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16 marzo 2017 4 16 /03 /marzo /2017 00:00
Fuente Viñeta: http://manodestacionescap.blogspot.com.es/

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Tener fe y confianza son hábitos peligrosos. Todas las instituciones dedicadas a nuestro adiestramiento presentan la fe y la confianza como virtudes. Quien cree y se fía es buena persona, dicen los de arriba. Para el adiestramiento en la fe y en la confianza se introdujo también la enseñanza de la religión

Vicente Romano (“La formación de la mentalidad sumisa”)

Nos encontramos en la recta final de ya extensa serie de artículos. Sólo nos queda tocar unos pocos asuntos para intentar (siempre se nos quedarán muchas más cosas en el tintero, aunque intentamos recoger una radiografía fundamental) redondear la imagen que queremos ofrecer sobre la fortaleza y las herramientas aliadas del pensamiento dominante. Y otro tema que domina buena parte de nuestra vida pública y privada, instaurado también bajo el dominio del pensamiento único, es el relativo a la religión. En la actualidad, existen alrededor de 10.000 religiones en nuestro planeta. Y cuatro de cada cinco personas en el mundo se definen a sí mismas como religiosas. Por tanto, es fácil concluir que el pensamiento dominante, a nivel internacional, está muy ligado al culto a estas religiones. Evidentemente, unas tienen más peso que otras, y no todos los países se enfrentan a este fenómeno de la misma manera. De hecho, las principales religiones (cristianismo, islamismo e hinduismo) aglutinan aproximadamente a dos tercios de la población mundial actual. Precisamente, comentamos ya hace unos cuantos artículos que una característica del dogma neoliberal es convertir casi en fe sus preceptos. Es lógico que se apoye y se refuerce por tanto en la mentalidad de individuos que ya son proclives a cualquier religión, pues la fe, como sabemos, es el campo de la religión por excelencia, aquél donde ésta puede brillar con luz propia. 

 

En efecto, desde la base del propio modelo educativo, el sistema nos prepara para la fe. La religión (todas, no sólo la Católica) nos introduce en el mundo de lo inmaterial, de lo oscuro, de lo imperceptible, de lo milagroso, de lo sobrenatural, de lo divino. Todo lo contrario de lo que propugnamos desde una mentalidad racional. Y de esta forma, más allá de los preceptos fundamentales que cada religión nos brinde, se nos va imponiendo también, poco a poco, cierta moral, cierta escala de valores, cierta visión del mundo. Y todo ello no sería un problema tan grave si quedara únicamente en el ámbito familiar, íntimo y privado, lo peor de todo es que, a lo largo de la Historia, la religión ha llegado a tener tanto poder, que su influencia ha sobrepasado el ámbito del culto íntimo, privado y familiar, para pasar al ámbito de lo público, de lo oficial, de lo gubernamental. Voy a seguir a continuación algunos pasajes del fantástico texto "La democracia en España: engaño y utopía", de Francisco Badarán, en las páginas que se refieren a la Iglesia Católica y su nociva y tóxica influencia en nuestra sociedad. Ya durante la dictadura franquista, la identificación del poder civil y eclesiástico fue tal que, por ejemplo, el régimen, en connivencia con la Iglesia, impedía estudiar una carrera técnica o universitaria a las personas que no habían sido bautizadas. Es sólo un ejemplo de hasta dónde llegaban los tentáculos del nacionalcatolicismo, durante aquélla etapa negra de nuestra historia reciente. Pero vengámonos al presente, ya que en muchos otros artículos ya hemos analizado (y continuamos haciéndolo) el perverso papel de la Iglesia durante la historia de la humanidad. 

 

La Constitución de 1978, esa con la que tanto se llenan la boca nuestros gobernantes, en su artículo 16, garantiza la libertad religiosa y en su párrafo 3 afirma que "Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones". Sin ir más lejos, y ateniéndonos a esta lectura, el Concordato renovado en 1979 ya sería de dudosa constitucionalidad. La realidad actual es que la Iglesia continúa disfrutando de unos privilegios absolutamente impropios en un régimen que se reconoce como democrático. La situación la hemos relatado en profundidad en nuestra serie de artículos "El inmenso poder de la Iglesia Católica", al que remito a mis lectores/as. Por tanto, no insistiremos más aquí sobre estos asuntos. El talante y la ideología fascista de la Iglesia española aflora de vez en cuando a la luz pública, cuando algún jerarca de la misma decide expresar en alto lo que piensa. Algunas de ellas ya fueron analizadas en este artículo de nuestro Blog, al que también remito a los lectores y lectoras interesados/as. Evidentemente, la Iglesia Católica no es una institución democrática. En primer lugar, tal como afirman Blaschke y otros (1992, La caída del Imperio Vaticano, Robin Book): "Nadie está capacitado, por muy creyente que sea, a decir a los demás lo que deben hacer, lo que deben pensar, y más aún, cómo se deben comportar". El hacerlo contraviene la noción de religión como una opción personal ajena a jerarquías y acerca la Iglesia a la categoría de secta. 

 

Como hemos apuntado, su doble condición de poder religioso y poder civil le permite realizar, además de una acción pastoral, una actividad diplomática mediante la cual ha podido establecer convenios (Concordatos) con diversos Estados, mediante los cuales ha conseguido privilegios que insultan a la inteligencia y a la democracia. Esta dualidad diplomática-pastoral le permite a la Iglesia realizar actividades sorprendentes. Así, por ejemplo, un Papa puede visitar oficialmente un país en calidad de Jefe de Estado, y una vez dentro puede, en muchos casos, hablar públicamente a una muchedumbre de fieles en términos de carácter político, llegando incluso a cuestionar determinadas leyes del país que visita. Y no pasa nada. El pensamiento dominante blinda la acción de las religiones, las consagra como algo divino, las protege de los ataques, y les concede todos estos privilegios. Por su parte, la estructura del "Estado" del Vaticano es profundamente antidemocrática, siendo la cúpula del alto clero quien elige al Papa, el cual detenta todos los poderes (ejecutivo, legislativo y judicial). Esta estructura se mantiene dentro de la Iglesia, en la que los fieles no participan en absoluto en el gobierno de la institución. Por otro lado, la Iglesia incumple derechos humanos fundamentales, ya que a sus ojos, no todos los seres humanos somos iguales en dignidad y derechos, existiendo aún hoy día una radical discriminación de la mujer, que no puede acceder al sacerdocio, y por tanto, al gobierno de la Iglesia. También han condenado siempre al mundo de los colectivos LGTBI, contra los cuales han protagonizado auténticos y furibundos ataques. 

 

Y en cuanto a la libertad de expresión, de lectura y de manifestación, resaltemos el hecho de que hasta 1966, en el mundo católico existía un "Índice de libros prohibidos", creado por la Inquisición en 1559, en el que se prohibía a los católicos la lectura de obras de autores tales como Spinoza, Diderot, Voltaire, Zola, Balzac, Flaubert, Dumas, Sastre, o Descartes, entre otros muchos. Por supuesto, estos libros fueron difíciles de conseguir en España durante la época franquista. Y en la actualidad, la Iglesia Católica posee y dicta aún normas para regular las posibles lecturas de libros por parte de sus fieles. Y por supuesto, estos mismos "monseñores" que dictan que "la vida humana es sagrada", son los mismos que apoyaron el "glorioso alzamiento nacional" franquista, que ahora apoyan sin fisuras la globalización neoliberal que tantas muertes provoca, y son también los mismos que condenan la eutanasia, el aborto y el uso del preservativo para controlar la natalidad o evitar el sida, condenando a la miseria y a la muerte a millones de personas. Hasta esos límites llega su indecencia. Ante vulneraciones tan graves a los derechos humanos tales como las que acabamos de describir, es difícil pensar que un dirigente eclesiástico católico pueda ser respetuoso con la democracia. La jerarquía católica cree y defiende que tiene la Verdad, con mayúsculas, y no respeta que otras personas puedan creer en su propia verdad, y estar sujetas a principios éticos diferentes a los suyos. En el fondo, lo que existe es un profundo miedo a perder sus privilegios y su status quo, en definitiva, a que acaben con su escandaloso chiringuito de poder y de influencias. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Psicología
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