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5 enero 2017 4 05 /01 /enero /2017 00:00
Viñeta: Iñaki y Frenchy

Viñeta: Iñaki y Frenchy

¿Por qué? Esta es la pregunta más básica que uno puede hacer, pero la aniquilación de la reflexión llega ya a tal extremo que escuchar hoy en día un “por qué” se antoja tarea complicada. La sociedad no hace preguntas, los individuos no se preguntan, no van más allá, no exploran posibilidades ni mucho menos las conciben en sus mentes, simplemente aceptan

Vicente Berenguer

Y así, bajo las banderas de la "libertad informativa" y de la "independencia de los medios", resulta que en las democracias capitalistas occidentales, la estrecha alianza entre el poder político y el poder económico vierte la propaganda de un modo aún más subliminal que en los regímenes totalitarios o dictatoriales. De esta forma, el poder de manipulación mediática sobre las mentes de la inmensa mayoría social resulta ser un arma incluso más poderosa que los tanques y las bombas. En efecto, el capitalismo ha logrado una dictadura perfecta. Y bajo la actual globalización neoliberal, la propaganda es generada por las élites corporativas y gubernamentales que constituyen el gobierno mundial de facto. Noam Chomsky lo ha expresado bajo los siguientes términos: "Los medios de comunicación de masas son instituciones ideológicas efectivas y poderosas, que llevan a cabo una función propagandística de apoyo al sistema mediante su dependencia de las fuerzas del mercado, los supuestos interiorizados y la autocensura, y sin una coerción abierta significativa". Este sutil sistema de propaganda mediática, mediante las diferentes técnicas, se ha vuelto durante las últimas décadas cada vez más eficiente en el cumplimiento de su objetivo, y a ello han contribuido sin duda los avances tecnológicos, la expansión de los propios medios de masas, su elevada concentración en pocas manos, y la universalidad de su auditorio. 

 

Se impone así una forma única de ver el mundo, de comprender las relaciones entre los diferentes actores, de asumir un correlato hegemónico de la actualidad, y de interpretar una serie de hechos de forma unívoca. El pensamiento dominante ha llegado a su culminación, a su poder máximo, cuando se han unido el capitalismo y los grandes medios de comunicación de masas bajo un objetivo común. Prácticamente todo el imaginario conceptual viene de esta forma impuesto por los grandes medios, que son los que definen el significado de los grandes términos, como violencia, amenaza, conflicto, estabilidad, paz, etc. ¿Cómo podemos entonces combatir toda esta lacra? Pues evidentemente, creando todo un nuevo orden en la información y en la comunicación. Ante todo, hemos de advertir que todo intento de alterar este gran sistema mediático será ferozmente rechazado, aludiendo a los consabidos y falaces principios de la "libertad de prensa y de información". Los grandes propietarios y agentes de estos medios saben perfectamente que alterar sus cuotas de poder implica derribar todo ese control que poseen sobre el pensamiento colectivo. Saben que perder (aunque sea un poco) su monopolio informativo equivale a reducir su enorme poder de influencia en la mente de cientos de miles de personas. Básicamente, el nuevo orden informativo debe conseguir que los medios de comunicación abandonen su servilismo hacia el poder, y recuperen su utilidad social como servicio público. 

 

Y es que, como hemos dicho, las corporaciones mediáticas no se crean para garantizar el acceso a una información veraz, plural y contrastada, sino para garantizar los beneficios de sus propietarios. Hasta ahí todo normal hablando de empresas privadas, pero cuando ello supone que la transmisión y el conocimiento de la verdad se oculte, y se sustituya por burdas manipulaciones, falsedades, ocultaciones y adoctrinamiento, el peligro para la sociedad es inmenso. El pilar principal para el nuevo orden de la información y comunicación reside en la existencia de poderes públicos valientes y decididos, que sean capaces de implementar modelos nacionales de comunicación antimonopolísticos, verdaderamente democráticos en la gestión de los medios públicos, transparentes y ecuánimes en la concesión de licencias de emisión y con un apoyo decidido a la creación de medios comunitarios y profesionales no corporativos. Un sistema que impida por ley el acaparamiento de medios privados por parte de grandes empresas, que vele realmente por la pluralidad, la imparcialidad, el rigor, la objetividad y el derecho a la información. Pero para ello también es imprescindible crear un polo de medios públicos de comunicación independientes, que no se comporten como la marioneta del Gobierno de turno. En el fondo, lo que subyace es el auténtico debate sobre la libertad de expresión, y su papel en el orden constitucional. 

 

Como señala Carlos Fernández Liria en su artículo "El ocaso de una dictadura mediática": "En este país nos hemos pasado cuarenta años llamando libertad de prensa a la dictadura de tres o cuatro oligopolios mediáticos (...) El gobierno tiene un contrapoder en la oposición. El empresario, en los sindicatos. El poder ejecutivo, el legislativo y el judicial se limitan mutuamente y se obligan a ceñirse a la Constitución. Pero el poder que tienen los medios de comunicación para apropiarse del uso de la palabra en el espacio público carece por completo de contrapeso. Esto ha hecho que ciertas mentiras sean imposibles de combatir. ¿Cuáles? Todas aquéllas que convengan en general a los grandes consorcios empresariales de la prensa privada. Y son muchas las mentiras en las que los oligopolios mediáticos no tienen interés en llevarse la contraria, pues las grandes empresas, por mucho que compitan entre sí, no dejan por ello de ser lo que son: grandes empresas". Y finaliza: "¿Cómo se logra este efecto sin ejercer la censura? Con otra forma de censura, que se llama paro y despido". La moderna censura, tan brutal y salvaje como cualquier otra, consiste sencillamente en no contratar a quien no comulgue con la línea editorial del medio en cuestión, y en despedir a quien se salga de ella. Así de sencillo. Así de terrible. La lógica laboral es la misma en una fábrica de muebles, de comida rápida o en un periódico de tirada nacional. Una lógica laboral perversa que se aprovecha de las circunstancias de la clase trabajadora para hacerla pasar por el aro de forma cruel y despiadada. 

 

Llega un momento en que el derecho a la información se convierte en el descarado "derecho a mentir", con absoluta impunidad. Sólo basta leer algunos editoriales de los grandes medios del panorama nacional (El País, La Razón, El Mundo, ABC, La Vanguardia, etc.) para comprobar hasta qué punto manipulan la información a su antojo, la sesgan y mienten de forma descarada. Y todo en aras de "su" libertad de expresión. Y al igual que el derecho humano a la electricidad no se va a conseguir hasta que no devolvamos a dichas empresas a su propiedad social (pública), igual ha de pasar con la prensa, es decir, tenemos la necesidad de socializarla para que comience a ejercer su auténtica función, a cumplir su verdadero objetivo. Pero entiéndase bien: no queremos expropiar a los grandes medios. Basta con que exista una iniciativa pública que respete la independencia profesional del periodista, lo que siguiendo el ejemplo de Fernández Liria, sería algo parecido a la libertad de cátedra de los profesores universitarios, o la libertad de interpretación de la ley que tienen los jueces. En ambos casos, la libertad de cátedra y la independencia judicial, se soportan y amparan en el carácter estatal de dichas instituciones. Pero en cambio, en el ámbito privado, un profesor puede ser despedido por no ceñirse a los dictados de la empresa que le contrató. Y en un sistema privado de arbitraje, un magistrado puede ser despedido igualmente si no favorece con sus fallos los intereses de la empresa que le paga. Pero hasta tal punto llega el grado de influencia del pensamiento dominante, que proponer esto se considera en casi todos los foros poco menos que una extravagante ocurrencia, o una actitud totalitaria. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Psicología
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