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13 febrero 2017 1 13 /02 /febrero /2017 00:00
Por la senda del Pacifismo (37)

Creo que junto con toda la comunidad internacional debemos condenar una política que no hace sino aumentar la tensión, una política que amenaza la integridad territorial de los Estados, una política de doble rasero cuando quienes hablan de determinados valores los pisotean ellos mismos. Estoy convencido de que solo así tendremos en el mundo más responsables políticos que luchen verdaderamente por la paz, en vez de solo hablar de la paz para enriquecerse vendiendo nuevos sistemas de armamento y militarizando tal o cual región

Petro Simonenko (Secretario General del Partido Comunista de Ucrania)

Los actos terroristas, en fin, que violentan la paz social occidental no son más que el fiel reflejo de nuestro fracaso como sociedad. Sociedades violentas (no aquí sólo en el sentido terrorista ni belicista, sino el pleno sentido, es decir, sociedad que trata mal a sus conciudadanos/as) que sólo pueden engendrar individuos violentos, en una perversa escalada que o somos capaces de reorientar, para que podamos detenerla, o acabará con todos nosotros. Pero en cambio, no se plantean cuestiones profundas, no se buscan las auténticas causas, no se buscan responsables. ¿No se hace porque no se sabe, o porque no se quiere saber? Claro que se sabe. El complejo militar-industrial, una gran pieza del sistema belicista de la que hablaremos profundamente en su momento, no ha hecho más que crecer desde la Guerra Fría, así como el volumen de las agencias estatales relativas a la seguridad. El historiador británico Perry Anderson, como recoge Grégoire Laliou en su artículo de referencia, nos recuerda que entre la época de Truman y la de Reagan, el personal de la presidencia fue multiplicado por diez. Los miembros del Consejo de Seguridad Nacional actual (más de 200 personas) son casi cuatro veces más que en los tiempos de Nixon, de Carter e incluso de Bush padre. La CIA, que se ha desarrollado de forma exponencial desde su creación en 1949 y cuyo presupuesto se ha multiplicado por más de 10 desde la época de Kennedy (4.000 millones de dólares en 1963 frente a 44.000 millones en 2005), y es de hecho un ejército privado a disposición del Presidente, cuya dimensión real permanece en secreto. 

 

La obsesión norteamericana por la seguridad es esquizoide, enfermiza, patológica, obsesiva, demencial, injustificada. La desaparición del clásico enemigo soviético no ha frenado la escalada armamentista, como hubiera sido lógico. La maquinaria siempre ha de estar bien engrasada, y es una maquinaria cada vez más compleja, cada vez más bestial. Fuerzas especiales presentes en más de 100 países de todo el mundo, un presupuesto militar superior (del orden de tres veces más como mínimo) al de todas las grandes potencias reunidas, dispositivos de infiltración, de espionaje, técnicas sofisticadas de informatización de datos, de vigilancia, un personal cada vez más especializado en dichas técnicas, y un conjunto de analistas civiles y militares cuya única misión es revisar, redefinir, desarrollar y actualizar los objetivos de la gran estrategia de seguridad nacional. ¿No parecería estar justificado que el resto de países, al menos, desconfiaran y pidieran explicaciones sobre tan ingente actividad secreta? ¿En qué se justifica todo ese despliegue? ¿Sufrimos tan reales e inmensas amenazas? ¿No parecería que estuviéramos preparándonos para luchar no con personas, sino con otro tipo de enemigos desconocidos y peligrosos? Todo muy absurdo. Las únicas amenazas son hombres y mujeres de carne y hueso, de todo el mundo, que se merecen no que hagan cosas por su país (como muy mezquinamente afirmara el Presidente Kennedy), sino que su país haga cosas por ellos. Que sean bien tratados, que sus derechos humanos sean absolutamente respetados, que sean cuidados y respetados, que vivan en paz en el pleno sentido de la palabra. 

 

Ese es exactamente el único engranaje que falla. Porque es el engranaje al que no le prestan atención, y en pos de subliminales amenazas de terceros países o razas "de naturaleza maligna", con sus diferentes religiones, se despliega todo ese arsenal, todo ese increíble y maléfico montaje. ¡Basta ya de tanta hipocresía! Pero claro, ahí están los halcones del Pentágono para justificar la creciente dotación presupuestaria para su complejo militar-industrial, recurriendo y apelando a razones y motivos de naturaleza ideológica, de superioridad moral de Occidente, de gendarme mundial (en el caso de Estados Unidos), y en todo caso, de tipo imperialista. ¡Dejemos de confundir y apelar a espurios motivos para ocultar la tremenda realidad! El complejo militar-industrial no tiene ninguna filosofía, ningún valor moral o ideológico. Existe sólo para crecer y crecer, cual peligroso e incontrolable monstruo, que tiene una necesidad desesperada de ser alimentado, de desplegar su poderío, de demostrar su fortaleza. Y así, Roland De Bodt finaliza y concluye su argumento en torno a la falacia del supuesto "choque de civilizaciones" en los siguientes términos: "...el choque de civilizaciones no es ni el descubrimiento de una ley intangible del Universo, ni el producto natural de la historia acumulada de los pueblos, ni el resultado demostrado de la investigación científica; el choque de civilizaciones es, después de la Segunda Guerra Mundial, el éxito más conseguido del pensamiento dominante y de la acción publicitaria en el mundo". 

 

Pero claro, ese monstruo necesita demostrar de algún modo la gran tarta de presupuesto que consume, y lógicamente, se emplea bien en demostrarlo. Aquí tenemos por ejemplo (traducido de un artículo de GlobalResearch) este magnífico compendio que nos hace el medio digital diario Octubre en este artículo, que pasamos a resumir. El titular ya da perfecta idea de la dimensión: "Estados Unidos ha matado a más de 20 millones de personas en 37 naciones desde la Segunda Guerra Mundial". A ver qué otro país del mundo iguala ese perverso ratio, ese indecente récord. Pensamos que ni siquiera el pueblo estadounidense es consciente de estas cifras. Prácticamente todas las partes del mundo han sido objeto de la intervención directa (invasiones, guerras, bombardeos, sanciones, etc.) o indirectas (negociaciones, injerencias, tramas, chantajes, presiones, etc.) de Estados Unidos. La lista es interminable, y esa lista continúa. La senda del pacifismo debe tener como uno de sus grandes objetivos detener esa lista: fomentar el respeto, el principio de no injerencia, el trato igualitario y democrático hacia todos los ciudadanos de los países, continentes y religiones que habitan nuestro planeta. Pero la senda del pacifismo no considera que esto sea una meta (al igual que no lo es la felicidad en el ser humano), sino que el pacifismo es una actitud, un cambio de rumbo, una nueva determinación, un nuevo enfoque, si de verdad queremos detener esta sinrazón y esta barbarie terrorista. La solución somos nosotros. Las poblaciones, los gobernantes, los líderes mundiales, que han de pensar y atacar la solución de los problemas desde otra índole, desde otras perspectivas, desde otros valores, desde otros objetivos. 

 

La solución somos nosotros mismos. El pacifismo es una filosofía de acción constante, de propagación constante. Hay que preguntarse hasta la extenuación la gran cuestión: ¿Por qué? Y preguntársela de forma recursiva, es decir, yendo al por qué del por qué, así hasta llegar a la causa real, última y definitiva de la cadena. Y todo ello hay que hacerlo sin prejuicios, sin sectarismos, sin demagogias, sin falacias, sin mentiras, sin otro interés que la senda pacifista. Basta ya de poner los buenos a un lado y los malos a otro, como de nuevo está volviendo a hacer (y esta vez, aún de forma más descarada) el mafioso norteamericano que han elegido como Presidente, Donald Trump. Se pretende así que aceptemos la guerra mundial contra el terrorismo como una santa cruzada, como un fin en sí mismo, como una liberación. Nada de eso tiene sentido. Detrás de toda esa insistente retórica se esconden intereses económicos, políticos, geoestratégicos y militares. Intereses imperialistas, en una palabra. Porque a pesar de que las guerras son la semilla que fomenta el odio, la venganza, el horror y el miedo, para ellas siempre hay dinero. En aras a la "seguridad nacional" se sacan fondos de donde sea. No ocurre lo mismo cuando se trata de controlar los activos financieros, de erradicar las hambrunas, de contribuir a la ayuda al desarrollo, o de garantizar los derechos humanos. Sin embargo, nuestros dirigentes se empeñan en seguir por este equivocado camino. Juegan con nuestros miedos, apelan a nuestra seguridad, nos instrumentalizan para justificar sus terribles prácticas. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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