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17 enero 2017 2 17 /01 /enero /2017 00:00
Viñeta: Portada del documental del mismo título de Miguel Hernández y Luis Pla

Viñeta: Portada del documental del mismo título de Miguel Hernández y Luis Pla

El caldo de cultivo eran los matrimonios de familias acomodadas que no podían tener hijos; también la indecencia y la miseria en España. Se ponían en contacto con personas conocidas que les podían facilitar contactos y un hijo. Se desplazaban hasta la ciudad pactada y se hacía el intercambio en casas (pensiones) o parques. Mandaban a una matrona o auxiliar de enfermería de su propia ciudad, que falsificaba, previo pago, el certificado de alumbramiento y con él acudían al registro civil donde inscribían al bebé como propio. Todo por unas 50.000 pesetas de las de entonces. Aquí, en la esquina de mi calle, había una «Pensión», en donde las madres «patera», esperaban el momento del parto, antes de acudir a la maternidad de Santa Cristina y allí se consumaba la acción

Víctor Arrogante

Y otra manifestación no menos importante de la represión y barbarie franquista fue el fenómeno que se ha dado en llamar de los "bebés robados", que ha sido quizá la última faceta en reconocerse como crimen del catálogo de la dictadura. En efecto, a muchas mujeres de este país les robaron sus bebés recién nacidos durante la dictadura (a partir de los años 50-60), pero esa práctica continuó incluso después de fallecido el dictador, ya que existen casos documentados incluso en la década de los 80. El franquismo, en su abominable afán de controlar ese "gen marxista" (que según el psiquiatra oficial del régimen, Antonio Vallejo-Nájera, habitaba en las mentes de las madres republicanas), saqueó también las cunas de los hospitales de la época, y entregó los bebés a familias que comulgaban con el perverso ideario fascista del régimen. Al principio la motivación era encontrar ese "gen rojo" y destruirlo. Se estimaba que si el vínculo de conexión de los hijos con sus madres se rompía, vendiendo los bebés a otras familias, la "mala influencia" del pensamiento republicano no afectaría a dichos niños y niñas de la época. Y así, la victoria fascista encumbró también prácticas nazis en los hospitales. En palabras de Alfons Cervera: "Médicos, curas y monjas se aliaron en esa mafia cruelísima que se dedicó a robar bebés nada más salir del viente de sus madres y mandarlos como arrugados animalitos en un taxi a las casas pudientes del régimen". 

 

Como estamos pudiendo comprobar, el relato de las crueldades del régimen se vuelve vomitivo e insoportable. Detrás de aquéllas aparentemente inocentes y adorables monjitas, se escondía toda una brutal práctica de tráfico de bebés (tanto que ellos critican el aborto por considerarlo un crimen), perfectamente orquestada hasta sus últimos detalles por las directrices de los jerifaltes franquistas. A las madres biológicas les decían que sus hijos habían muerto al nacer, y que los habían enterrado para que los padres no sufrieran más. Pero lo que la banda mafiosa de ginecólogos, curas y monjas metían en las pequeñas cajas de madera eran restos de carne descuartizada, incluso trozos de cuerpos adultos (para que pesara un poco). Y nuestra justicia (siempre fiel al poderoso) hasta ahora ha escurrido el bulto, ha mirado para otro lado, ha dado sentencias de prescripción de los delitos (hace pocos días una madre angustiada decía que "una relación madre e hijo no prescribe nunca", y qué razón tenía), y no ha dejado de poner palos en las ruedas para que estos casos no se investiguen. Poco a poco se van conociendo más detalles de aquéllas macabras práticas, la mayoría de la documentación que podría probar lo que se hacía y cómo se hacía está en poder la Iglesia...¡Y con la Iglesia hemos topado!, como reza el famoso refrán. Ya sabemos la reacción de las autoridades españolas en todo lo que tenga que ver con el franquismo: siempre han intentado proteger aquélla etapa, entorpeciendo las investigaciones y la defensa de las víctimas, y por supuesto, no concediendo ningún apoyo oficial ni partida presupuestaria. 

 

Así que hasta ahora, nuestros indecentes gobernantes han preferido  mirar para otro lado, dejando tan ardua tarea al propio esfuerzo de las asociaciones de víctimas y afectados por dicha violación de los más elementales derechos humanos durante décadas. Como decíamos más arriba, parece ser que el origen de esta aberración hay que buscarlo en una especie de "ingeniería social" mediante los experimentos llevados a cabo por el Jefe de Psiquiatría del Ejército, el Doctor Vallejo-Nájera, con las presas republicanas en Málaga. Su fobia, nada científica, aunque quisiera revestirla como tal, hacia las ·"rojas" le valió para concluir que los republicanos y anfifascistas no podían criar hijos "sanos" para el nuevo Estado surgido del Alzamiento Nacional, y que por tanto resultaba lícito socialmente arrancarlos de los brazos de sus madres encarceladas. Este personaje fascista de la época afirmaba que estos niños, al igual que sus padres, eran portadores de un gen marxista (calificaba a la gente de izquierdas como "débiles mentales"), y que por tanto, era necesario apartarlos de esa nefasta influencia. Durante esta primera etapa, fue fundamental el papel prestado por diversas Instituciones políticas y religiosas de la época, como la falangista Auxilio Social, Casa Cuna o la misma Iglesia Católica. Eran frecuentes además instituciones del tipo de los orfanatos, hospicios o inclusas, algunas de las cuales también se hicieron cómplices de estas prácticas atroces. Y así, los niños y niñas que salían de las cárceles, o eran arrebatados a sus familias, eran destinados en  principio a este tipo de instituciones de "reeducación", dentro de las cuales soportaban auténticos infiernos. 

 

Estos actos de barbarie perpetrados por las autoridades del régimen fascista de Franco llevaron a que el Servicio Exterior de Falange llegara a secuestrar, en la Francia sometida al dominio nazi, alrededor de 20.000 niños y niñas, hijos e hijas de republicanos españoles exiliados, para entregarlos a familias afectas al régimen. En el fondo, como vemos, estamos ante un auténtico y aberrante proceso de interceptación desnaturalizadora de los progenitores legítimos hacia sus hijos, para impedir tener que luchar contra nuevas generaciones de "rojos". Pero esta fue la motivación únicamente durante la primera etapa, porque posteriormente, aquélla operación de secuestro devino en gran oportunidad de negocio, en la que la connivencia de los sectores hospitalarios y sobre todo religiosos, llevaron a que un número quizá más difícil de determinar de recién nacidos (han llegado a estimarse en 300.000 casos) acabaran perdiendo su identidad y sus raíces, en una macabra operación que combinó el odio y el lucro por parte de una pandilla más o menos amplia de impresentables gobernantes, de fanáticos religiosos y de irresponsables y corruptas autoridades. Es otra vertiente del régimen de terror y de exterminio ideológico protagonizado por la dictadura. Pero es lógico pensar que un fenómeno que se extiende durante tanto tiempo, evolucionara la tipología de sus prácticas, y así, si al principio las víctimas habían sido presas políticas y sus respectivos hijos e hijas, después se aplicó sobre madres solteras de la época, y sobre madres vulnerables económicamente, de pocos recursos, para cumplir con lo que la perversa moral franquista imponía, esto es, castigar a quiénes habían cometido la osadía de embarazarse sin marido y a la vez "proveer" de descendencia a quiénes tenían familias "bien constituidas", todo ello, claro está, según los rígidos cánones morales de la dictadura. 

 

Con el tiempo, se pasó por tanto de la inicial maquinaria del horror que comenzó a instalarse durante la Guerra Civil, con las primeras presas políticas de la época, a toda una práctica generalizada que continuó perfeccionándose al calor de las necesidades y el curso que fueron tomando las políticas del dictador a lo largo de sus casi cuarenta años de régimen represor y totalitario. Y así, en un contexto rodeado siempre del miedo y del silencio, como todo lo que ocurría en la vida pública franquista, el robo de niños recién nacidos, si bien comenzó como una purga o castigo aleccionador, fue después mutando sus intereses de acuerdo con las necesidades imperantes de las clases dominantes de la época. Normalmente, el relato posterior que estos bebés recibían, cuando ya eran más mayores, solía ser la confesión de que habían sido adoptados, y de que sus padres habían muerto en cualquier accidente. El marco jurídico de la época propiciaba, sobre todo para el caso de las madres republicanas, que sus hijos quedaran bajo custodia del Estado, que permitía incluso el cambio de apellido de esos niños. Eso en las cárceles, pero en los hospitales, las madres legítimas eran vilmente engañadas, bajo cualquier pretexto médico, y sus bebés eran entregados a otras familias, que pagaban muy bien por ello. La motivación económica fue relegando entonces a la motivación ideológica, y se convirtió en un prometedor negocio, que necesitaba más y más niños para poder continuar. Se estimulaba hormonalmente a las madres para que pudieran volver a quedar embarazadas pronto, y se animaba a los padres jóvenes a tener más hijos, mientras se continuaban perpetrando dichos robos. Continuaremos en siguientes entregas.

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