Overblog Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog
13 julio 2017 4 13 /07 /julio /2017 23:00
Arquitectura de la Desigualdad (46)

La desigualdad es un veneno que corroe las sociedades por dentro. Erosiona la confianza entre los diferentes estratos sociales, condena a la desesperanza a millones de personas y además supone un freno al crecimiento económico. Y ya está alcanzando niveles intolerables. Hace falta tomar medidas ambiciosas y hace falta hacerlo ya

Miguel Alba (Oxfam Intermón)

Un pilar fundamental donde debe basarse una sociedad igualitaria es la plena garantía en igualdad de oportunidades. Sin embargo, nuestra arquitectura de la desigualdad vulnera claramente este principio. La explicación es bien sencilla: una vez que el sistema político e institucional está diseñado para favorecer a la élite (tal y como hemos expuesto en las entregas anteriores), la consolidación de sus privilegios se transmite a través de diversos mecanismos. Para asegurar aún mayor grado de influencia, los poderosos agentes económicos suelen poseer ejércitos de personas y organizaciones trabajando en favor de sus intereses (lo que llamamos "lobbys"), cuya función es, como decimos, negociar en cada sector económico y social para continuar beneficiando a sus titulares. Esta "transmisión de privilegios" afecta a una serie de elementos que, de otro modo, deberían garantizar una absoluta igualdad de oportunidades y protección para todos los miembros de la sociedad. Lo que en cierto modo parece y suena como una meritocracia (gobiernos de los mejores, de los "merecedores"), es en realidad el resultado de la aplicación de unas normas, leyes, decretos, tratados y convenciones diseñadas en favor de las élites. Dicha élite, por tanto, cuenta a su vez con mejores oportunidades para desarrollarse, y continuar mejorando sus beneficios y privilegios en el sistema. Algunos de estos mecanismos legales claman al cielo por su evidente descaro en la protección de los poderosos, como por ejemplos los mecanismos de "amnistías fiscales", que "perdonan" las deudas de estas élites sociales. 

 

La igualdad de oportunidades es un mecanismo y un principio fundamental en las sociedades justas, modernas e inclusivas. Implica la garantía de que los logros y resultados de una persona no deben depender de su raza, género, familia, recursos económicos, o cualquier otra circunstancia personal, grupal o social. Existen argumentos sólidos para defender la existencia de un cierto nivel de desigualdad de ingresos en cualquier sociedad (ya hemos dicho en muchas ocasiones que una sociedad igualitaria no es una sociedad uniforme), ya que ésta puede deberse a la iniciativa, a la suerte, al esfuerzo y a los méritos efectivos de la persona en cuestión. Pero una cosa es aceptar dicha distinción natural debida a las circunstancias y evolución de cada persona, y otra cosa bien distinta es legitimar una arquitectura social que, como estamos demostrando amplia y profusamente, está pensada, proyectada y consagrada a las desigualdades. Y en este sentido, multitud de datos y estudios ponen de manifiesto que existe una estrecha correlación entre la desigualdad de ingresos y la desigualdad de oportunidades, pudiendo concluir que las oportunidades que los hijos tendrán en su vida dependen en gran medida de la situación socioeconómica de sus padres. Por tanto, el principio de igualdad de oportunidades debe estar garantizado por el propio sistema, para evitar dichas disparidades e injusticias. Y ello ha de llevarse a cabo potenciando las mismas medidas que ya hemos venido discutiendo en entregas anteriores de esta serie (justicia fiscal, universalidad y gratuidad de los servicios públicos, salarios dignos, etc.).

 

Y así, la educación de calidad, un sistema sanitario público, gratuito y universal, o el acceso a puestos de trabajo dignos, estables y con derechos, son puntales fundamentales para garantizar un sistema óptimo de igualdad de oportunidades. En definitiva, un buen sistema de garantías de igualdad de oportunidades debe velar para que ninguna persona de cualquier sociedad capacitada para alcanzar cualquier objetivo vital pueda verse impedida a llevarlo a cabo, por culpa de determinados impedimentos sociales. Por tanto, una sociedad que garantice plenamente para todos sus miembros una igualdad real de oportunidades, estará cumpliendo un pilar fundamental para aspirar a una sociedad realmente igualitaria. No obstante, y como también venimos contando, el pensamiento dominante es el que se opone frontalmente a una igualdad de oportunidades, ya que basa su ideología en los parámetros y valores del neoliberalismo, que descansan los éxitos, las metas y los resultados de cada individuo en la sociedad únicamente en su esfuerzo y capacidad reales, lo cual, como estamos demostrando, no siempre lo determinan. El neoliberalismo disfraza y legitima bajo sus dogmas todo el andamiaje de la arquitectura social que propugna las desigualdades, haciendo aparecer como algo "lógico y normal" lo que no es más que el resultado de una sociedad desigual desde sus raíces. La conclusión está clara: la concentración de los ingresos y la riqueza obstaculiza la materialización efectiva de la igualdad de derechos y oportunidades, ya que dificulta la representación política de los colectivos más desfavorecidos, a costa de beneficiar a los sectores más acaudalados. Hay que revertir todos estos mecanismos, haciendo tender hacia sociedades más justas y equilibradas. 

 

Pero el problema, como venimos asegurando, no es la falta de riqueza en el mundo, sino la capacidad de crearla, gestionarla y, sobre todo, repartirla. Sencillamente, no es razonable, ni desde el punto de vista económico, ni desde el punto de vista ético, de cara a la justicia social, que haya tanto en manos de tan pocos. Tenemos el talento, la tecnología, los recursos y la imaginación necesarios como para construir un mundo mucho mejor para todos. Tenemos la oportunidad de construir una economía mucho más humana, que anteponga los intereses de la mayoría. Tenemos la capacidad de crear un mundo en el que existan trabajos dignos para todas las personas, en el que hombres y mujeres vivan en condiciones de igualdad, donde los paraísos fiscales sólo aparezcan en los libros de historia, donde los países dejen de estar hipotecados por una deuda pública monstruosa e insostenible, y donde las grandes empresas transnacionales no sean las dueñas del mundo. Y sobre todo, un mundo donde los que más tienen tributen lo que les corresponde para sustentar una sociedad que beneficie al conjunto de la ciudadanía. Podemos hacerlo. Sólo nos faltan las ganas, la voluntad de querer hacerlo. Poseemos mayoritariamente el convencimiento, por consiguiente, hemos de pasar a la acción. Sólo un conjunto de acciones de presión por parte de la ciudadanía serán capaces de obligar a los responsables políticos a diseñar soluciones para acabar con esta economía puesta al servicio de ese 1% más rico y poderoso. Es esta clase política dirigente la que mediante los falaces discursos del pensamiento económico dominante nos inunda de cifras macroeconómicas, cifras que nos cuentan sólo una parte de la realidad, la realidad que más interesa a las élites, pero sólo parte de ella. 

 

Y así, en efecto, el principal parámetro que las autoridades públicas (basándose en sus propias estimaciones y en las de los Organismos internacionales, tales como la CE, el FMI, la OCDE, etc.) nos transmiten, para convencernos de la potencia de nuestras economías, es el PIB (Producto Interior Bruto), que es el indicador más general que mide el conjunto de la riqueza generada por un país. Que el PIB crezca en sentido neto es siempre comunicado como una "buena noticia" y algo positivo en sí mismo, pero esto no es cierto. Ni el PIB es el único indicador (ni siquiera el mejor de ellos) para medir la riqueza de un país, ni su crecimiento es indicativo de una sociedad más justa, equitativa e igualitaria. Y así, aunque es cierto que el PIB nacional (de cada país) y mundial (del conjunto de todos los países) aumenta año tras año, la riqueza generada no es útil a la economía (debido a su elevado nivel de financiarización, es decir, su generación por vías no productivas para la economía real), ni tampoco se reparte adecuadamente, sino que unos se benefician más que otros. El tamaño de la economía mundial se ha más que duplicado durante los últimos 30 años. En 2014 alcanzó un valor de casi 78 billones de dólares. Y aunque es cierto que este nivel de desarrollo económico mundial ha contribuido a sacar de la pobreza absoluta a cientos de millones de personas, también es cierto que los niveles de desigualdad en la renta y los ingresos por capas sociales, lejos de disminuir, han aumentado progresivamente, salvo en aquéllos países que adoptaron medidas sociales de tipo redistributivo, tales como algunos de América Latina. Ello es por tanto una demostración evidente de que la actual arquitectura de la desigualdad se puede revertir, de que no es un accidente ni una catástrofe natural, sino que puede ser combatida mediante medidas y decisiones políticas encaminadas en esa dirección. Continuaremos en siguientes entregas.

Compartir este post

Repost 0
Published by Rafael Silva - en Política
Comenta este artículo

Comentarios

Presentación

  • : Actualidad Política y Cultural - Blog de Rafael Silva
  • Actualidad Política y Cultural - Blog de Rafael Silva
  • : Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
  • Contacto

Búsqueda

Categorías