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30 agosto 2016 2 30 /08 /agosto /2016 23:00
Viñeta: Iñaki y Frenchy

Viñeta: Iñaki y Frenchy

A la corrupción hay que entenderla no solo como actos reñidos con la ley, sino también como el abuso de poder por parte de individuos u organizaciones, públicas o privadas

Alberto Acosta

En el artículo anterior de esta serie comenzábamos a abordar, como otro ítem típico del pensamiento dominante, toda la problemática asociada a la corrupción. Pero como ya advertíamos, la corrupción es un fenómeno consustancial al capitalismo. No debemos perdernos en torpes simplezas como intentar ponerle límites, pues la definición siempre se nos podría quedar corta. Ahora mismo tenemos este asunto tan de rabiosa actualidad, que como sabemos, la formación política CIUDADANOS, en las negociaciones para su pacto de investidura con el candidato del Partido Popular, estableció unas condiciones previas basadas en limitar las posibilidades para la corrupción, pero en realidad sólo son medidas de maquillaje. Erradicar la corrupción sería un proceso complejo y profundo, que debería ir mucho más allá de ciertas medidas concretas de "regeneración política", como ahora las denominan. Y es que la democracia consiste en la transparencia, en que quienes ostenten cargos electos o de responsabilidad política (o en cualquier otra organización, pública o privada) respondan por sus actos, asuman dichas responsabilidades. Pero desgraciadamente, aún nos queda por aprender mucha "cultura política" en torno a esta cuestión. 

 

Después del propio capitalismo, el mejor caldo de cultivo para la corrupción es la opacidad, la ocultación, el silencio, la manipulación y la falta de información. Y la empresa privada es el cénit de la opacidad. Como señala José López en el artículo de referencia, nos escandalizamos cuando nos roban el dinero público, porque es de todos, porque proviene de nuestros impuestos, pero nos olvidamos del dinero que nos roban a los trabajadores en las empresas. Y dicha tolerancia proviene, además del propio desconocimiento del conflicto capital-trabajo, y de la poca conciencia social que tenemos dentro de la clase trabajadora, del culto casi sagrado que tenemos hacia la propiedad privada. Pensamos que como la empresa no es nuestra, sino que es de otros (sus propietarios, accionistas, etc.), ellos tienen perfecto derecho a disfrutar de esa opacidad, a ejercer esa tiranía, a practicar ese desprecio a sus empleados, a tomar las decisiones que deseen, y a gestionar "su" empresa como les venga en gana. Pero lo cierto es que pagar un sueldo miserable, no abonar las horas extras, explotar sin límites la capacidad de los trabajadores, poner en marcha ERE's masivos sin justificación, abaratar despidos, deslocalizar sedes, externalizar servicios, precarizar horarios y turnos, recortar en todo tipo de prestaciones sociales, defraudar los preceptos legales, evadir impuestos o practicar la opacidad, entre otras muchas prácticas deleznables, también son corrupción. Pero una corrupción que, desgraciadamente, no está en la palestra diaria informativa. 

 

Nos escandalizamos cada vez que salta a la luz pública un caso de corrupción de nuestros políticos, pero asumimos de buen grado la corrupción empresarial, y de hecho infravaloramos la práctica corrupta proveniente de los empresarios, que son los que típicamente "colaboran" con la clase política para estos fines. Y ello es propio de la aceptación y legitimación social de este orden establecido. Nos parece normal que unos pocos controlen los medios de producción, que posean monopolios u oligopolios sobre cualquier actividad empresarial, que cobren cientos de veces el sueldo de sus trabajadores, y que acumulen riqueza sin cesar, a la vez que nos quejamos de las desigualdades, de la explotación, de la precariedad...No nos damos cuenta de que, en realidad, son dos caras de una misma moneda. La corrupción, por tanto, también está en nuestros propios esquemas mentales, desde el punto y hora en que legitimamos una realidad social injusta y corrupta en sí misma. Y entonces, nos perdemos en zarandajas varias, como los límites de la corrupción: según el partido de Albert Rivera, es todo comportamiento que haya generado enriquecimiento personal, o bien que contribuya a la financiación irregular de un partido. Pero como decimos, el concepto de corrupción es mucho más amplio: corrupción es todo aquéllo que no es deseable, lícito o legítimo. Es todo aquéllo que no discurre por los cauces establecidos, o todo aquéllo que no alcance el fin para el que fue pensado. Todo ello es corrupción. ¿O es que no es corrupción el conjunto de políticas que el neoliberalismo viene practicando contra la clase trabajadora durante décadas?

 

Un sistema corrupto es aquél que provoca desigualdades, que provoca sufrimiento y pobreza para la mayoría, mientras provoca enriquecimiento para unos pocos. Un sistema corrupto es aquél que es tolerante con los poderosos e inflexible con los débiles. Un sistema corrupto, en fin, es aquél que legitima el pensamiento dominante y el capitalismo. Pero en vez de reconocer todo esto, el pensamiento dominante se esfuerza en llevarnos a la idea de que la corrupción es un fenómeno personal, que depende de las personas, de las "manzanas podridas", de los "garbanzos negros", de los "golfos" y de los "chorizos" que existen en todas las comunidades humanas. Ello contribuye a legitimar el discurso del "todos son iguales", de hacer tabla rasa, de apostar por una visión determinista y negativa, como conclusión "menos mala" posible. No nos dejemos engañar. La corrupción es un fenómeno estructural del propio capitalismo. Y ello significa que la corrupción es como el pan para el capitalismo, su materia prima básica. De hecho, el capitalismo no puede funcionar sin corrupción, porque desde que se acepta el principio de que hay que competir como sea por la maximización del beneficio, a toda costa, se legitiman las prácticas ilícitas, perversas y degradantes, es decir, la corrupción. Son los capitalistas los que corrompen. Es la élite económica y empresarial la corruptora de la clase política. 

 

De hecho, bajo el capitalismo, esta clase política se coloca al pleno servicio, a las órdenes de la élite económica, que es quien decide las políticas que hay que hacer, lo cual es legitimado porque el poder económico es más fuerte que el poder político. Entonces se coloca por encima de él, adquiere mayor preponderancia, despliega su poder y su hegemonía, y concluye por dirigir todas las decisiones políticas que se toman, lógicamente para que estén a su favor, es decir, para que continúen beneficiando a dicha élite económica y empresarial. Es precisamente esta élite económica la que roba de forma aberrante, desmedida e irracional, la que obtiene cada vez más poder, la que ejerce cada vez más la tiranía empresarial, y la ejerce sobre los ciudadanos/as y sobre sus representantes, es decir, los políticos. Y todo esto lo hacen con absoluta impunidad, con la fuerza y la tranquilidad que les proporciona el saber que el pueblo, la inmensa mayoría social, entiende sus prácticas, las legitima, las justifica. Incluso las defiende. El pensamiento dominante, de nuevo, despliega sus tentáculos, a través de la defensa que de esta élite económica hacen los grandes medios de comunicación, e incluso buena parte del poder judicial. Y cuando la cosa se pone ya muy fea, esta gran élite empresarial se limita a echar las culpas a la corrupción de esa clase política, y las clases populares y trabajadoras se creen este cuento chino. La jugada, como puede verse, es completa, magistal, perfecta. Otra victoria para el pensamiento dominante. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Psicología
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