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22 marzo 2017 3 22 /03 /marzo /2017 00:00
Hacia la superación del franquismo (XV)

La oligarquía financiadora del baño de sangre que en los años treinta del siglo XX frenó en seco el movimiento popular que pretendía acotar sus sempiternos privilegios, en los setenta propició, para seguir mandando, el lavado de cara del postfranquismo. De rebote nos robó la Historia y se apropió de nuestra Memoria para imponernos la actual Desmemoria que borra las huellas de su vileza.¡Y con qué éxito!

Juan Rivera (Colectivo Prometeo y FCSM)

Sí, porque la desmemoria histórica que nos invade es obscena e indecente. En nuestro país, muchos Ayuntamientos de pequeñas localidades siguen honrando al franquismo, pero olvidan el hambre, el frío y la represión que tuvieron que sufrir miles de personas por la imposición de un ideal totalitario. Como afirma el historiador segoviano Juan Carlos García-Funes en esta entrevista para el medio La Opinión de Zamora, España aún ignora que aquí hubo campos de concentración y trabajos forzados. En su fuente bebemos para los siguientes datos y conclusiones. A raíz del estallido de la Guerra Civil, sobre todo a partir de 1937, el problema de los prisioneros creció de tal manera que se crearon estos espacios, cuya función principal consistía en hacer clasificaciones para decidir quiénes eran "recuperables" para las filas franquistas, y quiénes eran desafectos al "glorioso movimiento nacional". Estos últimos eran encuadrados, como ya hemos comentado en artículos anteriores, en batallones de trabajadores. En España existieron cientos de recintos al clásico estilo de los campos de concentración nazis, y quizá los hemos ignorado porque se ha querido ver el franquismo como algo diferente al nazismo en Europa, aunque es cierto que la lógica de funcionamiento de los campos españoles era distinta: la gente podía morir trabajando, pero aquí no había cámaras de gas. 

 

Hubo campos de concentración en Astorga, Salamanca, Arévalo, San Bernardo, Medina de Rioseco o Palencia. En Burgos y Soria tuvieron también una presencia enorme este tipo de recintos. Algunos albergaron también a brigadistas internacionales. Funcionaban como una especie de "agencia de colocación" que clasificaba a los reos, al margen de por su ideología política, por la cualificación que tenían. Por ejemplo, si el franquismo necesitaba edificar fortificaciones, precisaba de peones y éstos tenían que ser previamente identificados. A finales de 1937, por poner un ejemplo concreto de cifras, y según datos de García-Funes, de 106.000 prisioneros en total, fueron clasificados como desafectos algo más de 2.000, y como afectos dudosos, más de 50.000. Ambas categorías eran destinadas a trabajos forzados. Realizar toda esta ingente tarea de clasificación conllevaba pedir informes de los prisioneros a las autoridades de sus poblaciones de origen, a los alcaldes y a los curas. Con toda esa información decidían si eran aptos para empuñar las armas con Franco, o por el contrario, eran destinados a trabajar. La actividad de trabajos forzados llegó hasta el año 1942. En todos ellos predominaban las condiciones de hambre, enfermedades, castigos y violencia. Por ejemplo, se ejecutaba a los reclusos bajo el palo de una bandera en presencia de miles de prisioneros. La mortalidad era fruto de una situación de extrema necesidad y violencia. Los reos estaban desamparados y a expensas de las autoridades de los campos. 

 

El Convenio de Ginebra sólo se aplicó a los prisioneros internacionales, pero nunca a los españoles. Pero como decimos, nuestra desmemoria histórica en este sentido es horrenda, y por ejemplo, se está empezando a reconocer la traumática situación que vivieron los más de 10.000 españoles que pasaron por el campo de concentración austríaco de Mauthausen, pero en cambio no se dice nada de los que malvivieron mucho antes en nuestro país. ¿Cómo es posible que las instituciones españolas recuerden a las víctimas del holocausto nazi, mientras se prefiere echar un manto de arena sobre los campos de concentración españoles? Para García-Funes, la clave está en que el nazismo fue derrotado en Europa, mientras que el franquismo perduró aquí durante casi 40 años. Y hoy día, el Estado Español sigue sin reconocer el status de víctimas para estas personas. En fin, la realidad de penosa existencia de los trabajos forzados en nuestro país, así como de los campos de concentración durante la Guerra Civil y la dictadura, continúa siendo otro oscuro objeto de desconocimiento por parte de la inmensa mayoría de nuestra población. Porque al igual que en la época del antiguo Egipto, los presos sufrieron cautividad, enfermedad, látigo, desprecio, hambre y frío, pero también la obligación de tener que levantar todo tipo de construcciones en nombre de un dictador. Esta mano de obra esclava fue fundamental para el levantamiento económico del país, que se encontraba en situación de ruina después de la finalización de la contienda. De este modo, fue importantísimo el flujo económico generado para la España de la posguerra por todos los trabajos que se llevaron a cabo con esta mano de obra forzada y esclava. 

 

Por otra parte, el mundo de la cultura, como también hemos comentado en entregas anteriores, sufrió una fuerte represión. No ya sólo en lo que respecta a los autores e intelectuales en sí, sino también en lo que se refiere a las obras. La represión fascista llegó también, cómo no, a la censura que afectaba a lo que podía o no podía ser leído, visto o escrito. Es algo inherente a todos los fascismos, que lógicamente entienden que la cultura es el arma de liberación del pueblo por excelencia, y por tanto, tiene que ser controlada. Y así, las autoridades franquistas controlaban los libros que se publicaban, y los que ya existían. Se purgaron las bibliotecas públicas y se practicaron quemas de libros. Raquel C. Pico, en este artículo para el medio Librópatas, nos da cuenta de cifras concretas que vamos a comentar. En A Coruña, por ejemplo, se hizo una pira en 1936 con libros de la biblioteca de Santiago Casares Quiroga. Y en 1939, para celebrar la Fiesta del Libro, el Sindicato Español Universitario organizó una quema de libros en la que ardieron, entre otras muchas, obras de Voltaire, Lamartine, Marx, Freud o Rousseau. "¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!" había vitoreado el General Millán-Astray, interrumpiendo al Rector de la Universidad de Salamanca, el gran Miguel de Unamuno, que se enfrentó a tan terrible proclama con la valentía de un héroe. En Barcelona se destruyeron a la finalización de la Guerra Civil 72 toneladas de libros de editoriales y bibliotecas públicas y privadas. No disponemos de cifras exactas que dimensionen cabalmente cuántos libros fueron censurados durante la dictadura franquista, pero sí conocemos títulos concretos. Incluso muchos otros textos fueron alterados y manipulados. 

 

Por poner ejemplos concretos muy significativos, fueron prohibidos "La Celestina" (de Fernando de Rojas), "Sonata de Otoño" (de Valle-Inclán), "Poesías Completas" (de Antonio Machado), "La rebelión de las masas" (de Ortega y Gasset), "Guerra y Paz" (de Tolstoi), o "Crimen y Castigo" (de Dostoievski). También tuvieron problemas para ser publicadas en su integridad las obras "1984" (de George Orwell), "La Regenta" (de Leopoldo Alas "Clarín"), "Celia" (de Elena Fortún), "Hombrecitos" (de Louisa May Alcott), "Estampas de Aldea" (de Pablo de Andrés Cobos), "Las cinco advertencias de Satanás", "Usted tiene ojos de mujer fatal", y "Madre, el drama padre" (todas ellas de Enrique Jardiel Poncela), o "El extranjero" (de Albert Camus). Pero la censura cultural no sólo llegó a los libros, también el cine y el teatro sufrieron sus efectos. Los géneros cómico y satírico fueron muy controlados, la Revista era examinada con lupa (sobre todo por la vestimenta de las vedettes), y el cine sufrió también las terrribles consecuencias de la difusión de una moral integrista y ultraconservadora. En ese sentido, no sólo el clásico cine erótico (cuyas películas había que ir a verlas a Perpignan), sino grandes obras maestras del séptimo arte fueron censuradas por el régimen franquista, por entender que se desviaban de la recta moral católica, o que propiciaban conductas o comportamientos mal vistos por el régimen. Y en cuanto al ámbito educativo, ya hemos comentado también en anteriores entregas la obsesiva purga que se ejecutó sobre los docentes que procedían de la República, y el perverso control que la Iglesia Católica llevó a cabo sobre los contenidos educativos durante la vigencia del nacionalcatolicismo. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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