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30 enero 2017 1 30 /01 /enero /2017 00:00
Viñeta: ENEKO

Viñeta: ENEKO

La fabricación del miedo funciona a pleno rendimiento con sus dos consecuencias lógicas: primero, el público renuncia a una explicación racional en provecho de reacciones emocionales y, segundo, aparece una demanda de seguridad aunque sea a cambio de un atentado contra las libertades fundamentales. Más allá de los blancos actuales, la lógica seguritaria es la que impera más hondamente en nuestra sociedad. Las apuestas del petróleo, del gas y los desafíos geoestratégicos desparecen totalmente del debate y sólo dan cabida a la urgencia de un consenso ‘anti bárbaros’

Saïd Bouamama

En 1996, James Baker, el entonces Secretario de Estado norteamericano, declaró: "No existe país musulmán más integrista que Arabia Saudí (...) y sin embargo ese país es a la vez un amigo y un país importante para Estados Unidos (...) Sólo tenemos que combatir el integrismo en la medida exacta en que lo exijan nuestros intereses nacionales". Este cinismo, esta desfachatez y otras muchas por el estilo no hacen sino confirmar todo cuanto estamos exponiendo aquí. Y el panorama europeo, no tan agresivo como el estadounidense, tampoco le ha ido a la zaga. Desde hace siglos, los imperios de Europa han estado asesinando, torturando, violando y mutilando a millones de personas en todos los continentes del mundo. Todos estos horrores han estado ocurriendo hasta el pasado siglo XX, y aún continúan en pleno siglo XXI. Nuestra escalada imperial, lógicamente ya muy debilitada, aún continúa, pero todavía tenemos el descaro de argumentar, cuando sufrimos atentados en nuestras propias carnes, que están atentando contra "nuestros valores de libertad y democracia". El terrorismo occidental tiene a sus espaldas una larga historia de siglos, de genocidios, de invasiones coloniales, de sometimiento de pueblos. No podemos ser tan hipócritas de creernos los amos del mundo libre y civilizado, cuando tenemos en nuestro pasado unas credenciales tan aberrantes. 

 

Pero nuestros indecentes gobernantes actuales se ocupan y preocupan de que nada de ello resida en nuestras conciencias occidentales. Las masas de europeos y norteamericanos prefieren no saber nada sobre el pasado y el presente, sobre las causas y los motivos que crean los bloques geopolíticos actuales. Nos han lavado el cerebro para que nos creamos que gobernamos el mundo porque somos los mejores, porque somos libres, brillantes, inteligentes y trabajadores. Tremenda falacia. Ocultan que durante siglos nuestros países han saqueado y aterrorizado al resto del mundo, que también quería ser "libre" como nosotros. Las élites están empeñadas en que las clases populares y trabajadoras conozcan lo menos posible sobre todos estos asuntos, para poder domesticar mejor nuestras mentes, y colarnos cualquier pretexto absurdo para que legitimemos las nuevas guerras que emprenden. Las cruzadas occidentales mediante las cuales han instalado el terror durante siglos en muchos países y continentes, jamás serán mostradas en los medios de comunicación dominantes, más que en algún documental perdido, emitido a una hora intempestiva. En cambio, el terror de los "otros" es mostrado continuamente, sin paliativos, sin censuras, con toda su crudeza. De ahí que la actual "Guerra contra el terrorismo internacional", vendida a bombo y platillo para mayor lavado de las conciencias occidentales, sea sólo una nueva tapadera para continuar asegurando la implantación por la fuerza de nuestros intereses a escala mundial. 

 

Es una guerra que nunca se espera ganar, porque entonces, si se ganara definitivamente, tendría que haber paz mundial, tendría que haber desarme, tendrían que reducirse los presupuestos militares, y abolirse los bloques militares, y nada de eso interesa a nuestras grandes potencias occidentales. Y nosotros, los pueblos de estas grandes potencias, seguimos asumiendo sus burdos relatos. Nos seguimos creyendo a pies juntillas la infantil y reduccionista leyenda de los "buenos" y los "malos". Seguimos participando de su farsa. En palabras de Andre Vitchek tomadas del artículo de referencia: "La paz significaría que Occidente mirara a su propio pasado. Significaría pensar en la justicia y la reordenación de la totalidad de las estructuras de poder del planeta. Y eso no se puede permitir". Así que, con toda solemnidad y cinismo, Occidente se autoproclama como campeón mundial de los derechos humanos y de la libertad. Sigue aterrorizando al mundo, saqueándolo, expoliándolo, controlando sus recursos naturales, pero a la vez es aceptado como el líder supremo, como un gendarme global, como la única parte fiable del mundo. Y mientras, continúa demonizando a los inmigrantes, a los refugiados y a los "terroristas yihadistas", porque cuanto más amenazadores sean estos agentes externos, más hermoso, plácido y tranquilo parecerá Occidente. A este mensaje contribuyen cientos de medios de comunicación del sistema, que hacen continuamente de altavoz acrítico de sus políticas, y que han desarrollado un potentísimo aparato de propaganda durante siglos. 

 

Basado en su dogma fundamentalista cristiano, se pone en marcha todo un lenguaje preciso, y se desarrolla todo un imaginario colectivo, una especie de "mitología", mediante la cual los "otros" terroristas representan "el mal", son peores que el mismo diablo, mientras nuestros gobernantes y nuestros pueblos, nuestro sistema de libertades, que representan "el bien", han de luchar y acabar con este terrible  monstruo. Si el lector o lectora ha leído o escuchado algún discurso completo de los gobernantes estadounidenses, apreciará que no exageramos ni un ápice. Estados Unidos y sus aliados se presentan al mundo como la civilización, la gloria, ese país imprescindible, elegido por Dios para implantar y vigilar el bien en la Tierra. Un mensaje absolutamente ridículo e irracional, propio únicamente de mentes fanáticas. Nunca van a reconocer que sus prácticas colonialistas e imperialistas son las verdaderas amenazas, que los verdaderos peligros son el complejo militar-industrial, y la guerra por apoderarse de unos recursos naturales y energéticos para controlar al resto del mundo, e impedir que se levanten nuevas opciones y formas de gobernar y de convivir más justas, sociales y redistributivas. Rompamos ese falaz discurso. No exageramos cuando afirmamos que nos va la vida en ello. "¿Habrá que ser ciego y sordo", se pregunta Grégoire Lalieu en este artículo para el medio Investig'Action, "para no entender que la violencia que ha azotado a Bruselas y a París está relacionada con la violencia que azota a Medio Oriente desde hace más de un siglo?". Dejo la reflexión a mis lectores/as. 

 

Y explica a continuación: "Mientras nuestros aviones bombardeaban aldeas perdidas en lejanas serranías, mientras miles de niños y niñas, al parecer diferentes de los nuestros, se morían por culpa de inicuas sanciones, mientras los muertos caídos bajo nuestras balas sólo iban desfilando discretamente, entre dos reportajes sobre el iPhone, la guerra de verdad no existía realmente para nosotros. Pero hoy día resulta difícil no ver la sangre. E imposible no estar oyendo los alaridos". En efecto, cuando son nuestros vecinos, nuestros compatriotas los que caen, entonces sí nos incumbe la guerra, entonces la sentimos de verdad. Si matanzas como esas y multiplicadas por cinco ocurren diariamente, pero a miles de kilómetros de distancia, entonces no nos importan. Si nuestros gobiernos están implicados directa o indirectamente, no nos interesa, a menos que algunos de los nuestros, de los buenos, resulten salpicados de sangre. Entonces estallamos y proclamamos solemnemente que estamos "ante una guerra". Nuestro cinismo no tiene límites. Somos nosotros los que hemos creado esta situación. Son nuestros países los últimos responsables de esas guerras que vienen viviendo millones de inocentes desde hace tantos años, mientras nosotros nos quedamos dormidos viendo el telediario que nos lo cuenta. El terrorismo no surge de la nada. No se crea por generación espontánea ni por ciencia infusa. El terrorismo es el fruto de nuestros errores, de nuestros egoísmos, de nuestras perversas políticas, llevadas a cabo por doquier, a diestro y siniestro. Hasta la mismísima Hillary Clinton confesaba públicamente en 2009: "Nosotros somos quienes hemos creado Al Qaeda". Con absoluta frialdad. Con absoluta indiferencia. Después de dicha afirmación, no se le cayó la cara de vergüenza. No fue repudiada como lideresa política internacional. Su discurso no fue criticado. El mundo occidental no sufrió ninguna alarma. Y así seguimos. Continuaremos en siguientes entregas. 

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Published by Rafael Silva - en Política
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