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2 diciembre 2016 5 02 /12 /diciembre /2016 00:00
Viñeta: ENEKO

Viñeta: ENEKO

…según un cálculo elemental, para que una de las 2500 millones de personas que subsisten al día con 2 dólares diarios, llegara a amasar, con el sudor de su frente, una fortuna como la de Bill Gates, tendría que estar trabajando (ahorrando todo lo que ganara) 68 millones de años. Otro chiste: por un anuncio de zapatillas deportivas Nike, Michael Jordan cobró más dinero del que se había empleado en todo el complejo industrial del sureste asiático que las fabricaba. Por supuesto que para que un absurdo tan abyecto se encarne en la cruda realidad de cada día hace falta administrar mucha violencia, cortar el planeta con muchas alambradas, deslocalizar poblaciones, descoyuntar, en definitiva, el cuerpo entero de la humanidad

Carlos Fernández Liria (“Los diez mandamientos y el siglo XXI”)

La existencia de los tremendamente ricos, y su no menos tremendo poder, como estamos contando, es profundamente dañino a la democracia. El pensamiento dominante ha extendido sus falacias al mundo de los ricos y su poder, contribuyendo a suavizar su imagen, incluso a volverla amable, para no publicar sus vergonzosas actividades a diestro y siniestro. Una serie de mantras se extienden de esta forma por la mentalidad de la mayoría social, que se suelen expresar de formas muy determinadas. Por ejemplo: "Los grandes empresarios son los que general el mayor número de empleos". ¡Muchas gracias, señores magnates! ¡Qué haríamos sin ustedes! Y como consecuencia de esta afirmación, el siguiente mensaje que se extiende es el de que hay que tratarlos bien, para que no se nos vayan a tributar a otro país, deslocalizando además sus empresas. Vivimos por tanto bajo la amenaza constante del capitalismo. Nos hemos acostumbrado a su cruel amenaza, y ya lo interiorizamos como algo natural. El mensaje que las Instituciones y los Gobiernos lanzan es que a estos grandes empresarios hay que tratarlos bien, hay que mimarlos, hay que cuidarlos, y no hay que cabrearlos mucho, no sea que se nos vayan a otros países, y nos quedemos con un palmo de narices. ¿Hasta cuándo vamos a seguir soportando tanta falta de respeto hacia las clases populares?

 

Amancio Ortega, por poner un ejemplo de empresario español del gran ránking mundial, ingresó durante 2015 la escandalosa cifra de más de 10.000 millones de euros, es decir, ganó en un año lo que ganan durante el mismo período de tiempo 700.000  trabajadores/as con un salario mensual de 800 euros. Hay que denunciar sin tregua este sinsentido, esta bárbara irracionalidad, esta exagerada desproporción. No es lícito vivir en un país donde a la vez que una parte muy significativa de la población no posee ni acceso a los derechos humanos fundamentales (no ya siquiera trabajo, sino vivienda, educación, sanidad, electricidad, etc.) algunos otros naden en la más indignante abundancia. Esa extrema riqueza de algunos, ya lo hemos explicado hasta la saciedad, y continuaremos haciéndolo hasta que consigamos introducir este mensaje en el imaginario colectivo, está relacionada con la extrema pobreza de otros muchos. Es una arquitectura social perversa, injusta y diabólica. La economía capitalista es la responsable de proyectar estas desigualdades, de ir fabricando poco a poco las medidas, los procesos necesarios para tender hacia dichas desigualdades. Y la economía capitalista es el sistema-mundo donde vivimos la inmensa mayoría de los países del planeta, desgraciadamente. Y en todo sistema, todas sus partes están estrechamente vinculadas, son interdependientes entre sí. De manera que la extrema riqueza acumulada por Amancio Ortega es absolutamente inexplicable sin vincularlo con el resto de los mecanismos del sistema-mundo capitalista. 

 

Los defensores del sistema, y los más ingenuos que se lo traguen, apelarán a la constancia del rico, a su afán de progresar, de crecer, a su valía personal y profesional, a su tenacidad, a su capacidad de trabajo, a su capacidad de superación. Y es cierto que estas características podrán darse en Amancio Ortega y en otros muchos grandes empresarios, no lo ponemos en duda. Pero por muchas características de este tipo que se posean, si el sistema no está preparado, proyectado y blindado para favorecer a los ricos y perjudicar a los pobres (obsérvese que hemos dicho "y", es decir, se tienen que dar ambas cosas), estas personas jamás hubieran acumulado sus enormes fortunas. ¿Cómo podemos ir disminuyendo el poder de los ricos? Pues deconstruyendo toda esta arquitectura social proyectada para favorecerles. Y eso pasa (lo iremos explicando durante toda la serie de artículos), entre otras muchas medidas, por intervenir sobre los sueldos máximos, por hacer una reforma fiscal justa y progresiva, por desmantelar los paraísos fiscales, por implementar reformas empresariales (que no laborales), por aumentar el poder de los sindicatos y la negociación colectiva en el mundo del trabajo, fomentando por ley el trabajo decente, por disminuir el poder de las grandes empresas frente a los Estados, por implementar mecanismos sociales que erradiquen (hemos dicho que "erradiquen", no que "disminuyan") la pobreza en todas sus dimensiones y facetas, por impedir todo tipo de corrupción, o por implantar una fiscalidad internacional para el desarrollo (que ponga trabas al excesivo poder del capital transnacional). Como vemos, existen alternativas, existen mecanismos, existen fórmulas para impedir la extrema riqueza y poder de estas personas, lo que no existe es la voluntad política para llevarlas a cabo. Es más fácil y más cómodo aceptar que las cosas son así, que el mundo es así, y a otra cosa mariposa. 

 

Pero mientras pensamos de esta forma, los terribles efectos de dicha riqueza desmesurada, ligada al poder de estas personas, no harán más que recrudecer sus efectos, en todos los ámbitos. Hemos de comprender de una vez por todas que los parches no son posibles hablando de desigualdades. Beneficios (del capital) y salarios (de la clase trabajadora) van en direcciones contrarias. Son diametralmente opuestos. Son inversamente proporcionales. Esto es una ley económica, y por tanto, una ley social. En el fondo es una ley matemática. Por tanto, todo lo que no sea comprender esta ley y enfrentarse a ella con todas sus consecuencias, será parchear el asunto, esquivarlo y dulcificarlo, pero nunca corregirlo. El capitalismo no puede cambiar su rostro, no puede ir en contra de su propia naturaleza. Por tanto, los salarios sólo podrán aumentar de una manera efectiva si los beneficios disminuyen. Esto es un tema además muy candente, ya que hace varios días se han reunido los denominados "agentes sociales" (Gobierno, Patronal y Sindicatos) para negociar una subida (que buena falta hace) del Salario Mínimo Interprofesional. Como siempre, muy buenas palabras, pero nada de compromisos reales. Hay que denunciar las rentas del capital injustas, y hay que hacerlas tributar en mayor medida que las rentas del trabajo. Hay que impedir la "externalización" de los servicios de las grandes compañías y corporaciones transnacionales, que se proyectan únicamente para hacer crecer las ganancias del capital, es decir, los beneficios de la empresa matriz. 

 

De esta forma, los grandes capitalistas no sólo explotan a sus trabajadores directos (de los cuales cada vez poseen menos, y además se jactan de ello), sino que también explotan a toda la cadena de intermediarios que se colocan entre ésta y los trabajadores/as finales de la cadena. La subcontratación no es una práctica inocente, sino que está pensada justamente para provocar estas consecuencias, esto es, la máxima obtención de beneficios, junto a la máxima explotación del personal. De esta forma, los grandes capitalistas se hacen extremadamente ricos porque existen infinidad de formas de trasvasar ingresos desde las pequeñas empresas y autónomos hacia las grandes corporaciones, holdings y cadenas empresariales. Evidentemente, el gran capital, para asegurar sus beneficios, mantenerlos y hacerlos crecer, necesita del trabajo. El factor capital sin la presencia del factor trabajo sería imposible. Por tanto, rompamos con esa falacia de que "los empresarios son los que crean los puestos de trabajo", y por tanto, tenemos encima que estarles muy agradecidos (porque si no fuera por ellos, poco menos que estaríamos en la indigencia). Es el capital quien necesita a los trabajadores/as, son los empresarios quienes nos necesitan a nosotros, no nosotros a ellos. Son ellos los que necesitan la mano de obra de la clase trabajadora, expresada en cualquiera de sus formas, para poder mantener sus empresas y multiplicar sus ganancias. La creación de puestos de trabajo (hoy día convertidos en empleos precarios) es una consecuencia de la necesidad que tiene el capital, si es que quiere conservarse y aumentar. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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