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18 abril 2017 2 18 /04 /abril /2017 23:00
Fuente Viñeta: http://www.ecorepublicano.es/

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Si los revisionistas alemanes niegan la existencia de las cámaras de gas, los nuestros no se quedan atrás: convierten la República en dictadura, el franquismo en democracia y hasta se atreven a intentar apropiarse de esas "cunetas" en las que yacen los más de 100.000 hombres y mujeres a los que sus abuelos asesinaron por haber defendido la libertad

Carlos Hernández

Vencedores y vencidos. Y aún llega esa misma historia hasta nuestros días. Formaciones políticas de nuevo cuño, como una que se hace llamar bajo el insulso nombre de "Ciudadanos" insisten precisamente en el falaz mensaje de que se acabaron los bandos (algo así como el "fin de la historia" de Francis Fukuyama, pero para la convivencia), mientras continúan favoreciendo con sus medidas el neoliberalismo y el capitalismo más salvaje. Hipócrita actitud. Los vencedores perviven hoy día en el PP y sus satélites, arco que recoge desde la derecha más moderada hasta la extrema derecha, y aglutina a sectores provenientes de las Fuerzas Armadas, las sectas religiosas, y los grandes empresarios (y pequeños, que el pensamiento dominante hace muy bien su tarea). Por su parte, los vencidos fuimos representados por partidos políticos que, o bien traicionaron sus ideales a cambio de privilegios (léase PSOE), o bien aceptaron lo que otros habían pactado como un mal menor ante la amenaza de regresar a aquéllos tiempos oscuros del fascismo (léase PCE). Y así hasta que en 1978, una serie de hombres "de Estado" de la época, provenientes de diferentes fuerzas políticas, diseñan una propuesta de Constitución de hermosa fachada democrática (como la definen en su artículo Voces en Lucha, que continuamos siguiendo en esta exposición), que el pueblo valida en un referéndum con menos del 60% de participación, bajo una atmósfera de miedo al retorno de la dictadura, y una población que ya había perdido la costumbre democrática. 

 

Esa Constitución, que aún pervive hoy día, blindada por las élites dominantes, y que jalean cada 6 de diciembre, hubo de ser cogida con pinzas, para contentar a todo el mundo, desde los sectores más aperturistas hasta los más rancios sectores provenientes del franquismo. Hablaremos más a fondo de ese período denominado de la Transición más adelante en esta misma serie de artículos, pues ahora sólo queremos esbozarlo exponiendo su solución de continuidad. La élite franquista controlaba desde mucho antes de la muerte de Franco el proceso de reforma y el nuevo aparato del Estado. Ninguno de los grupos económicos provenientes del franquismo se vieron afectados por este proceso. La Iglesia Católica sigue manteniendo sus privilegios, y hasta en cierta medida los ha incrementado. Las Instituciones fundamentales siguen siendo controladas por las mismas élites. Bajo la falacia de que partíamos de cero, de que las nuevas Instituciones y los nuevos poderes políticos, judiciales y económicos hacían tabla rasa sobre los anteriores (cuando en realidad eran los mismos), se comenzó a instaurar la historia de la impunidad, del borrón y cuenta nueva, de un antes y un después, cuando en realidad nuestro país no había pasado página. Porque la página del franquismo no se había terminado de leer, estaba aún pendiente de lectura, luego no podía pasarse. Para pasar página sabemos que hay que hacer balance, y construir para esa página de la negra historia el relato de la verdad, la justicia y la reparación. Aún no se ha hecho. Aún lo tenemos pendiente. 

 

En efecto, la Ley de Amnistía de 1977 (que ya expusimos en este artículo de nuestro Blog) impide juzgar cualquier delito cometido durante la Guerra Civil y el régimen franquista. Alegan que han prescrito. Alegan que aquéllo no fue un genocidio, y que aunque lo fuera, España no había reconocido aún las leyes que los definen. Burdas excusas para no revisar nuestra memoria histórica, para no hacer el oportuno balance, para no poder pasar página. Han sido numerosos los intentos de hacer justicia por parte de los familiares y de la sociedad civil, y muchos los intentos y denuncias internacionales de organismos de derechos humanos que han intentado derogar esta ley, o han instado a nuestros Gobiernos a que lo hagan. A día de hoy continúan en las cunetas cientos de miles de víctimas del franquismo, sepultados en otras tantas fosas comunes. No se ha realizado oficialmente una mirada a nuestra historia más reciente, no se ha investigado abiertamente lo que pasó (el intento de hacerlo del ex Juez Baltasar Garzón le costó su carrera), no se ha podido recuperar colectivamente la memoria, no se ha podido dignificar a los que cayeron en defensa de la humanidad porque literalmente se han utilizado todos los recursos del poder para impedirlo. No se han derogado los juicios y las condenas franquistas, ni siquiera se ha emitido una declaración íntegra y unánime de condena del franquismo por parte de todos los grupos políticos del Congreso. El PP, esos naturales herederos del terror, siempre se ha negado. 

 

Ante todos estos hechos no resulta difícil llegar a una conclusión clave en todo este asunto: hoy en España siguen mandando los mismos. Los mismos que no quieren que vuelva la República, los mismos que no condenan el franquismo, los mismos que se sientan en los sillones que representan a las mismas instituciones de poder, los mismos que defienden iguales intereses. En última instancia, en nuestro país continúan mandando los vencedores de aquélla guerra (y bien que nos lo echan en cara cada vez que pueden), siguen mandando los mismos defensores de los valores que justifican la exclusión, la segregación y la injusticia, y para los que los derechos humanos no representan nada si esos humanos no son de los suyos (al momento de escribir este artículo, hemos sabido que el representante del PP catalán, Alberto Fernández Díaz, acaba de proponer a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau,que dé preferencia en la acogida a los refugiados cristianos). Y así, los ideales humanistas de justicia social, igualdad y dignidad siguen lapidados, enterrados en una fosa común que interesa mantener oculta, callada e ignorada, bajo la oscuridad de la historia, bajo el miedo a nuestro pasado, bajo el temor a nuestros fantasmas. Basta ya por tanto de discursos falaces, de llamamientos a la concordia nacional, de proclamas sobre la abolición de los bandos, de simplistas y vacíos eslóganes que, más que políticos, pudiéramos calificar de publicitarios. La revisión de la historia está pendiente, sigue pendiente. Y como las olas del mar, la historia regresa para decirnos que aún tiene cuentas pendientes de saldar. 

 

Retomo el siguiente pasaje del artículo de referencia: "Un país en el cual la gente ha crecido sufriendo una enseñanza nacionalcatólica y patriarcal. Un país que ha vivido casi 40 años bajo un sistema opresor que no respetaba las diferencias ni políticas, ni ideológicas, ni idiomáticas, ni culturales. Un país donde se fusilaba a gente simplemente por pensar diferente. Ese sólo puede ser un país mutilado, como bien señaló Unamuno. Un país que a día de hoy sigue mutilado, donde la violencia machista es una lacra, donde la Iglesia Católica sigue gozando de un poder que atraviesa instituciones públicas y mentalidades perversas, donde la exclusión y el racismo están a la orden del día, donde unos brindan con champán de mil euros y otros luchan por recuperar la luz o el agua de sus viviendas, donde cada vez es más la gente que busca su comida en la basura, donde defender consecuentemente los ideales de justicia social sigue estando perseguido y criminalizado. Un país donde hoy sigue habiendo presos políticos, como Andrés Bódalo, Alfon o Nahuel. Un país donde se encierra a inmigrantes en Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE). Donde se ensalzan los valores de competitividad y el acceso al consumo es la panacea que ofrece la felicidad. Donde todo lo que amenaza al poder político y económico es satanizado y comparado con Venezuela o Cuba, representantes mediáticos del caos y el comunismo, sin que la mayoría de la población tenga la más remota idea de lo que allí ocurre. Un país donde la corrupción política es norma. Un país que ha perdido la soberanía, entregado a una Unión Europea neoliberal y excluyente, a su vez entregada a EE.UU. a través de mecanismos de dominación como el FMI, el Banco Mundial o esa maquinaria militar y genocida que es la OTAN".

 

Y concluye: "Un país que decide rescatar a los bancos de sus propios excesos endeudándose injustamente con esta Unión Europea del capital, mientras desahucia a personas de sus casas o pone en la calle a personal educativo y de salud deteriorando los sistemas públicos en favor del negocio privado. Donde las vergonzantes cifras del desempleo se maquillan con contratos basura que condenan a la precarización. Donde se sube la factura eléctrica mientras la gente muere de frío en sus casas. Donde en los últimos cinco años ha habido más de 35.000 suicidios por motivos económicos. Donde uno de cada tres niños vive en riesgo de pobreza y exclusión. Este país no puede ser nuestra patria. Esta es la patria de las élites políticas y dominantes. Para tener patria es imprescindible emprender una construcción colectiva, popular, no elitista. Hay que sentirse orgulloso de ella, hay que identificarse con sus símbolos y amar lo que representan, sabiendo que representan los más altos ideales de la humanidad". En efecto, esta no puede ser nuestra patria, no queremos que sea nuestra patria. Esta es la patria de Rajoy y los suyos, que dicen que "España es un gran país" para negar toda la ponzoña que se oculta mediante sus grandilocuentes y vacíos discursos. Ese país del que Rajoy nos pide que "hablemos bien", para que no veamos la podredumbre en la que nos encontramos, ni miremos atrás para revisar lo esperpéntica que ha sido nuestra historia reciente. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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