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7 agosto 2017 1 07 /08 /agosto /2017 23:00
Viñeta: Sabela Arias

Viñeta: Sabela Arias

La crisis del capitalismo no disminuye, se multiplica exponencialmente, amenazando con destruir ya no sólo a la clase trabajadora sino a todo el planeta, su cultura y su civilización

Néstor Kohan

En la primera entrega de esta breve serie de artículos ya poníamos en debate el auténtico significado de ciertos vocablos hoy día asociados como positivos en el imaginario colectivo, pero que el neoliberalismo se había apropiado de forma inteligente durante las últimas décadas, para imponer su visión torpe, injusta y despiadada de "progreso", "bienestar", "prosperidad", "modernidad", etc. Lo que tenemos que hacer ahora es intentar distinguir claramente, incluso en sus posibles estadíos o escalas, el verdadero significado de dichos términos, para intentar hacer ver hasta qué punto un proyecto político enmarcado en el "desarrollismo" o en el "progresismo" no tiene por qué adscribirse como un proyecto político socialista. Intentemos establecer en primer lugar un orden secuencial entre dichos tipos de proyectos políticos:

 

1.- Un proyecto desarrollista es aquél que no se plantea más allá del propio desarrollo en sí mismo. En este sentido, no tiene en cuenta las posibles consecuencias de ese desarrollo, ni sus efectos secundarios o colaterales, ni la gestión sobre los mismos, etc. Simplemente, atiende al crecimiento como un fín en sí mismo. Los proyectos desarrollistas pueden llevarse a cabo bajo todo tipo de gobiernos, incluso bajo los más fascistas o totalitarios. Pueden abordar nuevos proyectos extractivistas (de recursos naturales, como gas, petróleo, minerales, etc.), o de construcción de infraestructuras, etc. Únicamente se preocupan del desarrollo, simplemente porque puedan crear riqueza, típicamente medida en crecimiento del PIB, en beneficios empresariales, o en número de puestos de trabajo creados. No se cuestiona la ética, conveniencia o sostenibilidad de dicho "desarrollo". Y tampoco se incide en una redistribución justa de la riqueza generada. En ese sentido, en nuestro país, pueden ponerse como ejemplos de proyectos desarrollistas la construcción de un complejo como Euro-Vegas (que fue desestimado por el Gobierno de la Comunidad de Madrid) o Barcelona-World (hoteles, casinos, campos de golf, etc.), del Hotel Algarrobico (en la costa almeriense, a pie de playa, con orden de demolición), o la construcción de un ATC (almacén de residuos nucleares, con los inconvenientes derivados de su almacenamiento durante largos períodos de tiempo). 

 

2.- Un proyecto "progresista" es aquél que se plantea el asunto de la redistribución de la riqueza obtenida desde un proyecto desarrollista previo. Ello no lo convierte aún en un proyecto socialista, pues el proyecto supuestamente "progresista" no cuestiona las bases del propio desarrollismo, sino que simplemente utiliza éste para que revierta en logros y conquistas para una sociedad más justa, cohesionada y avanzada. Por ejemplo, un proyecto de este tipo utilizaría los beneficios de la extracción y exportación del petróleo para invertirlos en servicios públicos, gratuitos y universales para la mayoría social. Podemos poner como ejemplos de proyectos progresistas los implementados en los países de América Latina que han disfrutado de gobiernos de este carácter, tales como Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina, etc. Estos proyectos, como decimos, han sido únicamente postneoliberales, progresistas, pero aún no realmente de izquierdas, o si se quiere, aún no anticapitalistas. Estos proyectos no han renunciado a los modelos productivos previos, sólo han gestionado de forma más justa, avanzada y social sus beneficios. 

 

3.- Un proyecto socialista, de izquierdas o verdaderamente anticapitalista, es el tercer estadío al que podemos aspirar, pero se separa ampliamente de los dos tipos anteriores de proyectos. Y decimos que se separa de ellos porque se plantea si son éticas y sostenibles las soluciones "progresistas" (lo ponemos entre comillas porque en caso negativo evidentemente dejarían de serlo), y cómo podemos ir sustituyéndolas progresivamente por otras. El proyecto socialista no es tal si no se enfrenta a las propias bases del capitalismo (por supuesto no de un día para otro, sino en un proceso evolutivo que puede durar años, lustros e incluso décadas), es decir, si no es anticapitalista (al menos en algunas de sus tendencias), y si no pone en debate las propias bases del desarrollismo y del progresismo (falazmente vinculadas al bienestar y a la prosperidad), para pasar a enfocarlas desde un punto de vista de la sostenibilidad humana, social y medioambiental. Si por ejemplo partíamos de un proyecto desarrollista que extrae minerales como proceso y fuente de riqueza fundamental de su economía, y luego pasábamos a un proyecto progresista porque utilizaba los beneficios derivados de la venta y exportación de los mismos para fines de avance y cohesión social, el proyecto socialista debería plantearse hasta qué punto es sostenible continuar por la senda extractivista, o bien habría que ir migrando a otro modelo productivo, por supuesto sin renunciar a los beneficios sociales. 

 

Recomendamos a los lectores y lectoras este artículo de Eduardo Gudynas (una de las mayores autoridades mundiales en el tema), donde explica perfectamente los límites entre unos y otros enfoques. Podemos afirmar entonces que el progresismo es la vertiente social del desarrollismo, es decir, consiste en utilizar los efectos y consecuencias del desarrollismo desde un punto de vista ético, atendiendo a la satisfacción de las necesidades de la población, y a rebajar los peligrosos niveles de desigualdad que pudieran existir. El progresismo, por tanto, aún puede continuar dentro de la órbita del capitalismo, aunque es sustancialmente más justo y humano que el simple desarrollismo. Y podemos concluir, desde este punto de vista, que el proyecto en cuestión será más o menos progresista, según se aleje más o menos de los parámetros neoliberales que desgraciadamente fundamentan nuestras sociedades actuales. Como sabemos, el neoliberalismo tiene como Dios supremo al mercado, que se encumbra como la máxima justificación de los objetivos políticos. Todo se supedita al mercado, todo se mercantiliza, todo se expresa en función a una oferta y una demanda. En ese sentido, un proyecto de sociedad progresista intenta cambiar estos parámetros, para atender mejor las necesidades sociales. Un proyecto progresista se distingue de un proyecto meramente desarrollista en tanto en cuanto mejora las condiciones de vida de grandes sectores de la población, los sectores más vulnerables, tales como los bajos salarios, el transporte, la vivienda, la creciente desigualdad económica y social, la insuficiencia de la oferta alimentaria o la baja productividad del sector público, entre otros males de las sociedades capitalistas actuales. Es justo lo que llevan haciendo durante las últimas décadas los gobiernos progresistas de América Latina y El Caribe, que han protagonizado interesantes avances en los ratios de escolarización infantil, de erradicación de la pobreza, y de justicia ambiental. 

 

En cambio, como decíamos, al proyecto progresista aún le falta una vuelta de tuerca adicional para convertirse realmente en un proyecto socialista. Porque el proyecto socialista no sólo aspira a beneficiar de forma justa al conjunto de la población, sino que busca modelos económicos, productivos, sociales y ambientales justos y sostenibles. El proyecto socialista no sólo considera como sujetos de derecho a las personas y a los pueblos, sino también al resto de los animales, y hasta a la propia naturaleza en sí misma. El proyecto de izquierda no se queda únicamente en superar o mejorar los aspectos injustos del neoliberalismo, es decir, no es sólo postneoliberal. El proyecto de izquierda, o verdaderamente socialista, es el que entiende el progresismo y el desarrollismo (y por consiguiente el bienestar y la prosperidad de la sociedad) en función de unos parámetros de riqueza distintos, teniendo en cuenta su sostenibilidad, y la atención a los derechos humanos y de la propia naturaleza. El proyecto de izquierda es la única categoría anticapitalista en sí misma, porque se plantea no sólo las fuentes del desarrollo a implementar, sino la visión ética y sostenible de las mismas, y el escrupuloso respeto a los sagrados valores de la igualdad, la sostenibilidad y la justicia social y ambiental alcanzadas. Un proyecto socialista pone en debate los modelos productivos y el reparto y redistribución de la riqueza proveniente de ellos, pero lo hace teniendo en cuenta además los parámetros ecologistas, animalistas, la perspectiva de género y la perspectiva pacifista. No todo vale para un proyecto socialista, aunque pueda valer para un proyecto progresista, y aún más, simplemente desarrollista. Sólo el socialismo garantiza pues los puntales para una verdadera sociedad avanzada, respetuosa y sostenible. Finalizamos aquí esta breve serie de artículos, esperando haber contribuido al desmontaje de falsos mitos, y a la clarificación de ideas, conceptos y objetivos.

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Published by Rafael Silva - en Política
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