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16 julio 2017 7 16 /07 /julio /2017 23:00
Viñeta: Luc Descheemaeker

Viñeta: Luc Descheemaeker

Durante todo el tiempo en que los saudíes han estado exportando el wahabismo y respaldando a grupos y terroristas islamistas, han disfrutado de relaciones especiales con Washington y Londres. La historia es tan larga y profunda que no es fácil de resumir: básicamente, la relación se caracteriza por un servilismo extremo, un apoyo militar total, constantes apologías y textos cuidadosamente controlados en los medios de comunicación que sirven para mantener al público en la más completa oscuridad en relación con el verdadero alcance de las relaciones y la naturaleza del régimen saudí. Es difícil precisar si Arabia Saudí es cliente de Reino Unido o viceversa: probablemente ambas afirmaciones son ciertas, ya que las élites de ambos países son como uña y carne

Mark Curtis

Las actuales políticas "antiterroristas" de los países occidentales, de ese "mundo libre y civilizado" que falazmente se empeñan en proclamar, no son más que un conjunto de incoherencias, injusticias, abusos de poder, retórica vacía e insulsa ante un "enemigo común" de nuestra civilización, y todo ello enmarcado para intentar justificar una serie de medidas que recortan los derechos fundamentales y las libertades públicas. Y es que, en sus esfuerzos por reprimir al terrorismo, los Gobiernos pueden terminar realizando un desproporcionado despliegue de medios y de fuerzas debido a la sofisticación de los ataques, o a la dificultad de identificar o localizar al supuesto enemigo, que se torna cada vez más inaccesible y escurridizo. De hecho, en esta última oleada de ataques a países europeos, los atacantes eran normalmente personas que habían nacido o bien se habían criado y crecido dentro de su civilización, de su cultura, de su lengua, etc. Las autoridades achacan estos ataques a procesos de "radicalización" (ya discutimos en entregas anteriores el uso torticero de este término) de estas personas, pero como estamos exponiendo, los motivos son mucho más complejos y profundos. Se unen el terror practicado por los terroristas y el terror practicado por los poderes públicos, por los Gobiernos, por el Estado, en su afán de "proteger" a la población. El último paso en esta enloquecida carrera es el mensaje que muchos políticos y analistas nos están dando, y que más o menos nos insta a interiorizar este miedo, y a aceptar y asumir nuestra vida dentro de la dinámica de los ataques terroristas. 

 

Nos dicen que debemos acostumbrarnos a estos ataques, que volverán a ocurrir, que lo asumamos, que estemos preparados, que lo aceptemos, pero nadie desde un prisma humano de la vida y de la convivencia puede aceptar esta dinámica. De nuevo, se trata de un mensaje dentro del guión establecido por los poderes públicos, ante su impotencia siquiera para analizar profundamente el fenómeno del terrorismo internacional. Y ante su incapacidad manifiesta para poder analizarlo y prevenirlo, contribuyendo a sociedades más pacíficas que las actuales, lo que se nos intenta inculcar es la normalización del miedo, del terror y de la violencia. La senda del pacifismo no puede aceptar este hecho, ha de rebelarse contra él. El pacifismo debe en primer lugar explicar el fenómeno de las guerras, de los conflictos y del terrorismo, y lo debe explicar en toda su dimensión, desde sus más profundos cimientos. Y en segundo lugar, en coherencia con esa explicación, debe ofrecer la alternativa, el verdadero camino para alejarse de la senda violenta, de la senda del miedo y del terror, así como del peligro de normalizarla, que es exactamente lo que nos quieren imponer. Edgardo Ordóñez, en su artículo de referencia que estamos tomando para estas reflexiones, apostilla: "Todo esto ocurre en un momento histórico en el que las sociedades democráticas resultan muy vulnerables frente a los embates del miedo, tanto por la amplificación mediática del temor como por la atomización de las propias audiencias, integradas cada vez más por individuos relativamente aislados, cuyas viviendas y cuyos proyectos de vida tienden a ser unipersonales. Bajo estas condiciones, construir lazos de solidaridad no resulta una tarea fácil. Aquí vale la pena recordar el certero aforismo de Gonzalo Arango: "El miedo amontona, no une". Las comunidades del miedo son constitutivamente frágiles; en ellas mismas prospera el gusano destinado a carcomerlas". 

 

En efecto, el capitalismo (último responsable de las guerras y conflictos, que lo perpetúan por otras vías, como tantas veces se ha dicho) ha ido preparando el terreno para conseguir ese modelo de sociedad, un modelo especial presa fácil de la globalización del miedo. Un modelo (el capitalista,el neoliberal) que ha ido caminando hacia el individualismo, hacia el egoísmo, hacia la desarticulación de las redes y mecanismos de protección social, para que la sociedad deje de existir como tal, y se convierta en una selva, con la certeza de que en dicha selva, los efectos del terrorismo se vuelven incontrolables. Vivimos actualmente en sociedades caóticas, que por ello mismo se vuelven especialmente vulnerables ante el estallido terrorista, ante el pánico colectivo. Caminamos por tanto hacia Estados de sitio cuasipermanentes, como expresión típica de ese mundo aterrador que nuestros gobernantes pretenden que asumamos. Nos piden comprensión y resignación ante la barbarie del miedo, del terror y de la violencia. No nos ofrecen soluciones. Pero las soluciones existen. Aunque para poder comprenderlas, hay que estar situados en las antípodas del planteamiento que nos hacen nuestros gobernantes de este mundo occidental, "libre y civilizado". La retórica de los bandos, de los buenos y de los malos, del mundo como "un lugar peligroso", etc., es la que conforma nuestra cosmovisión generalizada sobre las guerras y el terrorismo. Frente a ella, hemos de enfrentar que otro mundo es posible, que no queremos asumir dichas leyendas, que no estamos dispuestos a aceptar dichos presupuestos. El terrorismo es, por tanto, un producto de nuestra propia irracionalidad, una consecuencia lógica del orden mundial al que nuestros dirigentes nos han conducido. Ya no es posible disimular por más tiempo que son las propias estructuras del capitalismo globalizado las que generan las situaciones y motivaciones que hacen posible el terrorismo. 

 

Por tanto, hemos de negar la mayor. Hemos de enfrentarnos a tanta retórica vacía, a tanta leyenda estéril, a tanta lectura infantil y reduccionista. Hemos de denunciar tanta hipocresía como diariamente practican las autoridades de nuestros países, y hemos de propagar con todas nuestras fuerzas otras alternativas, otras cosmovisiones, que nos permitan no sólo explicar, sino ofrecer soluciones al fenómeno terrorista. Es el capitalismo globalizado y sus estructuras y mecanismos de poder el que amenaza los sistemas de libertades, los Estados de Derecho y las culturas democráticas, al incrementar y perpetuar las desigualdades sociales y al revocar los principios de la seguridad mundial y de la justicia social. Todos esos valores son despreciados por el capitalismo y por el neoliberalismo, que en su perverso afán de obtener beneficios a toda costa y de forma ilimitada, hacen estallar todo lo que tocan. En este sentido, la globalización del miedo a la que tristemente asistimos no es más que un fenómeno emergente causado por los mismos factores. El miedo, la barbarie y el terror no son sólo producidos por la maldad o el fanatismo de ciertos grupos terroristas (como si ellos aisladamente constituyeran el paradigma de la maldad humana), sino que responde en última instancia a las dinámicas globales que lo hacen posible, y que se encargan luego de multiplicar su resonancia, sus voceros y sus expansiones mediáticas, constituyendo un endiablado bucle donde se retroalimentan todos estos factores, prácticas y peligros. Y bajo estas circunstancias, y sin ánimo de ser pesimistas ni deterministas, sólo puede dibujarse un panorama sombrío en cuyo horizonte se perfila una sociedad en estado de miedo permanente. 

 

De hecho, es el modelo de sociedad para el cual quieren prepararnos. No podemos seguir  entrando en ese juego, no podemos seguir legitimando por más tiempo los crueles cimientos de una sociedad que normaliza los atentados terroristas, que normaliza el pánico y la histeria colectiva. Seamos críticos con dichos preceptos. La globalización del terror no es un proceso irreversible. Como tantas otras tendencias sociales que a lo largo de la Historia han ido evolucionando, sus parámetros se pueden revertir. Ese estado de miedo permanente, lejos de ser una consecuencia inevitable, un mal menor que hay que aceptar, constituye un desafío a desarrollar todo un arsenal de nuevas políticas, de nuevos planteamientos, de nuevas decisiones para un orden mundial basado en la senda del pacifismo. Una senda alternativa basada en análisis más profundos, críticos e inteligentes, así como unas decisiones basadas en un carácter más humano del mundo en que vivimos. Hemos de recobrar la esperanza. La esperanza en que es posible desarrollar unos nuevos cimientos para un orden social basado en el pacifismo, en primer lugar a un nivel local, contribuyendo de este modo al nivel global. Enfrentémonos a la resignación y a la pasividad. Huyamos de las lecturas fáciles y dogmáticas. Sometamos los parámetros del orden mundial a una severa crítica, apoyemos la implantación de medidas críticas con el paradigma actual, y volvamos poco a poco a respirar el reino de los derechos, de las libertades y de la convivencia en paz. Luchemos por la paz como la dignificación de un derecho humano, que ha de garantizarse como cualquier otro. Y sobre todo, luchemos por desmontar los modelos económicos y sociales que están permitiendo la globalización del miedo y el desarrollo y extensión del terrorismo, luchemos contra los dogmas que están imponiendo las condiciones sociales que perpetúan las desigualdades y la falta de horizontes para las mayorías sociales. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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