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10 julio 2016 7 10 /07 /julio /2016 23:00
Por la senda del Pacifismo (VI)

Hay tres tipos de violencia. La primera, madre de todas las demás, es la violencia institucional, la que legaliza y perpetúa las dominaciones, las opresiones y las explotaciones, la que aplasta y cercena a millones de hombres en sus engranajes silenciosos y bien engrasados. La segunda es la violencia revolucionaria, que nace de la voluntad de abolir la primera. La tercera es la violencia represiva que tiene por objetivo asfixiar a la segunda haciéndose cómplice y auxiliar de la primera violencia, la que engendra todas las demás. No hay peor hipocresía que llamar violencia solo a la segunda fingiendo olvidar la primera, que la hace nacer, y la tercera que la mata

Helder Cámara (“Espiral de Violencia”)

Algunos datos rápidos y significativos sobre el estado actual de los conflictos bélicos mundiales nos ponen la piel de gallina. Con motivo del reciente encuentro de mayo pasado en Turquía, la ONU reunió algunos datos impactantes: el mundo es testigo de necesidades humanitarias como no se veían desde la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y experimenta una catástrofe humana "de proporciones titánicas", como afirmó al medio IPS el portavoz de la cumbre Hervé Verhoosel. Existen 125 millones de personas con una necesidad extrema de asistencia, más de 60 millones de desplazados forzosos, y 218 millones afectados cada año por desastres durante las últimas dos décadas. La ONU también cuantificó la necesidad de recursos urgentes, que ubicó en 20.000 millones de dólares, para poder asistir a los 37 países afectados actualmente por desastres y conflictos. Además, subrayó que a menos que se tomen medidas inmediatas, el 62% de la población mundial, casi dos de cada tres personas, vivirán en condiciones consideradas frágiles para el año 2030. El panorama por tanto es ciertamente preocupante. Los que vivimos en zonas de "aparente" paz no somos capaces de darnos cuenta de la tremenda interrelación que tienen todos estos conflictos, de la fragilidad de nuestro sistema institucional global, de lo enconados que están ciertos conflictos, y de la imperiosa necesidad de ponerles fin. 

 

Vamos a denunciar otra falacia que comúnmente se vierte desde el pensamiento dominante, que consiste en creer que la guerra garantiza nuestra seguridad, o si se quiere, que la seguridad se garantiza mediante nuestra adhesión a los conflictos armados. Nada más lejos de la realidad. Las guerras y quienes las financian son la causa principal de la escalada de atentados, y del drama humano de los exiliados, refugiados y desplazados. En nuestro acomodado mundo practicamos el silencio cómplice hacia estos conflictos, callamos mientras por nuestros medios de comunicación nos "informan" sobre las guerras de Oriente Próximo, de África, de Ucrania, sobre los conflictos de Siria, Irak, Yemen, Palestina, o sobre la constante violación de derechos humanos básicos y terrorismo de Estado que se practica en México, en Honduras o en el Sáhara Occidental (éste último por parte de Marruecos). Nuestro silencio, nuestra indiferencia, nuestra aparente "neutralidad" en los mismos, delata nuestra terrible complicidad. ¿Quiénes están detrás de todos estos atentados? Los actores son múltiples, pero están perfectamente identificados: las empresas fabricantes de armas, las grandes multinacionales que desean seguir destruyendo y arrasando los hábitats naturales, los Gobiernos indecentes que sólo proyectan el control y la dominación frente a los que no se someten a sus intereses, y por supuesto, la complicidad de los países "aliados" en todos estos conflictos. 

 

Matanzas y barbaries como las ocurridas recientemente en París o Bruselas las viven diariamente en Irak, en Siria, en Pakistán, en Nigeria, en Somalia o en Turquía, y de eso es de lo que huyen las personas refugiadas. Pero mientras cuando ocurre en alguno de estos países nuestros programas informativos y la prensa dominante le dedican un par de minutos de información, cuando ocurren en grandes ciudades europeas le dedican todo el informativo al completo. Pareciera que sólo importan nuestras víctimas más cercanas, más afines, más directas. Pareciera que el dolor por la muerte de seres queridos sólo pudiera concernirnos a nosotros, los "occidentales". Pareciera que tuviésemos el patrimonio sobre el dolor, la tragedia, el luto y la desesperación. ¿Dónde están las muestras de solidaridad mundiales que hubo por ejemplo para las víctimas del semanario satírico Charlie Hebdó? Cuando normalizamos la situación de conflicto, parece como que esas víctimas, esas familias y esos países se nos volvieran insensibles a nuestro dolor. Los misiles occidentales y las bombas de ISIS matan a más inocentes en una semana que los que mueren en atentados en suelo europeo en todo un año. Pero nuestra insensibilidad hacia ellos está normalizada. Como dijera Simon Jenkins, periodista de The Guardian: "Un musulmán muerto es un perro con mala suerte en el lugar equivocado y en el momento equivocado, mientras que un europeo muerto es una noticia de portada". Esa es la diferencia. 

 

Y frente a la pasividad, normalidad, indiferencia y neutralidad con que acogemos las devastadoras noticias que nos llegan diariamente desde los lugares en conflicto, cuando dichas matanzas ocurren en suelo "occidental", "europeo", es decir, en el mundo "libre", en el mundo de "nuestros valores", nuestros indecentes líderes políticos organizan toda una serie de ridículos homenajes, incluyendo llamadas al patriotismo, a la "unidad contra el terrorismo", y a la "defensa de nuestro sistema democrático", que, afirman, no sucumbirán ante el terror...¿Ante qué terror? ¿Sólo ante el terror que a nosotros nos conmueve? ¿Sólo ante el terror que afecta a nuestras víctimas más cercanas? Se instrumentalizan los atentados y masacres de forma política, para que nuestros gobernantes recuperen sus "índices de popularidad" ante nuestras alienadas y alienantes sociedades, instaurando un clima de animadversión hacia "los otros". Se identifican esos "otros", se les acusa y se les instiga, se anima a la sospecha permanente, y se va derivando hacia un clima de hostilidad social que sólo consigue enconar aún más las diferencias, los rencores y las venganzas. Se crea de esta forma un estado de inseguridad permanente, de reclusión continua, de limitación de derechos y libertades, de sacrificios en pro de "nuestra seguridad", y va calando un clima de histeria colectiva y de sumisión hacia lo que nuestros gobernantes ordenan de cara a nuestra "protección y seguridad". 

 

Y nuestros "aguerridos" y "honorables" gobernantes anuncian "nobles propósitos", declarando que bombardearán aún más inocentes de los países implicados, como si eso les sirviera de "lección" para que no se les volviera a ocurrir "jamás" atentar contra nuestros vecinos, contra nuestro "sistema de vida occidental", contra nuestra "democracia" y contra nuestros "valores europeos". Absolutamente bochornoso y deplorable. Totalmente indecente. Estrategia equivocada. Decisión errónea. Además que esas decisiones y actitudes sólo sirven para continuar fomentando los conflictos, se ampara así el terrorismo de Estado, la supresión de derechos y libertades básicas y fundamentales, los estados de excepción, la histérica adopción de medidas de seguridad, los exhaustivos controles en todas nuestras actividades cotidianas. La población aprende así a socializar el terror, incrementando las sensaciones nacionalistas, el "derecho a defenderse" de un enemigo común (con el que los gobernantes dicen que no se puede dialogar ni negociar), un sentimiento de pertenencia a un grupo frente a una amenaza externa, una reacción psicológica de defensa y de aceptación del mensaje final y totalizador: "Estamos en guerra". Pero no es cierto. No estamos en guerra. Nos han metido en las guerras, que es muy diferente. El imaginario colectivo legitima así la necesidad de invertir en armamento, de aliarse con otros países y bloques militares, y de participar en los conflictos armados al lado de nuestros vecinos. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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