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29 noviembre 2016 2 29 /11 /noviembre /2016 00:00
Donald Trump y su "América Grande"

El que un multimillonario sin sensibilidad social, nacido en cuna de oro, grosero e ignorante, se haya convertido en el referente de los blancos de clase obrera y pobres triturados por el neoliberalismo evidencia la crisis del sistema político

Ángel Guerra Cabrera

Vivimos tiempos en los que las contradicciones forman parte de nuestras convicciones. Porque mucha gente hace lo contrario de lo que siente, que vive contra su ideario perdido, que vota en contra de sí mismo o de sus intereses. Es el llamado voto prevaricado, el voto corrompido. El que mucha gente emite porque su vida también es pura contradicción, porque se mueve entre la dualidad y la segmentación. Porque vivir en conciencia se ha puesto muy cuesta arriba

Paco Roda

Este perfil [se refiere al votante de Trump] corresponde al de esa población amorfa de ciudadanos descrita por Morris Berman en su libro Edad oscura americana: la fase final del imperio (México: Sexto Piso, 2008), que forma parte del oscurantismo estadounidense marcado por la religiosidad providencial y fundamentalista; la ignorancia ignorada, esto es, no reconocida (la peor de todas); los prejuicios racistas y la creencia en una jerarquía racial; la atrofia del sistema educativo y el pensamiento crítico y racional; el individualismo exacerbado y el patriotismo basado en las ideas del destino manifiesto y la visión dicotómica del mundo, entre buenos y malos, perdedores y ganadores; características que unificadas e intensificadas en coyunturas electorales conforman terreno fértil para los demagogos como Trump, quien expresa de manera estridente y pública las ideas que mantienen estos votantes, muchas veces soterradamente

Gilberto López y Rivas

El Presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, tenía un lema electoral: "Make America Great Again" (Hacer América grande de nuevo). Pero lo cierto es que, con todas las precauciones que se han tener contra un mandato presidencial que ni siquiera ha comenzado, podemos concluir que su lema electoral no será alcanzado. De hecho, ¿puede ser un país grande teniendo como Presidente a, cuando menos, un inculto millonario? ¿Puede llegar a ser grande un país liderado por un ignorante misógino fascista? ¿Puede dirigir un país hasta su grandeza un dirigente racista, sexista, un capitalista fanático? Insisto: habrá que ver las políticas que pone en práctica, pero el supuesto beneficio de la duda, que se concede a cualquier gobernante, se vuelve aún más difícil de conceder a Trump. De hecho, sus primeras propuestas de nombramiento para su próximo Gobierno no se han hecho esperar, y efectivamente, no defraudan. Van en la perversa línea de su campaña electoral. Trump se está rodeando para sus cargos de confianza de gente del Tea Party, en la línea más dura, racista, machista y fundamentalista. Auténticos halcones ultraconservadores ocuparán, por ejemplo, los cargos de Fiscal General, Consejero de Seguridad Nacional, o Director de la CIA.

 

El triunfo de Trump es la demostración de que, desgraciadamente, la derecha sigue capitalizando el descontento popular hacia la globalización capitalista y neoliberal, y puede observarse también en nuestro Viejo Continente, donde también tenemos algunos Trump europeos (estoy pensando en Viktor Orban, en Marine Le Pen o en Nigel Farage, entre otros muchos)Donald Trump es sólo un arrogante energúmeno producto típico del declive político, social y cultural de la civilización occidental, expresada en la que (para dicha civilización) es el país más poderoso, y toda una democracia madura y estable. Trump representa un engendro surgido del mundo de los negocios, que quiere diseñar un país a imagen y semejanza de sus empresas. Existían alternativas a Donald Trump, pero no estaban representadas por Hillary Clinton, la otra pata del bipartidismo norteamericano, que al igual que el nuestro desde la Transición (tutelada asímismo por nuestros "referentes", "amigos" y "aliados" estadounidenses), sólo ha velado por los mismos intereses, a saber: el predominio de una estructura de poder antidemocrática, basada en la hegemonía de los intereses capitalistas de un reducido número de empresas, que campan a sus anchas definiendo los marcos de convivencia y las normas de estas "democracias" occidentales. La alternativa no era, pues, Hillary Clinton, sino Bernie Sanders, pero para el aparato del Partido Demócrata representaba igualmente un peligro, por tanto decidieron hundirlo frente a la candidata del establishment. Y dejaron en liza únicamente lo malo y lo peor, lo ya conocido y lo impredecible, lo perverso y lo macabro, la desfachatez calculada y la imprevisibilidad ampulosa. 

 

La clase obrera norteamericana, sobre todo, vivió en sus propias carnes, quizá más que ninguna otra clase obrera del mundo, el continuo hostigamiento de una globalización y de unos tratados de libre comercio que destruían poco a poco el tejido industrial local. Las deslocalizaciones, las bajadas de salarios, los despidos y el desmantelamiento industrial decepcionaron los bellos mensajes globalizadores. Desde 1994, como nos informa Claudio Katz en este artículo, emigraron 15 fábricas por día sepultando seis millones de puestos de trabajo. Ciudades históricas industriales como Detroit se convirtieron en cementerios urbanos, causando la pobreza de su población y la migración forzosa de sus jóvenes. La única explicación plausible es que el pueblo haya visto en Trump, un gran empresario popular de éxito, a ese magnate capaz de revertir la situación de la economía, y al que en aras a ese bien mayor, le han perdonado el resto de sus excesos. Por otro lado, el perfil más autoritario del magnate no es algo nuevo en la política norteamericana, que lleva comportándose bajo maneras fascistas desde el siglo XIX. Evidentemente, Trump no es un antisistema, como muchos han querido tildarlo. Más bien lo contrario, es un hijo predilecto del sistema, de hecho el sistema le ha tratado muy bien, y él le debe estar profundamente agradecido. Trump es un claro exponente de la clase y del pensamiento dominante, y además se jacta de todo ello. 

 

Y así, el pueblo norteamericano, tremendamente alienado por sus sucesivos Gobiernos, y por su perverso sistema capitalista, y harto de más de lo mismo, decidió votar por lo grotesco, decidió elegir lo peor. Bajo oleadas de impotencia y de desafección hacia la política oficial, el pueblo norteamericano se dejó llevar por quien aparentemente representaba una oposición a dicho oficialismo, aunque proclamara las tendencias más alarmantes de una sociedad enajenada, aprovechando un voto de protesta contra el sistema, que no era (ni es) otro que el neoliberalismo rampante, descarnado y brutal. Pero Trump encarnaba para muchos fieles seguidores de esas tendencias al ídolo a seguir, como rico heredero de una inmensa fortuna, libre de ataduras morales, cuyos gustos y estilo de vida podían convertirse en tendencia a seguir. De nuevo la falacia del sueño americano. Creemos que la sangre no llegará al río (de hecho ya está relajando algunas de sus más polémicas propuestas), pero es evidente que la sociedad norteamericana volverá a dar vueltas al tornillo de la indecencia, de la desigualdad, de la marginación, del belicismo y de la insolidaridad. En una palabra: de la barbarie. La única propuesta positiva que le he escuchado a Donald Trump es su apuesta por abolir los Tratados de Libre Comercio y volver a apostar por el proteccionismo, pero mucho me temo que los halcones empresariales internacionales, con muchos tentáculos en el poder, no le dejarán llevarla a cabo. 

 

De momento (y aún no ha tomado posesión de su cargo) ya ha comenzado a traicionar los mensajes de campaña, ya que Donald Trump se postuló poco menos que como adalid de la "antipolítica", arremetiendo contra la burocracia político-electoral norteamericana, contra la manipulación de los medios, contra la casta gobernante de Washington, y contra la corrupción y los privilegios del establishment. Pero a renglón seguido, y como decíamos anteriormente, se ha dispuesto a fichar para su próximo Gobierno a toda la "flor y nata" de dicha casta. La "América Grande" de Trump estará controlada (tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes) por el Partido Republicano (definida por Noam Chomsky como la "organización criminal más poderosa e importante de la historia"), valedor del negacionismo climático, por lo cual, las medidas que se avecinan son (si el resto de la comunidad internacional no lo impide) la eliminación de regulaciones ambientales (Trump ya ha dicho que eliminará la Agencia Norteamericana de Medio Ambiente), la retirada de ayuda a los países en desarrollo que busquen generar energías sostenibles, y la retirada de su país de los Acuerdos de París (COP21). Todo ello conforma un peligroso cóctel que nos conduce directos al precipicio climático. 

 

No creemos por tanto que América (Estados Unidos, se entiende, porque ellos se arrogan para sí el nombre de todo el Continente, pero América, afortunadamente, es mucho más que los estadounidenses) vaya a ser grande con Donald Trump al frente, como no lo hubiera sido con Hillary Clinton. Quizá América nunca fue grande. Prácticamente todos los resortes del orden estadounidense tendrían que cambiar, incluso el propio imaginario colectivo popular, para que los Estados Unidos se convirtieran en una gran nación. Sin ir más lejos, América será grande cuando comprenda que son tremendamente importantes los niveles de protección social del conjunto de la población, fundamentalmente en lo que se refiere a la universalización de los servicios públicos básicos (que cubren a su vez derechos humanos básicos) como la sanidad y la educación. América será grande cuando sus dirigentes y la mayoría de su población se alejen de los planteamientos de la Asociación Nacional del Rifle, el mayor lobby norteamericano de las armas, y entienda de una vez por todas que la posesión privada y personal de armas de fuego es una práctica aberrante en cualquier país civilizado, y la causa principal de la inmensa mayoría de sus matanzas. América será grande cuando abandone la política de deportación masiva de inmigrantes indocumentados, cuando deje que sus minorías (que van camino de convertirse en mayorías) se integren perfectamente en el país, cuando les conceda igualdad de oportunidades, y cuando abandone las prácticas de construcción de muros, vallas y fronteras. 

 

América será grande cuando abandone el desaforado crecimiento económico, y apueste por otros patrones de producción y consumo, cuando ratifique la totalidad de los Tratados y Convenciones marco de la OIT (Organización Internacional del Trabajo), cuando reconozca al Tribunal Penal Internacional, cuando reconozca y respete la Convención de Ginebra sobre detención y trato a los prisioneros de guerra, y cuando deje de tramar injerencias contra todo tipo de sistemas y gobiernos de todo el mundo que no se someten a sus designios. América será grande cuando respete a la población afroamericana, cuando sea capaz de enseñar a su policía que los negros son iguales que los blancos en cuanto a derechos humanos, cuando deje de hostigar y matar impunemente a la población más desfavorecida, y cuando sea capaz de ofrecerles el mismo trato que a los blancos. América será grande cuando cierre por fin esa inmundicia y ejemplo de vergüenza internacional que es la prisión de Guantánamo, propia de las dictaduras más sanguinarias, y ejemplo de la vileza humana llevada hasta sus últimas consecuencias. América será grande cuando deje de fomentar las guerras y el terrorismo internacional, cuando abandone la política belicista y arrogante del Pentágono, y cuando comience a derivar gran parte del presupuesto de defensa y armamento en proteger de verdad a su población. 

 

América será grande cuando deje de ser el país negacionista climático por excelencia, cuando reconozca su enorme responsabilidad en acabar con dicho fenómeno, y cuando se convierta en adalid mundial en la reconversión hacia los nuevos tipos y modelos energéticos. América será grande cuando sea respetuosa con el derecho internacional, cuando levante el bloqueo a Cuba, cuando deje de derrocar por la fuerza regímenes democráticos y de apoyar a sangrientas dictaduras, cuando en vez de hostigar a los valientes ciudadanos que se atreven a filtrar la documentación reservada que demuestra las indecentes prácticas de su Gobierno, se comprometa seriamente a erradicar dichas prácticas de espionaje, y cuando anule la tortura en los centros penitenciarios y la pena de muerte en todos sus Estados. América será grande, por fin, cuando abandone su demencial rol de protector militar del capitalismo mundial, cuando abandone sus ansias imperialistas, cuando disuelva la OTAN, cuando abandere la opción pacifista y del desarme, y se encamine hacia un mundo de globalización de los derechos humanos en todo el planeta. Esta es la América Grande que queremos. Pero desgraciadamente, América no sólo no es grande, sino que representa el mayor obstáculo mundial para conseguir esos objetivos. Si Donald Trump estuviera dispuesto a poner en práctica estas políticas, indiscutiblemente llevaría a su país hacia la grandeza. La pregunta es: ¿está dispuesto a ello? Muchos nos tememos que es como pedirle sombra a una fuente, y agua a un almendro. Es decir, todo un oxímoron. Por tanto, que dejen de insultar nuestra inteligencia con falsos eslóganes. 

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Published by Rafael Silva - en Política
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