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26 julio 2017 3 26 /07 /julio /2017 23:00
Viñeta: Mena

Viñeta: Mena

El camino [de los Tratados] es solo una vía interesada de los grupos de poder que nada tienen que ver con el desarrollo del libre comercio ni de la economía mundial

Ignacio Muro

De hecho, esta última hornada de Tratados de Libre Comercio (TTIP, TPP, CETA, TISA...) demuestran hasta qué punto esta especie de "autoridad ilegítima" que representan las grandes empresas transnacionales está en claro ascenso, mientras que la democracia está en continuo riesgo de sucumbir ante esta "gran regresión neoliberal" (en expresión de Susan George). Adherirse a estos TLC implica aceptar que las funciones y responsabilidades de los legítimos Gobiernos son paulatinamente asumidas por agentes y organizaciones ilegítimas, no elegidas por nadie, que no tienen que rendir cuentas ni dar explicaciones ante nadie, y que funcionan de forma opaca e interesada. Porque actualmente, ya no son necesarios los ataques violentos al poder legítimo y democrático, las dictaduras, los Golpes de Estado, las violentas represiones ni los asaltos militares, para imponer férreas disciplinas a un poder totalitario. Hoy día, el reinado y absoluto poder de estos grandes agentes económicos y sus poderosas maquinarias de influencias son capaces de tumbar al Gobierno más democrático, mediante crueles chantajes a la población y a las posibles medidas democráticas que en interés general se puedan tomar. Estos entes corporativos orientados al beneficio y sus diversos sirvientes y vástagos (entre los que se encuentran políticos corruptos de toda calaña), llegan hoy a asumir poderes antes reservados a la acción política representativa, y a dirigir en la sombra el destino de países y naciones al completo. Hay que aceptar esta triste realidad, e interiorizarla como sociedad, si queremos enfrentarnos a ella. 

 

La sutileza en el ejercicio de este poder ilegítimo, y su capacidad para actuar tras las bambalinas dificultan su visibilidad, ya que esta plutocracia o "corporatocracia" conoce perfectamente las reglas de la manipulación social y mediática, y dispone de poderosos aliados en los medios de comunicación dominantes. Su estrategia consiste en hacer aparecer estos tratados como inocentes y positivas herramientas para desplegar e incentivar el "libre comercio", algo a lo que sería difícil oponerse, presentándolas como simples acuerdos ligados al desarrollo económico, y por tanto, al crecimiento y al empleo, al bienestar y a la prosperidad. Valores positivos (aunque tergiversados) en nuestra época, y ante los que todo el mundo estaría de acuerdo. Pero cuando se lee la letra pequeña de lo que se acuerda en sus secretas reuniones, cuando se piensa a fondo en sus terribles consecuencias, estos "tratados" se descubren como terroríficas herramientas al servicio de un mundo salvaje y desregulado, siempre a favor de la impunidad y libertad de los más fuertes. Y como dato para la mayor coherencia, son estos instigadores de los TLC los mismos que llevan en todo el planeta a forzar a los Gobiernos para que tomen decisiones en favor del gran capital (amnistías fiscales, leyes laborales regresivas, reformas fiscales en favor de los ricos y poderosos, privatización de empresas y servicios públicos, desmantelamiento del Estado del Bienestar, etc.) y en contra de los trabajadores y de las clases más desfavorecidas (despidos masivos, desregulación de los mercados, precariedad laboral, pérdida de derechos, limitación de libertades, etc.). No hace falta por tanto ser muy inteligente ni perspicaz para darse cuenta de que si los agentes económicos que apoyan los TLC son los mismos que empujan a nuestros Gobiernos para tomar estas decisiones, los TLC (como regla lógica elemental) han de ser negativos para las clases populares y trabajadoras. 

 

Su publicidad es engañosa y torticera. Nos enmarcan en grandes titulares que los TLC crearán millones de puestos de trabajo, que provocarán aumentos del PIB de las naciones, y que promoverán la justicia social, cuando estos efectos son diametralmente opuestos a los que en verdad van a causar, ya que sus fundamentos apoyan una serie de decisiones encaminadas al sentido contrario. Las corporaciones transnacionales representan la quintaesencia de la doctrina neoliberal, cuyos peligrosos valores hemos analizado recientemente en este artículo. Hay que impedirles que controlen la tarea de gobernar, que es precisamente lo que pretenden con la implantación de los TLC, sustituir Gobiernos por "gobernanza", es decir, poder tomar las decisiones sin la presencia de los gobiernos. En última instancia, diseñar modelos de sociedad donde las instancias democráticas sean sustituidas por Consejos de Administración corporativos con la capacidad no sólo de decidir por todos nuestro futuro, sino además sin la obligación de rendir cuentas, y por tanto, de poder exigirles responsabilidad por sus acciones, efectos y consecuencias. Estas corporaciones y sus lobbies y representantes quieren la desregulación absoluta, para poder tomar sus decisiones sin "barreras" democráticas que se lo impidan, estando libres de la vigilancia y restricción gubernamental en la mayor medida posible, y los TLC son las herramientas legales que se lo facilitan. Por eso hay que oponerse a ellos. Quieren un mundo del trabajo debilitado, unos sindicatos débiles, domesticados, desideologizados, y a ser posible, inexistentes. Quieren apoderarse de los servicios públicos, que ellos entienden únicamente como nichos de negocio y fuente inagotable de beneficios. Quieren mercantilizar todas las facetas y actividades sociales, afirmando que su privatización es deseable porque siempre la gestión privada conseguirá mejores resultados que la gestión pública en aspectos de eficiencia, calidad, disponibilidad y precio. 

 

Pero todo ello es falso, y se puede demostrar no sólo empíricamente, sino recurriendo a la propia experiencia de los casos existentes. Dicha experiencia nos indica que a  la iniciativa privada de estas grandes empresas no le interesan las personas ni los derechos humanos, que a sus accionistas no les interesan los beneficios sociales, sino únicamente la rentabilidad económica que puedan obtener, y por tanto, ante esa bandera, sobran la calidad, la universalidad y la gratuidad, y que están dispuestos a eliminar todas estas conquistas para conducirnos a una sociedad salvaje y depredadora de los más fuertes, que exterminan a los más débiles. Para los lobbies empresariales que negocian en secreto los TLC, el gasto gubernamental para estos servicios públicos es intrínsecamente malo (excepto si hablamos de los presupuestos públicos para Defensa y Seguridad Nacional, por la gran ligazón que existe entre el sector público y el complejo militar-industrial, y el beneficio añadido de la exportación de armas y de la inversión en los conflictos bélicos) y debería ser reducido al mínimo, como parte de la reducción general del tamaño del sector público. Dicho en palabras más claras: un TLC puede resumirse como un acuerdo para que el Estado se vuelva más pequeñito, mediante la vía de ceder sus competencias a las empresas privadas, que van a comercializar todas las actividades a las que antes se dedicaba ese Estado (educación, sanidad, pensiones, etc.). Pero además lo va a hacer de forma irrecuperable, ya que los actuales TLC se aseguran en sus documentos que las vías de "armonización", "externalización", etc. (eufemismos típicamente usados para esconder sus verdederas intenciones de privatizar lo público) no tengan vuelta atrás, proponiendo cláusulas que lo prohíben, y creando tribunales privados de arbitraje donde las grandes corporaciones pueden denunciar a los Estados, si aquéllas creen que éstos aprueban leyes que puedan mermar sus beneficios.

 

Para estos grandes agentes corporativos que están detrás de los TLC, los Gobiernos son el problema, no la solución. Su solución es ir disminuyendo su tamaño y su poder, su radio de acción, hasta convertirlos (a ellos y a su democracia) en irrelevantes, cediendo progresivamente el poder a estas instancias supranacionales e ilegítimas, que controlarán todos los aspectos de nuestra vida. Los famosos "programas de austeridad", "planes de ajuste estructural", "memorándums de entendimiento" y demás parafernalia neoliberal que nos imponen desde la Troika, se sustentan también en estas convicciones, cada una de las cuales se ha probado fehacientemente errónea, aunque sean repetidas incansablemente, y los organismos internacionales nos "feliciten" por haberlas seguido al pie de la letra. Sin ir más lejos, esta es la razón por la que hoy día los pensionistas griegos (y si lo permitimos, también los nuestros dentro de algún tiempo) están buscando comidas en los cubos de basura, porque ya no se pueden permitir comprarla. Los TLC llevan desarrollando, en este mismo sentido, una intensa ofensiva contra el modelo de Estado Social y del Bienestar, ofensiva cuya finalidad es eliminar todos los logros obtenidos por los trabajadores durante las últimas 6 ó 7 décadas. Para los neoliberales, es decir, para los magnates de estas grandes corporaciones, y todos sus vasallos, cada aspecto de este modelo social es aborrecible, pues se basa en fijar impuestos a los ricos y a las empresas, que según ellos, son los creadores de toda la riqueza, para dársela a quienes según ellos no la merecen. A los TLC no les importa la ciudadanía, para estos tratados todos somos "clientes" de las grandes corporaciones, se dediquen éstas a lo que se dediquen, aunque sean suministradoras de productos, bienes o servicios fundamentales. Y para ellos, los pobres, incluso los trabajadores pobres, no participan en la creación de valor, son sólo gorrones a los cuales los ricos no les deben absolutamente nada. Tal es el fanatismo neoliberal que se esconde detrás de estas peligrosas herramientas disfrazadas de inocentes tratados. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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