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19 julio 2017 3 19 /07 /julio /2017 23:00
Contra los Tratados de Libre Comercio (42)

Necesitamos poner freno a esta huida hacia adelante del beneficio por el beneficio, y favorecer nuestra salud, nuestro bienestar y nuestro planeta. Tumbar [los Tratados] es el símbolo que necesitamos para gritar orgullosos que otro mundo es posible

Florent Marcellesi

Hoy día, los peligrosos tratados de libre comercio se están utilizando de forma profusa, y sus declaraciones, principios, objetivos y valores no son sólo especificados y negociados en los foros concretos que los negocian en secreto y total opacidad entre las partes, sino que son también incluidos en las agendas de los grandes foros económicos y políticos multilaterales que se celebran (entre otros, el G20, el Foro de Davos, el G8, etc.). Es tal el grado de aceptación generalizada sobre los principios del "libre comercio" que la inmensa mayoría de los gobernantes expresan, que estos foros van avanzando y preparando el terreno para nuevas hornadas de tratados que vienen luego a complementar y a sustituir a los anteriores. Pero el enorme peligro, que venimos señalando desde entregas anteriores de esta serie de artículos, es que se utiliza el pretexto de la política comercial, ese eslógan falaz del "libre comercio", para incluir cierta (des)regulación que afecta a otros aspectos sociales, laborales, ambientales, financieros o económicos. Por eso es tan importante detener e intentar abortar la aprobación de todas estas herramientas al servicio del gran capital. Las instituciones, gobiernos y lobbies empresariales que negocian estos tratados se encargan también, en previsión de su rechazo por parte de los pueblos, de que dichos tratados entren en vigor de forma provisional, aún incluso cuando no hayan sido aprobados por los Parlamentos nacionales. En el caso más reciente del CETA, por ejemplo, la Comisión Europea y las autoridades canadienses impusieron que el tratado se aplique de forma provisional, desde el momento en que se apruebe por parte de las autoridades europeas competentes. 

 

Esta entrada en vigor del CETA de forma provisional se producirá, de hecho, a partir del próximo mes de septiembre, como relata este artículo del medio Infolibre. Esta aplicación provisional afectaría a las materias de competencia exclusiva de la Unión Europea, y que fuentes canadienses fijan en aproximadamente un 90% del contenido del tratado. Ya de entrada, un porcentaje de tal magnitud deja como accesoria la decisión de los Parlamentos nacionales de los Estados miembro, algo de todo punto inadmisible y antidemocrático, habida cuenta del impacto constitucional que el CETA posee. Y aunque el CETA renunció expresamente al mecanismo de los ISDS (tribunales privados de arbitraje en los conflictos inversor-Estado), por ser objeto de acalorada polémica, reconoce y define los mecanismos de posibles indemnizaciones hacia los inversores extranjeros por los supuestos daños que éstos puedan padecer debido a cambios nacionales en la regulación de algún aspecto contemplado en el tratado. Todo ello, como ya hemos explicado, contribuirá a un debilitamiento de nuestra democracia (ya de por sí de baja intensidad), restringiendo la capacidad regulatoria de los Estados, y mermando la soberanía popular. La mayoría de los procesos de cooperación reguladora establecidos en el CETA provocarán que las decisiones esenciales en torno a la regulación procederán de los opacos Comités definidos y contemplados a tal efecto, pero muy accesibles para los lobbies empresariales. Estos Comités Mixtos de Cooperación Reguladora no dispondrán de legitimidad democrática, ya que funcionarán sin transparencia y sin permitir el oportuno y necesario debate público sobre estos asuntos que afectan al conjunto de la ciudadanía. En resumidas cuentas, y como siempre: pierde la democracia, ganan las multinacionales.

 

De hecho, todos estos tratados no son en sí mismos un punto de llegada, de "final de trayecto", como pudiéramos decir, sino que son puntos de partida para modificar sustancialmente la forma bajo la que se regulan las actividades económicas y comerciales, y usarlas como un trampolín, una especie de plataforma de lanzamiento, para desde ahí proceder al desmontaje de todas las garantías (lo que ellos llaman "barreras") democráticas y con respecto a los Derechos Humanos que nuestras legislaciones poseen. En este sentido, el CETA ha establecido en su peligroso articulado una serie de mecanismos y Comités de cooperación normativa, tales como el Comité de Comercio de Bienes, el Comité de Inversiones y Servicios, el Comité para las Medidas Sanitarias, el Comité de Contratación Pública, etc. Y la labor de coordinación general entre todos estos comités de cooperación se encomienda al llamado CETA Joint Comittee, cuyas decisiones son obligatorias para las partes. Y es que, como ha señalado el famoso economista francés Thomas Piketty, y recoge Julio González en este artículo, el CETA es un tratado que responde a una filosofía ultraglobalizadora que no es compatible con las necesidades actuales ni de justicia, ni de protección de consumidores, ni de protección del medio ambiente, etc. Por todo ello, no puede ser aceptado. Hemos de enfrentarnos, desde cada Parlamento, al poder de estos megalobbies (que toman usualmente la forma de "Institutos", "Consejos", "Fundaciones", "Centros", etc.) que son los que están detrás de todas estas peligrosas herramientas al servicio del gran capital. Actualmente, los TLC pretenden ser (bajo su pertinente disfraz alabador y justificador del "libre comercio") instrumentos que se colocan a nivel supranacional, a modo de nuevas "Constituciones económicas", pero que intentan englobarlo todo bajo un marco unificador. 

 

Los acuerdos comerciales tienen que ver con la geopolítica, con los servicios públicos, con las convenciones comerciales, con las protecciones medioambientales, con los derechos laborales, con las patentes intelectuales, y en general, con cualquier campo donde las grandes empresas transnacionales puedan sacar provecho. Conjuntos de perversas corporaciones mundiales que nadie ha elegido, son las que se concentran detrás de estos terribles experimentos, que si no reaccionamos, sentarán un precedente muy difícil de desandar. No podemos consentir que los Consejos de Administración de estas organizaciones privadas megapoderosas controlen y determinen las políticas públicas oficiales, desde la sanidad hasta la alimentación, la agricultura y los recursos naturales, pasando por las finanzas y el comercio. Y es que estos gigantescos monstruos empresariales se han ido convirtiendo, bajo la connivencia de los Estados y de la propia dinámica capitalista y neoliberal, en entes cuasi gubernamentales que cooperan entre sí por encima de naciones, fronteras, comunidades, países, pueblos y Estados. La vocación de estos gigantes empresariales es claramente gobernar el mundo, pero para ello, antes tienen que pasar por encima de las reglas, convenios, normas y leyes que se aplican en cada uno, y entonces, la estrategia que utilizan es enmarcarlo todo en una "buena campaña", es decir, en algo en lo que, aparentemente, nadie estaría en contra, como el "libre comercio". La bandera del libre comercio parece ser neutral, a todo el mundo le gusta, a todo el mundo le parece bien, pero es sólo un cebo para que pique la ciudadanía a nivel global, y sus serviles políticos y gobernantes. La globalización les ha dado alas a estas megaempresas, y cada vez es más difícil pararlas, acotarlas, hacer disminuir su poder, un poder que ya se expresa en un ratio de beneficios superior al PIB de muchos Estados. 

 

Susan George, Presidenta Honorífica de ATTAC, en la introducción de su libro "Los usurpadores: Cómo las empresas transnacionales toman el poder", ha retratado perfectamente a los altos dirigentes de estas megaempresas. Transcribo a continuación sus palabras: "Llamo "Clase Davos" a los asiduos del Foro Económico Mundial porque constituyen una verdadera clase social con todos los atributos que pueden esperarse de ella. Las personas que integran esta clase son internacionales y nómadas, pero también son una tribu reconocible por sus códigos e indicadores de su posición. Tienen su propio lenguaje, no sólo su idioma nativo y el corporativo, sino que además hablan un inglés fluido. Se forman en las mismas o similares universidades o escuelas de negocios, envían a sus hijos a las mismas o similares escuelas privadas, privilegian sus propios antros y lugares de vacaciones, poseen casas lujosas en diversas y sofisticadas ciudades de la más alta categoría, frecuentan los mismos encuentros (Davos es obligatorio), desarrollan culturas corporativas similares, y, por supuesto, tienen muchísimo dinero". Creo que no se puede describir mejor. Estos personajes son los responsables de que el mundo en que vivimos se mueva por las reglas que conocemos, y lejos de conformarse, continúan en su empeño de que evolucionemos hacia un mundo peor: más inseguro, más injusto, más peligroso, más caótico y más desigual. Son los responsables de las grandes empresas, cuyos lobbies negocian estos tratados de libre comercio. Ellos son los que detentan realmente el poder, aunque nunca se presenten a las elecciones (envían a sus serviles políticos). Un poder basado en una concepción del mundo, y en una perversa ideología, conocida como neoliberalismo, que es en sí misma una ofensiva al mundo civilizado, y profundamente antidemocrática. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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