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1 agosto 2017 2 01 /08 /agosto /2017 23:00
Viñeta: http://www.ecorepublicano.es/

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El franquismo no fue una dictadura que acabara con la muerte del dictador, sino una estructura de poder que se integró en la monarquía

Alfredo Grimaldos

Bajo la Transición, la figura del Rey se fue aceptando socialmente, creándose incluso los seguidores "juancarlistas", y legitimándose su presencia y la del propio régimen surgido de la Constitución de 1978. El fallido intento de Golpe de Estado de febrero de 1981 nos ofrece aún hoy muchísimas dudas, en torno al desarrollo de la propia trama, y al verdadero papel que jugó en el mismo la figura de Juan Carlos I. Pero la realidad, como venimos comentando, es que la Transición, con la figura del Rey a la cabeza, fue toda una operación pensada para asegurar las estructuras de poder procedentes del franquismo. El Rey se convirtió en los cerca de 40 años que se mantuvo como Jefe del Estado, en un agente central al servicio de las clases dominantes, del empresariado, de todos aquéllos que antes, durante y después de la II República conspiraron y patrocinaron el Golpe de Estado del 18 de julio de 1936, y que tiempo más tarde se valieron de su privilegiada posición para generar inmensas fortunas, aunque fuera con el trabajo esclavo de los presos políticos republicanos. Hoy día, en 2017, todo continúa "atado y bien atado". El bipartidismo reinante durante más de 35 años, con un PSOE y un PP alternándose en el poder, lo han garantizado. Ambos han sido fieles servidores de los mismos poderes fácticos, esos que en realidad nos gobiernan sin presentarse a ningunas elecciones, como muy bien asegura Manolo Monereo. Al pueblo se le vendió la idea de que habíamos pasado de la dictadura a la democracia, sobre todo gracias a la figura del Rey, y a la inteligencia y capacidad de una serie de señores que estuvieron a la altura, que fueron capaces de olvidar sus diferencias, y de consensuar los pilares para un nuevo régimen democrático. 

 

Pero en realidad, llevamos 40 años de democracia tutelada por los mismos benefactores del franquismo. Lo hemos explicado en este artículo reciente de nuestro Blog, y lo han explicado muy bien en este artículo del medio Eco Republicano, a los que remitimos a los lectores y lectoras interesadas. Para empezar, ¿cómo es posible pasar a una democracia sin reconocer la vileza y brutalidad del régimen dictatorial anterior? Pues en vez de eso, las palabras del monarca sobre Franco en su primer discurso de finales de 1975 fueron las siguientes: "Una figura excepcional entra en la Historia. El nombre de Franco será ya un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea". Con estas credenciales, ¿se evidenciaba de verdad un cambio de régimen, cuando ni siquiera era posible condenar el anterior? La primera en la frente. Pero sigamos. Las elecciones "democráticas" del 15-J de 1977 no permitieron votar en libertad. Dos de los ex Ministros franquistas, concretamente Manuel Fraga Iribarne (a la sazón fundador de Alianza Popular) y Rodolfo Martín Villa, vetaron la participación en dichas elecciones a los partidos republicanos que luchaban por el restablecimiento de la República en nuestro país. Asímismo, durante ese corto período, los líderes de Acción Republicana Democrática Española (ARDE) fueron perseguidos y encarcelados por exhibir banderas republicanas y distribuir pasquines en pro de la República durante reuniones clandestinas celebradas en 1977. ¿Podemos pensar que dicho panorama había cambiado cuando casi 40 años después el Rey Juan Carlos abdicó en su hijo Felipe? La respuesta es NO. De hecho, el día de su proclamación como Felipe VI las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado establecieron un cordón para impedir las manifestaciones de ciudadanos/as republicanos/as, y se detuvo a toda aquélla persona que exhibiera banderas o insignias con los colores de la República. 

 

Tras las elecciones de 1977, y con Adolfo Suárez ya en el poder (UCD), las fuerzas políticas con representación parlamentaria prefabricaron una nueva Constitución a medida de la Monarquía, en la cual venía ya impuesta (sin haber convocado al pueblo a referéndum) la figura del Rey como Jefe del Estado, y donde además, la Carta Magna concedía enormes privilegios a la Corona. La Transición iba avanzando, pero iba exigiendo un alto precio para su implantación. El precio de la Transición para el "regreso a la democracia" fue la pervivencia del franquismo, que se convertiría en un tumor maligno irreversible, haciendo de España un país dominado por sus benefactores, sometido a la corrupción y gobernado por serviles políticos pertenecientes a una derecha clásica (Alianza Popular, que aglutinó a todas las fuerzas fascistas de la época, y que luego se refundaría como Partido Popular), y a una falsa izquierda domesticada y servil al capitalismo y a la Monarquía (Partido Socialista Obrero Español). Estas fuerzas políticas continúan a día de hoy siendo las más votadas, lo cual da buena cuenta y explica la pervivencia de los mismos poderes fácticos que las vienen apoyando desde entonces. En este contexto, la extrema derecha española asumió la representación ideológica del neofranquismo residual, mientras que los partidos de izquierda de entonces (PSOE y PCE) moderaban sus discursos renunciando a la República, aceptando la Monarquía impuesta por el dictador y alabada por sus benefactores, y amnistiando en 1977 los crímenes del franquismo y a toda su pléyade de torturadores y viles políticos a su servicio. Como puede comprobarse, el famoso "consenso" de la Transición no fue más que un reparto del poder, una democracia limitada, vigilada y tutelada, sin libertad constituyente, y que bajo el ruido de sables y la permanente amenaza de volver a los tiempos oscuros, permitió la pervivencia del legado ideológico franquista, del nacionalcatolicismo de la jerarquía eclesiástica y de los mismos poderes económicos a los que se había privilegiado durante la dictadura. 

 

Conviene preguntarse en este punto qué había ocurrido con los Gobiernos republicanos en el exilio, que habían pervivido durante toda la dictadura franquista, a través de varios Presidentes, y cómo reaccionaron ante la nueva situación surgida después de la muerte del dictador y de aquéllas primeras elecciones "democráticas". Hagamos primero un breve repaso histórico. Los Gobiernos de la Segunda República Española en el exilio fueron los gabinetes que se formaron fuera de España, y que continuaron representando al Estado Español emanado de la Constitución de 1931 después de la victoria de los militares golpistas. Tras el golpe militar, el Gobierno republicano no abdicó en ningún momento de su soberanía. Asistido por una gran parte del pueblo español que se levantó en armas contra el fascismo, las instituciones republicanas fueron garantes de la legitimidad y la legalidad que le habían dado las urnas y la Constitución de 1931. En febrero de 1939 tuvo lugar la que sería la última sesión de las Cortes republicanas en territorio español. Las armas le dieron la victoria a Franco, pero no la legitimidad. Finalizada la Guerra Civil comenzaría un largo y doloroso exilio republicano, que sólo terminaría con las elecciones de 1977 a las que nos hemos referido más arriba. En síntesis, los Gobiernos republicanos en el exilio estuvieron dirigidos por Juan Negrín (1939-1945), José Giral (1945-1947), Rodolfo Llopis (1947), Álvaro de Albornoz (1947-1951), Félix Gordón (1951-1960), Emilio Herrera (1960-1962), Claudio Sánchez Albornoz (1962-1971) y Fernando Valera Aparicio (1971-1977), que fue el último Presidente. Diego Martíinez Barrio fue asímismo Presidente de la República en el exilio durante varios mandatos y gabinetes, y las principales fuerzas políticas a las que pertenecían sus dirigentes eran el PSOE, IR (Izquierda Republicana) y UR (Unidad Republicana). También hubo Ministros de la CNT, de la UGT, del PCE, del PNV, del PSUC o de ERC. 

 

Pues bien, después de las elecciones del 15J de 1977 y tras casi 38 años de permanencia fuera de España, el Gobierno republicano en el exilio se disolvió oficialmente junto con todas sus instituciones, sin reconocer expresamente a la Monarquía reinstaurada en 1975, pero aceptando la validez de las elecciones de 1977 y la democracia surgida de ellas. El último Presidente de la República en el exilio, Fernando Valera, junto con el último Presidente del Consejo de Ministros, emiten una Declaración de la Presidencia y del Gobierno de la República Española en el exilio el 21 de junio de 1977, en París. En su comunicado, Fernando Valera decía cosas como las siguientes: "Erróneamente, a nuestro juicio, el pueblo español se ha avenido a expresar su voluntad actual concurriendo mayoritariamente a una consulta electoral que no reunía las condiciones previas de autenticidad, ni por el Poder ilegítimo que la convocaba, ni por el marco legal en que había de desenvolverse; pero lo cierto es que el consenso general de la opinión pública, quizás intoxicada por una hábil propaganda dirigida de la prensa monarquizante, la ha aceptado como válida". Y más adelante proclamaba: "El soberano es el pueblo; quédese, pues, el pueblo con su soberanía, que es suya, y yo me quedaré a solas, una vez más, con mi dignidad de ciudadano, con mi manera de entender el patriotismo, y con mi lealtad a la República". Y finalizaba glosando las palabras de Emilio Castelar: "Jamás serviré a la monarquía, aunque ahora se muestre en concordia con la democracia; porque, si la monarquía no me excluye de su seno, me excluyen la historia, el honor y el patriotismo". Ni durante la "modélica" Transición, ni durante todos los años siguientes, hasta nuestros días, se ha rendido homenaje nacional a los Presidentes de aquélla República, abruptamente interrumpida, y cuyos gobernantes tuvieron que permanecer en el exilio. Otra asignatura pendiente para superar el franquismo. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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