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18 mayo 2017 4 18 /05 /mayo /2017 23:00
Viñeta: Iñaki y Frenchy

Viñeta: Iñaki y Frenchy

Uno de los defectos del fundamentalismo de mercado es que nunca prestó atención a la distribución de los ingresos, ni a la idea de una sociedad buena o justa

Joseph Stiglitz

Continuamos examinando las características de lo que se ha venido en denominar "fundamentalismo de mercado", ya que si bien es una versión extrema, cruel y abyecta del capitalismo, actualmente impregna la arquitectura de las instituciones sociales, políticas y económicas mundiales. Ese y no otro es el verdadero significado que se esconde detrás de la también famosa palabra "globalización". Una globalización que ha consistido únicamente en la universalización de los procesos de liberalización, desregulación, privatización, dando ese fanático protagonismo a los mercados sobre todos los demás elementos de la economía. Esto resulta especialmente evidente en Europa, donde la Troika (CE, FMI y BCE) viene imponiendo una serie de radicales reformas fundamentalistas de mercado como condición previa al "rescate" de los países en dificultades. En realidad, el fundamentalismo de mercado no es más que un secuestro democrático y político, una anulación de la soberanía y de la democracia, ejecutado desde las élites políticas, sociales y económicas, que ha agravado profundamente la desigualdad. Está demostrado que el segundo factor más importante que ha provocado el rápido aumento de la desigualdad es la excesiva influencia de las élites en la política, las ideas, las instituciones y el debate público, influencia que dicha élite utiliza para garantizar que se protejan sus propios intereses en lugar de defender los de la sociedad en su conjunto. 

 

¿Pero quiénes son realmente "los mercados"? ¿Quiénes forman esas élites que nos gobiernan? El sistema económico basado en el neoliberalismo ha sido diseñado desde hace tiempo por diversos autores alineados bajo lo que se conoce como "la escuela de Chicago", y quizá el mayor pacto internacional donde registraron sus tesis en forma de compromiso fue el no menos famoso "Consenso de Washington", que nosotros ya tratamos en este artículo. Los mercados no son entes abstractos, oscuros, indefinidos, invisibles, inaccesibles. Los mercados son personas, organizaciones e instituciones reales, concretas, con nombres y apellidos, que están detrás de las operaciones y decisiones económicas y políticas que se adoptan diariamente. Las élites las conforman aquéllos que están situados en lo más alto de la jerarquía social, económica o política, pues todas esas facetas se relacionan entre sí formando una intrincada tela de araña donde muy poco se escapa a su poder. Las élites económicas suelen utilizar su poder para influir en las decisiones políticas gubernamentales, y el debate público (puesto en circulación sobre todo desde los grandes medios de comunicación) subsiguiente, de forma que todo ello favorezca una concentración de la riqueza aún mayor. La regla es bien sencilla: el dinero compra la influencia política, y las personas más ricas y poderosas utilizan dicha influencia para afianzar aún más su poder y sus privilegios. De este modo, una diabólica espiral va creciendo en favor de estos poderosos personajes, grupos o instituciones, cuyo poder (como ya afirmábamos en el primer bloque temático de esta serie, dedicado precisamente a ellos) se dispara sin control. 

 

Otras élites no económicas, como los políticos o los altos funcionarios, aprovechan con frecuencia su influencia y acceso al poder para enriquecerse y proteger sus intereses. Son los verdaderos parásitos de la sociedad, que viven a costa del poder de otros, convirtiéndose en sus fieles perros de confianza, y en sus más viles vasallos. En muchos países no resulta inusual que los políticos dejen el Gobierno habiendo amasado enormes fortunas personales. Procesos de corrupción, puertas giratorias y otros indecentes mecanismos diseñan y proyectan la arquitectura de una sociedad consagrada al poder de los más fuertes, en detrimento de la inmensa mayoría social. En muchas ocasiones, las élites políticas utilizan el Estado para enriquecerse, a fin de mantenerse en el poder y amasar grandes fortunas mientras están en el Gobierno. Y ello ocurre hasta en las más altas instancias, como Reyes, Jefes de Estado o Presidentes. Utilizan el presupuesto público del Estado como si fuese suyo, para lucrarse a nivel individual y privado. Las élites no económicas también suelen unirse a otras élites en beneficio de ambas. Y así, las élites de los países (tanto ricos como pobres) utilizan su mayor influencia política para beneficiarse de las decisiones de los Gobiernos, en forma de exenciones fiscales, contratos privilegiados, concesiones de tierra y subvenciones, mientras presionan a las Administraciones Públicas para bloquear aquéllas políticas que puedan fortalecer las posiciones de los trabajadores o de los pequeños productores, o aumentar la progresividad fiscal. 

 

Al estar todo interrelacionado, esta escasez de ingresos fiscales limita la inversión del Gobierno en sectores como la educación pública y la atención sanitaria, que podrían contribuir a reducir la desigualdad. La sociedad de este modo se vuelve cada vez más injusta, más insolidaria, más despiadada, más bárbara, más salvaje. La justicia social brilla por su ausencia, y la casi nula redistribución de la riqueza dispara las desigualdades hasta límites insoportables. Por todo ello hablamos, y así hemos titulado esta serie de artículos, de "Arquitectura de la Desigualdad". Muchas de las que hoy son las personas o familias más ricas del mundo amasaron sus fortunas gracias a las exclusivas concesiones, favores y privilegios gubernamentales y los procesos de privatización que acompañan al fundamentalismo de mercado. Por ejemplo, la privatización masiva en Rusa y en Ucrania tras la caída del falso "comunismo" que allí existía convirtió a la élite política residente en multimillonaria de la noche a la mañana. O por ejemplo, el  multimillonario mexicano Carlos Slim (que normalmente compite con el norteamericano Bill Gates, del imperio Microsoft, por el puesto de persona más rica del mundo en el ránking de la revista Forbest) amasó sus muchos miles de millones garantizándose derechos exclusivos sobre el sector mexicano de las telecomunicaciones, cuando éste fue privatizado durante la última década del siglo XX. Dado que su monopolio impide que exista una competencia relevante (curioso en magnates que dicen defender el "libre mercado"), Slim puede inflar todo lo que desee los precios que impone a sus conciudadanos, de modo que el coste de las telecomunicaciones en México se encuentra entre los más elevados de los países de la OCDE. Posteriormente, Slim ha utilizado su riqueza para eludir los muchos cuestionamientos legales a su monopolio. Valga comentar también, como supongo que nuestros/as lectores/as conocen, que Slim es muy amigo del ex Presidente "socialista" Felipe González, promotor de todas estas políticas fundamentalistas de mercado en nuestro país, durante su larga etapa al frente del Gobierno (1982-1996). 

 

Y otro país que podemos poner como perfecto ejemplo de lo que contamos es la India, ya que a pesar de ser un país asolado por la pobreza, la cantidad de milmillonarios locales ha aumentado, pasando de únicamente 2 personas a mediados de la década de 1990 a más de 60 en la actualidad. Un considerable número de milmillonarios indios han amasado sus fortunas en sectores que dependen en gran medida de exclusivos contratos y permisos gubernamentales, como el sector inmobiliario, la construcción, la minería, las telecomunicaciones y los medios de comunicación. Un estudio realizado en 2012 calculó que al menos la mitad de la riqueza multimillonaria de la India procedía de dichos sectores económicos. El patrimonio neto de los milmillonarios indios bastaría para erradicar dos veces la pobreza absoluta en el país, pero sin embargo, el Gobierno sigue sin destinar suficientes fondos públicos al gasto social dedicado a los servicios públicos, y a la recuperación de los sectores más vulnerables de la población. Por ejemplo, el gasto público per cápita en sanidad en la India durante 2011 fue de sólo el 4% del promedio de los países de la OCDE. Las consecuencias de todo ello son fácilmente previsibles y fáciles de diagnosticar: las desigualdades sociales se han elevado, agravándose mucho más las diferencias entre los más ricos y los más pobres por una parte, pero también hundiendo en la miseria y en la pobreza más absoluta a los más desfavorecidos. Como podemos comprobar, la historia se repite y se multiplica en muchas partes del mundo, pero siempre reproduciendo los mismos esquemas básicos: una minoría poderosa y parásita se enriquece a costa de los privilegios que les conceden los políticos de turno, y ello se traduce en más riqueza para ellos, y más pobreza para el pueblo. En una palabra: más desigualdad. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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