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17 febrero 2017 5 17 /02 /febrero /2017 00:00
Viñeta: ENEKO

Viñeta: ENEKO

Para garantizar la protección de las personas más pobres necesitamos intervenciones públicas valientes que, guiadas por el objetivo de construir un mundo más justo y equitativo, hagan frente a las verdaderas causas de la crisis

Oxfam Intermón (Documento "La Trampa de la austeridad")

En el último artículo de la serie comenzamos a rebatir algunos de los argumentos que "disculpan" y justifican la desigualdad, apoyándonos en este artículo del economista Luis Molina Temboury. Continuaremos por el argumento que dice que "La pobreza se está erradicando". Bien, es cierto que algunos países, de forma aislada, precisamente a raíz de tomar el poder fuerzas políticas de ideario socialista (como Cuba o Venezuela), han conseguido eliminar bastante, incluso erradicar, la pobreza extrema, e incluso (casi) universalizar los derechos humanos a la educación o a la sanidad. Pero tal como explica Molina Temboury, a primeros del actual milenio las cifras de hambre en el mundo eran tan escandalosas que los líderes mundiales decidieron tomar cartas en el asunto. Como referencia se estableció que la pobreza extrema significaba ingresar menos de 1,25 dólares al día. En 1990, 1.900 millones de personas ingresaban menos de esa cifra. Y hoy día, más de 25 años después, algunos celebran que la pobreza se haya reducido porque muchas personas hayan superado ese ridículo umbral en pocos céntimos. La verdad es que el hambre y la pobreza, a nivel global, siguen siendo vergonzantes. La pobreza relativa, creciente desde la adopción de políticas neoliberales, se ha disparado con la crisis. Y la desigualdad patrimonial, en la que insistíamos en el artículo anterior, sigue progresando. Hemos establecido "lo que se debe tener" como mínimo (que tras 25 años todavía no se cumple), pero aún no hemos establecido un tope a "lo que se puede tener".

 

En esa misma línea, tenemos el argumento que dice que "La desigualdad será un problema en los países pobres, pero no aquí". De nuevo, se equivoca del todo el sentido del término, y se minusvalora la incidencia social del mismo. La desigualdad es un problema en todas partes del mundo, en todas. Lo es en la India, en África, en Oriente y en Occidente, en Europa y en Estados Unidos. Lo único que cambia son los raseros y las consecuencias de sus efectos. En los países ricos, ser pobre significa tener que comer y vestir de la caridad, pero también significa ser obeso por problemas de malnutrición, pasar frío en invierno, no tener la oportunidad de estudiar, o sufrir desprecio, miedo o violencia social. Solemos asociar la imagen de la pobreza únicamente a esos negritos que aparecen escuálidos en las imágenes de algunos países del África subsahariana, pero en otras partes del mundo, la pobreza también se manifiesta en las injusticias, la marginación, el autoritarismo, la exclusión social, la xenofobia, etc. Por su parte, tenemos también el argumento que aboga por que "Siempre ha existido desigualdad, y ahora estamos mejor que en el pasado". Yo lo llamo el argumento "constatador". Suelen hacerlo las personas que quieren dar un argumento elegante, pero sin mezclarse en el asunto. Los argumentos "constatadores" se limitan a indicar hechos, pero no a implicarse en sus verdades. Por ejemplo, una variante del mismo es aquél que dice (muy esgrimido por los esbirros de la derecha) que "De todas las crisis se ha salido aumentando las desigualdades". Lo cierto es que si todos aludiéramos a los argumentos "constatadores", el mundo nunca habría evolucionado. Los argumentos de este tipo no nos convencen a los que, como el Che Guevara, nos conmociona ver las injusticias sociales. 

 

Bien, ¿cuál sería la respuesta para dicho argumento "constatador"? Pues es muy fácil: que algo relativo siga ocurriendo (lo podemos extrapolar al machismo, por ejemplo) no disculpa la inacción, y pobre consuelo es compararse con lo peor. De hecho, estamos peor que cuando ocurrían las hambrunas del pasado, porque entonces no había suficiente comida para todos. En pleno siglo XXI, está demostrado que existen recursos alimenticios, tierra y semillas para alimentar a más población de la que habitamos este planeta. Por otra parte, se tira la comida en el mundo occidental, mientras muchos pasan hambre en otras partes del mundo. Por tanto, la situación no es "mejor" que antes. El hambre y la desigualdad de hoy son especialmente sangrantes, porque está empíricamente demostrado que son perfectamente evitables. Otra cosa es que no exista voluntad política para implementar las medidas que resolverían el problema. Bien, tenemos también el famoso argumento "economicista", que puede enunciarse como "Centrémonos en el crecimiento, que la desigualdad, si fuese un problema, ya se resolverá". Esto del "crecimiento económico", que repiten como un papagayo la gentuza de la derecha política, social y mediática de nuestro país, es, de nuevo, otra falacia. Ese crecimiento económico no es ninguna solución, primero porque el planeta ya no lo soporta desde un punto de vista ecológico, y segundo, porque son los que avalan ese "crecimiento" los avalistas de la desigualdad, porque crecer para que una minoría acapare de forma escandalosa los beneficios de ese crecimiento no hace sino seguir disparando las desigualdades. Un crecimiento justo y sensato, de entrada, debiera poner freno y límite a la acumulación constante de patrimonio, como ya hemos comentado más arriba. 

 

Vamos a continuar con los argumentos que Molina Temboury clasifica dentro de los que exaltan y legitiman el poder de los más ricos, demonizando a su vez a los pobres. Primero tenemos el argumento que nos dice que "Los más grandes ricos han conseguido lo que todos deseamos". Se parte de entrada de una extravagante presunción (lo mismo se aplica a la corrupción), porque se parte de la premisa (equivocada) de que todos deseamos enriquecernos de forma desmesurada, cosa que no es tal. En el fondo, es una forma encubierta de legitimar el sucio y perverso capitalismo. Pero en realidad, la gente, también en el "civilizado" Occidente, lo que desea es poder cubrir sus necesidades. Molina Temboury argumenta que si se pregunta a las mujeres pobres de África qué desearían, es probable que contesten que una cabra para que sus hijos tomen leche todos los días, antes que mucho dinero, una casa estupenda, lujosos coches o joyas. Sin embargo, no parece que fuera eso lo que necesitaban los Consejeros de Caja Madrid implicados en el escándalo de las Tarjetas Black. Las necesidades mínimas a las que todo el mundo debe poder acceder son las que un sistema globalizado de derechos humanos debe garantizar, porque el resto son necesidades relativas. Y así, bajo un sistema que premia la ambición infinita, algunos predican que todos aspiramos a ser los ricos más ricos, pero no es cierto. Los que lo desean, de hecho, son ya víctimas terminales de ese cáncer que es el capitalismo. 

 

Por su parte, hay quien arguye directamente que "Los grandes ricos son los mejores, los héroes de nuestro tiempo". Eso ocurre (ya lo explicamos en el primer gran bloque temático de esta serie de artículos, dedicado a los ricos y su poder) porque el sistema legitima la visión positiva que hemos de tener hacia los ricos, constituyendo éstos auténticos referentes en cuanto a nuestras metas sociales, nuestros objetivos y nuestros modos de vida. Sin embargo, ya vimos entonces que lo que una sociedad justa debe hacer es recortar ese tremendo poder de los ricos, y poner límites a su riqueza y a su patrimonio, precisamente para poder garantizar globalmente que todos satisfacen sus necesidades mínimas. Pues bien, otro típico argumento (éste también muy difundido entre los empresarios) es que "los grandes ricos son paladines creadores de riqueza y empleo". De nuevo, se trata de otra manipulación del pensamiento dominante. Lo que no dicen es que muchos de los grandes ricos incrementan sus fortunas pagando salarios de miseria en países pobres, hacia los cuales han deslocalizado previamente sus empresas. Otros muchos apostando al casino financiero, a menudo con ventaja. Lo que no dicen es que muchos de los negocios de estos grandes ricos son auténticos peligros para la humanidad, para el medio ambiente, para los animales, para las tribus indígenas. Son negocios nefastos, como el petrolero o el armamentístico, que degradan la naturaleza o envilecen a la sociedad. Tampoco se dice que la inmensa mayoría de los grandes ricos han heredado sus fortunas. Como vemos, no es oro todo lo que reluce. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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