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26 junio 2016 7 26 /06 /junio /2016 23:00
Autor: Rainer Ehrt

Autor: Rainer Ehrt

La destrucción mecanizada, racional, impersonal y sostenida de seres humanos, organizada y administrada por Estados, legitimada y puesta en marcha por científicos y juristas, sancionada y popularizada por académicos e intelectuales, se ha convertido en un ingrediente básico de nuestra civilización, el último, arriesgado y a menudo reprimido patrimonio del milenio

Omer Bartov

Hoy día, los conflictos internacionales se han convertido en una matanza indiscriminada de civiles, que ya se toma como algo connatural con el propio conflicto, un mal menor, absolutamente justificado, como cuando arrasan todo un hospital, o secuestran o asesinan a periodistas extranjeros, para extorsionar a terceros países, o bien impedir que se conozca de verdad lo que ocurre diariamente sobre el terreno. ¿Cómo podemos asombrarnos por la destrucción que el Estado Islámico hace de innumerables monumentos y reliquias culturales de Oriente, cuando nosotros, nuestro "civilizado" Occidente, hemos dejado tantos sitios en ruinas? La hipocresía en el terreno del pacifismo llega hasta sus más cínicas expresiones. ¿Cuántos palacios, iglesias, edificios históricos, bibliotecas, yacimientos arqueológicos, archivos nacionales, museos nacionales, y objetos culturales de todo tipo hemos destruido a lo largo de siglos de guerras coloniales, mundiales y "humanitarias"? Mientras perfeccionamos las tecnologías que nos permiten los asesinatos en masa y las retransmisiones de las guerras de última generación, renovamos nuestro armamento nuclear, y eliminamos de un plumazo desde el aire objetivos estratégicos, nos quejamos de las "maldades" de nuestros enemigos. Clara, absoluta y total hipocresía. 

 

¿Es que no fueron acaso los bombardeos al Pentágono y a las Torres Gemelas de New York de 2001 la respuesta a tantos bombardeos que causaron muerte y destrucción por todo el mundo? ¿Es que no han sido los recientes atentados de París o Bruselas la respuesta a tanta maldad occidental desplegada en terceros países para mantener nuestra hegemonía, derrocar a sus dirigentes y controlar sus recursos naturales? En vez de reconocer todo esto, en vez de hacer acto de reflexión y de constricción y de declarar solemnemente que jamás vamos a volver a intervenir en terceros países mediante la guerra, el terror y la invasión, nuestros dirigentes políticos se envuelven en sus banderas, en un hipócrita ritual de reivindicación de nuestros "valores", a los que supuestamente nuestros enemigos quieren atacar y destruir. Pero no podemos dejarnos engañar. Esos "enemigos" no están a miles de kilómetros de distancia, esos "enemigos" residen entre nosotros, son hijos de nuestra cultura, se han criado en nuestros países, han asistido a nuestras escuelas, han trabajado entre nosotros, y han participado de esos "valores" del "mundo libre" al igual que todos nosotros. No son "enemigos extraños" que ataquen a una cultura porque la desconozcan o porque la teman, son hijos de nuestro mundo, producto de nuestras sociedades, resultados de nuestra cultura y de nuestros valores. 

 

No queremos darnos cuenta, por tanto, de que estamos atrapados en un ciclo de violencia mundial que no cesará hasta que todos nosotros, la comunidad internacional no acepte las verdaderas causas de las guerras y de los conflictos armados. Una espiral de violencia que no cesará hasta que los valores del pacifismo (los auténticos, no los impostados) impregnen cada mentalidad, cada reacción, cada gesto, cada opinión y cada acción. No cesará hasta que los planes de desarme mundiales sean una realidad, hasta que los Ejércitos de todo el mundo se hayan reconvertido, hasta que todos los imperialismos hayan sido derrotados (pero no por la fuerza de las armas, sino de la política), y hasta que la Organización de las Naciones Unidas no sea refundada bajo otros parámetros más democráticos. Nos encontramos, como es lógico suponer, a años luz de conseguir todos estos objetivos. Por tanto, las guerras continuarán. Los conflictos bélicos son producto de nuestra agresiva sociedad, de la exportación de nuestros valores por todo el mundo, y de los propios conflictos que vibran dentro de nuestras sociedades. Una sociedad que no viva en paz consigo misma (al igual que cada persona) no podrá exportar la paz al resto de sociedades. Por ello es tan esencial no sólo la consecución de los objetivos enunciados anteriormente, sino también la consecución de sociedades auténticamente pacíficas en su interior, donde las personas vivan felices, donde reinen la cooperación y la solidaridad, el bien común, en vez del egoísmo, el individualismo y la competitividad. Porque también las guerras son fruto de todo ello. 

 

Echemos por ejemplo un vistazo a nuestro propio continente europeo, para comprobar el fiel reflejo de lo que decimos. La Unión Europea, según su Carta de Derechos Fundamentales, "se funda en los valores indivisibles y universales de dignidad humana, de libertad, de igualdad y de solidaridad; se asienta en el principio de democracia y en el Estado de Derecho". Sin embargo, sólo tres días antes de los recientes atentados, el 19 de marzo pasado, Europa firmaba con Turquía el mayor acuerdo antirrefugiados de las últimas décadas, un acuerdo que no sólo viola los "valores europeos" y la Carta de Derechos Fundamentales, sino también la Convención Europea de Derechos Humanos, la Declaración Universal de Derechos Humanos, la Convención de Ginebra sobre los Refugiados y la Convención sobre los Derechos del Niño. Ahí es nada. Y nos quedamos tan tranquilos después de que nuestros dirigentes sean capaces de firmar un acuerdo tan aberrante. Y esto de puertas hacia fuera, porque de puertas hacia dentro, prácticamente todas las sociedades europeas (pertenezcan o no a la UE, estén o no dentro de la Eurozona) están involucionando desde hace décadas hacia un neofascismo social, que se manifiesta básicamente en un rechazo hacia el diferente, en un odio hacia lo distinto, en una criminalización de la pobreza, en precariedad laboral, y en el desmontaje de los Estados del Bienestar, la disminución de los niveles de protección social, y la privatización de los servicios públicos. 

 

Por no hablar de la escalada militarista europea, producto de la falta de iniciativa europea en desarrollar una política exterior común, y por tanto, en su adscripción acrítica a los designios de la política agresiva y bélica del imperialismo estadounidense, que apoya sin fisuras todas las incursiones y decisiones belicistas de la OTAN, y que sólo contribuyen a desestabilizar países y regiones enteras, sembrando el odio, la destrucción, el horror y los clamores de venganza allí donde se desencadenan. Pues bien, con todo este breve y conciso repertorio a nuestras espaldas (que hemos resumido expresamente), con todas estas "credenciales" europeas, con estas tarjetas de distinción del carné de europeo de cualquier nacional de nuestro viejo continente, podríamos preguntarnos por dónde se nos han quedado en el camino esos "valores europeos" que tanto reivindicamos cuando nos atacan, y que tanto proclaman nuestros dirigentes cada vez que somos víctimas de algún atentado terrorista, cantando nuestros himnos nacionales al unísono, y envueltos en nuestras banderas...¿es que los pueblos que hemos arrasado no tienen himnos ni banderas, tan respetables como las nuestras? ¿Es que todos aquéllos que hemos asesinado nosotros no tienen familias que les lloren tan respetables como las nuestras? ¿Es que su sociedad no tiene tanto derecho al duelo como la nuestra? Estas son las auténticas preguntas a las que hay que dar respuesta, con la certeza de que, cuando las demos, nos encontraremos con la verdadera cara del terror que despliegan nuestras sociedades. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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