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22 febrero 2017 3 22 /02 /febrero /2017 00:00
Viñeta: http://www.ecorepublicano.es/

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El pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla. Los crímenes contra la humanidad no se pueden olvidar. Intentar tapar esa herida con el olvido es un error o un intento de ocultar a los criminales. Eso solo nos lleva a una sociedad fragmentada y dividida. A más de ochenta años de aquel Golpe de Estado, plantear justicia y reparación es lo mínimo que se puede pedir por higiene democrática y Justicia Histórica

Marcos González Sedano

La Segunda República, por tanto, acabó violentamente. Fue ultrajada, interrumpida por las violentas fuerzas del alzamiento militar. Pero en 1939 acabaron solamente las bombas, los tanques y las batallas. Porque nos quedó durante cuarenta años más un cruel dictador genocida que nos gobernó (él y toda su despreciable camarilla) a sangre y fuego, causa principal de que el pensamiento dominante aún arrase en nuestro país. Pero muchos mantenemos la llama que permitirá, parafraseando a Salvador Allende (otro gobernante asesinado para instalar a un vil dictador), que el hombre libre se vuelva a pasear por las grandes alamedas. Todo el imaginario colectivo fue migrando hacia la conversión de las ideas de los vencedores de la Guerra Civil en las ideas dominantes, simplemente porque las ideas dominadas fueron aplastadas y enterradas en cunetas. Ellos se llamaron los "nacionales", se apoderaron de la victoria, que recordaban en un desfile cada año, se apoderaron del sentido de país, del concepto de patria, del sentimiento y del "espíritu" nacional, reconfigurando el concepto de la patria al servicio totalitario de sus fanáticas ideas. En cambio, los "rojos" (nombre que se usa todavía con desprecio y en sentido peyorativo por los fascistas actuales, agrupados en torno al Partido Popular), los republicanos, los creyentes en la equidad y en la justicia social, se vieron obligados al exilio, a la muerte, a la tortura, al escarnio público, a la cárcel, o en el mejor de los casos, a vivir asumiendo el silencio sobre sus ideas, si querían una mínima paz en su existencia. 

 

Una paz oscura, forzada y dictatorial, una paz secuestrada por un régimen inhumano, a la que todavía tienen la osadía de referirse algunos. Y durante casi cuarenta años, en los colegios, cada 2 de noviembre, día de los difuntos, los escolares (esta práctica se daba sobre todo en los ambientes rurales) eran conducidos en masa a la iglesia principal. Allí los alineaban en sentido militar, y tras algunas proclamas, rezos y discursos, brazo en alto incluido, al modo fascista, les hacían cantar el "Cara al Sol", el famoso himno de los triunfadores. Todos ellos eran actos en recuerdo y homenaje a los "Caídos por Dios y por España", todos ellos del bando "nacional", es decir, fascista, porque los "rojos" jamás fueron homenajeados, ellos no cayeron ni por Dios ni por España, claro. Ellos cayeron por defender la libertad y a un Gobierno republicano legítimo, que fue violentamente derrocado. Pero en cambio, ellos fueron los parias, los olvidados, los que no tenían ni siquiera tumbas donde irles a llorar. Y hoy día, a más de 41 años de la muerte del dictador, esos herederos de los vencedores continúan dominando nuestras vidas, continúan campando a sus anchas, con una soberbia y una autoridad implacables, pues todas las Instituciones del Estado continúan a su servicio. Por eso, los actuales gobernantes siguen oponiéndose a que se desentierren los cuerpos, y sobre todo, las ideas. Porque en el fondo, les siguen molestando las ideas de la izquierda, quieren seguir enterrándolas, discriminándolas, escondiéndolas, marginándolas. La dictadura de hoy día ya no necesita bombas ni cañones, es la dictadura del capital, que posee tanta o más fuerza que la militar. 

 

La recuperación de la Memoria reciente de nuestra historia es fundamental, para que comprendamos de dónde venimos, por qué pensamos como pensamos, por qué hemos llegado hasta aquí. Pero los efectos de aquélla terrible devastación física y mental todavía perduran, y por tanto, sufrimos los efectos colectivos de la desmemoria, de la descontextualización de nuestro pensamiento, de nuestro pasado, de nuestro presente y de nuestro futuro. Y así, cuando actualmente surgen corrientes de pensamiento de izquierda, socialistas y republicanas, olvidamos que gran parte de este ideario (lógicamente, contextualizado en su época) ya estaba presente en la Segunda República. Olvidamos que el modelo educativo, el modelo social, la vocación pacifista, el modelo de libertades públicas, el reparto de la tierra y de los bienes comunes, los derechos de las mujeres, y un largo etcétera, ya estaban presentes en aquél legítimo y democrático Gobierno que la derecha intolerante y fascista derrocó mediante aquél golpe militar y aquélla devastadora guerra. Un alzheimer colectivo que afecta también a los partidos políticos, como ese engendro en que se ha convertido el actual PSOE, que hace décadas que olvidó el verdadero ideario socialista, para alinearse primero con la estulticia de la socialdemocracia, y después con el más descarnado neoliberalismo, renunciando a los grandes objetivos, principios y valores de la izquierda, aunque todavía tengan la osadía de mencionar a su fundador histórico Pablo Iglesias, sin que se les caiga la cara de vergüenza. 

 

Hemos de recuperar imperiosamente la Memoria, la memoria colectiva de un pasado que fue brutalmente destruido por unos salvajes militares, apoyados por una Iglesia intolerante, y los sectores más conservadores de los estamentos sociales. Una memoria que hemos de recuperar si creemos que otro sistema es posible, que otra economía es posible, que otro sistema de valores es posible. Pero desgraciadamente, la única memoria que queda viva hoy día es la de ese cruel dictador y sus secuaces, ya que mediante una presencia institucional y pública de monumentos, símbología, nombres de calles, nombres de pueblos y reconocimientos públicos, la memoria de la dictadura perdura en nuestra sociedad. Por no hablar de la falta de voluntad política para llevar la verdad, la justicia y la reparación a todos los familiares de las víctimas de aquél horrible genocidio. Una falta de voluntad política auspiciada, sobre todo, por la presencia, aún mayoritaria en las instituciones públicas, de personajes procedentes de la antigua Alianza Popular (partido fundado por Manuel Fraga, ministro franquista), que luego fuera Partido Popular, con cuya denominación llega hasta nuestros días. La más reciente escisión por su derecha ha sido la formación política VOX, pero podemos afirmar que desde la desaparición de la antigua Fuerza Nueva de Blas Piñar, todo el arco político y social de la derecha (desde la más suave hasta la más extrema) se agrupa en torno al PP. Por eso en nuestro país, a diferencia de muchos países europeos, no existen más partidos de extrema derecha, pues todos están alineados en torno al PP. Ellos son los herederos del franquismo, ellos son los que se niegan a condenar de manera firme la dictadura, y ellos son los que se niegan a cumplir todos los mandatos de la actual Ley de Memoria Histórica. 

 

Porque en efecto, tal como nos recuerda este artículo de Xavier Caño Tamayo, el programa político inicial de Alianza Popular recogía la unidad de la patria, el orden público, la prevalencia de la familia tradicional, la Monarquía, la libre empresa (así es como llamaban al salvaje capitalismo), la educación en manos de la Iglesia Católica, y la moral sexual reprimida (incluyendo la homofobia, por supuesto). Pero dado el obligado carácter "aperturista" (un disfraz de aperturismo) de la Transición, su fundador Manuel Fraga impulsó un intenso maquillaje del anacrónico ideario de AP, y así, en un Congreso de refundación de 1989, Alianza Popular pasó a llamarse Partido Popular. Pero seguían los mismos perros, los mismos ladridos, aunque con diferentes collares. Unos collares que aparentaban ser más modernos, pero que obedecían al más rancio conservadurismo de siempre. Pero poca gente recuerda que mucho antes, en octubre de 1976, el acto fundacional de Alianza Popular finalizó con todos los asistentes al mismo coreando gritos de "¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!". Sin más comentarios. ¿Esclarecedor, quizás? Según el Derecho Internacional y la legalidad emanada de la ONU, el franquismo fue ilegal por alzarse en armas contra el gobierno legítimo de la República. Concretamente, la Resolución 39 (I) de Naciones Unidas de 9 de febrero de 1946, aprobada por unanimidad por la Asamblea General, afirma que el régimen de Franco fue impuesto por la fuerza de las armas al pueblo español. Según la ONU, el franquismo cometió crímenes contra la paz, crímenes de guerra y de lesa humanidad. El catálogo del genocidio se cumple al completo. Y según la Resolución de la ONU de 2 de octubre de 1997, el franquismo violó sistemáticamente los derechos de las víctimas de la represión y de sus familiares. Pero aún hay más. El 17 de marzo de 2006 la Comisión Permanente del Consejo de Europa aprobó unánimemente la condena de la dictadura franquista por "múltiples y graves violaciones" de los derechos humanos perpetradas en España desde 1939 hasta 1975. La condena reconoce que "hay pruebas suficientes de graves y numerosas violaciones de Derechos Humanos, cometidos por el régimen franquista, y asumir el pasado no es sólo retirar símbolos de la dictadura de lugares públicos. Ha de haber un juicio del régimen franquista que desemboque en una condena sin ambigüedad". Así de claro. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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