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24 marzo 2017 5 24 /03 /marzo /2017 00:00
Arquitectura de la Desigualdad (30)

La desigualdad se da por la extrema riqueza de un reducidísimo grupo de la población, una fracción del 1%. Esto no solo es extremadamente injusto por sí mismo, la desigualdad tiene consecuencias muy negativas en la sociedad como conjunto, porque el hecho mismo de la desigualdad tiene un efecto corrosivo, nocivo sobre la democracia

Noam Chomsky

Entiendo que mis lectores y lectoras, llegados a este punto en esta serie de artículos, tendrán bien claro, a tenor de todo lo que hemos expuesto hasta ahora, que reducir la brecha que separa a las personas más ricas del mundo con respecto a las más pobres, es un imperativo crucial de nuestro tiempo, si pretendemos conseguir una sociedad más justa. En demasiados casos, además, el futuro de los niños (de los que también hablaremos en el bloque dedicado a la pobreza infantil) que nacen hoy día en muchos países del mundo está claramente condicionado por los bajos ingresos de sus padres, por sus limitaciones y por sus circunstancias, así como por su género y su raza. Y también espero que tengan claro que la desigualdad no es ninguna maldición bíblica, sino el resultado absolutamente previsible del desarrollo e implantación de una serie de políticas públicas ejecutadas por los gobiernos de sus respectivos países, dentro del contexto mundial globalizado, y auspiciado por una serie de instituciones y organismos internacionales, dedicados también a perpetuar dichas políticas que delimitan esta arquitectura social de desigualdad. La desigualdad no es inevitable. Es un problema que puede resolverse. Las cifras están perfectamente estudiadas, las posibles soluciones también. Sólo hace falta la ración oportuna de voluntad política para llevarlas a cabo. 

 

Todo ello es extensible, como también hemos expuesto, al ámbito internacional. Porque el problema de la desigualdad es un problema mundial, globalizado, internacional. Y la proyección hacia el conjunto de la población es un fenómeno perfectamente estudiado. Un niño que nazca en una familia rica, incluso en los países más pobres, irá a los mejores colegios, y recibirá la mejor atención médica si se pone enfermo. Todo ello incidirá en su nivel de vida, que se proyectará en su futuro más inmediato, abriendo un abanico de posibilidades al que los niños pobres, simplemente, no tendrán acceso. Al mismo tiempo, las familias más pobres verán cómo enfermedades fácilmente prevenibles y curables les arrebatan a sus hijos, porque no tienen dinero para pagar su tratamiento médico. La realidad es que, en todo el mundo, las personas ricas disfrutan de vidas más largas, sanas y felices, estables y protegidas, y pueden utilizar su riqueza para contemplar cómo sus hijos disfrutan y proyectan el mismo tipo de vida. Somos muchos los que entendemos que esta situación no puede continuar. A nivel mundial, y dentro de cada país, avanza la conciencia colectiva de los peligros de la desigualdad, pero aún no se ha llegado al pleno convencimiento de que es necesaria una actuación firme y decidida para abolir las actuales políticas responsables de tal fenómeno. 

 

La concentración de riqueza en manos de unos pocos pone también en riesgo nuestra capacidad para expresar nuestra opinión y participar en la gestión de la sociedad en la que vivimos, porque la desigualdad también es firme enemiga de la democracia. Los ciudadanos y ciudadanas más ricos pueden utilizar su poder económico y la capacidad de influencia inherente al mismo (bajo los terribles valores de una sociedad capitalista brutal como la nuestra) para manipular las leyes y las decisiones políticas en su favor, fortaleciendo aún más su posición, con lo cual la sociedad toma un peligroso rumbo en espiral que avanza hacia la polarización social cada vez más extrema. Tanto en los países ricos como en los países pobres, el dinero confiere poder y privilegios a costa de los derechos de la inmensa mayoría de la población. Y la corrupción también es una poderosa aliada de todo este despliegue. Hoy día, los gobiernos electos en la mayoría de países del globo representan los intereses de una élite social acomodada, de una minoría poderosa, mientras desatienden su obligación de garantizar un futuro digno al conjunto de la ciudadanía. Si cada persona que nace no ha elegido su lugar de nacimiento, su sexo o la riqueza y educación de sus padres, son los gobiernos los que tienen la obligación de intervenir para que las oportunidades de futuro de los ciudadanos no sean tan diferentes.

 

Como también hemos señalado en artículos anteriores, los efectos perversos de la extrema desigualdad se dejan notar en multitud de aspectos. Las consecuencias son destructivas para todo el mundo, ya que la desigualdad extrema corrompe la política, frena el crecimiento y reduce la movilidad social. Además, fomenta la delincuencia e incluso los conflictos violentos. Desaprovecha el talento y el potencial de las personas, y debilita los cimientos de la sociedad. Decididamente, sólo es posible mejorar la vida de la mayor parte de la población mundial si hacemos frente a la extrema concentración de riqueza y poder en manos de una élite poderosa. Las normas y sistemas que han dado lugar a la actual explosión de desigualdad tienen que cambiar. Son necesarias medidas urgentes en varios planos, que consigan corregir la situación, a través de la aplicación de políticas que redistribuyan los recursos y el poder de manos de las élites a las de la mayoría de la población. Lo que ocurre es que estas élites, que funcionan como una trama perfectamente organizada, entienden cualquier medida de estas características como un auténtico ataque a sus privilegios, con lo cual, ayudados por su poder en todos los planos de la sociedad, cualquier intento de implantarlas es bloqueado y atacado con fiereza. Estas élites llevan desarrollando desde hace décadas un fundamentalismo de mercado como dogma económico, así como un auténtico secuestro democrático al conjunto de la población, con lo cual la concentración de su poder es aún más fuerte. 

 

Y así, la desigualdad económica extrema se ha disparado en todo el mundo durante los últimos 30 años, convirtiéndose en uno de los mayores problemas económicos, sociales y políticos de nuestro tiempo, fuente y raíz de la inmensa mayoría de conflictos que hoy día socavan la convivencia y la armonía de las poblaciones de los diferentes pueblos, países y naciones. Las antiguas desigualdades, más basadas en el género, la casta, la raza y la religión (que ya constituían tremendas injusticias en sí mismas, y que aún continúan existiendo en muchos países) se han visto a su vez agravadas y retroalimentadas por el aumento de estas desigualdades económicas (de renta y de patrimonio) entre ricos y pobres. Los datos son claros en este sentido: actualmente, 7 de cada 10 personas a nivel del planeta, viven en un país donde la desigualdad entre ricos y pobres es mayor ahora que hace treinta años, y en países de todo el mundo, la minoría rica está aumentando cada vez más su participación en la renta nacional. Si no ponemos freno a esta situación, la dramática deriva nos llevará indefectiblemente a un mundo cada vez más salvaje, más desigual, más extremo, más caótico, más ineficiente, más destructivo, más degenerado, más decadente. Llegará un momento en que la sucesiva explosión de nuevos conflictos a nivel de todo el globo (y dentro de cada país) hará imposible una mínima convivencia armónica, y afectarán a todos los planos: político, económico, social, climático, alimentario, cívico, etc., dando lugar a un caos generalizado que será extremadamente difícil de revertir. Hemos de actuar con decisión. La situación apremia. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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