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15 julio 2016 5 15 /07 /julio /2016 23:00
Lebrijano: Cuando el cante mojaba el agua

Las grandes cosas se hacen de lo que hemos vivido, de lo que hemos mamado, de nuestras raíces. De donde no hay no sale nada

Juan Peña Fernández "El Lebrijano"

Ese genial piropo se lo había dedicado su admirado Gabriel García Márquez, y Juan Peña había manifestado su voluntad de que se lo pusieran como epitafio. A los 75 años, y tras una intensa vida artística, ha muerto Juan "El Lebrijano", uno de los mejores exponentes de la renovación del flamenco del último medio siglo. Juan Peña Fernández, para el mundo flamenco "El Lebrijano", había nacido en Lebrija en 1941, y era incuestionable que se dedicaría al arte flamenco, dada su pertenencia a una gran estirpe gitana local de rancio abolengo, así como a sus múltiples conexiones familiares con otras estirpes cercanas, sobre todo de Utrera, pueblo cercano y muy hermanado histórica y artísticamente con Lebrija. Juan, aquél niño rubio de ojos azules y cara acaramelada, era hijo de María Fernández "La Perrata", aquélla gitana de voz grave que se acompañaba con sus nudillos, hermano del guitarrista Pedro Peña, sobrino de Perrate de Utrera, primo de Gaspar de Utrera, y estaba emparentado con la casa de Fernanda y Bernarda de Utrera, con la familia Bacán, con Miguel Funi, y con un largo etcétera de grandes artistas gitanos. 

 

"Yo crecí bajo una parra,

y fue mi madre una copla,

y mi hermano una guitarra"

(Bulerías autobiográficas estrenadas en el Teatro Real, 1981)

 

Pero por si todo ello no fuera suficientemente determinante para el destino de Juan, fue apadrinado artísticamente nada menos que por Pastora Pavón, la inolvidable "Niña de los Peines", y por Antonio Mairena, que fueron sus primeros grandes referentes artísticos, además de su propio entorno familiar. Según propia confesión, Juan había pasado cinco años al lado de Pastora, escuchándola, aprendiendo de ella, pero sin atreverse aún a cantar. De hecho, y a lo largo de su carrera, Juan Peña versionó a su manera muchas de las "cosas" que había escuchado y aprendido de la Niña de los Peines. El Lebrijano fue una figura imprescindible dentro de la mítica serie documental "Rito y Geografía del Cante Flamenco", que emitió RTVE a comienzos de los años 70 del siglo pasado. Sus inicios fueron en la compañía de La Paquera de Jerez como guitarrista, para luego dedicarse al cante en solitario, después de ganar en 1964 el Concurso de Mairena del AlcorJuan "El Lebrijano" tuvo, como no podía ser de otra forma, una primera etapa más fiel a la ortodoxia flamenca, aunque ya ahí apuntaba maneras, formas y modos interpretativos distintos. De su primera época datan grabaciones estupendas, tales como "La palabra de Dios a un gitano", o "De Sevilla a Cádiz", donde rescata algunos cantes poco interpretados en los círculos comerciales. Pero muy pronto, la vena creativa, fresca y renovadora de Juan Peña comienza a manifestarse, aunque sin perder ni un ápice de su característica flamencura. 

 

Porque podríamos decir que Juan Peña "El Lebrijano", junto a Camarón y a Enrique Morente, es uno de los mejores exponentes de la renovación y actualización del flamenco de finales del siglo XX. De él podríamos decir que no se dió nunca un renovador más purista, o si se quiere, un purista más renovador. Porque en Juan todo sonaba a flamenco, absolutamente todo lo que hacía estaba impregnado de un halo flamenco induscutible. Pero como decimos, una personalidad inquieta y exigente como la suya, no se contentaba con moldear a su forma los cantes y estilos de siempre. Como fruto de su actividad creativa, se centró fundamentalmente en la publicación (y puesta en escena) de una serie de obras de contexto histórico, interpretadas de forma coral, y donde cada una representaba, a modo de película, una aventura determinada, con su planteamiento, nudo y desenlace. Tuvo la suerte de rodearse para tales hazañas de autores, poetas y músicos imprescindibles, tales como Félix Grande, José Manuel Caballero Bonald, Paco Cepero o Manolo Sanlúcar, entre otros muchos. Fruto de tales experiencias resultaron las fantásticas obras "Persecución" (1976, donde rememora todo el sufrimiento de los gitanos en nuestro país desde su llegada), "Ven y Sígueme" (1982, junto a Manolo Sanlúcar y Rocío Jurado, donde nos ofrece su particular visión flamenca de la vida de Cristo), o "¡Tierra!" (1992, en commeración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, donde relata la odisea de los marineros que acompañaron a Colón). 

 

Todas ellas son obras grandiosas, auténticas sinfonías flamencas, con la colaboración de innumerables artistas, y con un fondo argumental y narrativo de especial belleza. Pero otra gran aventura musical donde Juan "El Lebrijano" brilló con luz propia, fue la relativa a la fusión musical arábigo-andaluza, convencido y dispuesto a demostrarnos hasta qué punto la raíz árabe del flamenco se manifiesta de forma perfectamente clara. En este sentido, junto a Paco Cepero, la Orquesta Andalusí de Tánger o el violinista marroquí Faiçal, nos dejó auténticas obras maestras, tales como "Encuentros" (1985), "Casablanca" (1998), o "Puertas Abiertas" (2005), entre otras. En todas esas obras puso patas arriba el flamenco clásico, "rompió los platos" (como a él le gustaba expresar), y demostró que desde la flamencura y desde la honestidad, también se podían hacer otras cosas diferentes a las obras clásicas flamencas. En todas esas obras derrochó sabiduría flamenca, maestría en el compás, y capacidad para insertar otros sonidos, otras formas y modos musicales, sin que todo ello dejara de sonar a flamenco. Su permanente inquietud y capacidad creativa duró hasta su muerte. Pero Juan Peña también fue un incansable divulgador del flamenco, siempre presto a colaborar en cuantas actividades, charlas o ciclos se requiriera su presencia. Así, impartió diversos cursos en las Universidades de Salamanca, la Internacional Menéndez Pelayo de Santander y otras varias en Francia y Reino Unido. 

 

En 1997 el Ministerio de Cultura le otorgó la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo, entre otros múltiples premios y distinciones con que fue galardonado a lo largo de su extensa carrera artística. También había sido pionero en abrir las puertas del Teatro Real al cante flamenco, en 1981, un escenario normalmente reservado a la música clásicaDurante los últimos años fue intervenido quirúrgicamente en varias ocasiones, la última varios días antes de su muerte, de una dolencia cardíaca, que Juan no pudo superar. La muerte le llegó cuando se encontraba preparando el próximo espectáculo, una nueva versión del clásico "De Sevilla a Cádiz", junto al cantaor José Valencia y la bailaora Pastora Galván, que hubiera estrenado en la Bienal de Flamenco de Sevilla, en septiembre. Con él se nos va uno de los grandes puntales del Flamenco que sostenían tanto la tradición como la renovación de nuestro universal arte gitano-andaluz. Su aspecto bonachón, su carácter afable, su eterna sonrisa y su inacabable inspiración creadora permanecerán como faro de guía que ilumine a los flamencos del futuro. ¡El agua, por siempre, seguirá mojándose con su cante!

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Published by Rafael Silva - en Cultura
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