindicar nuestra cruzada. Y en esa ceguera inducida por el irracional patriotismo, agitamos las banderas de la guerra, y somos capaces de aniquilar hasta el último representante del bando contrario. Despertamos la bestia que llevamos dentro, y nuestra mente y nuestros actos se nublan hasta tal punto que lo justificamos todo en aras de destruir a nuestro enemigo. Esta es la lógica de la guerra. Y si lo pensamos, es exactamente la misma lógica que, por ejemplo, los Estados Unidos comenzaron a desarrollar desde los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York en 2001, bajo la denominación de "Guerra contra el Terror". Es algo absolutamente falaz, porque la guerra contra el terror es un oxímoron en sí misma, ya que no se puede combatir al terror con más terror, porque llega un momento en que ya no hay diferencia entre nosotros y los otros. 

 

Bajo esa dinámica, los horrores de la guerra entran en una espiral incontrolada donde cada vez se hace más difícil parar, pues justificamos cada vez actos más atroces y aberrantes. Torturamos a prisioneros que han sido secuestrados, realizamos asesinatos selectivos de líderes de otros bandos, abolimos las libertades civiles, nos volvemos insensibles ante el dolor y la tragedia, provocamos éxodos masivos de poblaciones, que se ven obligadas a abandonar sus tierras, sus casas, sus familias y amistades, su cultura, en busca de otras zonas donde puedan vivir en paz, nos convertimos en seres despóticos y salvajes, dejamos de respetar los marcos internacionales de paz y de justicia, y nos hacemos hijos de las normas del "ojo por ojo", de la venganza, de la sangre y del horror. Con la excusa de que nuestro enemigo no merece ninguna consideración, somos nosotros los que nos volvemos tan monstruos como ellos. En el fondo, no nos damos cuenta, y aquí está el auténtico peligro, de que aquéllos a quiénes matamos son tan personas como nosotros. De hecho, todas las manifestaciones y crímenes basados en el odio tienen asegurado este trasfondo. Revelan esta patética verdad. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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