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10 octubre 2016 1 10 /10 /octubre /2016 23:00
Fotografía: Julio L. Zamarrón

Fotografía: Julio L. Zamarrón

Un sentimiento de independencia intelectual es esencial para el adecuado cumplimiento de las funciones del maestro, puesto que su tarea es inculcar todo lo que pueda de conocimiento y razonabilidad en el proceso de formar la opinión pública

Bertrand Russell ("Las funciones de un maestro")

Bien, finalizamos aquí esta breve serie de artículos, donde hemos intentado que queden claro los argumentos que defienden que la Religión (ni la católica, ni ninguna otra) no puede ni debe constituirse en asignatura dentro del currículo escolar de la enseñanza pública. Comenzamos hablando en las primeras entregas de los conciertos educativos, que son los principales focos de adoctrinamiento religioso (junto con los privados), para que se viera la absoluta anomalía que representan, y los intereses que se esconden detrás de ellos, principales valedores de que la religión se imparta con todas las garantías en las aulas. Y precisamente, hace pocos días ha saltado a los informativos la noticia de que un Director de un colegio concertado de Madrid había dirigido una carta a su alumnado, criticando la Ley contra la LGTBIfobia aprobada por unanimidad en el Parlamento de la Comunidad de Madrid, y entre otras aberraciones, comparándola con el  "fanatismo terrorista". Ahí es nada. Todo un funcionario público, director de un centro de enseñanza, pontificando contra una Ley social aprobada en pleno por toda su Comunidad Autónoma, con la arrogancia y la desfachatez de quien se cree con la suficiente impunidad para hacerlo. Pero que nos entienda bien: no estamos criticando la libertad de expresión, que todo ciudadano/a posee por el hecho de serlo. Lo que estamos criticando es la perversión que supone que un Director de un centro educativo aproveche su atalaya para ir en contra de las leyes que democráticamente aprueba su comunidad, y que lo haga bajo una perspectiva claramente sectaria. La solución para que estas cosas dejen de pasar ya la hemos apuntado: los centros concertados deben ir desapareciendo progresivamente, insertándose en la línea pública. Si este energúmeno director hiciera esas críticas desde un colegio privado, al menos, no podríamos decir que lo hace desde un centro que recibe fondos públicos. 

 

Después hemos entrado en las diversas motivaciones y argumentos que nos llevan a concluir que la religión como asignatura, así como sus docentes, no pueden figurar equiparados al resto de asignaturas en la escuela pública, y al resto de docentes de dicha categoría. Hemos evaluado las tremendas diferencias que existen entre la religión y el resto de asignaturas del currículo, y las circunstancias concretas que concurren en los docentes de religión, para que se ponga de manifiesto la terrible discriminación que esto supone. Creemos que ha quedado bien claro que la escuela, como espacio público formal, no debe hacer ostentación ni manifestación de ningún símbolo ni de contenidos de carácter religioso (esto entra dentro del concepto de Laicidad, perfectamente explicado en este artículo por Andrés Carmona Campo, al que remito a los lectores, pero en el cual nosotros no vamos a entrar, por motivos de espacio). Y la religión, al entrar en esta dimensión, trastoca los fundamentos y características que la escuela pública debe mantener y respetar, si es que quiere obedecer a este enfoque. En el fondo, en la escuela pública, el principio máximo y fundamental que hay que respetar es que los hijos e hijas no son propiedad privada de sus familias, en lo que a su educación se refiere, y por tanto, han de ser educados por el Estado. Pensamos que debe ser el fundamento de todo Estado democrático (es un principio viejo, ya lo expresaba Platón en su obra "La República"), pero como todo Estado democrático también debe respetar todas las opiniones y libertades, quiénes no quieran someterse a este sagrado principio, siempre pueden llevar a sus hijos e hijas a una escuela privada (y hemos dicho privada, no concertada, es decir, que no reciba fondos públicos). 

 

Los conflictos o consideraciones relativas a la fe y su proyección a los contenidos de las determinadas asignaturas deben quedar absolutamente fuera de la escuela pública, ya que, en palabras de José María Agüera Lorente expresadas en este artículo: "En todos estos ejemplos subyace un conflicto de autoridad no dirimido en el contexto escolar, pues ¿quién manda en el aula? El profesor, se dirá. Pero ¿sigue siendo él el que manda si surge el conflicto de creencias? ¿Qué ocurre cuando en filosofía o en ciencias o en historia cuestiones calientes desde el punto de vista ideológico o de la fe son abordadas y generan el escozor de conciencia de los progenitores de los menores? ¿Ha de detenerse ahí el profesor, y no tratar de convencer mediante razones lógicas y evidencias objetivas?". Creemos que está claro lo que el autor intenta exponer, y además lo ilustra con varios ejemplos en su artículo. En una palabra, quien no esté dispuesto a aceptar (ponemos este entre otros muchísimos ejemplos que pudiéramos traer a colación) la teoría de la evolución de Darwin, que no asista a la escuela pública. Observen los lectores cómo es un conflicto que ya hemos expuesto en anteriores entregas, pero que ahora razonamos desde otro punto de vista. Simplemente, porque no es posible que un alumno no sólo "discrepe" con el profesor sobre dicha teoría, despojándola de su validez científica, sino que además, es completamente absurdo que después de haber estudiado dicha teoría en clase de ciencias naturales, venga el profesor o profesora de religión a tirar por la borda la teoría de Darwin, explicando un origen creacionista del universo. Dentro del aula, es deber y obligación del docente combatir las creencias que no se justifiquen por el conocimiento, la sabiduría y el raciocinio humanos, bien entendido que éste no es completo ni absoluto, sino que va progresando a lo largo de la Historia de la Humanidad. 

 

Pero el alumnado de la escuela pública debe tener claro, y por eso la religión no puede ser una asignatura, que dicho conocimiento humano es la única y última fuente de conocimiento sobre la realidad de lo que existe, de lo que nos rodea, de lo que somos. Algo absolutamente incompatible con cualquier religión, que siempre apuesta por que estamos gobernados por "un ser superior". La escuela pública no puede transmitir ni amparar estos valores, ni estas creencias. La escuela pública (en todos sus grados, desde Primaria hasta la Universidad) no puede dar cabida a supersticiones, supercherías o pseudoconocimientos que no estén basados en la racionalidad científica y técnica, o en las fuentes del razonamiento y del pensamiento humanos. No obstante, como ya dejamos sentado en las primeras entregas de esta serie, entendemos que, por su propia importancia en la historia de las culturas y de las civilizaciones, sí sería conveniente estudiar las aportaciones y enfoques de las diferentes religiones a lo largo de la Historia. Pero eso es una cosa, y que los alumnos sean adoctrinados en la fe cristiana desde su más tierna infancia es otra bien distinta. Según Agüera Lorente, y estamos de acuerdo con él, el ámbito académico, en sus distintos estamentos, desde la escuela, pasando por el Instituto hasta llegar a la Universidad, da la impresión de estar desprotegido, expuesto en mayor medida que antes a una especie de contaminación ideológica que posee un cierto factor debilitador en su base de conocimiento. Y en todo ello, el estudio de la religión es una pieza clave. Lo ha sido durante toda la historia, y esto es lo que explica que muchos profesionales científicos, en su vertiente privada, también sean creyentes. 

 

Lo son, por supuesto, desde una opción personal absolutamente legítima, pero no por ello dicha opción personal, íntima y privada, puede prevalecer sobre sus conocimientos. La autoridad del docente es su propio conocimiento, su experiencia y su capacidad para transmitirlo, y si éste se pone en cuestión desde la mera creencia u opinión (todas absolutamente respetables), la educación pública se convierte en un campo de batalla abierto al enfrentamiento furioso de las mil confesiones religiosas que pugnan por hacerse con el control de la mentalidad del alumnado. Una sociedad democrática no puede permitirse este escenario. Porque en este escenario florecen actitudes y acontecimientos como el del director y su carta que hemos mencionado más arriba. Este escenario se vuelve peligroso, porque hace que impere el criterio religioso no sólo sobre el criterio científico, sino sobre el propio criterio democrático, denostando todo avance social de la comunidad, en pro del mantenimiento de una doctrina religiosa. La impartición de religión en la escuela pública es el primer paso para ello, y por eso no podemos incluirla. Debemos denunciar todos los Acuerdos con la Conferencia Episcopal y con el Vaticano, desterrando todo adoctrinamiento religioso del currículo de nuestros escolares en los centros educativos públicos. Y todo ello forma parte también, indudablemente, de un universo mayor, que es esa "actitud laica" que ha de primar de forma imprescindible para la convivencia democrática. Esta actitud laica, de no incluir (respetándolas) ninguna religión en la formación del alumnado, los futuros ciudadanos/as para los cuales deseamos una mentalidad libre y crítica. Finalizamos aquí esta serie de artículos, que espero haya sido útil y clarificadora para los lectores. 

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Published by Rafael Silva - en Educación
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